Bajo el mismo techo Capítulo seis #4
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Capítulo seis #4

–¡Una pelota de vóley! –La sonrisa de Adrian era tan amplia, que seguramente era sinónimo de no enterarse de lo que acababa de pasar entre su hermana y su mejor amigo. Este patrón estaba volviendo a aparecer entre ellos, al parecer–. ¿Os apetece echar una partida?

–Vóley de playa –apreció Demi. Al parecer, tanto ella como Carla se habían unido al grupo en ese proceso de realización interna–. Suena bien. Solía jugar en el equipo de mi instituto. Aunque nunca lo hice en la arena. Podría ser divertido.

–¡Dividámonos en equipos! –sugirió Carla, emocionada ante la idea de poder jugar al lado de Demi. Mostrarle sus habilidades (nefastas seguramente, pues en su vida había tocado una pelota de ningún tipo).

–Me pido a Beka –señaló Adrian antes que nadie.

–Yo a Koen –replicó Demi. Parecía ser que aquellos dos habían decidido ser los capitanes sin preguntar a los demás–. Y como has decidido empezar a elegir tú, también cojo a Carla en mi equipo.

–Me parece justo –asintió el Noster, descansando su brazo sobre los hombros de su hermana para atraerla a él en un gesto afectuoso–. Los hermanos Noster, juntos de nuevo sobre la pista. Os vamos a machacar.

–No te creas tanto. Eres un torpe para el deporte –rebatió con diversión Koen, habiendo olvidado la tensión en su cuerpo–. Además, os superamos en número.

–¿Ah, sí? –Esta vez fue Beka la que alzó la barbilla con orgullo–. Creo que mi hermano y yo podemos patearos el culo si queremos.

–¿Eso que oigo es un resto, Rebeka Noster?

–Siempre.

Ambos se sonreían. Como en aquellos tiempos donde su rivalidad era divertida, donde se entretenían buscando ser el vencedor.

–Acepto.

–Que gane el mejor.

El partido estaba siendo duro.

No por la temperatura, pues el clima estaba de tregua con los visitantes de la zona, ni tampoco porque estuvieran generándose disputas entre nadie.

No.

Todo era culpa de aquel par.

El dúo Beka-Koen era imparable, incluso en un juego que había comenzado como un partido amistoso con el que pasar el rato.

Carla había sido la primera en abandonar a su equipo, en su mayoría por el monstruo al que solía llamar amiga que era Beka cuando la competitividad la engullía.

Era mala jugadora, lo sabía, pero su amada rubia era mordaz cuando así lo deseaba.

El siguiente fue Adrian, que se unió al rincón de los apestados deprimidos que había comenzado Carla, agachado como un cachorro pateado por culpa de Koen.

Ni siquiera iban en sus respectivos equipos, ¿por qué se ensañaron tanto con ellos?

¿No les hacían el juego más sencillo? Demi pudo aguantar más rato que los otros, habituada a la competitividad en el juego, hasta que empezó a notar sus músculos agarrotarse y decidió irse para levantarle el ánimo a Carla –y a Adrian por peticiones del chico, alegando que se sentía muy solo al verlas–.

Puede que hubieran pasado dos horas desde que el juego pasó a ser un enfrentamiento Rebeka versus Koen, o tres días, quizá un año (así lo tomaban sus cansadas mentes), pero aquellos dos seguían igual de frescos que cuando habían iniciado.

Cabía la posibilidad de que no fueran humanos.

–¿Quién va ganando? –preguntó Carla con la mirada perdida, como si en aquel momento pudiera fusionarse con la arena bajo su cuerpo y ser engullida por el agua.

–Es un empate –respondió de la misma manera Adrian, que veía la pelota ser golpeada de un lado a otro con empatía. Pobre pelota. Aquellas extranjeras no se la habían regalado para que fuera maltratada de aquella forma.

–Por favor, que se acabe ya –rezó Demi en voz baja–. Tengo hambre.

Los cielos parecieron apiadarse de ellos, o solamente estaban aburridos de ver que aquel partido no acababa nunca, pues el final se acercó de forma abrupta.

Koen había dado un traspié para tratar de responder al ataque de Beka, pero ella no había bajado la guardia, por lo que tras colocarse la pelota a sí misma, dio con fuerza a esta antes de que se estampase a un lado de Koen sobre la arena.

Ganó.

El juego había acabado, Rebeka alzándose vencedora.

–¡Sí! –celebró a la par que sus amigas y su hermano, por razones muy diferentes. Mientras alzaba un puño en el aire, orgullosa de sí misma por haber vencido frente a Koen, le buscó con la mirada con un comentario listo en mente. Uno que desapareció nada más llegó a sus ojos la expresión del chico.

Estaba sonriendo, más de lo que nunca antes le había visto sonreír. Sus ojos tenían un nuevo brillo adquirido. No eran simple ternura, no, había algo más profundo tras ello, un rasgo de… ¿admiración? ¿Orgullo? «Sabía que ganarías», parecían decirle.

Su pecho se contrajo, la sangre alterándose en sus venas.

Koen Ashburn, quien acababa de perder frente a ella en un lugar atestado de personas, solo podía sentirse orgulloso de su victoria.

Aquella noche, con un nuevo sentimiento naciente al cual no se permitía nombrar, se despidió junto a los demás antes de entrar en la habitación que compartía con Koen. Sin pronunciar palabra, ambos se ducharon, cambiaron y acostaron.

Con la luz apagada, a pesar de estar espalda contra espalda, Rebeka solo podía notarle. El calor emanando de su cuerpo. El sonido de su respiración. El cosquilleo en sus pies cuando sus tobillos se rozaban al moverse uno de ellos.

¿Era atracción? ¿Cariño? ¿Apego?

No.

No podía sentir nada por él.

No por Koen Ashburn.