Bajo el mismo techo Capítulo seis #2
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Capítulo seis #2

–También hay un ave llamada así, el kiwi.

–Mientes.

–No lo hago. ¿Para qué mentiría yo en una tontería así?

–Para dejarme como un tonto.

–Eso lo haces tú solo.

–No es verdad.

–Vale, lo que digas. –Alborotando su pelo, Koen no pudo evitar pensar que aquella situación no tenía sentido alguno.

¿Por qué Beka? ¿Acaso no acababa de decirle horas atrás que, en resumen, le odiaba a él y todo lo que representaba?

–. Pero, ¿es en serio? ¿Beka…? ¿A ella no le importaría compartir habitación conmigo?

–Es en serio.

Koen sopesó sus opciones. Porque, ¿qué era mejor? ¿Ser odiado por dos noches seguidas con el peligro de que te ahoguen con la almohada? ¿O respirar un aroma a establo que poco se le antojaba?

–Está bien –se rindió–. Dormiré en la habitación con Beka.

Cuando llegaron a la habitación, ambos a cada lado del pasillo, se pudo notar cómo el ambiente se cargaba.

Sus pasos eran silenciados por la moqueta, sus rostros inexpresivos dibujados por claroscuros.

Cuando se detuvieron frente a la puerta, se miraban fijamente, sin realmente prestar atención a nada más.

Reto, irritación y resignación, aquella mezcla que parecía estar siempre presente cuando estaban juntos.

Iban de un extremo a otro, dejándolos agotados.

–¿Qué? –Ambos hablaron a la par, hartos de aquella rutina en la que se encasillaron.

Este verano iba a ser un infierno.

–Me pido el lado que da a la ventana –fue lo primero que sonó tras una tensa hora de silencio, asombro y creciente molestia en la habitación 302.

A pesar de que hacía casi una hora en que los dos habían decidido abandonar su duelo de miradas, seguramente al haber notado que nadie iba a desfallecer repentinamente, y entrar en la habitación; se habían quedado congelados uno al lado del otro.

Hombro contra hombro. Mochilas en el suelo.

Ojos pegados en la cama de matrimonio situada en todo el centro, como el burlón recuerdo de aquello a lo que habían accedido, despertando al darse cuenta de la realidad tras sus palabras.

Era una cama. En una habitación. Los dos solos. Para dormir espalda contra espalda.

–¿Por qué tengo que ceder yo el lado? –inquirió con malas ganas Koen.

No habían hablado durante minutos, y nada más lo hacían ya parecían pelear de nuevo.

¿No podían darle un respiro?–. A la princesa no le va a pasar nada si duerme cerca de la puerta.

No crecen garrapatas en lados específicos de las camas como si fuera musgo.

–Ese lado está cerca del baño. Como comprenderás no me apetece estar al lado del váter para dormir.

–Porque a mí sí me apetece, ¿no?

–A nadie le importa lo que te apetezca.

–Al dinero que he gastado para estar aquí, sí. Si tan poco te gusta, vete a dormir con Carla y Demi, o con tu hermano y su cagalera. Incluso puedes dormir en el pasillo. La moqueta parecía ser muy cómoda, perfecta para alguien tan rabiosa.

–Podrías ser tú el que decida no usar la cama y dejársela a una dama –rebatió Beka, cruzándose de brazos–. ¿No vas por la vida fingiendo ser un noble caballero? Bien, pues es tu mejor momento para demostrarlo. Sacrifícate y duerme en el suelo, para que pueda usar la cama y no estar incómoda.

–Claro, y si quieres también me pongo a buscar por toda la zona comida cuando tengas hambre, te preparo el baño cada vez que vayas a ducharte y me encargo de llevar todas tus cosas a cada sitio que vayamos.

–Pues no estaría mal.

–Mira, Rebeka. –Koen notaba una jaqueca comenzando a formarse.

Era como si un grupo de personas empezase a aporrear su cerebro como si se tratase de un mero tambor, hasta ir aumentando y asemejando un festival en ella–.

Sé que me odias, lo has dejado muy claro, y si te puedo ser sincero, hasta hace unas horas quería intentar hablar contigo y arreglarlo todo.

Aún así, tras escuchar lo claramente disgustada que estás por mi mera existencia, tampoco siento ganas de estar cerca tuya.

Hemos venido aquí con más gente, has aceptado dormir aquí conmigo.

Pórtate como la persona madura que dices ser y pasemos estas noches en la mayor calma posible, ¿sí?

La rubia se quedó abruptamente callada. Porque era la primera vez que Koen sonaba tan cansado al hablarle.

Quizá se había pasado. Puede que Carla tuviera algo de razón.

Cuando Rebeka se empecinaba en una cosa, no había nada ni nadie que le cambiara de opinión.

Muchas veces Rebeka lo tomaba como un cumplido, pero ahora mismo dudaba si debía tomarlo de tal forma.

–Está bien –cedió a regañadientes, apartando la mirada derrotada.

No le quedaba otra. Si seguía con esto, tras lo que el Ashburn acababa de pedir, ella quedaría como una niñata, cosa que no iba a permitir–.

¿Qué lado de la cama quieres? –Era una pregunta reticente, como si desease hacer todo menos darle a elegir algo a su gusto, pero era algo con lo que Koen podía vivir.

Al menos no había ningún insulto incorporado.

–No me importa el lado, no soy meticuloso. Si quieres el lado que da a la ventana, puedes quedártelo.

–¿De verdad? –La sorpresa en el tono de voz de Beka era bastante evidente, más aún cuando sus ojos se habían abierto tanto como podían–. ¿No te molesta?

–No, no me molesta. ¿Estamos en paz?

–... Supongo que estamos en paz, sí.

De esta forma, ambos dejaron las bolsas de ropa y objetos personales a los costados de la cama, en sus respectivos lados, se sentaron espalda frente a espalda y, por primera vez desde que aquel viaje había dado comienzo, se formó el absoluto silencio de la paz entre ellos dos.

¿Cuánto duraría? Ninguno se atrevió a darle una respuesta.

Todavía duraba, para sorpresa de los propios protagonistas del conflicto.

La noche había pasado en calma, y aquella mañana, al ir a desayunar en el restaurante del hotel donde se hospedaban, Koen y Beka habían compartido cuatro palabras llenas de neutralidad que hicieron temblar a los otros tres presentes.

¿Se iba a acabar el mundo, o de verdad podían comerse unos huevos revueltos sin que hubieran cuchillos volando por los aires? Parecía que la respuesta iba encaminada a la segunda opción.

Así que decidieron que la mejor forma de pasar el resto del tiempo, antes de que algún nuevo incidente llegase a suceder y arruinara el tierno momento de puro mudismo, era seguir la propuesta realizada por Demi: iban a pasar el día en la costa.

Carla fue la primera en apoyar la idea, mucho más decidida a ser la autodenominada SIMP número uno de la chica tras los momentos de tensión que había pasado por la noche junto a Demi, momentos que resumió a Beka en secreto como «altamente cargados de tensión lésbica.

Hazme caso, sé de lo que te hablo»; y a la cual Beka continuó, en gran parte porque le apetecía darse un baño, pero de igual proporción por poder dejar de sentir la mano inquisidora de su amiga abofetearle el muslo por debajo de la mesa.

Los dos chicos, faltos de su decisión, decidieron optar por la ley del sencillismo : asintieron y quedó aprobada la propuesta.

Las chicas, arrastrando a Beka fuera de su habitación para ir a la suya adjudicada, se vestían entre risas y alguna que otra mirada coqueta de Carla al ver a su amada Demi en paños menores. Los chicos, por su parte, no eran tan coquetos, mucho menos divertidos.

–No olerá, ¿no? –preguntaba Koen con una mueca en el rostro.

Con su traje de baño en mano había ido a buscar a Adrian, cosa de la que se arrepintió nada más recordó la excusa que le había dado el rubio para que no durmieran juntos–.

No quiero darme un baño en el agua y que todos los peces fallezcan a mi alrededor porque huelo a tu diarrea.

–No tienes nada por lo que preocuparte. He usado el ambientador de la habitación.

–¿Hay ambientador?

–Sí, ¿no? –Adrian señaló a un aparato blanco situado en el baño, junto a un vaso donde había decidido dejar su cepillo de dientes y la pasta bucal–. Los ambientadores se ven así…

–Creo que eso no es un ambientador. –En unos pocos pasos, Koen estaba en el baño, sin darse cuenta de que la estancia no venía acompañada de un olor desagradable no por el supuesto ambientador, sino porque Adrian había mentido como un collaco para poder salirse con la suya–.

Adrian, colega, esto es una jabonera. Dentro está el líquido.

–Señaló la zona metalizada que su amigo había escogido obviar–.

¿De verdad no ves que esto es el pulsador?

¿Debería comprarte unas gafas de visión por tu cumpleaños?

–No estoy ciego.

–Acabas de comparar una jabonera con un ambientador, claramente te pasa algo. O ceguera, o falta de neuronas.

–Solo dices eso porque me tienes envidia.

–¿De que te cagaste tanto encima anoche que hasta se te ha secado el cerebro? –Una sardónica sonrisa brotó de los labios de Koen–. Creo que no podré volver a vivir sin sentir celos de ti, tienes razón.

–Eres un cabrón.

–Siempre dices lo mismo. Qué chico más mal hablado.

El camino a la costa fue cómodo, casi cálido.

Las tres chicas encabezaban el grupo, señalando cada zona del paisaje a su alrededor con real curiosidad, como si la ciudad de Chicago vista desde Oak Street Beach fuera un mundo muy diferente al que estaban habituadas, planeando dónde ir a comprar algún recuerdo más tarde al volver al hotel.

Por su parte, los chicos caminaban detrás de ellas, por un lado sonrientes ante la alegría femenina, por otro bromeando entre sí de la forma en la que solían hacer, y sobre todo atentos a que nadie mirase sospechosamente a las chicas.