Bajo el mismo techo Capítulo cinco #2
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Capítulo cinco #2

–¿Por qué eres tan corto de neuronas a veces?

–se quejó por lo bajo, aunque claramente no lo suficiente para que Adrian le oyera y se molestase, cosa que no tardó en suceder–.

Tu hermana no solo no me soporta, me odia.

Me tiene tachado en su lista de seres vivos en la sociedad a los que no quiere soportar.

Ni siquiera fingiría conocerme si le preguntasen sobre cada maldito habitante de Chicago.

Soy la peste para ella, joder. ¿Crees que tengo ganas de estar varios días con el peligro de ser envenenado en cualquier comida del día durante las vacaciones?

–Antes de que Adrian pudiera tener oportunidad de responder, este se adelantó a hacerlo él solo:–.

No . No tengo ganas. Fin de la conversación.

No quiero morir de un corazón roto y envenenado.

–En realidad, aunque me vaya a arrepentir de esto nada más lo diga porque se trata de mi hermana, que la mujer que te guste sea tan letal es sexy, ¿no?

–Adrian tembló, haciendo una mueca de horror–.

Mierda. Sí, es terrible tener que decir cosas así.

Así que apiádate de mí, Koen. No sé ni cómo ayudarte a superar esto cuando estoy atado de pies y manos.

Sois mi hermana y tú, no un par de extraños en la calle. Solo inténtalo. Por mí, ¿sí?

–Está bien –se rindió Koen, suspirando con pesadez–. Puedo intentarlo todo lo que tú quieras. Pero no prometo que de repente se obre un milagro y tu hermana decida escucharme. Seguramente, la mitad del viaje te la pases escuchándonos a los dos pelear.

–No te preocupes. –Adrian alzó uno de sus pulgares, sonriendo bobaliconamente, seguramente sin entender siquiera el riesgo de su plan–. Carla estará presente, así que tengo a alguien a quien llorarle.

–¿Carla no es homosexual?

–Eeh… Sí, ¿y qué?

–No vas a poder ligar con ella, ¿lo sabes, no? Por lo poco que me has contado de ella, sería capaz de darte una patada en la entrepierna si te pasas de gracioso.

El silencio volvió a coger la tutela del personaje principal en el espacio entre ellos dos, Koen mirando a su amigo con una sonrisa contenida, y Adrian haciendo esquemas mentales para comprender la extensión de las palabras del otro.

–Mierda –soltó cuando ninguna salida le llevaba a él a un romántico final feliz–. Se me acaba de destrozar la idea de un viaje de parejas. Ya no puedo hacer citas dobles ni nada… ¿Mi hermana se hizo amiga de Carla para que no cayera rendida ante mis encantos?

–Anda, príncipe encantador. –Koen dio una suave patada en la espalda a Adrian, riendo, mientras este exageraba el dolor causado–. Baja de la nube, que la gente de Laputa estará harta de tus visitas a estas alturas de la vida, y ponte en marcha con el plan.

Soltando bufidos ante la situación de maltrato en la que lo tenían sometido, aún y cuando ambos sabían que aquella idea había sido solo y únicamente de Adrian, el rubio estiró la mano para coger su móvil y llamar a Carla, creyendo que era la opción más segura a no tener que enfrentarse a que le colgasen antes de acabar su propuesta.

Un pitido.

Dos.

Tres. Cuatro.

–Creo que no está en casa –comentó Adrian al sexto pitido.

–Tío –dijo de vuelta Koen, a punto de echarse a reír de nuevo–. Te das cuenta de que su teléfono es portátil, ¿no? Hace años que los teléfonos fijos dejaron de usarse.

–Es verdad.

Séptimo pitido.

Silencio.

–Hola, soy Carla. –Adrian sonrió de tal forma que Koen no pudo evitar compararlo con un niño pequeño viendo por primera vez a un señor disfrazado de Papá Noel y creyendo que por fin confirmaba su existencia–.

Si estás oyendo este mensaje, es el contestador, idiota.

Fíjate mejor si te cojo la llamada. Si necesitas algo o eres mi adorada Beka, te cojo al vuelo el mensaje.

Si no, pues… Me das un poco igual. ¡Chao!

Adrian puso ojos de niño apenado. Era divertido.

–¿Contestador?

–Qué mal me tratáis para lo mucho que yo os amo –se lamentó Adrian, exagerando su voz para hacer creer que estaba a un segundo de ponerse a sollozar.

Koen decidió mirar al techo, tratando buscar alguna respuesta en las misteriosas marcas de manchas en este, posiblemente, no eran el indicio de ninguna buena señal.

–Mejor llamo a Beks. Mi Beka es la única que me mima.

–Das grima.

–Mira quién fue a hablar.

–¿Quién?

–… Nada, no creí que me fueras a preguntar.

Es una pregunta trampa. –Koen no pudo aguantar más y rompió a reír.

Cualquiera que los viera, pensaría que habían tenido una sesión de cupcakes con sorpresa y no una charla normal y corriente entre dos chicos jóvenes–.

¡No te rías de mí! Me bajas la autoestima.

–Sí, lo has demostrado cuando has comunicado tus creencias de que tu hermana elige a sus amistades acorde a su sexualidad, para que así ninguna vaya a sentir algo por ti. Lo que cualquier persona con baja autoestima diría.

–Me gustabas más cuando empezamos a ser amigos y te la pasabas callado y con el ceño fruncido –refunfuñó Adrian, buscando el contacto de su hermana en su lista de contactos preferentes.

–Ambos sabemos que no es verdad.

–En realidad, me encantan todas tus facetas.

Te odio. –Con una risa suave por parte de Koen, enternecido y agradecido al ser recordado una vez más el porqué Adrian acabó siendo alguien tan importante en su vida, al otro lado de la línea comenzaron a sonar los correspondientes pitidos de espera tras que el rubio pulsase el botón de llamar.

Cuando la llamada se descolgó, Adrian alzó un puño en un silencioso gesto de victoria–. ¿Hola, hermanita?

–¿Adrian? –La familiar voz de Rebeka sonó por el altavoz del móvil. Koen no pudo esconder el placentero escalofrío que le recorrió el cuerpo al volver a escucharla, ni la forma en que sus dedos temblaron de pura alegría–. ¿Qué ocurre?

–¿Estás sola?

–No. –Un par de sonidos entrecortados salieron entre medias del silencio.

¿Eso era papel? No, más bien plástico. Koen pasó de un estado alegre a uno nervioso en cuestión de segundos.

¿Con quién estaría Beka?–. Carla se encuentra conmigo.

Le apetecía mucho comprarse no sé qué capricho nuevo que le salió en TikTok el otro día y me ha dicho que si no iba con ella, sería traición.

Cuando empezaba a enrollarse, he aceptado para que se callara.

–Un sonido de nuevo, esta vez más contundente–.

¡Ay! ¡Pedazo bruta! No uses tus nuevos cuadernos y bolígrafos de cowgirl para herir a mi pobre brazo.

–¿Beks?

–Sí, perdón. ¿Necesitabas algo? Si es porque quieres que te compre algo, estás a tiempo.

–No, nada de eso. –Koen estaba nervioso.

Adrian estaba nervioso. ¿Por qué se encontraba él nervioso, si solo era invitar a su hermana a un plan de verano?

Seguramente la culpa la tenía el inquieto peli moreno que no dejaba de removerse en el sofá y de (muy obviamente) disfrutar el volver a escuchar la voz de Beka.

«Menudo SIMP»–. Escucha, te tengo una propuesta.

–No –respondió la chica inmediatamente. Tan inmediatamente, que dejó a Adrian perplejo.

–¿No?

–No.

–Pero, ¡si aún no te he dicho nada!

–No necesito escuchar tu propuesta para saber que será otra de tus locuras –replicó, ganando como respuesta un quejido de su hermano, mientras que Koen miraba desde el sofá y no podía evitar sonreír.

Las cosas nunca cambian con Rebeka Noster–.

Pero vale, te daré el beneficio de la duda, ¿qué es lo que me quieres decir?

Aquello ya era una pequeña victoria (aunque tenía el pequeño presentimiento de que Carla estaba escuchando la conversación y era quien había hecho que su hermana aceptase oírle).

–Verás, Koen y yo vamos a irnos de vacaciones.

–Incluso sin estar físicamente presente, en el salón de Adrian se tornó el ambiente a uno tenso nada más el nombre del Ashburn fue pronunciado.

Rebeka se quedó mortalmente callada. Koen le lanzó una mirada de te lo dije –.

Sería muy aburrido si estuviéramos los dos solos –decidió continuar.

No iba a rendirse, su amigo se lo merecía–.

Que amo a Koen, que quede claro, pero no nos vendría mal algo de presencia femenina. ¿Y quiénes mejores que Carla y tú?

Ahí estaba. Su mayor apuesta, lanzada.

Ahora solo quedaba cruzar los dedos y esperar.

–¡Vamos a ir! –respondió Carla, y los dos chicos pudieron ver la escena perfectamente en sus cabezas: Rebeka frunciendo el ceño, lanzando una mirada de negación a Carla, la de rasgos asiáticos queriendo aceptar y robando el teléfono a Rebeka, la rubia sufriendo un mini infarto escuchando que no iba a poder negarse–.

Definitivamente iremos, pero, oye, una duda, ¿crees que habría hueco para una más?

Koen y Adrian compartieron una mirada, extrañados.

–¿Una más? –preguntó el rubio. Claramente estaban intentando hacer parecer que en la conversación no estaba presente Koen, sino, sus oportunidades de lograr ese sí acabarían bajo tierra–. Supongo que lo habría, ¿para quién?

–Para Demi.

Demi Roberts, una de las compañeras del nuevo trabajo de Rebeka. Era una chica bastante agradable, de cabellos siempre teñidos (al parecer ahora los tenía de color rosa suave), amante de la fotografía y un humor bastante seco, el favorito de Carla.

Tan favorito, que Carla tenía un fuerte flechazo en Demi.

–Con que es eso –dijo divertido Adrian, sonriendo maliciosamente a pesar de que ninguna de las chicas podían verle–. Listilla… Claro, decirle a Demi que estaremos encantados de que se nos una. Creo que se llevaría bien con Koen.

–¡Genial!

–Oye, oye, un momento. –La voz de Rebeka cortó el momento de alegría de los otros tres, que estaban perdidos en sus propios pensamientos, planificando cómo sacar el mayor provecho de las vacaciones–. En ningún momento he dicho que esté de acuerdo con esto.

Comenzó a formarse un nuevo silencio, envolviendo ambos lados tras la línea a pesar de la distancia física, generando tensión en todos los oyentes.