Bajo el mismo techo Capítulo once
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Capítulo once

Capítulo once

Celos que chamuscan

R ebeka tenía que encontrar un plan de escapada de inmediato.

Su sanidad se encontraba en peligro a cada día más que pasaba en casa, encerrada, teniendo únicamente contacto masculino con el condenado Koen Ashburn.

Sí, ya no peleaban (o no como antes, al menos). Claro, había comenzado a gustarle (¿acababa de decir gustarle?) vivir junto a Koen. Obviamente, se encontraba en zona roja.

Dos semanas. Ese era el tiempo que Koen había necesitado esta vez para acabar con las defensas de Rebeka. ¿Eso? Eso le hacía morderse el pelo mechón a mechón, víctima de los nervios.

Así que, ¿qué mejor oportunidad de fingir que todo seguía el curso que ella había esperado centrándose en alguien que sí quería a su lado?

Por ello, aprovechó que en el turno de aquel día en Luz de Tarde se encontraría a solas con Jonas.

Aprovechándolo como ahora mismo, mientras estaba recolocándose un mechón rebelde de su pelo tras la oreja, riendo al escuchar una anécdota del chico sobre no se sabía qué fiesta a la que fue con no sé cuáles amigos hacía un par de días.

Se sentía ridícula. Rebeka no ligaba nunca. O al menos no así. La verdad, se le daba de pena toda cosa relacionada con las miradas coquetas y los cumplidos picantes. Pero, como bien decían, a tiempos difíciles, medidas desesperadas.

Cuando recibió nueva orden de cafés para preparar mientras el chico atendía a las mesas, Rebeka encontró (o esa era su opinión) la mejor excusa para buscar un coqueteo.

–Jonas, ¿puedes venir un momento a ayudarme? Creo que la cafetera se ha quedado atascada. –¿Podían las cafeteras quedarse atascadas? Rebeka no intentó responder sus dudas.

– Ahorita estoy algo ocupado –replicó Jonas, pasando sus ojos desde las mesas hasta la figura de la chica tras la barra, toqueteando botones sin realmente fijarse en lo que hacía–. Pero por ti, Rebeka, tengo tanto tiempo como desees.

En cuestión de segundos –oraba en agradecimiento a los cielos con que su jefa estuviera encerrada en su oficina con las cuentas del mes–, Rebeka tenía a Jonas a su espalda, enseñándole cómo usar la máquina de café.

Como si ninguno de los dos supiera que Rebeka ya tenía la experiencia necesaria con esta.

Era una escena a lo Dirty Dancing bastante patética, si se permitía ser honesta consigo misma. «Madre mía, Rebeka. No puedes ser más penosa».

Estaba claro que no sabía que lo peor estaba a punto de sucederle.

Koen, quien tras aquellos días de tensión con la rubia, quería creer que al fin había logrado romper al completo el cascarón que protegía el corazón de Rebeka. Por ello, sin poder contenerse, deseoso de darle una sorpresa, cogió su teléfono para hablarle a Adrian:

Koen:

Tengo una duda ✔ ✔

Dónde trabajaba Beks?? ✔ ✔

Adrian:

Por qué preguntas? ✔✔

Koen:

Voy a ir a recogerla ✔ ✔

Adrian:

Mola ✔ ✔

Te mando el enlace ✔ ✔

https://LuzdeTarde.googlemaps.com ✔✔

Lo que ninguno de los dos esperaba es que aquella visita sorpresa fuera a tener lugar en el peor momento de todos.

Pues al mismo tiempo en que Koen comenzaba a mirar por el ventanal de la cafetería tras por fin encontrarla, pudo ver a Rebeka atrapada entre los brazos y el cuerpo de un joven moreno y con tez ligeramente morena, sin saber de quién trataba más que de un compañero de trabajo al verles usar el mismo delantal.

Algo dentro del pecho de Koen se rompió en pedazos.

Porque Rebeka le había dejado de hablar muchas veces acusándolo por comentarios que solo eran prejuicios sobre él, blasfemias, y ahora era ella quien estaba ligando con otra persona.

Porque se había ilusionado, aunque fuera por un mero instante, con la idea de que los dos por fin darían un paso más allá de andar siempre en el mismo círculo.

Con labios fruncidos y manos ceñidas en puños, Koen se dio media vuelta sobre sus talones. Con decepción, y una oleada de tristeza que ya no se permitía sentir, volvió al apartamento.

Si Beka quería irse con otros, Koen no la detendría.

Aquella misma noche, tras haber acabado su turno, con los hombros agotados y una presión en el pecho que no comprendía, Rebeka volvió al apartamento por igual.

¿Qué era aquello que sentía? ¿Culpabilidad? ¿Arrepentimiento? No tenía sentido.

Se había sentido atraída por Jonas desde que el chico comenzó a trabajar con ellos meses atrás, habían habido muchas tardes en las que se había imaginado a sí misma en brazos de Jonas, de la misma manera en la que estuvo aquella misma tarde. Pero algo no se sentía bien en aquel momento.

Rebeka no le dio más vueltas, sacudiendo la cabeza mientras daba vueltas con las llaves en la cerradura y abría la puerta.

Cuando entró en el salón, lo primero que llegó a sus ojos fue Koen. Sentado en el sofá. Solo. Con los hombros tensos, aunque trataba de hacer pasar su postura por una desenfadada. Con la mirada perdida en la pantalla de televisión a la que no hacía caso alguno.

–Hola… –saludó, nerviosa. Aquella inquietud que se había asentado en su pecho comenzó a expandirse.

¿Por qué debía sentirse así? No era nada para Koen, ni le debía explicaciones.

Así que, ¿por qué?–. Qué raro es verte así, tan callado y tranquilo.

¿Qué ocurre? ¿El equipo de béisbol que te gusta ha perdido?

–No hay ningún partido de béisbol que me interese. –La voz de Koen sonó distante, cortante. Mucho más de lo que había escuchado antes–. Pero tampoco es que importe. No creo que sea una de tus prioridades.

¿Qué?

–¿Perdón? ¿De qué…? ¿De qué estás hablando?

–¿Desde cuándo estás con ese guaperas, Rebeka? –La tensión, la inquietud anidados crecieron aún más. ¿Lo sabía?

–No entiendo de qué estás hablando –trató de hacerse la desentendida.

La carcajada de Koen sonó igual de seca que su tono de voz.

–He ido a tu trabajo. Hoy. –Aquella confesión, aquella finalidad, se asentaron entre los dos con pesadez–. Estabas muy contenta, con ese chico. Habría apreciado que me hubieses dejado saber que tenías pareja. Habría mantenido distancia contigo.

–No tengo… –La voz le flaqueó. Porque había estado ligando con alguien a quien se obligaba a creer que era la mejor opción con tal de huir de él.

Creyendo que todo saldría como lo había planificado.

Aunque nunca había logrado llevar a cabo sus planes con éxito.

Koen la había visto, casi siendo abrazada por Jonas.

Y se sentía mal por ello. Sin razón aparente–.

No tengo pareja, Koen. No es lo que tú crees.

–No me debes nada, Rebeka –cortó él, levantándose del sofá–.

Solo quería aprovechar esta oportunidad para dejarte saber que, por mucho que señales a los demás, tú tampoco eres perfecta.

Y aunque muchas veces he pensado que me encanta tu imperfección, ahora mismo estoy solamente decepcionado.

Porque llevo años sintiéndome mal por tus prejuicios, cuando eres la única que se porta erróneamente. Me voy a acostar. Buenas noches.

Así, Rebeka se quedó sola, mirando el hueco que había usado Koen hacía segundos. Estaba tan vacío como ella en aquel instante.