Capítulo diez #4
Comieron en silencio, en compañía del otro y, a pesar de la rabieta de Rebeka, ambos se dirigían miradas silenciosas. Cortas. Significativas. Antes de sonreír entre mordiscos.
Día 7. Wicker Park. Habitación de Koen.
Koen se despertó a la mañana siguiente con un regalo en el suelo de su habitación.
Por la rendija, Beka había colado una nota con una frase muy clara:
Limpia tus cosas
Koen, carcajeándose, guardó la nota en un cajón de su mesita de noche. Definitivamente iba a guardar el recuerdo de aquellos momentos junto a la chica como si fuera oro en paño.
Rebeka quería que limpiara, ¿eh? Bien, Koen podía hacerlo. Tenebrosamente genial si se ponía con ello.
Con esa sonrisa corrompida que no había dejado de asomar entre sus labios durante toda la semana, Koen preparó los productos de limpieza tras arremangarse.
Iba a darle a Beka lo que tanto quería.
Rebeka volvió del trabajo con un suspiro agotado.
Mikayla se había portado aquel día, no habían tenido muchos clientes y Demi tuvo turno junto a ella, por lo que en ningún momento se distrajo con la presencia de Jonas. Fue un día bueno, pero no reducía su fatiga tras horas echadas limpiando mesas y tazas.
Cuando se quitó las zapatillas y acomodó las cosas en el ropero de la entrada, Rebeka se quedó muda.
Había entrado a la cocina para prepararse un vaso de agua, con la garganta seca cuando solo había podido tomar algo en su descanso para la comida hacía tres horas y media, pero no se había esperado encontrarse con lo que había ante sus ojos.
La cocina brillaba.
De forma literal.
Como en los anuncios televisivos sobre productos de limpieza. Rebeka juraba que podía verse reflejada sobre las encimeras, el suelo y la nevera. Casi se sentía en la sala de los espejos del parque de atracciones.
–Bienvenida a casa –susurró una voz a sus espaldas, una respiración chocando directamente contra su nuca, erizando su piel–. ¿Te gusta cómo he dejado de limpia la casa?
Rebeka no se atrevía a girarse. Porque Koen estaba pegado a su espalda. Podía notar cómo su pecho subía y bajaba a cada una de sus respiraciones, cómo se asemejaba a la de ella.
Pues claro que había limpiado, pero hasta para hacerlo, el idiota tenía que hacer el cante.
–Mira. –El brazo de Koen se estiró junto al suyo, rozándose contra su piel brevemente. Tanto que era solo un cosquilleo. Una pequeña tentación. Señalaba a la cocina ante ellos–. Puedo vernos reflejados en la pared. No se nos ve mal, ¿eh?
Le odiaba como nunca antes. Porque estaba rompiendo sus reglas.
Porque la sacaba de quicio. Porque estaba causando que su corazón dudase entre derretirse allí mismo, a él, a su roce, a su grave y suave voz, o si comenzar a latir tan rápido que hiciera un hueco en su pecho por el que escapar a toda prisa.
–Lo has hecho bien –rumió, odiando la forma en que su propia voz parecía haberse suavizado. «Traidora»–. Pero a la próxima trata de hacer que nuestra casa no parezca una portada de La casa de tus sueños, si es posible. Cualquiera puede resbalarse y abrirse aquí la cabeza.
Koen rió roncamente.
–Mi rabiosa Rebeka, quejándose hasta cuando está contenta. ¿Qué voy a hacer contigo?
Rebeka se tensó, notando una ola de calor recorrerla a lo largo de su cuerpo.
–Cierra la boca. Me voy a echar una siesta. –Sin dar tiempo a que Koen pudiera volver a coquetear con ella, a buscarle las cosquillas, Rebeka se deslizó por uno de sus lados y huyó a su habitación.
Koen se quedó mirando el espacio que Beka había ocupado con un brillo en los ojos. Su corazón parecía sentir ternura, afecto, incluso algo más profundo que le aterrorizaba nombrar.
–Nuestra casa, ¿eh? –susurró para sí mismo, saboreando la voz de Rebeka hablando de este piso como si fuera, al fin, algo de los dos. Como si compartieran algo de vital importancia.
Con una sonrisa ladeada, salió de la cocina.
Le gustaba cómo sonaba aquello.
Día 8. Wicker Park. Pasillo del piso de Rebeka y Koen.
Esta era la quinta vez en que los nudillos de Rebeka aporreaban la puerta del baño. Era la quinta vez en que esta permanecía cerrada a cal y canto.
–¿¡Cuándo narices tienes pensado salir de ahí dentro!? –chilló con la paciencia en los suelos.
–Un segundito y salgo, Rebeka. Estoy terminando de ducharme.
–Eso mismo has dicho hace diez minutos . –Aporreó una vez más la puerta, sus esperanzas desfalleciendo al ver que el chico seguía ocupando el baño sin preocupación aparente–. Joder, Koen, a este paso me voy a mear encima.
–No hay nada malo en ello –replicó el chico desde dentro, sonriente.
Porque Beka podía verlo a la perfección.
A Koen envuelto solo en una toalla, con el cuerpo y el pelo mojados, mirándose al espejo con esa mueca de orgullo tan suya que le hacía desear tener un bate cerca que usar contra él–.
Quizá te crece una planta encima y todo.
Serías un nuevo descubrimiento científico.
Un par de fotos, un testeo en laboratorio y, ¡bum! , millonaria. La joya del año.
–Cuando salgas, voy a dejarte calvo –amenazó siseante, fulminando con la mirada la puerta del baño. ¿Qué tan horrible sería arrancar la puerta de una patada? Seguramente caro. Muy caro. Pero, ¿y la satisfacción de dejar al chico boqueando? Eso sería suficiente.
–Ya está, ya está. –En el momento en que Rebeka comenzó a estudiar los tornillos que sostenían la puerta, esta misma fue abierta.
De ella se abrió paso un Koen sonriente. Uno que robó el aire de los pulmones de Rebeka. Peinado. Perfumado. Oliendo a recién duchado. A limpio. Guapo. Atractivo.
Koen malditamente atractivo Ashburn estaba de vuelta.
Tragó saliva al notar la diversión bailando en aquellos ojos castaños que la miraban con fijeza, de cerca, pecho contra pecho.
–Todo libre para su uso, majestad –le susurró de aquella misma forma en que le había hablado el día anterior en la cocina.
Se inclinó sobre sí mismo y, cuando Rebeka se alertó creyendo que iba a besarle en la mejilla, aire impactó contra su oído, haciendo que la rubia se sobresaltase llevando una mano a esta.
Koen se alejó riéndose mientras dejaba a una atónita y sonrojada Rebeka en el pasillo.
Cuando entró al baño, el responsable del caos en su vida le había dejado un mensaje en el espejo empañado:
Gracias por la espera
Rebeka gruñó antes de meter la cabeza bajo el grifo del lavabo, olvidándose de que llevababa media hora esperando para poder hacer pis.
Día 9. Wicker Park. Baño de Rebeka y Koen.
Koen llegó al apartamento distraído con la cabeza distraída, mandando unos últimos mensajes a su jefe para darle el reporte de la petición de su cliente al igual que los detalles para el evento que deseaba organizar.
Estaba convencido, viendo la hora reflejada en su móvil, que Rebeka ya estaría en su habitación durmiendo o con su TFM para aprovechar que el chico no estaba aquel día en casa para molestarla.
Por ello, se dirigió a lo largo del salón al pasillo, lo cruzó y abrió la puerta del baño sin llamar.
Fue un maldito error.
Beka acababa de salir de la ducha.
El vapor aún llenaba la estancia. El espejo se encontraba empañado y ella estaba envuelta únicamente en una toalla, su cabello mojado cayéndole por los hombros. Tan preciosamente. Tan…
Joder.
Koen se quedó congelado en el umbral.
Beka, cuando vio al chico delante suyo, tardó por igual un segundo en reaccionar.
Cuando lo hizo, como Koen tanto se temió, comenzó a gritar. A gritar como nunca antes le había escuchado hacerlo:
–¿¡QUÉ HACES AQUÍ!?
A pesar del chillido que habría hecho salir corriendo hasta al maldito Jason Voorhees, Koen reaccionó tarde. Se dio la vuelta, cerró la puerta de golpe y se apoyó contra ella por fuera.
Su corazón latía desbocado, la cara le ardía hasta alcanzar niveles preocupantes..
–¡Lo siento, Rebeka! ¡Pensé que estaba vacío! –Y como el chico solo era, tal y como siempre le llamaba la rubia, un idiota, añadió–: ¡No he visto nada, lo juro!
Pero era obvio que mentía. Había visto. Y demasiado. Ambos lo sabían.
Beka, desde el otro lado de la puerta, se cambió a toda velocidad, furiosa, roja de vergüenza y con ganas de asesinarlo más que nunca antes en toda su vida.
Porque el maldito Koen Ashburn, ese que llevaba dos noches seguidas asomando en sus sueños no para ser un opuesto a su yo de siempre, sino para estrecharla entre sus brazos y susurrarle cosas indecentes al oído, acababa de verla básicamente desnuda.
Cuando salió al fin del baño, se fijó que el chico se había retirado a la cocina para fingir que la encimera era lo más interesante que había visto en sus veinticinco años de vida.
Claramente estaba incómodo.
Le daba igual, ella estaba mortificada.
Así que decidió ser la primera en atacar:
–Has roto al menos tres reglas –le espetó, cruzándose de brazos. Tratando de salvar de alguna manera la poca dignidad que le quedaba.
Koen se giró despacio para mirarla, tratando de parecer normal. Y fallando miserablemente.
–Técnicamente solo una. La de respetar tu espacio personal. Y técnicamente, no ha sido intencionado.
Cuando Beka notó que el chico iba a añadir algo más, lo fulminó con la mirada.
–Ni se te ocurra decir nada.
Koen abrió la boca. La cerró. Suspiró. Y entonces, incapaz de evitarlo, soltó un comentario que, sin siquiera pensarlo, sonó de todo menos inocente, condenándose a sí mismo:
–Solo iba a decir que no eres tan intimidante cuando no frunces el ceño.
Beka se le quedó mirando, callada, dudando entre si lanzarle algo o desaparecer bajo tierra en aquel instante y no volver a ver la luz del Sol.
–Eres insoportable –dijo finalmente, dándose la vuelta.
Koen sonrió, apoyándose en la encimera. Aún se encontraba nervioso, pero la cara de fingida molestia de Beka le hacía olvidarse de todo.
–Y tú sigues siendo una prejuiciosa cuando se trata de mí.
Ella detuvo sus pasos en el pasillo, con la espalda vuelta a Koen.
–Vuelve a entrar al baño sin llamar y te quedas sin dientes.
–Anotado –respondió él, divertido–. ¿Eso va a la lista?
Rebeka se encerró como respuesta en su habitación dando un portazo.
Koen se quedó entonces solo, pasándose una mano por el pelo. Todavía con la imagen de Rebeka envuelta en una toalla grabada en su cabeza.
Pensando, por primera vez con claridad peligrosa, que convivir con Rebeka iba a ser mucho más complicado de lo que pensaba.
Día 10. Wicker Park. Cocina de Rebeka y Koen. Actualidad.
Así llegaban a aquel horrible presente.
Era ya el décimo día, y Rebeka podía notar cómo se mordía las uñas de puro estrés intentando pensar qué nueva regla sería rota por él.
También sobre la forma en que, tan extrañamente, todo parecía ser diferente.
Como si cada vez que habían intentado sacarse de quicio el uno al otro, habían acabado volviéndose algo más cercanos. Aquello definitivamente no podía pasar.
Beka se había prometido el día en que Koen se mudó a vivir con ella que no volvería a caer rendida a sus pies. ¿A dónde narices se había ido toda aquella seguridad en sí misma? Pues a la basura, parecía ser.
Ambos se encontraron en la cocina, preparando cada uno algo rápido de su gusto para la comida. Se lanzaban miradas, se buscaban en silencio, no podían dejar de orbitar alrededor del otro.
Les exasperaba.
Todo era por culpa del día maldito (conocido como el día de ayer).
Porque aquel idiota no había pensado en llamar a la puerta del baño por si acaso.
Porque no se había molestado en levantar la mirada de su móvil y comprobar por las rendijas que la luz estaba encendida.
Porque Rebeka no había tenido la brillante idea de comprar algo que les dejase saber cuándo uno o el otro estarían metidos en el baño para que no pasasen.
Lo peor de todo, ello sí, era que nada de ello le molestaba a Rebeka. No realmente. Lo que le molestaba era lo nerviosa que parecía estar ahora cerca de Koen, cómo el chico parecía tener la mirada perdida en ella cuando se quedaban en silencio. Como en aquel momento.
No.
No iba a entrar más a fondo en ese terreno.
Porque Rebeka tampoco olvidaba la presencia de la tal Brooke West. De la urgencia que parecía tener al tratar de contactar con Koen.
De lo guapa que era en aquella foto de perfil.
De la cantidad de mensajes que podría haber seguido recibiendo por parte de aquella chica, o de cualquier otra, hasta el día de hoy durante estas dos semanas de convivencia.
Koen tenía razón.
Cuando se seguía tratando de él, Rebeka seguía llevándose por sus prejuicios. Y quizá, comenzaba a comprender el porqué se aferraba a estos.
Necesitaba una razón, una excusa por muy vaga o mínima que fuera, para poder aceptar que Koen no se preocupaba por ella, no realmente.
Que aquello que parecía existir siempre entre los dos no era nada más que una tontería que se le pasaría nada más Koen conociera a otra persona que le pusiera entre las cuerdas como Beka hacía.
Definitivamente, no iba a explorar más allá de esto sus sentimientos.
¿Verdad?
Su caudal de pensamientos se vio cortado ante una maldición por parte de Koen a sí mismo.
Cuando se giró a mirarle, el chico llevaba en manos un bol donde había estado cocinando ahora manchado.
No debió de fijarse que habían algunas gotas en el suelo, pues las terminó pisando y, antes de reaccionar, se resbaló.
Koen jadeó. Rebeka jadeó. Las manos del chico salieron disparadas a la encimera donde Rebeka estaba.
El bol acabó en el suelo. Las manos de Koen mantenían a Rebeka aprisionada entre sus brazos.
Con la respiración contenida, ambos se miraron en silencio. Los ojos azules de ella perdidos en los marrones del otro.
Cuando el bol dejó de moverse, Rebeka, muy a su pesar, soltó una carcajada. Koen sonrió ante el sonido de esta y, antes de que se dieran cuenta, Rebeka y Koen estaban riéndose por lo ridículo de aquel momento.
Tras comer, cuando cada uno se encontraba en su habitación, comprendieron con horror que convivir juntos comenzaba a no ser algo tan horrible como habían creído.