Capítulo nueve
Capítulo nueve
Convivencia infernal
S i hacía dos meses le hubieran dicho a Rebeka o a Koen que ambos se encontrarían en una situación como aquella, ni siquiera se habrían echado a reír, sino que habrían matado al mensajero. Porque ese mensajero solo sería portador del mal.
¿Alguien podía rebobinar en el tiempo, estudiar todo lo que habían vivido hasta aquel día, sus decisiones, y explicarles cómo era que las cajas y pertenencias de Koen estaban, en aquel mismo instante, repartidas a lo largo la estancia de Rebeka?
Al parecer, Adrian, que estaba ayudando con la mudanza, no opinaba de la misma manera. El chico se encontraba haciendo el bobo mientras Koen y él se encargaban de ir dejando cajas con enseres personales, bolsas de deporte llenas de ropa y otras cajas con zapatillas.
–Podrías haberme regalado, no sé, tu televisión –se quejaba poniendo una burlesca mueca de desasosiego.
Koen, en cambio, ponía los ojos en blanco ante la idiotez de su amigo–.
Pero claro, para ti era más importante venderla y hacer dinero.
Eres un capitalista corrompido por el sistema, Ashburn.
Eso me hace daño, como muy buen amigo tuyo que soy.
–Si tan corrompido estoy por el sistema, ¿para qué quieres tú una televisión, Noster?
–devolvió la pregunta Koen, devolviéndole la mueca al rubio quien fingía indignación por lo que estaba insinuando–.
Una televisión es únicamente un objeto inventado por el Estado para hacer gastar dinero a las personas a lo loco y que absorbe a las mentes más jóvenes, haciendo que no tengan ni un mínimo de vida social, ¿no? ¿O no es eso lo que defiendes?
–Claro, pero vivo solo. Como mucho, puedo mantener una charla con las moscas cuando se cuelan en verano en casa.
No acabaría con los sesos hechos papilla –replicó–.
Es una metáfora, casi una sátira. Fui dado el objeto que más daño causa a nuestro sistema y, en vez de acabar con él, lo tengo en casa para no usarlo nunca.
–Eres tan raro a veces.
Adrian no contó con una oportunidad de replicar y defender su honor ya que su hermana, que había estado todo ese tiempo callada, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y una pequeña rabieta, le lanzó esa famosa mirada Noster que le hizo congelarse hasta los huesos.
Fija, directa, inamovible.
La mirada de Rebeka Noster, de una enfadada Rebeka Noster, era lo que más atemorizaba a Adrian por las noches.
Por ello, decidió dar tregua a su amigo (peores momentos iban a llegarle ahora), un par de palmadas en la espalda como un silencioso apoyo y, con una gran sonrisa, salió corriendo del piso en un abrir y cerrar de ojos.
Que se salve quien pueda, ¿verdad?
Maldito traidor.
Koen ahora se encontraba a solas (completamente a solas) con Rebeka, quien seguía en su enrabietada postura en el sofá, y era un momento muy incómodo.
Cambió el peso de su cuerpo entre sus pies.
Probó con aclararse la garganta (qué extraño, de repente se le había quedado seca), con silbar, con dejar de silbar cuando la sequedad de sus labios le hizo sonar como un cojín de pedorretas más que un ruiseñor.
Miró a varios lados de la casa. Asintió con aprobación.
Y Rebeka seguía igual.
Enfadada. Refunfuñona. Casi se atrevería a decir furiosa.
Y que Dios le maldijera si no lo amaba.
A veces Koen se preguntaba si era masoquista. Quizá, desde el día en que Beka posó sus preciosos ojos azules sobre él Koen fue exiliado a una vida de masoquismo deplorable. (Tampoco iba a quejarse).
–Mmm… ¿Rebeka? –tanteó con pies de plomo, temeroso de que si respiraba, si simplemente parpadeaba, el T-Australopithecus-Rexbekus frente a sus ojos fuera a chillar antes de engullirle–. ¿Todo… bien en casa?
–¿A ti qué te parece?
«Buena esa, Ashburn», se regañó a sí mismo. Aún así, no perdió la sonrisa.
–Siéntate –ordenó Beka, apuntando con una mano el sofá donde estaba sentada. No le apetecía fingir una cálida bienvenida a Koen. A fin de cuentas, para ella esto no era más que un favor para su hermano. Un fastidioso favor–. Tengo algo para ti.
–¿Por qué tengo el presentimiento de que no es algo bueno? Porque no me vas a dar un regalo de bienvenida, ¿o sí? –intentó bromear, sin mucho éxito, pues la chica le lanzó la misma mirada que hizo a Adrian huir del piso.
Tragando saliva con fuerza, Koen decidió que sería mejor dejar las tonterías para otro momento.
Dudoso, preguntándose si ese regalo con sorpresa sería que Beka envenenó la zona del sofá donde quería que se sentase, tomó sitio con una postura reducida.
Cabeza hundida entre sus hombros, manos en sus rodillas, pies en punta listos para salir corriendo.
De momento no le daba picazón en el trasero, por lo que su teoría del veneno quedaba descartada.
Rebeka, sin aportar ni una sola palabra, posó en la mesa un papel arrancado de un cuaderno, con varias palabras escritas en él, arrugado.
–¿Qué es esto?
–Si quieres vivir aquí, hay unas reglas que has de seguir –contestó con firmeza Rebeka. Koen se preguntó si estaba en un RPG, y Beka era el jefe final que iba a mandarle a trescientas misiones imposibles hasta que falleciera.
–Unas… –Pasó su mirada de Rebeka al papel varias veces, como en un partido de tenis. No lo comprendía–. Reglas. Me has regalado reglas.
–¿Algún problema?
–No, ninguno.
Todo esto era tan Rebeka. Su letra pulcra, redonda y clara. La forma en que hasta el papel, que parecía ser trivial para la chica, era rellenado en cada hueco con esmero. Como un contrato.
El fantasma de una sonrisa asomó por sus labios, imperceptible si uno no se fijaba con totalidad, mientras cogía el papel entre sus dedos y comenzaba a leerlo.
LISTA DE REGLAS DE CONVIVENCIA
1. Nada de entrar en mi habitación
Ni un “solo un segundo”, ni “la puerta está abierta”. Es territorio prohibido.
2. Respeta mis horarios
Si estudio, estudio. Si duermo, duermo. Ni comentarios, ni música, ni nada.
3. Nada de traer gente sin avisar
Y “avisar” no significa decirlo ¡¡¡5 minutos antes!!!
4. La cocina se limpia tras usarse
Ni “luego”, ni “mañana”. Después .
5. No toques mis cosas
Especialmente mis libros, mi comida y mi café .
6. Cero comentarios sobre mi vida personal
No opiniones, no burlas, no análisis psicológicos improvisados.
7. No coquetees conmigo
Nada de miradas raras, ni sonrisas provocadoras, menos aún tus “bromitas”.
8. No me despiertes. Nunca.
Ni por ruido, ni por olores, ni porque “era importante”.
9. Las zonas comunes son neutrales
Nada de apropiarte del sofá como si fuera tuyo (es más mío que tuyo).
10. Esto es temporal
No te acomodes. No te confíes. No olvides que no te quiero aquí.
Ambas partes aceptan seguir estas reglas dentro del contrato firmado
Doña:Don:
Maldita sea Rebeka Noster y su desenfadado descaro.
Claro que en la lista de reglas la única que iba a salir bien parada era ella misma, claro que iba a marcar su piso como suyo y únicamente suyo, incluso cuando Koen fuera a tratar de dejar su huella.
Pero lo que más se esperó fue la décima regla, la esperaba tanto que no pudo contener el bufido divertido ante esta.
Porque Koen no era recibido por Beka con brazos abiertos, no le quería allí.
Incluso si aquel verano había acabado con los dos en buenos términos, incluso si ambos eran conscientes de que entre ellos había despertado algo que iba más allá de un pique esporádico; Rebeka no iría a dejarle la puerta abierta para comprobar qué era realmente.
Pero Koen sabía jugar. Tan bien como ella. Por lo que podía fingir que estas normas le importaban. Que iría a seguirlas al pie de la letra.
Cuando sonrió, cogió un boli y firmó en su hueco (obviamente iba a tener que firmar), el fruncido ceño de Rebeka se relajó. Ya no había arrugas allí, sino piel lisa y plana.
LISTA DE REGLAS DE CONVIVENCIA
1. Nada de entrar en mi habitación
Ni un “solo un segundo”, ni “la puerta está abierta”. Es territorio prohibido.
2. Respeta mis horarios
Si estudio, estudio. Si duermo, duermo. Ni comentarios, ni música, ni nada.
3. Nada de traer gente sin avisar
Y “avisar” no significa decirlo ¡¡¡5 minutos antes!!!
4. La cocina se limpia tras usarse
Ni “luego”, ni “mañana”. Después .
5. No toques mis cosas
Especialmente mis libros, mi comida y mi café .
6. Cero comentarios sobre mi vida personal
No opiniones, no burlas, no análisis psicológicos improvisados.
7. No coquetees conmigo
Nada de miradas raras, ni sonrisas provocadoras, menos aún tus “bromitas”.
8. No me despiertes. Nunca.
Ni por ruido, ni por olores, ni porque “era importante”.
9. Las zonas comunes son neutrales
Nada de apropiarte del sofá como si fuera tuyo (es más mío que tuyo).
10. Esto es temporal
No te acomodes. No te confíes. No olvides que no te quiero aquí.
Ambas partes aceptan seguir estas reglas dentro del contrato firmado
Doña:Don:
Esto iba a ser divertido.
Mientras Koen, mandado por Rebeka, se dirigía a la cocina con las reglas (ahora firmadas por los dos) en la mano y tarareando una alegre canción; la atención de la chica fue movida al teléfono de Koen, que acababa de iluminarse con la llegada de una nueva notificación.
Eran unos mensajes.
El ceño de Rebeka volvió a fruncirse.
Mensajes de una tal Brooke West. Añadida con nombre y apellido en los contactos de Koen.
¿Quién era Brooke West?
Siendo consciente de que, como bien dicen, la curiosidad mató al gato, Rebeka abrió la notificación de los mensajes para poder saber de quién trataba aquella persona y qué requería de Koen.
La foto de perfil era de una chica. Guapa. Sonriente. Cabello pelirrojo teñido y brillante bajo el ángulo perfecto de la luz solar.
El corazón de Rebeka dio un vuelco ante los mensajes.
Brooke West:
Koen por favor deja de ignorar mis mensajes ✔ ✔
Necesito hablar contigo ✔ ✔
Es urgente ✔ ✔
Cuando quieras hacerme caso, sabes dónde encontrarme ✔ ✔
Dejó el teléfono a un lado, bufando.
¿Qué se esperaba? Koen Ashburn siempre sería Koen Ashburn, sin importar los años que pasaran.
Definitivamente, Rebeka no iba a caer una vez más en sus redes.