Capítulo ocho #2
–¿Qué sucede ahora? –«Ahora», decía. Como si se hubiera pasado la mañana entera lanzando platos y tazas por toda la cafetería para romper la preciada vajilla de su jefa.
Quizá debería hacerlo en su último día de trabajo.
–Nada –respondió usando aquella sonrisa que tan bien había aprendido como instinto de supervivencia con sus padres.
Esa que siempre lograba destensar los hombros de Mikayla–.
Simplemente es una propuesta en los turnos.
Demi va a estar ocupada esta tarde, y yo empiezo el lunes las prácticas del máster, así que hemos acordado que yo cubro hoy su turno y ella el mío del lunes, si no tienes problema, claro.
Las cejas de su jefa se alzaron con curiosidad, como queriendo darle paso a seguir desarrollando su punto.
Bien, la tenía en el bote.
–No queremos que la cafetería se vea falta de personal por nuestra culpa –añadió con mayor seguridad.
Mikayla parecía estar satisfecha con su dedicación a la cafetería, pues estaba hasta sonriendo.
O no. Puede que los cereales de esta mañana de Beka tuvieran sustancias alucinógenas y se lo estuviera imaginando–.
Por eso quería preguntarte si estás de acuerdo con nuestro trato.
No tendrás que pagarnos extra tampoco, así que todos salimos ganando… ¿No?
Mikayla se aclaró la garganta antes de asentir con lentitud. Con tanta que casi parecía un espejismo. Otro, como su sonrisa.
–Me parece buena idea. Muchas gracias por informarme, Rebeka. Puedes volver a trabajar, y decirle a Demi que puede irse ya si así lo desea.
¡Lo había logrado!
Con repetido agradecimiento que hizo bufar incómoda a Mikayla, Beka fue a su amiga, sonriente, y Demi se mordió la lengua para no comenzar a chillar de la felicidad que sentía al verse libre para ir corriendo a brazos de su amada novia.
–Eres la mejor del mundo, Beks –halagó mientras se quitaba el delantal con tanta prisa que el pelo se le enredó en este.
El tinte rosado que había usado en sus mechones interiores y nuca ahora era azulado, camuflándose sobre el delantal.
Nada más verse libre, abrazó con fuerza las costillas de la rubia, le dio tres sonoros besos en su mejilla izquierda y voló para ir a cambiarse en la sala de descanso.
–Veo que súper Beka ha vuelto a salvar el día –bromeó a su lado Jonas, sujetando con una mano una bandeja metálica llena de tazas y platos vacíos.
El corazón de la recién nombrada dio un vuelco dentro de su pecho.
–Eso espero, me debe una. –¿Acaso era muy obvio lo que sentía al sonreír como ahora a Jonas?
Porque sentía que su sonrisa casual tenía de todo, menos casual.
Era como aquel meme que Carla usaba siempre que se enteraba de sus pequeños momentos con Jonas por parte de Demi, el de aquel chico con una postura tan antinatural como su jefa sonriéndole antes.
–Rebeka –la voz de esta sonó a sus espaldas, Jonas tardando un parpadeo para darle una sonrisa apenada antes de desaparecer en la cocina para lavar las tazas y platos de su bandeja–. He accedido a aceptar vuestro trato porque ibas a trabajar. No te pago para que hagas el tonto con Jonas.
Aquella regañina le devolvió la memoria de una noche vaga de verano, hacía ya tres años, en la que había ido al restaurante donde su hermano la había citado y comenzado a trabajar periódicamente en la cafetería. La de la camarera a la que había asustado con sus palabras cortantes y directas.
No se equivocó al final, ¿verdad? Su jefa la regañaba por estar tonteando en vez de atender a clientes.
–Perdona, Mikayla. Me he distraído un momento, pero no volverá a pasar.
–Eso espero. –Parecía estar realmente exasperada, como si en vez de coquetear un poco con un compañero de trabajo, Beka hubiese ido hasta su casa a cagarse en su felpudo haciéndole un corte de manga.
«Otra cosa que añadir a la lista»–. Este sitio es una cafetería.
Si Jonas y tú queréis ligar, iros a un club, fuera de vuestro horario de trabajo.
–Sí, señora.
–Es la primera y última vez que te advierto de esto, Rebeka. Que quede claro.
Su jefa muchas veces era dura, tanto que Rebeka no podía evitar ver el reflejo de sus padres en Mikayla. Nada de bromas, odiar que la gente haga su vida, demasiado tragada por el trabajo como para siquiera sonreír.
Luchando contra un nudo situado en su garganta, Beka volvió a asentir, más débilmente esta vez, y volvió a su trabajo.
Terminó la jornada sin atreverse en siquiera mirar discretamente a Jonas.
Con agenda en mano y subrayador en la otra, Beka repasaba los apuntes del máster en su ordenador al igual que los correos donde su tutor le explicaba las partes que podía cambiar o por qué ámbitos de estudio podría llevar a cabo su tesis para mayor rigor académico, subrayando en los libros teóricos que había comprado para su bibliografía cada parte de información que le resultara necesaria para su TFM.
Mientras dejaba sobre una página un post-it amarillo, simple y chillón, con algunas palabras clave para poder entender la importancia de aquella información cuando comenzase a redactar sus apuntes, el móvil de Beka comenzó a vibrar.
Era una llamada.
De su hermano.
Confundida, estiró la mano para coger la llamada. Inclinó la cabeza para sujetar contra su hombro el teléfono sin la ayuda de sus manos, y así poder continuar con sus estudios sin ser interrumpida.
–¿Adrian? –preguntó nada más escuchó que la línea estaba conectada–. ¿Sucede algo?
–Hola, Beks. –La voz de su hermano al otro lado sonaba baja, susurrante. Parecía como si estuviera compartiendo un secreto con ella–. ¿Estás libre? Necesito que me hagas un favor.
Su voz se encontraba teñida por la urgencia, cosa que alertó a Rebeka.
–Claro, estoy libre. Estaba con unas lecturas para el TFM, pero puedo parar por ahora. ¿Qué necesitas?
–Verás… Hay un pequeño problema ahora mismo entre mis manos.
–La explicación que le aportó hizo sentir aún más inquieta a su hermana–.
Sé que es como en esa canción de Encanto , que no se habla de Koen y eso, pero…
Escucha, ha tenido unos problemas con su compañero de piso.
Chungos. Ahora mismo está sin techo y, aunque le han devuelto la fianza, no creo que vaya a encontrar pronto un lugar donde quedarse.
–Vaya.
Desde que habían vuelto de aquellas vacaciones de verano en Oak Street Beach, Beka y Koen no habían vuelto a coincidir.
Por primera vez entre ellos, no fue por decisión propia, pues tras los momentos tensos que habían vivido aquella noche tras el partido de vóley, ninguno había peleado o deseado no volver a verse.
Simplemente se habían despedido como dos personas maduras y siguieron con sus vidas.
Beka era consciente de que aquella decisión fue tomada por ambos para evitar aquello que parecía seguir naciendo entre los dos.
La última noticia que tuvo fue por boca de Adrian.
Koen se había ido a un piso compartido junto con un chico llamado Joel que había conocido en un evento.
No eran muy amigos ni cercanos, pero en la convivencia parecían entenderse, y el alquiler no era caro, por lo que Koen se reunió con los padres del otro y firmaron el contrato.
Al parecer, la convivencia no era tan buena como pensaba.
–¿Qué es lo que ha pasado para que le echen así?
–Eso… –Adrian dudó, Beka pudo notarlo–. Mejor que sea él quien decida si quiere que otros lo sepan o no. Es un verdadero lío. Bueno, si lo pienso, todo con Koen lo es. Creo que voy a pagarle una limpieza de chakras o algo, porque el pobre está gafado.
–Adrian.
–¿Sí?
–Te desvías del tema. ¿Por qué me has llamado? No creo que sea porque quieras que curioseemos sobre la desastrosa vida de tu mejor amigo.
–Cierto. –Adrian rió bobamente, y Beka podía imaginárselo a la perfección rascándose la nuca–.
La verdad es que te llamo para apelar a tu lado más humanitario.
Está ahora mismo en mi piso, pero ya sabes que no hay espacio ni para mí aquí, y aunque amo mi sofá, si Koen duerme ahí más de una semana acabará con las lumbares destrozadas.
Por eso… –Otra vez, la duda–, por eso me preguntaba si podrías dejar que se quede contigo.
Rebeka comenzó a reír. Porque era bastante gracioso, el chiste que su hermano acababa de contarle. ¿Ella y Koen? ¿Viviendo juntos? ¿Cuando habían demostrado que cuanto más tiempo pasaban uno al lado del otro, peor iba todo?
Pero su hermano no se reía junto a ella.
–¿No era un chiste?
–Pues no, Beka. No era un chiste.
Mierda.
–¿De verdad quieres…? –Se acalló a sí misma, tragando saliva al sentir la garganta repentinamente seca–. O sea, ¿crees que siquiera eso puede salir bien? Lo dudo mucho. ¿O se te ha olvidado nuestro historial?
Adrian suspiró. De forma alargada, comprensiva, como si aquello tampoco hubiese sido su plan. No uno de su gusto, al menos.
–Lo recuerdo, Beka. Pero está en la calle.
No tiene más gente a la que recurrir, ¿me entiendes?
No puedo dejar a mi mejor amigo tirado como un vagabundo.
Te puede pagar el alquiler con lo que le han devuelto, así puedes costear mejor los precios del título del máster.
¿No crees que todos salimos ganando? Juro que si lo haces, te deberé el mundo entero.
Por favor, hermanita. Sabes que Koen no dudaría si fuera él quien estuviera en tus zapatos.
Doble mierda.
Porque era cierto, joder.
El maldito Koen Ashburn no duraría dos segundos en darle a Rebeka su casa, su ropa y su vida si supiera que ella lo necesitase. Porque era un idiota. Siempre se metía en problemas cuando no los buscaba, y tampoco entendía lo que era refrenarse o controlarse a sí mismo.
–Está bien –farfulló–. Puede quedarse de alquiler en mi piso. Tengo una habitación extra que puede usar.
Su hermano comenzó a celebrar y agradecer a su hermana, prometiendo comprarle todo lo que le pidiera, presentarse en su casa a la mañana siguiente con su desayuno favorito y comérsela a besos.
Cada vez que creía haber logrado librarse de Koen Ashburn, este resurgía entre sus cenizas como el mismísimo ave fénix, y cargaba contra ella como si fuera uno de los jinetes en su juicio final.
Maldita sea la vida.
Maldito sea el día en que alquiló un piso de dos dormitorios por practicidad, por emergencias, como se dijo a sí misma.
Ahora Rebeka iba a tener al enemigo metido en casa.