Capítulo cinco #4
–¡Mi furgo es de los años 80! ¿Sabes la de festivales hippies que ha recorrido esta preciosidad? ¡Si hasta es posible que fuera a un concierto en vivo de los Beatles y todo!
–¿Qué está pasando ahí? –La voz de Carla, con su cabeza (y medio cuerpo) asomados por la ventanilla bajada de su asiento, cortó la posible respuesta a la defensiva de Adrian.
Ambos chicos se movieron para mirarla, y Koen fue el primero en señalar a Adrian, sonriendo de esa forma socarrona tan suya, y responder en nombre de los dos:
–Creo que súper bebé vintage acaba de dar un capote como le pasó a tu primo al comer aquel pastel de arroz caducado.
–¿Podéis dejar de comparar a mi preciosa furgoneta con la diarrea del primo de Carla? –suplicó Adrian, revolviendo su cabellera mientras volvía a mirar el motor expuesto de su furgoneta, echando a los lados el humo con sacudidas de su otra mano.
–No jodas. –Carla volvió a meterse dentro de la furgoneta para informar a las otras dos pasajeras de tan graves noticias–: El motor de la furgo acaba de pasar a mejor vida.
–¿¡Qué?! –Primero salió Beka (quien hizo unas cuantas flexiones y estiramientos con su cuerpo de los que estaba segura más tarde dejarían pupa en sus tendones para poder salir), luego fue seguida por Carla (quien no iba a perderse una buena batalla entre los hermanos Noster) y acabando por Demi (quien estaba perdida en aquella marea de cabras locas, pero se lo pasaba bien)–.
¡Adrian Noster! –Ay, el famoso dedo acusador…
Iba a estar trabajando durante varios días en este precioso viaje de amigos y juventud–.
¿¡Acaso no has aprendido nada sobre ser una persona civil?
! ¡Este motor seguro que no lo cambiaste ni cuando compraste la furgoneta!
¡Que los ochenta no fueron un año de milagros!
–¡Calla! ¡Era demasiado bonito como para despedirme, ¿vale?!
Gruñendo como aquel animal salvaje del que Carla creía que eran protagonista aquellos sonidos calamitosos, Rebeka hizo el mismo ademán que su hermano anteriormente: comenzó a revolverse la melena casi creando nudos entre sus bonitos mechones.
–¿Y ahora qué?
–Llamaré para que manden una grúa… –La voz de Demi se apagó a media idea racional cuando su teléfono reflejaba en la pantalla que sus únicos datos eran una buena cruz y, de vez en cuando, una exclamación al lado de estos–. Vale, primero tengo que encontrar algún sitio donde haya conexión.
–Te acompaño –se ofreció inmediatamente Carla, quizá demasiado ansiosa–. Es decir –rectificó, aclarándose la garganta–, que te acompaño, no vaya a pasarte nada o te pierdas camino de vuelta…
–Gracias, Carla. Eres adorable. –Esta vez no fue un tuc tuc ni un kapum lo que llegó a oídos de la recién nombrada, sino campanas celestiales siendo mecidas por dos pequeños ángeles, rubios y regordetes, con pañales y sonrisas tiernas.
Acababa de tocar el séptimo cielo, y todo por un simple cumplido.
Beka no pudo evitar rodar los ojos mientras las dos chicas se alejaban –o más bien, Demi se alejaba atenta a su pantalla y Carla la seguía como si fuera parte de la próxima versión de Hansel y Gretel, babeando a su paso–.
Menos aún cuando vio que Adrian, su traidor hermano, la dejaba sola para ir a buscar dentro de la furgoneta una supuesta caja de herramientas de la que, siendo sincera consigo misma, dudaba mucho su utilidad.
En compañía, cómo no, de su indeseado compañero Koen.
El peli moreno se revolvió sobre sus pies, cambiando el peso de su cuerpo de un lado a otro, cuando el silencio volvió a expandirse entre ellos. Pero, aún y con ello, su corazón bombeaba más sangre de lo habitual por segundos, señal de su nerviosismo.
¿Era esta una oportunidad de oro brindada por los cielos? ¿Quizá los dioses por fin se apiadaron de su martirio sin fin? ¿Debía crear un altar en casa al volver en honor a los dioses de los clichés?
Seguramente debería hacerlo. Lo haría. Con un jardín budista en miniatura y todo.
–Oye, Rebeka –tanteó, notando al instante cómo la postura de la chica se volvía más rígida.
Sus hombros se tensaron de tal forma que su largo, precioso y sedoso cabello dorado se dividió en mechones que cayeron a lo largo de su espalda y hombros–.
Lo sé, no quieres hablar conmigo. Lo respeto, pero creo que no deberíamos seguir así.
No solo porque vamos a estar unos días juntos de forma forzada con los demás, para no estropearles las vacaciones con un tira y afloja entre los dos.
Sino porque no me gusta estar mal contigo.
–Si tan bien sabes que no quiero hablar contigo, no lo hagas. Así resolvemos todo. Fácil y sencillo, cero dramas.
–Sabes que no es así –rebatió el chico, dando un tentativo paso a ella, arrepintiéndose nada más ver que ella se tensaba aún más.
Suspirando, añadió–: ¿Tanto me odias? Porque yo he pasado las mejores fiestas de Navidad de mi vida a tu lado, si puedo serte sincero.
Igual me pasó la vez que te conocí. Sé que soy un capullo, que hablo antes de pensar.
Pero pensé que… No sé, que me aceptabas así.
Que me habías perdonado y comenzabas a creer en mí, no en los rumores que inventan sobre mí.
Aquellas palabras calaron hondo en ella, pero tal y como Carla decía, era una orgullosa, y tantos años siendo la que perdonaba a todo el mundo con excusas le estaban haciendo pagar toda aquella maraña de sentimientos oprimidos contra Koen, quien poco lo merecía, siendo ella consciente de ello.
–Entonces me equivoqué. –Beka desvió su mirada a sus zapatos, rehuyendo de la intensa mirada avellana del otro. Sabía que, si le miraba, caería rendida a sus pies. No deseaba hacerlo–. Los rumores siempre nacen de una realidad.
–Sabes que eso no es cierto. Es más, es muy injusto de tu parte.
–Lo que es injusto es que cada vez que pienso que a lo mejor me entiendes mejor que nadie, algo termina pasando.
Sea un comentario cínico de los tuyos, o una chica que no conozco de nada diciendo no sé qué burrada, o a saber qué más–.
Frunciendo los labios para evitar dejar salir palabras de las que pudiese arrepentirse más tarde (aún y cuando sabía que de esta mera conversación se arrepentiría), Beka se forzó a sí misma a esconderse en su caparazón.
Con una máscara de determinación y disgusto, en el fondo de su pecho temblando de ansiedad y temor por lo desconocido, por aquella comodidad que el chico representaba y que era tan amenazante para sus bien creados esquemas, alzó la vista para conectarla con la de Koen–.
Ya tengo los suficientes problemas en mi día a día, incluso tras haberme graduado, como para que tú me añadas muchos más. No, gracias.
Cómo dolía ver aquella decepción en sus preciosos ojos.
Esos ojos nacieron para brillar de júbilo, y Beka los estaba inundando de dolor.
Porque tenía miedo.
–¿Entonces esto es realmente todo?
–No sé de qué me hablas.
–¡Beka!
–Sí, lo es todo, Koen. Porque para empezar, nunca hubo nada en sí. Eres el mejor amigo de Adrian, yo su hermana pequeña. No hay más historia.
–Entiendo. –El tentativo paso que dio se volvió esta vez en uno hacia atrás, uno que dañó a ambos internamente–.
No te obligaré, entonces. –En un segundo, la mirada de Koen, esa que había parecido otras veces observar cada ínfima parte de su alma, absorber su pesadumbre y a veces hasta acariciarla con ternura, se endureció–.
Odio a la gente que se deja llevar por los prejuicios. Hazlo a tu manera, me rindo.
Antes de que Beka pudiera detenerle, explicarle sus razones igual que se las había estructurado a sí misma todo este tiempo separados, pedirle perdón o arrepentirse del camino que había elegido, presa de sus propios demonios, el chico dio la vuelta sobre sus talones y desapareció para ir en ayuda de su hermano.
«Odio a la gente que se deja llevar por los prejuicios» . ¿Cuándo se había convertido en sus padres?