Bajo el mismo techo Capítulo diez
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Capítulo diez

Capítulo diez

Guía de convivencia (¿o supervivencia?)

D os semanas.

Habían pasado dos malditas semanas y el estúpido de Koen Ashburn acababa de destrozar todas las normas de Beka. De la número uno a la número diez.

Había seguido cada maldita regla que Rebeka había creado para ir rompiéndolas. Una a una. Por día. Un día era sinónimo de una regla más en la lista rota. Tachada en el papel que colgaba en la puerta de la nevera.

Definitivamente, se estaba burlando de ella.

Día 1. Wicker Park. Cocina de Rebeka y Koen.

La mañana se había despertado tranquila.

Koen llevaba ya un par de días en el piso. Rebeka, a pesar de ser siempre tan orgullosa, había ayudado a Koen a adaptarse en su habitación, a colocar sus cosas y mantener un premeditado orden incluso en medio de una mudanza.

Aunque a muchos los exasperaría (el propio Koen admitía que sino fuera Beka quien le hiciera mantener tal estricto orden, él propiamente se enrrabietaría), Koen se dejó llevar por ella.

Seguramente, aunque no iba a admitirlo en voz alta, era por ver la satisfecha sonrisa hacer brillar el rostro de la rubia.

Rascándose la barbilla, anotándose mentalmente que debía afeitarse antes de que comenzara a crecerle la barba –no era algo que le entusiasmase tener, mucho cuidado diario para su gusto–, Koen arrastró los pies hasta la cocina.

Sin fijarse en sus alrededores debido a sus ojos aún adormecidos, alcanzó la encimera para que sus dedos encontraran una taza que humeaba un delicioso olor a café que hacía rugir las tripas de Koen.

No paró a pensar a la hora de dar el primer sorbo que era extraño que hubiera café ya preparado a tan temprana hora de la mañana.

Tampoco quiso pensar en el segundo trago que Rebeka no era la clase de persona que preparaba café fuera de su trabajo.

No al menos a la gente que le sacaba de sus casillas.

Mucho menos se paró a pensar en que quizá se estaba bebiendo el café de otra persona.

Al sexto trago y media taza vacía, ya era muy tarde para que Koen pudiera salir vivo de su error.

–¿Se puede saber qué estás haciendo?

Aquella voz suave, baja y llena de molestia que Koen conocía tan bien como la palma de su mano hizo que su cerebro despertara de un bofetón.

Se dio la vuelta a cámara lenta, como si así el universo fuera a darle la oportunidad de huir, de saltar atrás en el tiempo.

Porque, oh, mierda. Beka le miraba casi echando humo por las orejas. Era una tetera hirviendo.

–¿Beber… café? –respondió en un hilo de voz.

Estaba atemorizado. Ni siquiera sabía porqué.

Era más alto y fuerte que Rebeka. La chica podía pasarse horas soltando improperios, pero nunca había agredido a nadie.

No iba a pasarle nada malo. No realmente.

Pero algo en su sistema nervioso le alertaba que solo tenía dos opciones: peligro, huir; o peligro, ponte a llorar.

Rebeka gruñó. Como una bestia. Como si un león estuviera poseyendo su cuerpo para decidir qué acciones debía de llevar a cabo. Como si fuera a tardar un segundo en saltar encima suya para arrancarle la cabeza de un mordisco.

–Ya –replicó–. Ya veo que estás bebiendo café. Pero ese no es un café cualquiera, es mi café.

Sí. Eso temía.

La mano de Rebeka salió disparada en el aire para terminar señalando el papel colgante de la nevera.

–Regla número cinco –leyó en voz alta. Bueno, más que leyó, recitó mentalmente.

A fin de cuentas eran las normas que había impuesto.

¿Quién sino iba a sabérselas al dedillo mejor que ella?

–No toques mis cosas. Y aquí abajo… –con un golpecito con la uña indicó la frase bajo la norma–, especifico que mi café es una de esas cosas. Acabas de romper una regla.

–No ha sido a propósito –aseguró en un intento de calmar las aguas. Comenzó a removerse el pelo, uno que estaba de por sí revuelto tras todas las veces en que cambió de postura al dormir.

Pues empezaba bien la convivencia.

–Estaba dormido, Beka. –El rostro de la chica seguía igual de enfadado.

Como si en vez de beberse su café, Koen se hubiera puesto a romper todos sus libros repartidos por el salón.

Aún así, Koen quería que Rebeka le mirase de otra forma, por lo que volvió a intentarlo–.

Te juro que ni por un instante pensé que estaba tomándome tu café.

–Está bien. –A regañadientes, Rebeka le dirigió una amplia sonrisa a Koen. Este se extrañó. Algo no iba bien–. No pasa nada. Un error lo cometemos todos. No te preocupes.

–¿De verdad?

–De verdad. Lo prometo. Todo bien entre nosotros.

Las dudas de que el comportamiento de Rebeka resultaba extraño se desvanecieron con aquello. Koen suspiró aliviado, antes de devolverle la sonrisa a Rebeka.

Por milagro, había logrado salvar la convivencia antes de que todo explotase.

O eso creyó.

Porque al día siguiente, Beka dejó dos tazas de café preparadas. Una nota adhesiva en estas con el nombre de cada uno, diciendo que era su forma de disculparse por cómo reaccionó ante el incidente del café.

Koen, enternecido, dejó una vez más que su cabeza no pensara. Porque no iba a cometer un fallo al no pensar, ¿verdad? Era un gesto, algo que no recordaba que Beka hubiera tenido con él en… que no hubiera tenido nunca antes.

Claramente, uno debe de aprender de sus errores.

Koen se pasó el resto de la mañana en el baño, escupiendo, vomitando, esperando que aquel maldito café, esa bomba explosiva que había sido nada más que una trampa para su cuerpo, le abandonara.

Supo que todo fue realizado con propósito por parte de su ahora compañera de piso al escucharla reír mientras Koen se aferraba al váter.

–Las reglas –ronroneó Beka al otro lado de la puerta–, están para cumplirse, querido.

Koen apretó con tal fuerza el váter que sus nudillos empalidecieron.

Este era el comienzo de la guerra.

Día 2. Wicker Park. Salón de Rebeka y Koen.

Rebeka podía jurar que a cada día que pasaba, Mikayla se volvía cada vez más tiránica.

Aquella tarde, la cafetería Luz de tarde se había llenado a tal punto que tuvieron clientes haciendo cola de espera a las puertas de esta.

Era uno de esos días en los que la ciudad se volvía animada al tener a todos sus habitantes en sus calles con la idea de salir a pasar la tarde, a tomar un café tras el trabajo o tomar algo antes de turnos nocturnos.

¿Qué significaba aquello? Que ninguno de los tres empleados bajo el nombre de Mikayla tenían permiso ni derecho a tres segundos de paz.

Carreras por la cafetería, asentimientos a cada palabra dicha, disculpas por la tardanza…

Todo, con una amplia y contenta sonrisa.

Como si estuvieran orgullosos de recibir los bufidos molestos de los clientes.

Cada vez que alguno de ellos cometía el más mínimo error, Mikayla sacaba la fusta y comenzaba a denigrarles con tal de tener a los clientes contentos.

Beka se preguntaba si alguna vez la estricta mujer recordaba los tiempos en los que ella misma era tratada de tal forma por clientes y deseaba poder escupirles en el café, o si a lo mejor ella nunca había tenido que preocuparse por esa clase de cosas y siempre había lamido los pies de todos menos los cercanos a ella.

A Rebeka le había caído una gran bronca, de entre todo lo malo de aquel día, cuando había preparado un café solo a un cliente en vez de un café helado con crema.

Tampoco había cometido un crimen. Una equivocación entre diez órdenes en solo dos minutos no era algo tan malo.

Pero Mikayla se ofendió aún más que el cliente.

Mientras el hombre le aseguraba que no pasaba nada y trataba de reafirmarla, su jefa comenzó a poner en duda la experiencia de Beka. Se preguntaba en medio de la cafetería si la chica había aprendido algo en toda su vida. Si quizá se había acomodado tanto que ya no recordaba ser eficiente.

Una persona podía pasar por alto esa clase de faltas de respeto al hacerse a ellas diariamente, pero Rebeka no era tan fuerte de mente. Toda su vida se cuestionaba a sí misma, y su jefa solo era el pistoletazo para que sus acalladas inseguridades salieran a flote.

Por ello, necesitaba entrar en su reconfortable casa, lanzarse a su cómodo sofá y tirarse al menos una hora mirando al techo sin hacer ni pensar en absolutamente nada. Volverse una con su sofá hasta tener la sensación de que todos sus problemas eran banales.

El problema era que la vida nunca estaba de su lado.

Cuando abrió la puerta de su piso, cerró y se dio la vuelta suspirando, ese maldito engendro que tenía como compañero de piso, o más bien como termita invencible, estaba desperdigado por su amado sofá.

Piernas y brazos abiertos y estirados para no dejar ni un solo espacio libre entre los cojines, la cabeza descansando en un extremo mientras murmuraba la melodía de un anuncio de la televisión.

El muy maldito sonreía. Con ganas. Con fuerza.

Más aún cuando vio a Rebeka de pie, a unos pasos de distancia, mirándole con real molestia.

Le divertía molestarla.

Seguro que era por aquel maldito café caducado que le había preparado.

–¿Se te ha olvidado la regla número nueve? –inquirió ella de mala forma, logrando únicamente que la sonrisa del chico se ensanchase aún más. Si seguía así, seguro que le iba a dar tal tirón en los nervios de sus labios que no podría sonreír nunca más. Rebeka ansiaba que sucediera aquello mismo.

–¿Qué sucede con la número nueve? Perdona, hiciste tantas que se me han olvidado.

Beka gruñó. Como un animal. Últimamente, gracias a este idiota, sentía que podría sobrevivir en un bosque o en la Havana.

–Las zonas comunes son territorio neutro –deletreó con lentitud cada palabra para el chico, recordándole con un gesto de la mano que estaba claramente rompiendo otra regla más–. Ponía específicamente que el sofá no era tuyo para apropiártelo. Haz hueco.

–No sé, Beka –replicó el otro, descansando los brazos tras su nuca–. Estoy bastante cómodo aquí.

–Apártate, Koen.

–No lo creo.

Rebeka volvió a gruñir. Capullo.