Capítulo diez #2
–Escucha. –Se pasó una mano por la cara tratando así de calmarse–. He tenido un día horrible en el curro. Estoy agotada. Quiero sentarme.
–Mmm. –Koen pretendió pensarse aquella posibilidad, antes de volver a sonreír y negar con la cabeza–.
Regla número uno, nada de entrar en tu habitación –recitó, tal y como venía haciendo estos días Rebeka desde que firmó el papel–.
¿No crees que sería mucho mejor que te acuestes en tu cama, lejos de mí?
–Lo estás disfrutando, ¿verdad? Entiendo, he aprendido la lección por lo de aquel estúpido café. Ahora, ¿puedes hacerme espacio en mi sofá?
–En nuestro sofá –corrigió él, socarrón–. Si aceptas que ahora esta casa es tanto mía como tuya, puede que te haga caso y me mueva.
–Joder… –Muy a regañadientes, Rebeka forzó a sus labios a sonreír. Era estirada, casi rota, sus labios temblaban de dolor en su orgullo ante la acción. Se sentían traicionados. «Lo siento»–. ¿Puedes, por favor, hacer espacio en nuestro sofá?
–Eso es, así mucho mejor. ¿A que no era tan difícil? –Koen bajó sus brazos, haciendo la moción de impulsarse para moverse–. Pero –añadió–, no. Creo que no me voy a mover. Mejor no. Estoy tan bien aquí… Sería una pena perderlo, ¿no crees?
Aquello agotó la paciencia de Rebeka.
–Tú lo has pedido –advirtió antes de echar a andar hacia el sofá.
Koen se tensó. Ya había empezado aquella contienda, no podía darse el lujo de acobardarse ahora y dejar a la chica vencer. Así que forzó a su instinto de supervivencia a dejar de chillar. Se mantuvo totalmente inmóvil en el sofá.
Aún más cuando Rebeka realizó su movimiento en aquella partida de ajedrez.
De un momento a otro, Koen notó un peso en su bajo abdomen. Como si de la nada algo, o alguien, se hubiera asentado sobre su cuerpo.
Con los ojos abiertos de par en par, Koen se alzó sobre sus codos para encontrarse con una Beka sentada sobre él.
La miraba atónito. Su cuerpo se tensó más aún, solo que esta vez no fue por una sensación de peligro contra su vida, sino de peligro ante la pérdida de su cordura. Su corazón comenzó a martillar con fuerza contra su pecho, su respiración entrecortándose.
–¿Qué haces? –preguntó con una voz más ronca de la que había pretendido.
–Sentarme –respondió ella sin atreverse a mirarle a los ojos.
–Eso ya lo sé, Rebeka –gruñó–. A lo que me refiero es si estás segura de sentarte así encima mía, en una casa en la que estamos tú y yo. Solos.
Por la espalda de Rebeka corrió una corriente eléctrica ante la insinuación tras aquellas palabras.
–Por supuesto que estoy segura –contrarrestó. Muy a su pesar, la seguridad de su voz no fue tanto como esperó, pues respondió tartamudeando–. ¿Por qué no lo estaría? Está… Está en las reglas, ¿recuerdas? Regla número siete.
Claro que Koen la recordaba. Aquella estúpida regla de no coquetear con ella. Era la que más odiaba de todas. ¿Qué sentido tenía, cuando los dos hasta cuando peleaban se ponían a hacerse ojitos?
–Que escribas un par de reglas tontas en un papel no cambia las cosas, Rebeka –aseguró el chico, sin mover ni un segundo sus ojos de la figura de esta.
Beka se veía perfecta sobre él. Confirmó que aquel era un lugar al que la chica pertenecía–.
Así que te pregunto una vez más, ¿estás segura de quedarte sentada sobre mí?
Rebeka tragó saliva. Se humedeció los labios. Notó que sus rodillas temblaron por un mínimo instante.
Su traidor cuerpo le avisaba que había perdido en el momento en que creyó que lo mejor que podía hacer era sentarse en el regazo del chico de quien había huido tanto tiempo. Tenía razón. Rebeka no debería haberse movido así por su orgullo.
–Cierra la boca. –Se levantó con lentitud de encima de Koen.
Por razones que no iba a tratar de comprender, una parte de sí misma no quería apartarse de la calidez que el chico emanaba–.
Me voy a mi habitación. Pero no por ti. Ni porque me sienta rara sentada sobre ti.
Mucho menos porque hayas ganado esta ronda. Que te quede claro.
Con un aleteo de su pelo, Beka corrió al pasillo para ir a su habitación, cerrar tras de sí y encerrarse dentro.
Ambos gruñeron a la vez por lo bajo, hundiendo sus rostros sobre sus manos.
El marcador había quedado a cero. Rebeka: 0 puntos, Koen: 0 puntos, el universo riéndose de ellos: 5 puntos.
Día 3. Wicker Park. Habitación de Rebeka.
Quizá Beka fuera a acabar calva si seguía tirándose del pelo de tal forma. Era posible que Koen, a estas alturas, solo buscase volverla loca a tal punto que tuviera que ser ingresada en un centro de salud mental. Porque no era normal, ¿no?
Rebeka había avisado a Koen de que el día entero de hoy lo pasaría encerrada en su habitación, cada vez más cerca de la fecha de entrega del primer borrador de su TFM antes de que fuera mandada a hacer sus prácticas como interina al año siguiente.
Eso quería decir que el peli moreno sabía a la perfección que Rebeka estaría todo el día encerrada, concentrada y, en su mayoría, estresada.
Pero aquel ser proveniente del Averno, aquella serpiente con piel de un muy atractivo cordero, no iba a darle ni un solo respiro de paz.
Todo había comenzado con Beka pasando a limpio las anotaciones que había ido haciendo de las lecturas teóricas de su trabajo. La estrategia del océano azul de Kim y con un gemido de puro éxtasis, fue bañada por aquellas letras, música suave y voces tranquilas que le devolvieron algo de paz mental.
Leon Bridges con River dio la marcha, siendo seguido por Holocene de Bon Iver, Cherry Wine (Live) de Hozier, Saturn de Sleeping At Last y Youth de Daughter. Preciosas, perfectas. Simplemente maravillosas.
Beka subió el volumen mientras Ylvis se ponía de fondo a aullar al ritmo de su canción, convencida de que así podría bloquearlo. Aunque realmente no sabía si trataba de acallar a la música o a Koen.
Claro que Koen no era la personificación de todas sus pesadillas por darle a Beka la victoria con tanta sencillez. No. Ese hombre no podía ser acallado con tanta facilidad. Así que lanzó su última bomba.
Primero se hizo el silencio al otro lado de los auriculares de Beka. Uno que parecía ir perdurando. Por lo que la chica, tentativa, bajó los cascos hasta dejarlos sobre su escritorio.
Luego comenzó a sonar un tono suave y melódico que la hizo creer que había ganado. Que realmente, por primera vez en días desde la mudanza, Beka era quien ondeaba la bandera de la victoria.
Pero no.
Claro que no era así.
Porque el sonido de los violines comenzaron a subir a medida que la canción continuaba, comenzando a tensar el cuerpo al completo de Rebeka.
Porque, oh, maldita sea, había reconocido cuál canción había decidido poner.
Esto ya no era solo buscar molestarla para romper sus malditas reglas, no. Buscaba hacer un espectáculo al completo. El show de su vida. Un estrellato que sirviera para hacer ver a Beka lo sin sentido que sus normas eran para él.
Había puesto My Heart Will Go On de Céline Dion.
Sus miedos se vieron respondidos cuando la voz de la mujer entró en sus oídos a pleno pulmón. Beka, al ritmo de Céline Dion, acababa de perder la fe en la humanidad.
Todo por culpa del chico al otro lado de la pared. Era su culpa que sus lecturas nunca se acabasen. Era su culpa que estuviera estancada en su TFM con solo el título de propuesta para su proyecto y una breve introducción.
Así que con fuerza, se levantó de su escritorio, salió de su habitación y se encaminó a la de Koen.