Capítulo ocho
Capítulo ocho
De… ¿mudanza?
R ebeka Noster tenía que aceptarlo: su vida de independencia era una mierda.
Aquel fue su primer pensamiento al atestar un golpe a su teléfono, como si de aquella manera pudiera fingir unos minutos más que no tendría que alzarse de su deliciosamente cómodo colchón, destapar su cuerpo de sus suaves sábanas de tela y dirigirse a la cafetería para hacer frente no solo a un turno infernal, sino a las directrices de su pesadilla con piernas, conocida por el Estado como Mikayla según su identificación.
Gruñendo, pateó las sábanas hasta que su cuerpo quedó expuesto a la brisa fresca primaveral que había en aquellos tiempos en Chicago y, con el incentivo de moverse para no llegar ansiosa por su tardanza a la cafetería, se levantó de la cama y se dirigió a la cocina para prepararse algo de desayunar.
Se encontraba vertiendo en su bol de leche un puñado de cereales de cacao de marca blanca cuando su teléfono vibró contra la mesa.
Curiosa, encendió la pantalla donde el nombre de Carla tomó posesión.
–¿Cuatro mensajes seguidos? –exclamó a nadie en concreto–. ¿En qué lío se habrá metido ahora?
Carla:
Buenos días, Beki-Bek s♡ ✔✔
Me preguntaba si podrías darme una
alegría real esta misma mañana ✔ ✔
Demi y yo queremos ir a una cita ✔ ✔
Nos haces el gran favor de hacer doble
turno en Luz de Tarde ?? ✔✔
Claro que era por aquel motivo.
Desde aquel verano en Oak Street Beach, sus queridas amigas habían caído rendidas la una ante la otra, a las pocas semanas empezando una relación.
Una que pintaba cada día a ser mucho más seria, ya que, como última noticia, se había enterado que Carla había comenzado a dejar poco a poco sus pertenencias en el piso de Demi.
Rebeka:
Si te digo que no, me va
a caer una buena ✔ ✔
Así que disfruta con Demi ✔ ✔
Y dile que me debe una ✔ ✔
Carla:
Muchas gracia s♡ ✔ ✔
Te amo (amamos )♡ ✔ ✔
Eres la mejor, Noste r♡ ✔ ✔
En su habitación, tras lograr peinarse como pudo sus alocados pelos de dormida en una coleta alta y lavarse los dientes, Beka sacó su uniforme y, con rendición, se vistió mientras pensaba una excusa lo suficientemente persuasible para su jefa.
Debía dejar de sacrificarse por el amor de aquellas dos.
Aunque al final era muy consciente de que volvería a hacerlo.
La mañana se había despertado más tranquila de lo habitual, cosa que animó el estado de Rebeka. Eso quería decir que no habría muchos clientes en la cafetería.
Luz de Tarde era aquel lugar donde Beka había comenzado a trabajar aquel fatídico día en que abandonó la casa de sus padres.
Era una cafetería bastante cuca, si era sincera consigo misma.
Paredes de ladrillo en el interior, una esquina de lectura a la que llamaron «esquina de libros para compartir» para todos aquellos ratones de biblioteca que querían vivir un momento estético en sus vidas y compartir su tiempo de lectura en sus redes sociales, mesas de madera oscura con sillas de hierro negro excepto en un ventanal y los dos sillones de la esquina de lectura, macetas pequeñas de suculentes decorando las estanterías de la cafetería junto enredaderas de plástico y pizarras negras con los platos del día y el resto del menú escritos a mano.
En cambio, su uniforme no era tan bonito: una sencilla camiseta blanca plana, unos pantalones slim negros, zapatillas discretas y un delantal azul petróleo en el que en una esquina se veía el logo de la cafetería, un sol naranja, y en el otro lado un pin con su nombre para dejar saber quién era a los clientes por si tenían alguna queja.
Al abrir la puerta, Beka fue recibida por el sonido de fondo de risas de algunos clientes que ya tenían algunas órdenes sobre sus mesitas y de esa playlist que Mikayla había creado en Spotify con canciones indie que nadie excepto ella reconocía o de melodías de piano sin letra.
A ello le siguió el olor de la cocina siendo abierta y preparada, al igual que el aroma de café recién molido proveniente de las cafeteras que parecían estar siendo limpiadas en aquel momento, y un leve olor a pan de masa grande siendo calentado en los hornos de la cocina tras la barra.
–Buenos días –saludó Rebeka al salir de la zona trasera con su delantal atado y el pin con su nombre bien visible.
El primero que se giró a mirarla fue Jonas, quien le estaba dedicando en aquel instante aquella amplia y aniñada sonrisa que tanto alegraba los días a Rebeka.
–Buenos días, Rebeka –le devolvió el saludo con ese tono de voz tan inocente que el chico tenía. Desde su posición, Beka podía ver cómo sus incisivos centrales se encontraban ligeramente separados el uno del otro, o el mínimo retazo de una pequeña cicatriz de hace años sobre su ceja izquierda.
Era tan mono.
Jonas Cortez, 26 años, atractivo y algo altanero, era el compañero ideal de Rebeka en la cafetería, y el objetivo de la chica desde hacía unas semanas.
Era de su estatura, por lo que no tenía problemas a la hora de charlar con él sobre dónde debía mirar.
Tenía una complexión delgada que gustaba a Beka, igual que unos cabellos rizados que parecían saltar a cada paso que daba.
Rebeka empezó a fijarse en Jonas cuando una tarde, hace dos semanas, estaban los dos en el mismo turno.
La rubia estaba colocando, como esa pequeña manía que había comenzado a desarrollar durante los días como camarera, las tazas sobre la barra tras preparar la orden alineadamente.
Se sentía tranquila, feliz, ya que acababan de notificarle dónde iba a hacer sus prácticas antes de tener que presentar su trabajo final del máster y había obtenido muy buenos resultados en sus últimos trabajos y exámenes.
Esa paz se vió interrumpida por dos clientes que claramente no parecían saber que los camareros no existen para servir como criados a los demás, y comenzaron a realizar varias quejas sobre sus cafés, que si querían una cosa u otra para acompañar su merienda, que cómo podía alguien tardar tanto en algo tan simple como hacer café cuando todo el trabajo lo hacían las máquinas.
Y, por desgracia, Beka debía escuchar, agachar la cabeza y disculparse si quería mantener el trabajo que le permitía pagarse el máster.
Jonas, notando la urgencia y la creciente alteración en su compañera, acudió en su rescate. Con una sonrisa que no llegó a sus ojos y una postura defensiva al situarse frente a Beka, miró directamente a los clientes y les soltó con veneno:
–Estimados clientes, sentimos que estén teniendo tan pésima experiencia en nuestro precioso café. Si así lo desean, ya que tan a disgusto se encuentran, pueden pagar todos los cafés y bollería que han obligado a mi compañera traerles y largarse pacíficamente para no volver a pisar Luz de tarde.
Aquello no solo dejó embobada a Rebeka, sino que los propios clientes, seguramente de esos empresarios exitosos de la ciudad, se miraron, nerviosos, antes de terminar disculpándose con Rebeka.
Jonas se volvió su héroe aquel día.
Aprovechando que Jonas se encontraba en aquel momento preparando un té, Beka se posó junto a la pared que daba la entrada al almacén y comenzó a suspirar mientras veía al chico moverse.
Era como una maldita adolescente, descubriendo a su primer crush .
–No sabía que nos pagaban extra al babear por los demás –susurró una voz guasona y familiar a su costado, asustando a Rebeka en el proceso.
Demi la miraba con cara de circunstancia, sabiendo a la perfección la atracción que su amiga sentía por el Cortez.
No la culpaba, aunque su atracción por las mujeres no le hacía entender muchas veces los gustos de las hetero y cómo se dejaban burlar por los hombres, Jonas tenía aún, tras años en Chicago, ese ligero acento mexicano que le hacía aún más atrayente, igual que el moreno de su piel y cómo vibraban sus cuerdas vocales de esa forma tan latina cuando hablaba en castellano–.
Me parece injusto, cuando solo estamos Jonas, tú y yo trabajando, obviando a la señorita Rotenmeyer.
Eres mi amiga, los tíos no me atraen y es imposible que una piedra se sienta realmente atraída por la jefa sino te va el rollo sado-maso.
Beka aguantó una carcajada. Porque realmente Mikayla Griffin, su jefa, era una mujer que podría protagonizar 50 Sombras de Grey en el papel de Christian femenino.
Era una mujer muy atractiva a sus cuarenta años, pero esa rectitud en su postura, las arrugas en las comisuras de sus labios de fruncirlos tantas veces con disgusto y aquella personalidad de comandante militar no ayudaban a que se pensase de ella en un ámbito fuera de los látigos y la silicona.
–Tengo que confesar la triste historia de que no, no pagan extra por babear.
–Una sincera pena.
Mientras seguían bromeando entre sí, Mikayla, con esos pasos seguros que resonaban contra la madera de la cafetería, hizo su aparición empujando la puerta de la cocina con su espalda para dejar una bandeja llena de napolitanas de crema y chocolate recién sacadas del horno en el mostrador.
Con aquellos ojos fríos e intimidantes que la jefa de Luz de tarde usaba como su mejor arma, lanzó una significativa mirada a las dos chicas, rápidamente acallando su momento de diversión y haciendo que volvieran a trabajar con prisa.
La mañana pasó con tranquilidad hasta la hora de comer, momento en el que Demi y Beka se miraron desde distintas puntas de la cafetería y comenzaron a mover sus cejas en código morse para comunicarse.
Suspirando, sabiendo la bronca que se llevaría por ello, Rebeka se acercó reticente a la barra donde Mikayla se encontraba secando un par de tazas blancas con el nombre de la cafetería y su logo prensado.
–Perdona, Mikayla, ¿puedo pedirte una cosa?
Su jefa, con ese moño rubio tan bien sujeto y hecho que no podía evitar preocupar a Beka al preguntarse si la sangre le circularía bien en la cabeza, alzó esta con el ceño fruncido. No le había dicho nada, pero ya estaba a la defensiva. Instintos sádicos, definitivamente.