Bajo el mismo techo Capítulo seis #3
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Capítulo seis #3

Entre risas y chistes, escogieron un punto de los pocos que habían libres para asentarse.

Colocaron un par de toallas sobre la arena, dejaron el bolso de playa en el medio y quedaron repartidos de la siguiente manera: en una toalla rosa, con dibujos casi blanquecinos de muchos lavados, se sentaban Demi y Carla; a su otro lado, sobre una toalla de rayas blancas y azul pastel estaba Beka, entre Carla y su hermano, quien estaba junto a Koen en la última toalla, negra por completo.

–Oye, Demi. –Los presentes podían jurar que si Carla parpadeaba más rápido para aletear sus pestañas frente a la chica de pelos teñidos, o terminaría volando o acabaría con un ojo tuerto–. ¿Me ayudas a ponerme crema solar en la espalda? Como ves soy muy pálida, me quemo con facilidad.

–Un verano en que llevamos a Carla a South Beach, pareció al volver que habíamos pasado por una marisquería para comprar una langosta gigante.

–Bajo las carcajadas de Beka y Demi, Carla golpeaba el brazo de Adrian con fuerza, quien acababa de humillarla ante el amor de su vida.

Este se quejó mientras acariciaba la zona dañada, haciendo un puchero.

–Esas cosas no se cuentan.

–¿Pero sí puedes usar a tu primo y su mal sistema digestivo como punto de conversación?

–Él no está presente. No creo que vayáis a conocerlo nunca. –Mentía. Esperaba, ansiaba, que Demi fuera a conocer a su cagalero primo. Poder señalar a Demi con aires de grandeza y soltar un «querida novia, este es Jung, el de la caca libre».

Qué bonita sería la vida entonces.

–Eso es incluso más cruel. Hablar del mal ajeno sobre personas no presentes es de mala persona. Y de cotilla.

–Mira quién habla.

Adrian se llevó, ofendido, una mano al pecho.

–¿Yo? Si soy un trozo de pan.

–De esos chamuscados en la parte de atrás y con poca miga –añadió Carla.

–Qué mala.

–Te ayudo –cortó la, si podía llamarse de tal forma, discusión Demi, cogiendo el bote de crema de manos de Carla mientras le dirigía una sonrisa, una que la asiática describiría como angelical si le preguntasen.

–Eres la mejor, Demi.

Con una risita suave por parte de la otra, abrió el bote, lo apretó y esperó hasta que Carla se hubiese quitado la camiseta con la que tapaba su bikini para comenzar a extender la crema por la espalda de esta.

La asiática, por su parte, trataba de no hacer muy obvia la manera en que los dedos de Demi sobre su piel la hacían estremecer.

Claramente fallaba.

Pero ellas dos estaban muy sumidas en su mundo perfecto para notarlo.

Adrian, que se sentía solo al ver el amor florecer en otros, sujetó sin aviso alguno a Koen del brazo, se levantó de la toalla arrastrando a su amigo consigo mismo, se quedó solo en bañador mostrando su definido pero fino cuerpo, y llevó a Koen con él cuando este enseñaba la tez morena de su pecho por igual, en dirección a un grupo de chicas a cierta distancia de ellos.

Koen, que muy poco sabía el verdadero destino al que su amigo le llevaba, se dejó llevar.

Así fue como Beka acabó sola.

Pasó la mirada de sus amigas, que aún seguían ensimismadas en aquella escena un tanto erótica de ponerse crema la una a la otra, hacia su hermano y Koen, viendo cómo Adrian saludaba con una gran sonrisa al grupo de tres amigas que, si se fijaba bien, tenían pinta de haber venido de vacaciones a visitar la ciudad.

No pudo evitar preguntarse qué hacía realmente allí.

Koen, por su parte, no prestaba real atención a la chica de cabellos morenos y rizados que trataba de hacer conversación con él.

A pesar de que no se alejaba, porque aún era sostenido con fuerza de la muñeca, atrapado bajo la garra de Adrian, su mente no quería que la chica que coquetease con él fuera aquella extraña, sino una rubia de muy malas pulgas a la que podía sentir sin necesidad de girarse mirándolo con fijeza.

Sonrió escuetamente, explicando que no había venido solo antes de señalar en dirección a Rebeka, esperando que la chica captase el mensaje y desistiera en su atención para dársela a Adrian, quien no hacía ningún feo a ninguna de sus otras dos amigas.

La morena asintió con la cabeza, antes de devolverle la sonrisa y unirse a la charla de los demás.

Con un suspiro de alivio, Koen logró liberarse del agarre de su amigo para volver a la toalla. Estaba esperando el momento en que un comentario mordaz típico de Beka se abriera paso en su breve estado de paz consensuada, pero no lo hizo. Frunció el ceño. ¿Y Beka?

Al girar la cabeza para buscarla donde estaba sentada la última vez que la vio, notó que ahora solo se encontraba su toalla vacía. Decidió mirar para el lado contrario, obteniendo la misma respuesta.

–Chicas –llamó la atención de la ¿pareja? antes de que se fueran a levantar para ir a nadar–. ¿Sabéis a dónde se ha ido Rebeka? –¿Beks? Está… –La voz de Carla se apagó al comprobar, igual que había hecho Koen segundos atrás, que su amiga no estaba allí–. Vaya, ¿dónde está?

–No la he visto irse –susurró con preocupación Demi.

Antes de que Koen tuviera oportunidad de alterarse y comenzar un grupo de búsqueda, una familiar voz sonó a sus espaldas:

–Me voy por un rato, ¿y me echáis tanto de menos? Qué tiernos.

Era Rebeka. Estaba bien.

Aliviado, Koen se dio la vuelta para regañarla, explicarle como si de su padre se tratase el peligro que corría al alejarse de todo el mundo de forma tan imprudente, listo para enumerar en una de esas listas que ella tanto amaba todos los posibles escenarios fatales a los que podría haberse enfrentado.

Se quedó con la garganta seca y la boca abierta, porque las palabras murieron nada más sus ojos fueron arropados por un color carne suave inconfundible.

Rebeka se había ido, pero solo para dejar su ropa en la bolsa de playa e irse a los vestidores cerca de la costa. Su chaqueta sin mangas y vaqueros cortos habían sido sustituidos por prendas mucho más reveladoras.

Un precioso y ajustado bikini azulado marino cubría las partes justas de su cuerpo, dejando a la vista su cuidada piel. Su rubia melena ondeaba sobre sus hombros y espalda bajo la suave brisa veraniega, enfatizando con mayor rigor las curvas de Rebeka.

¿Se estaba ahogando con su saliva y tosiendo hasta la muerte? ¿O se acababa de quedar petrificado en su sitio? Antes que nada, ¿quién era él? Esto…

Mierda.

¿Por qué tenía que ser la tentación tan atractiva?

Rebeka, seguramente dándose cuenta del efecto que su plan había ocasionado en su contrincante, sonrió victoriosa.

Porque claro que sí, aquello no era solo Beka queriendo darse un baño o sentirse guapa con ropas que le sentaran bien, era un reto chillado al cielo en un claro gesto de dejarle saber a Koen todo lo que no iba a tener.

Maldita sea.

Cogiendo su propia chaqueta abandonada sobre la toalla, Koen se levantó nada más supo que no era el único disfrutando de las vistas.

Puede que no fuera su lugar, puede que no debiera sentirse así.

Joder, acababa de decirle la noche anterior a Rebeka que él también había perdido el interés en arreglar nada entre ellos.

Pero no podía soportarlo. Odiaba que la gente, que otros , la miraran así.

Como si solamente al enseñar su cuerpo tuviera que ser vista como un diamante en bruto.

Rebeka Noster siempre se veía preciosa.

Hasta cuando estaba tapada hasta el cuero cabelludo.

Aquellos incultos no merecían la beneficencia de poder observarla sino sabían apreciarlo.

Gruñendo, cubrió a Beka en un gesto tierno pero protector por los hombros, reposando sobre estos su chaqueta, que la tapaba desde la espalda hasta llegar por debajo de la cintura como si fuera envuelta por una manta, a la par que lanzaba una amenazante mirada a todo aquel que osase mirarla.

Ella, viendo a los hombres (y algunas mujeres) rehuir de Koen al notar su aura sangrienta, tuvo que morder el interior de sus mejillas por no sonreír.

No iba a sentirse especial por un gesto tan infantil.

Ni en sueños.

–¿Qué significa esto, Koen? –interpeló en cambio.

La mejor manera, había aprendido, de no pensar mucho sobre la forma en que el peli moreno hacía, aún ahora, saltar su corazón dentro de su pecho era buscándole las cosquillas–.

No recuerdo haberte dado permiso para hacer esto.

¿Acaso crees que mi bikini es inapropiado?

–Para nada. Estás jodidamente preciosa –refunfuñó sin siquiera percatarse de sus palabras.

Beka no pudo esconder el sonrojo que aquel comentario parecía ocasionar en sus mejillas como respuesta, pero para su suerte los ojos avellana del chico seguían enfocados en el resto del mundo–.

Solo me hago cargo de que nadie que no lo merezca crea que puede mirarte.

–No te tomaba por el tipo celoso, Ashburn.

En aquel momento Koen decidió que lo mejor que podía hacer era mirarla.

Y menuda mirada le daba. Sus ojos se habían oscurecido, pero no perdían aquel brillo tierno que durante el invierno que compartieron juntos siempre le acompañaba al estar Beka presente.

Un escalofrío corrió libre por su espina.

Koen la miraba con intensidad, antes de susurrar con voz ronca:

–El arte solo debe ser admirado por aquellos que lo adoran, Noster.

Sin tener oportunidad de replicar para esconder a ojos de Koen la manera en que cada vez aumentaba el rojado color de sus mejillas hasta quemarle, la voz de su hermano se abrió paso entre ellos dos:

–¡Mirad lo que me acaban de regalar!

Con un sobresalto, ambos se apartaron del otro como si se hubiesen quemado. Avergonzados, miraban a extremos contrarios, tal y como habían hecho durante toda la noche con una almohada colocada entre ellos sobre la cama.

¿Qué acababa de pasar?

–¿Qué tienes? –preguntó Koen tras aclararse la garganta. Sin coger de vuelta su chaqueta sobre los hombros de Rebeka, se encaminó hacia Adrian. Beka sujetó los lados de la chaqueta descansando sobre sus hombros, buscando esconderse tras esta misma y poder sosegarse de nuevo.