Bajo el mismo techo Capítulo diez #3
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Capítulo diez #3

Sin llamar, sin preocuparse en seguir las pautas requeridas para no ser brusca, Beka empujó la puerta para entrar en la habitación y, sin detenerse ni un instante, sin dar oportunidad al chico de reaccionar, señaló el altavoz.

–Apágalo.

Koen, tirado sobre su cama con esa misma sonrisa que había tenido el día anterior cuando estaba en el sofá, sostuvo una mano contra su pecho como si le hubieran ofendido:

–Beka, es una obra maestra. Respétala.

–Voy a desconectar este cacharro del Infierno.

–Eso sería lo mismo que matar el arte. Rebeka Noster, ¿estás tratando de acabar con la música?

Ella, sin hacer caso alguno a las dramáticas objeciones del chico, sabiendo perfectamente que solo buscaba hacerla perder la cabeza, se acercó al escritorio de Koen para tirar del enchufe y desconectar el altavoz.

La voz de Céline Dion cesó en un instante. Koen la miró, herido teatralmente.

–Sabía que no entenderías mis sentimientos.

Beka, aún empecinada en no darle ni un segundo más de placer al hacerla reaccionar, se giró para irse.

–Y yo sabía que no ibas a entender el concepto de convivencia. –Y cerró tras su espalda, dejando solo de nuevo a Koen en su habitación. Él simplemente sonrió al escuchar los pasos de la chica desaparecer en el pasillo.

Día 4. Wicker Park. Salón de Rebeka y Koen.

Rebeka llevaba dudando qué ropa ponerse casi una hora.

Koen, bastante entretenido con la mera existencia de la rubia, miraba todo suceder desde el sofá con satisfacción.

Una estaba de pie con dos conjuntos diferentes sobre la mesa del comedor, el otro sentado en el sofá con los pies descansando sobre la mesita de café ante este mismo.

Al parecer, Rebeka había quedado con Demi y Carla para ir las tres de compras.

No se había enterado del todo de la razón que le había comentado Carla cuando estuvieron hablando por teléfono en la comida, pero por lo que se veía las chicas iban a emprender un viaje a la ciudad natal de Demi, Michigan, para que sus padres conocieran a su novia.

Llevaban tanto tiempo juntas, que no le sorprendía aquello.

Requerían, según explicaba Rebeka, de su presencia pues los gustos de aquellas dos no causarían una gran primera impresión.

Sabía que Carla trataría de vestir sus ropas macarras de pantalones rotos negros, medias y cadenas, y que si dejaba a Demi elegir, acabaría vestida como un pastel pomposo.

Así que Beka era la única salvación para hacer pasar a su amiga por una persona decente.

–Creo que tampoco es para tanto, Rebeka –comentó Koen cuando vio cómo por quinta vez en cuestión de segundos la rubia fulminaba con la mirada a sus ropas, como si le hubieran ofendido personalmente–.

Vas a salir de compras con tus amigas, no a dar un discurso en las Naciones Unidas.

Podrías ir vestida en chándal, que nadie va a pensar que se te ha ido la pinza.

–Calla –ordenó ella, bufando, moviendo sus ojos de su traje chaqueta de color azul marino a su vestido con falda de vuelo–. Es obvio que a ti no te molestan estas cosas. Con tal de que lleves calzoncillos, creerás que estás arreglado del todo.

Koen sonrió con sorna.

–¿Y si te dijera que voy modo comando ahora mismo?

Beka casi se ahogó con su propia saliva.

–Pero, ¿qué…? –Las carcajadas de Koen sonaron a lo largo de todo el salón mientras que una muy sonrojada Beka le miraba entre estupefacta y contrariada. ¿Acababa de insinuar que iba semi-desnudo?–. ¡No me interesa saber esa clase de cosas!

–Seguro que no. –Koen señaló las ropas a las espaldas de Beka–. Pero es en serio, Beka. Uses lo que uses, estarás preciosa.

Un cosquilleo se asentó en el pecho de Rebeka, que miraba totalmente en silencio al chico frente a sus ojos.

Preciosa.

Koen creía, aún a día de hoy, que hiciera lo que hiciese, Rebeka era preciosa.

El otro pareció adivinar sus pensamientos, por lo que su sonrisa se ensanchó. Era la puñetera representación del Gato Cheshire.

–No sabía que te importara tanto lo que pienso –ronroneó. Claramente señalando con una mano vaga en dirección a la cocina.

Porque obviamente esto tenía doble significado. No era Koen simplemente siendo agradable con ella. Era su forma de romper otra regla más. La seis, «cero comentarios sobre mi vida personal».

Cómo le odiaba.

–¡A nadie le importa lo que opines, burro! –exclamó a la defensiva, cogiendo las ropas de la mesa para marchar a paso fuerte a su habitación.

A ojos de Koen, antes de que Beka desapareciera en el pasillo, llegó el tono rojado en las mejillas de esta que tanto adoraba.

Koen se aplaudió a sí mismo.

Definitivamente valía la pena.

Día 5. Wicker Park. Cocina de Rebeka y Koen.

–¿De verdad es necesario… todo esto? –inquirió Koen a la par que cogía una botella de leche con una etiqueta azul sobre este y el nombre de Rebeka escrito en letras grandes.

La chica había comprado aquella mañana un paquete de post-its azules y ámbar, alegando que, para volver a recuperar la cordura en su hogar iban a repartirse las cosas, temerosa de que Koen volviera a ir a por alguna de sus cosas en la cocina al estar dormido.

Si lo dividían todo, razonaba, sus cabezas no volverían a cometer fallo alguno.

Una verdadera pena que a Koen no le gustara que le dijeran qué hacer o no, y que esta rutina de sacar de quicio a Beka se hubiese vuelto su hobby preferido.

Koen se había levantado sintiéndose un pillo aquella mañana, y que nada más se despertara tuviera a Rebeka rebuscando en la nevera para poner todo bien etiquetado le hizo a su vena de niño pequeño coger fuerza.

Se sentía como aquellos pequeños que tiraban de las coletas a la chica que les gustaba para llamar su atención.

Y le encantaba.

Porque por mucho que se quejara, Rebeka siempre reaccionaba.

Podía decirle que parase de una vez, podía hasta echarle del piso y dejarle a su suerte. Pero no lo hacía. Rebeka le dejaba al final molestarla. Se sumaba a aquella guerra tan tonta. Porque ambos lo sabían: en el fondo a ella le gustaba tanto como a él aquel pique constante.

Así que se puso a rebuscar cuando la chica ya no miraba, tal y como Rebeka había hecho aquella misma mañana. En búsqueda del tesoro que haría enrabietar una vez más a su querida rubia.

Detrás de varias bandejas de comida de microondas y marcas asiáticas, Koen encontró unos yogures que habían sido no solo señalados con un post-it azul, sino escondidos para que no llegasen a ojos del chico.

Malicioso, cogió uno de ellos. Yogur griego. En envase pequeño. Perfecto.

Quitó la tapa, cogió una cucharilla y se paseó por la casa mientras disfrutaba con deliberada exageración del yogur que Beka tanto amaba.

La chica le miró con la boca abierta, pasmada.

–¿Qué tan insufrible puede ser una persona?

–¿Mmm? –Murmuro Koen haciéndose el desentendido–. ¿Qué ocurre, Beka? ¿He hecho algo malo? Solo estoy disfrutando un yogur.

La respuesta fue inmediata.

Rebeka obligó al pobre Koen a pasarse toda la noche en vela para hacer inventario de todos sus alimentos en la nevera, haciéndole pagar una vez más sus pecados.

Aunque de pobre no tenía nada. Pues mientras observaba atentamente a la chica dar una larga lista de pros sobre mantener todo bajo un estricto orden para una convivencia llena de paz, Koen sonreía embobado.

No podía verse en un sitio mejor que aquel.

Día 6. Wicker Park. Habitación de Rebeka.

Ambos habían pasado la mañana entera descansando, pues la regañina de la chica y los esquemas sobre los beneficios psicológicos y emocionales al igual que el impacto en la calidad de vida y hábitos a la hora de mantener su hogar ordenado, repasando cada punto de la Investigación de la Universidad de Princeton, específicamente el Centro para la Neurociencia Cognitiva; había durado hasta altas horas de la madrugada.

Por ello, ilusa ella, Beka esperaba así que el chico hubiera decidido alzar al fin la bandera blanca y que aquella rutina en la que parecían haberse sumido fuese a acabar.

Sollozó cuando una nueva regla fue rota sin que ella hubiera podido ni salir de la cama: regla número nueve, «no me despiertes. Nunca».

Ella dormía plácidamente, hasta se atrevía a sonreír mientras soñaba con un mundo en el que Koen fuera un chico tímido, silencioso y bien cuidado. En ocasiones, hasta la vida le daba la oportunidad de que Koen no existiera en el mundo de sus sueños.

Sueños que se vieron cortados por un fuerte y repentino olor a bacon.

Rebeka despertó de muy mal humor, pues odiaba que interrumpiera sus horas de descanso. De ahí la regla nueve.

Cuando cogió su teléfono móvil para comprobar la hora que era, vio que aquel maldito idiota había escogido ponerse a cocinar tiras de bacon a la maldita una de la tarde.

No a las dos, o a las cuatro. No. A la una.

Una hora que la gente usaba para no hacer nada.

A la que los restaurantes comenzaban a abrir para poner en marcha la limpieza de la cocina para cuando llegasen los clientes.

Se despegó de las sábanas con un par de patadas, salió de su habitación y se encaminó a la cocina lista para ponerse a chillar a Koen.

Porque ya llevaban así seis malditos días. Ni un solo día de descanso.

Koen, al ver a una furiosa Rebeka en el marco de la puerta, fingió una mueca de inocencia que solo la sacó más aún de sus casillas.

–¿Sucede algo? –Cuando la chica alzó ese dedo acusador que tan de menos había echado Koen, el chico alzó un plato con bacon recién hecho–. He preparado la comida. ¿Quieres un poco? Tenemos pan, así que podemos hacernos unos buenos bocadillos de bacon.

El estómago de Rebeka decidió responder por ella, gruñendo.

–... Está bien –se rindió a regañadientes, llevando la comida al comedor en el salón para tomar sitio. Koen se unió instantes después, cortando el pan para los dos, repartiendo las tiras de bacon.

Estaba delicioso, pero Rebeka recibiría antes un tiro que halagar en voz alta al chico y sus habilidades culinarias.