Capítulo cinco #3
–¿Por qué razón iría yo a ningún sitio con Koen? –añadió Rebeka rato después.
–Porque Koen no te ha hecho nada malo, Beka –respondió Carla sin ser ninguna consciente de que el portador del nombre estaba silenciosamente presente, escuchando con el corazón roto ante la frialdad de Rebeka.
Estaba preparado para ello, ya había advertido antes a Adrian de que esto pasaría, pero eso no lo volvía más llevadero–.
Le conoces mejor que un tonto rumor que dijo una chica que apareció de la nada.
Eres mejor que eso. ¿Por favor? Parece que solo son unos días, seguramente estaremos la mitad del tiempo fuera y podrás moverte con libertad sin tener realmente que estar con él.
Esta puede ser, igualmente, mi única oportunidad para acercarme a Demi sin ser ni demasiado obvia, ni muy desinteresada. Pasémoslo bien juntas este verano, ¿sí?
–Además, hermanita –añadió con presura Adrian, nervioso, sin dar oportunidad a la rubia de poder rechazar la propuesta una vez más o ponerla en cuestión–.
Ha pasado mucho tiempo desde que tú y yo pasamos tiempo de verdad juntos.
Mucho. ¿No suena bien? Los dos, con tus amigas allí, sin padres que controlen nada de lo que hagas o digas, siendo felices y libres por un tiempo.
–Está bien –terminó accediendo Beka, bufando. ¿Por qué siempre acababa metida en esa clase de problemas? Con el verano tan manso que tenía planificado, y ahora todo su trabajo estaba arruinado–. Vayamos de vacaciones, o lo que sea.
–¡Sí! –exclamaron a la misma vez Adrian y Carla, a pesar de que cada uno de ellos lo escuchó con retroceso.
Carla, olvidándose momentáneamente de que se había ido de compras (más bien arrastrado con ella) con Rebeka y de que habían más personas a su alrededor, se lanzó encima de su amiga.
Adrian, por su parte, le dio una amistosa palmada a Koen en una de sus rodillas como celebración.
–¿Dónde iremos? –preguntó Rebeka nada más aquel dúo se había calmado y sosegado.
Adrian lanzó una mirada de camaradería a Koen, orgulloso de sus planes.
–Bueno, pues…
–¿De verdad teníamos que despertarnos a las dos de la mañana para hacer el viaje en carretera?
–se quejó por decimonovena vez Carla, bufando, pateando desde el asiento trasero el respaldo del de Adrian, asiento que eligió estratégicamente cuando todos debieron despertarse a tales horas bajo órdenes del rubio.
Este no paraba de gruñir y reír, no dejando en claro si le molestaba ser pateado mientras conducía o si en realidad le divertía la molestia de la de rasgos asiáticos–.
No es como si la playa fuera a desaparecer si nos íbamos a una hora normal.
–Además –se sumó al linchamiento Demi, quien aquel día, a pesar de estar muerta del sueño, había elegido vestirse con uno de sus vestidos veraniegos favoritos y llevaba el pelo perfectamente liso recogido en una coleta alta, así dejando ver la gama rosada de su nuca en contraste con el color castaño oscuro del suyo natural–, son como ocho minutos para llegar desde la ciudad a Oak Street Beach.
¿Qué vamos a hacer durante horas hasta que podamos entrar en el hotel? ¿Comer erizos de mar?
–O podemos hundir a Adrian en la arena para darle cuerpo de sirena –sugirió divertida Carla, quien no iba a admitirlo tan fácilmente, pero no podía apartar sus ojos de Demi, ni siquiera cuando seguía pateando la espalda del asiento del Noster.
–Incluso podemos hacernos amigas de un tiburón para que se coma esta furgoneta tan derruida.
–No creo que ni un tiburón se quiera comer esto. Estoy segura de que Adrian se ha pajeado en la zona de atrás.
–Tienes razón.
–¡Oye! –chillaron a la par los hermanos Noster, Adrian con una mueca horrorizada en la cara y Beka, en el asiento del medio entre sus amigas atrás, tapándose la cara con las manos para poder esconderse de aquella conversación–.
¿¡Podríais dejar de meteros con mi querida furgoneta?
! –pidió el rubio, dando con una mano una caricia a la guantera de su anciana furgoneta–.
Que tiene sentimientos. Además, no está derruida, es vintage .
¡También dejadme en paz a mí! Soy el conductor y la mente privilegiada del plan, ¿por qué me odiáis tanto?
–No quiero volver a oír nada sobre la vida sexual de mi hermano, por favor. Pensad en mi salud mental –musitó Rebeka entre quejidos lastimeros a la par que su hermano, hundiéndose en su asiento sin importarle que el cinturón comenzase a abrazar su cuello y no su pecho con el movimiento.
Koen, quien solo había hablado horas antes cuando todos se reunieron, presentándose a Demi, a quien veía por primera vez, y saludando a Beka y a Carla con un saludo tenso (uno que Beka respondió escuetamente para sorpresa de nadie –ni de Demi–); no pudo evitar la pequeña sonrisa que comenzó a tirar de las esquinas de sus labios, pero sí que la escondió con su mano apoyándose en esta para mirar por la ventana.
Adrian, muy conocedor de su amigo y todas sus muecas, incluso de las que este trataba de esconder a ojos de otros, notó aquella reacción al mirarle de reojo.
Le dolió verlo así. No tenía por qué esconder que se divertía, no con sus amigos.
Pero Koen sabía que Rebeka no le iba a perdonar en años, ni iba a creer que lo que pasó fue una mentira maquinada por otra persona para separarles, por lo que había decidido acoger el papel del villano aunque ello implicase no disfrutar de su verano.
El divertido ambiente que las quejas de Demi y Carla habían creado, y que las réplicas de Adrian junto las de Beka misma habían sumado, se empezó a cargar de un aire quejumbroso.
Durante los siguientes tres minutos de trayecto, a unos cuatro más de poder notar en sus poros la humedad del famoso lago Michigan, el silencio se había vuelto la nueva religión adoptada del grupo.
Nadie se atrevió a mover ni un solo músculo, aparte de Adrian quien debía hacerlo por obligación al conducir.
–Oye. –Carla se inclinó sobre su asiento para poder tener una mejor vista tanto de Beka como de Demi, quienes la miraron con confusión–. ¿Soy yo, o acaso hay un animal salvaje persiguiéndonos?
–¿De qué gilipollez hablas?
–¡No es una gilipollez! ¿No lo oís? Ese tuc tuc tuc …
–Ya –replicó Beka con las cejas bien alzadas, claramente preguntándose si su amiga no habría estado en contacto de nuevo con aquel grupo misterioso que conoció en una fiesta de no sé cuál fraternidad hacía unos años atrás, aceptando un nuevo paquete de magdalenas con sorpresa–.
Tuc tuc , específicamente. ¿Qué has tomado esta vez?
–Nada. –La mirada escéptica de su mejor amiga la hizo removerse incómoda en su asiento, alzando los brazos como podía sin llegar a golpear nada en el camino de pura frustración–. ¡Por una vez que me porto bien, y me acusan de yonki, sin ser yo nada de eso!
–¿Sin ser tú nada de eso? –El dedo inquisidor de Rebeka Noster, amigos y amigas, había salido de su escondite nada más oír aquellas palabras en boca de Carla Medina–. Bien, entonces, dime, ¿qué fue eso que creíste oír hace dos veranos, en casa de tu tía en mitad de Ulsan?
–... Unos ovnis.
–¿Y qué resultó ser?
–Mi primo pequeño y su diarrea. ¡Pero, tía, Beka, tendrías que haberlo oído! Ese chico creo que tiene serios problemas. ¿Qué clase de persona se pone a cagar mientras parece que está invocando a un demonio?
–Una persona con diarrea.
–Buen punto… –Carla dio una manotazo a su rodilla antes de ser ella la que respondiera la acusación dedil de Beka de la misma forma–.
¡No me hagas el lío! Cualquiera se tomaría un cigarrillo o dos si tuviera que aguantar a mi tradicional familia coreana junto con mi otra tradicional familia peruana discutir sobre qué remedios son mejor para ayudar a un tío que se cagó en los calzoncillos.
Además, ¡eso no tiene nada que ver con esto!
¡Juro que oigo ese maldito tuc tuc tuc !
–Tú sí que estás tuc tuc tuc . –El dedo de Beka dio dos golpecitos suaves a la frente de su amiga–. Pero de la mollera, guapa.
–No –cortó el intenso momento Demi, alzando una mano en el aire mientras giraba su cabeza a la ventana (un tanto manchada) a su otro lado, olisqueando con exageración el aire–, creo que tiene razón. Huele a pelo chamuscado.
–Otra igual… ¿Compartís camello? Esto no hace gracia.
Si os ahogáis en el lago, os dejo allí, que os quede claro.
–Mientras el caos se sembraba entre las féminas en los asientos traseros, ninguno de los hombres situados en el frente se atrevían a respirar siquiera, temerosos de ser los siguientes asaltados en un fuego no deseado.
Su paz llegó al instante, pues la siguiente víctima tras los pasionales veranos de la familia de Carla fue la furgoneta vintage de Adrian. ¿Por qué? Sencillo, ese tuc tuc tuc pasó a ser un kapum para acabar siendo un globo desinflándose.
Cuando una humareda blanca comenzó a salir del capó donde era custodiado el motor de tal maravillosa antigualla, todos se quedaron infinitamente callados.
Ni un mosquito se atrevía a decir nada. Menos al ver que la furgoneta comenzaba a ralentizarse.
Entonces, con un sonido similar a la tos de un fumador agotado, la furgoneta se rindió al completo, dejando de mover sus lujosas ruedas antiguas.
–¡Mi bebé! –fue el primer alarido que se formó, seguido de un Adrian saliendo apresurado a la carretera, seguido de un alterado Koen, el capó siendo abierto y dos toses diferentes al unísono al ser los rostros escupidos por un aire blanquecino con olor a gasolina, sustancias químicas y a lo que categorizaremos como ingredientes sorpresa .
–Joder, Adrian. –De todos los momentos que el Ashburn podría haber elegido para comunicarse al fin, este fue el idóneo. Su mirada era una mezcla de diversión y contrariedad que poco podía disimular–. ¿De qué año decías que era este cacharro? Porque creo que ha llegado su hora.