Bajo el mismo techo Capítulo siete
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Capítulo siete

Capítulo siete

Haciendo la maleta

H abía tenido que colgar aquella maldita llamada diez veces seguidas. ¿Acaso no podían dejarle en paz? No exigía mucho. Solamente libertad, calma. Sentir que su vida era pacífica, sin problemas ni padres divorciados que no aprendían nunca de sus errores.

Koen estaba harto.

Por si fuera poco, había tenido que hacer horas extra en el trabajo, pues el nuevo evento en el que iba a colaborar exigía mayor atención de la que le habían avisado antes de aceptar el encargo.

Podía notar las ojeras bajo sus ojos, el peso en sus músculos y el pinchazo de dolor en sus huesos. Llevaba toda la semana tirándose de los pelos para poder encontrar una solución a todo el estrés que llevaba acumulando.

Claro que la cosa no mejoraba si pensaba en volver a su piso, tener que enfrentarse de nuevo no solo a la ciega ignorancia de Joel, sino al tener que soportar tres segundos más a su irritante novia, Reagan.

Todavía no lograba comprender qué veía Joel en una mujer como Reagan.

Para más inri, aunque había bloqueado el número y se había encargado de no dejar opciones de contacto entre ellos, Brooke había vuelto a las andadas. Como el verano pasado. Estaba, al parecer, desesperada por saber si Koen seguía vivo, pero Koen dudaba mucho de sus verdaderas intenciones.

Se apuntó una nota mental de cambiar su número de teléfono.

No tenía otra opción.

Era patético. Veinticinco años, y aún seguía arrastrando problemas desde los dieciséis.

Suspirando, masajeando sus agarrotados hombros, Koen abrió la puerta de su piso, diciéndose que primero y antes que nada se daría una ducha caliente, cenaría algo rápido y acabaría el día yendo directamente a la cama.

Sus planes se vieron desbaratados cuando Joel Stevens, su compañero de piso e hijo de los dueños de este mismo, le lanzó, de forma literal, una de sus bolsas deportivas a ras de sus pies. Pero, ¿qué…?

–¿Qué cojones te pasa? –inquirió el Ashburn alternando la mirada entre la bolsa a sus pies a su compañero de piso, los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y molestia.

–He hablado con Reagan, Koen. –Las dudas se apagaron para dar paso a una sensación de alarma dentro del chico ante aquella información–. Me lo ha contado todo.

–¿Exactamente qué es ese «todo»?

La carcajada seca que le dedicó como respuesta Joel le dejó saber que, claramente, su novia había vuelto a manipular la situación para salir airosa frente al otro.

–¿De verdad te vas a hacer el tonto? –La furia en cada palabra soltada por Joel dejaba anclado en el sitio a Koen.

Estaba claro que el idiota delante suyo había elegido qué verdad quería creer, y Koen se encontraba lo suficientemente agotado como para pelear o discutir con alguien que elegía la ceguera para ser usado por su pareja–.

Me lo ha contado todo . Cada vez que has aprovechado que no estaba en casa, cómo le has hecho sentir incómoda desde que te acogí en el piso, cómo has tratado de aprovecharte de ella algunas noches en las que se ha quedado a dormir aquí.

Tenía que ser una maldita broma.

Gruñendo, Koen comenzó a masajear su frente, exhausto. Porque debería de haberlo sabido. Reagan era así, mentirosa, manipuladora e infiel. Y Joel… Ese pobre diablo iba a pasarse el resto de sus días destrozado por una persona que no sentía nada por él más que gusto por el dinero que podía sacarle.

–¿Le has creído? –preguntó ya sabiendo la respuesta.

–Pues claro que he creído a mi novia. Estaba llorando, contándome todo lo que ha pasado y callado estos meses entre temblores. Se ve que no sabes lo de que «no» significa «no».

Joder.

No.

No era una maldita broma.

Ahora Koen tenía que añadir a la lista de sus desgracias que le trataran como un acosador sexual.

Genial.

–Mira, tío, me da igual que tu novia te tenga el seso absorbido de una forma hasta tenebrosa, que te creas sus lágrimas cada vez que miente sobre los chicos con los que trata de ponerte los cuernos, ni mucho menos nada de lo que esa mujer quiera intentar decir de mí.

Estoy cansado, ha sido un día muy largo, quiero irme a la cama y dormir.

Así que deja de lanzarme mis cosas, de tocarlas a tu antojo y apártate antes de que pierda la paciencia.

–No vas a volver a pisar esta casa.

La mente de Koen se quedó abruptamente blanca, vacía, sin formular aquellas palabras.

¿Cómo?

–¿Perdona? –inquirió con una carcajada de su parte, asombrado–.

¿Me estás echando del piso donde tengo un acuerdo firmado con tus padres?

¿El mes que ya he pagado? ¿Por tal gilipollez como que tu novia se invente cuentos que solo tú crees?

Si me echas sin previo aviso ni devolviéndome la fianza, sabes que puedo denunciarte a ti y a tus padres. Que no saldrás bien parado, ¿verdad?

–Ten. –Parecía ser que Joel realmente era sordo, ya que decidió lanzar sobre la bolsa a sus pies un sobre cerrado–. Todo el dinero que has pagado de alquiler hasta ahora. Así no tienes ninguna queja, ¿no? Largo.

–Estás de puta broma. Escucha, Joel, esta casa no es tuya. No decides ni tú ni mucho menos Reagan quién entra o sale porque te dé la real gana.

–He hablado con mis padres y han aceptado rescindirte el contrato. –Pues claro que sí. Porque así era la vida de Koen: cuanto más aguantaba, más mala suerte volvía a asentarse sobre sus hombros–. Quiero que te vayas, que te alejes de mi novia y no volver a verte la cara en lo que me queda de vida.

Que no será mucha, con esa culebra bajo tu techo.

–Si tanto lo quieres así –se rindió, bufando.

¿Qué sentido tenía intentar hacerle ver la realidad?

¿Dejarle saber las tres veces que había pillado a Reagan sacar a hurtadillas a chicos con los que se había enrollado en las fiestas que hacían en el piso?

Ninguno. Y si era sincero consigo mismo, el piso no valía tanto la pena, y había terminado cogiéndole tirria a Joel mucho antes de esta disputa–.

No llores cuando te encuentres un condón usado en la papelera y sepas que no es tuyo ni mío.

Tu novia tiene formas muy entretenidas de disfrutar tus fiestas.

Recogió su dinero, la bolsa deportiva y se fue a su habitación por última vez.

Ya tocaba marcharse de uno de esos problemas que no dejaba de arrastrar.

Cuando tenía todas sus pertenencias empaquetadas, habiéndose llevado hasta los muebles o electrodomésticos que le pertenecían dejando a Joel y Reagan sin microondas, cafetera o televisión –los vendería para hacer más dinero–, Koen comenzó a conducir en dirección a casa de Adrian.

No solo era un sin techo, sino que se encontraba enfadado, acabado y con ganas de mandar todo a la mierda.

En cuestión de segundos estaba con las manos en sus bolsillos, esperando frente a la puerta cerrada de su mejor amigo, la única persona coherente que le quedaba en el mundo, esperando tras haber llamado al timbre a que le abriera.

Adrian, con el cabello revuelto y aspecto adormilado, lanzó una sonrisa a su amigo, sin realmente comprender qué le traía a su casa a aquellas horas, y dejó pasar a Koen.

Este cerró la puerta tras su paso y, de forma decidida, se encaminó al sofá de su amigo y se dejó caer sobre la suavidad de este, suspirando aliviado al poder estar sobre una superficie que no fuera un campo de minas.

–No sé si me voy a arrepentir de preguntar pero, ¿qué ha pasado? –Adrian estaba ya sentado a un lado de Koen, los brazos apoyados sobre sus rodillas al inclinarse al frente.

Koen comenzó a revolverse el pelo al pasar su mano por estos en un gesto indeciso.

–Joel acaba de echarme del piso. Me he quedado sin casa.

La bomba cayó entre los dos como un sándwich caducado, haciendo que Koen se removiera inquieto sobre el sofá esperando la reacción de su amigo.

¿Se enfadaría con él? ¿Le echaría la culpa por haber aguantado, como siempre hacía en aquella tendencia malsana suya, a Reagan y su actitud todos estos meses?

No se veía con energía para aguantar una de las famosas broncas de Adrian.

–Estás de coña –fue la respuesta que obtuvo de Adrian. Ello logró sonsacar una pequeña risotada de Koen.

–Eso mismo dije yo. –Suspirando, echó la cabeza hacia atrás hasta que sus ojos se fijaban únicamente en el techo de Adrian.

El rubio no parecía haber aprendido aún lo que era limpiar, pues aquellas manchas que siempre le tenían preocupado seguían en este.

A cada día expandiéndose más. Eran como el maldito Imperio Romano, cada día más grandes y poderosas–.

Pero no es una broma. Reagan le ha dicho que, básicamente, no paro de acosarla y aprovecharme de ella cuando Joel no está en el piso.

Como Joel no usa mucho la cabeza, le ha creído.

Me ha lanzado una de mis bolsas deportivas nada más entrar, me ha devuelto mi dinero y me ha echado del piso.

–¿Eso no va, como, contra la ley? –Seguramente era así, pero Koen estaba tan agotado que, a pesar de haber amenazado con lo mismo a Joel minutos atrás, no tenía ganas de seguir ningún trámite legal en el que tendría que buscar pruebas concisas de la injusticia que acababa de pasarle–.

Es decir, tienen que avisarte con tiempo antes de echarte del piso si quieren rescindir el contrato.

–Lo sé, pero no voy a hacer nada. Acepto la derrota. No me apetece aguantar un juicio contra Reagan y sus insinuaciones en el que, al final, nadie me creerá al no tener pruebas tangibles que refuten la realidad que pinta.

–Menuda putada. –Con un golpecito seguro en sus rodillas, Adrian se levantó–. Bueno, puedes quedarte unos días. Hasta que encuentres algún sitio nuevo. Aunque me veo obligado a ser un mal amigo y advertirte que más que eso no va a ser posible. No hay habitaciones libres en las que puedas quedarte.

Ya lo sabía. El piso donde vivía Adrian no solo era un desastre, sino que era muy pequeño. Tanto, que solo contaba con lo necesario: una habitación, un baño, un salón y una pequeña cocina que parecía más bien un pasillo. Lo ideal para un piso de soltero.

–Gracias, Adrian. Solo necesito dormir en algún sitio que no sea mi coche mientras trato…

No sé, de resolver este caos, o lo que sea.

Lo bueno es que no creo que me cueste mucho encontrar un piso nuevo en alquiler.

–Se echó a un lado sobre sí mismo para dejar el sobre con su dinero devuelto sobre el sofá a su derecha–.

Me ha devuelto toda la renta. Desde que firmé el contrato hasta este mes.

–Dentro de lo malo, parece que se ha portado –aceptó Adrian, abriendo el sobre para contar la cifra dentro de este–. Mejor. Que jodan a los padres de ese cretino, por tenerlo tan encaprichado.

Con una débil sonrisa, Koen miró agradecido a Adrian. Estaría realmente perdido si no lo tuviera.

Colocaron en el sofá lo necesario (un cojín y una manta por si acaso) para hacer la estancia de Koen agradable en este.

Era otro de los objetos antiguos de Adrian, los muelles rechinaban a cada movimiento sobre este, por muy discreto que fuera, y se clavaban en tu columna vertebral como si desearan arrancarte los huesos.

Lejos del oído de Koen, en su habitación mientras el peli moreno se –trataba– de acomodar sobre aquel sofá de, seguramente, los setenta, Adrian cogió su teléfono abandonado en su cama, se metió en contactos y pinchó el botón de llamar.

A los tres tonos una voz suave sonó por el otro lado de la línea.

Adrian suspiró aliviado.

Menos mal, porque la necesitaba.

–Hola, Beks –saludó con voz baja, esperando que Koen no llegara a hacer el nombre de la persona con la que hablaba–. ¿Estás libre? Necesito que me hagas un favor.