Capítulo cinco
Capítulo cinco
Un verano para manicomio
E l tiempo había pasado.
Un año desde que aquel incidente hizo que los caminos de Beka y Koen, que parecían haber sido hechos el uno para el otro, se separasen.
Un año en el que Koen había acabado la carrera sin tener noticias de Rebeka.
Un año en el que la chica había decidido acabar con todo, en el que había buscado un trabajo tras por fin haberse graduado.
Rebeka ahora vivía sola, en un pequeño apartamento en Wicker Park, lejos de Evanston, de sus padres, de los recuerdos, aunque fuera realmente una distancia física más que mental.
A pesar de que, muy en el fondo, era consciente de que no se había separado ni un solo centímetro de todo lo que ansiaba dejar atrás.
Koen, por su parte, estaba deprimido. No solo había perdido una gran oportunidad de estar junto a una chica que le encantaba, sino que todo se había ido al traste por una mentira que podría haber sido resuelta fácilmente si Rebeka no le hubiera bloqueado a la primera.
La vida también había decidido que el mejor momento en el que hacer saltar todos sus problemas del día a día debía ser justo aquel año.
Sus padres, que parecían necesitar causar mucho más dolor del que sus inmaduras decisiones ya habían provocado, habían vuelto a las andadas en el momento en que empezaron a pelearse por la casa de la playa en la que solían pasar todos los veranos.
Ambos habían traído a sus nuevas parejas (que de «parejas» no tenían nada ya que realmente eran dos personas que habían aparecido de la nada y que seguramente estaban allí como el nuevo coqueteo de cada uno de ellos) en una clara intención de buscar guerra.
Se habían pasado parte del verano besándose por las esquinas con sus coqueteos para incomodar al otro y, cuando no estaban ocupados intentando procrear en cualquier zona de la casa donde su hijo fuera víctima de tal bochornoso espectáculo, preferían pasar a los chillidos, insultos y amenazas a los que Koen se había habituado desde que era un niño.
Aparte, por alguna razón que aún trataba de comprender, tanto Brooke como Jakob habían tratado una vez más ponerse en contacto con él.
Lo poco que podía decir Koen sobre aquel par era que, antes de tener que responder a ninguno de sus mensajes carentes de emociones, preferiría arrancarse las cuencas de los ojos con una cuchara.
Sería menos doloroso que tener que volver a ver aquel par de rostros que tanto odiaba en lo más profundo de su ser.
Así que, como Koen también era humano, y todo el año parecía estar destinado al desastre para él, nada más vio cómo la nueva «novia» de su padre le hacía ojitos tanto a él como al ligue de su madre desde la piscina de la casa, el peli moreno no dudó ni dos segundos antes de llamar desesperado a su amigo Adrian, quien ya conocía de antemano las sucias y traumáticas guerras del antiguo matrimonio Ashburn.
–Tío, no me puedo creer que ya tengas veintitrés años y tus padres se sigan portando como dos niñatos a los que hay que sonarles la nariz –Fue la primera queja que escuchó de parte de su mejor amigo cuando se habían acomodado en el sofá de este.
Koen soltó un sonido por la nariz, como una carcajada que no llegaba a ser realmente divertida.
–Son una causa perdida –suspiró, enredando los dedos en su pelo.
Hacía calor aquella tarde, aunque normalmente en Chicago las temperaturas no solían llegar a los treinta grados.
Como era sabido, Chicago es uno de las ciudades más visitadas turísticamente en épocas veraniegas, ya que se llevaban a cabo una gran cantidad de festivales en la ciudad, por lo que al infierno que era estar bajo el Sol se tenía que añadir el infierno de ir apegado con gente de toda clase por todas partes.
Su mayor castigo era el suburbano. The L era perfecto para moverse a su trabajo sin gastar mucha gasolina del coche, pero cuando no podías ni moverte porque la gente se olvidaba de que los espacios públicos eran para todos, Koen deseaba poder abandonarlo todo e irse a vivir a una isla desierta.
Puede que en El Caribe fuera más feliz–.
Lo único que quiero es que este maldito año se acabe de una vez.
El rostro de su amigo se contrajo en una mueca de pura empatía, y aquello le sentó como una patada en el esternón. Ya sabía a qué venía aquel brillito de pena en sus azulados ojos.
–Beka sigue sin hacerme caso. –Que supiera que iba a hacer mención de su nombre no ayudó a sentirse mejor, lo único que hizo fue removerse inquieto en el sofá de segunda mano de Adrian, volver a pasarse la mano por el pelo y suspirar–.
Te juro que he tratado de explicarle que lo de aquella chica no era más que una locura, que parecía estar obsesionada contigo y que se lo inventó todo.
Pero ya conoces a mi hermana. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no hay Dios que la pare.
–Lo sé –susurró, sonriendo muy a su pesar.
Conocía perfectamente lo cabeza dura que era Rebeka, y lo peor de todo es que lo amaba.
Le encantaba saber que aquella mujer era capaz de dar un golpe en la mesa cuando alguien le llevaba la contraria.
Eso sí, no tanto el ser la parte en el lado opuesto–.
Es demasiado cabezota para su propio bien.
–Antes de que Adrian tuviera una nueva excusa para seguir mirándole con pena, añadió: –.
Pero no importa, Adrian. Estoy bien. O al menos mejor de lo que estaba cuando todo pasó.
Rebeka está en todo su derecho al elegir creer a esa chica y cortar toda relación conmigo.
No quiero que te metas más y por mi culpa acabes enfadado con tu hermana.
Dejemos en el pasado lo que pertenece al pasado.
Adrian dudó, porque no era la primera vez que veía a su amigo resignarse a la realidad en la que vivía, a perder algo que realmente le importaba.
Porque sí, era idiota y no se fijaba en las cosas.
Podrían haber pasado meses si las cosas entre Beka y Koen hubieran seguido yendo bien, y Adrian no se habría ni dado cuenta de que su mejor amigo y su hermana no solo se llevaban bien, sino que se miraban con ojitos llenos de amor por las esquinas.
Pero ello no quería decir que disfrutara viendo a su amigo tan derrotado, ni que le hiciera gracia que su hermana, tras haber podido conocer mejor a Koen, todavía creyera que haría algo tan horrible como engañar a una persona o jugar con su corazón.
Tenía que hacer algo para que aquellos dos fueran capaces de hablar, de decirse lo que sentían y volver a encauzar sus vidas de nuevo. Pero, ¿qué podía hacer?
Una amplia sonrisa, esa en la que Koen no llegó a fijarse al estar perdido en su cabeza a pesar de intentar fingir encontrarse feliz, se formó en labios del Noster cuando una idea brotó en su mente.
–¿Y si nos vamos de vacaciones a la playa?
El silencio se formó en la sala. Koen tuvo que repetir varias veces la propuesta de su amigo en su cabeza, manejarla antes de darle el significado esperado.
–¿De vacaciones?
–Sí –asintió entusiasmado Adrian, comenzando a levantarse de su sofá, yendo a una de las paredes decoradas con esos objetos vintage que encantaban al chico, señalando una pequeña y blanquecina tabla de surf enclaustrada a su pared–.
De vacaciones. A la playa. ¡Es verano, tío!
Es la mejor época para irnos, olvidarlo todo.
Solo imagínatelo: la playa, el mar, tomar el Sol…
–No sé, Adrian. –Los ojos de Koen se nublaron con desapego.
Otros años no habría dudado dos veces en aceptar tal plan, ponerse su bañador y vivir las pocas vacaciones en el año que se ganaba disfrutándolas hasta límites insospechados.
Pero este año…–. No me veo con la energía suficiente como para ir a la playa contigo y fingir que me gustan las amigas de cualquier chica que conozcas y con las que quieras ligar.
–Yo no hago eso. –La mirada de ironía que le lanzó inmediatamente Koen le hizo gruñir por debajo de su respiración–. Vale, sí lo hago. Pero… ¡Pero no tengo porqué hacerlo este año! Podemos pasárnoslo genial. Además…
–¿Además? –La sonrisa de Adrian se transformó en una conspiranoica, y aquello causó que la espalda de Koen sudara fríamente.
¿Qué narices iba a pasarle? Quizá debía llamar a emergencias. De antemano.
–Además –continuó–, me he enterado por Carla de que mi hermana está todo el mes libre en la cafetería.
Aunque no quería pedir sus vacaciones, su jefa conoce los límites legales y derechos de sus trabajadores, por lo que le ha obligado a cogerlas.
No tiene nada que hacer. Nada. Por lo que…
–Koen comenzó a negar con la cabeza. De ninguna manera.
Aquello parecía darle igual a Adrian, que disfrutaba ver su alarmado estado–.
Podemos invitarla, y para que no pueda decir que no, también a su amiga Carla.
Así podrás estar con Beka, hablar las cosas y ser feliz de nuevo.
¿No es una idea brillante? ¡Soy un genio!
Koen dejó caer su cabeza sobre el respaldo del sofá, tomando el turno para ser él quien gruñiera aquella vez, escondiendo la expresión lastimera que estaba haciendo tras sus manos, desesperado.