Capítulo cuatro #4
–¿Eres tú el nuevo ligue de Koen Ashburn?
–No le dijo «hola» ni le preguntó qué tal estaba, no se preocupó en presentarse ni mostrar una pizca de modales nada más detuvo los pasos de Beka en el pasillo.
Era aquella clase de persona . Lo que cualquiera desearía por la mañana–.
La hermana de su amigo, el chico ese rubio, ¿verdad?
¿Cómo sabía tanto de ella? Qué miedo.
Beka forzó una sonrisa.
–Supongo que soy yo de quien hablas, sí –respondió con formalidad, pensando en cuánto podía acortar lo que fuera que quisiera decirle, poder entrar con tiempo a clase como era su plan y coger el mismo sitio que todos los días, en el que veía la pizarra a la perfección y escuchaba al profesor sin tener que estar en primera fila–. ¿Necesitas algo de mí? Estoy ocupada.
–Sí, lo necesito. –La chica bufó antes de cruzar los brazos con un gesto bastante exagerado y mirar a Beka de arriba a abajo con cierto desdén. «Lo que me faltaba»–. Quiero que te alejes de Koen.
…
…
¿Qué?
–¿Perdón? –La sonrisa se le había congelado en los labios. No acababa de decir lo que su cabeza creía haber oído, ¿no? No, no era posible. No en estos tiempos.
–Que te alejes de Koen –repitió muy para el pesar de la rubia.
–Espero que estés de broma, porque esto es el siglo XXI.
Las mujeres hemos aprendido que pelear por un tío es algo patético, y sobre todo estúpido.
Aparte de que no eres nadie para decidir con quién me hablo o no, claro, ni con quién está Koen.
Porque la vida no funciona para ti, ni para mí, ni para nadie.
Funciona sola –recalcó con la esperanza de que sus palabras fueran lo necesario para que aquella chica la dejara en paz.
–Koen está soltero, es libre y puede hacer lo que quiera sin dar explicaciones a nadie.
Aquello no le gustó nada a la chica cuyo nombre no recordaba. Podía ser que empezara por Z, o por B, puede que con L.
–¿Incluso a la chica con la que se está acostando?
Aquello le sentó como un jarro de agua fría. Y aquella chica debió de haberlo notado, ya que su sonrisa era cruel y desafiante nada más Beka se quedó en blanco. Completamente.
–¿No te lo ha dicho? Una sorpresa, porque siempre está encima mía. – Aquello fue más doloroso. No por lo que implicaba con su insinuación final, sino por creer que realmente, tras todo lo que había pasado, Koen le había mentido.
¿Había estado jugando con ella? ¿Acaso era una más de sus conquistas?
Como veía que Beka no decía nada, pensó que lo mejor que podía hacer era indagar el dedo en la llaga, hasta que las miradas de sus compañeros fueron lo suficientemente severas como para darse cuenta de que su crueldad podía escalar a una situación de acoso.
Algo molesta y asustada, la chica volvió a mirarla con recelo antes de darse la vuelta y marcharse sobre sus pasos.
Ello no le sirvió de consuelo.
No parecía ser una historia muy verosímil.
Si lo pensaba apropiadamente, era imposible que Koen hubiese estado jugando a dos bandas durante las vacaciones sin su hermano saberlo, porque si hubiera sido así, Adrian había dejado los ojos de Koen (entre otras partes de su cuerpo) morados, la nariz partida.
Después era posible, pero había sabido por su hermano, por el propio Koen, con quien se mensajeaba como dos idiotas hasta altas horas de la noche, que estaba demasiado ocupado como para hacer nada por culpa de su trabajo de fin de grado, la cada vez más próxima graduación y la fuerza que sus profesores habían tomado para sus últimas asignaturas de la carrera.
Si Koen no tenía casi tiempo ni para comer, ¿iba a ir a perderlo todo por un polvo fácil?
Aún así, aún sabiéndolo, siendo consciente de que seguramente era una chica a la que Koen rechazó en el pasado y que quería vengarse; las palabras dolían.
Las imágenes no paraban de reproducirse en su cabeza como una atracción del terror y no podía evitar preguntarse si a lo mejor no pecaba de seguridad ciega cuando, antes de arreglarse, había escuchado de antemano sobre su naturaleza coqueta.
Por ello, dejó de responder a sus mensajes, dejó de salir con su hermano y él. Comenzó a encerrarse de nuevo en su habitación para estudiar, estudiar, y solo estudiar.
Koen no lo entendía.
Creía que todo había mejorado, que Beka y él por fin estaban tomando un camino en el que los corazones de los dos podrían acabar siendo uno mismo. Maldita sea, deseaba que así fuera. Entonces, ¿por qué?
Se estaba paseando por los pasillos de su facultad, con los hombros caídos y sus ojos fijos en los mensajes que nunca fueron leídos, cuando la respuesta a sus dudas llegó a él.
Una chica de ojos castaños, melena suelta y repeinada, de color chocolate y vestida con ropas ceñidas se encaminaba a él, con una sonrisa sugerente y un brillo malicioso en sus ojos que el chico no pasó por alto.
–Hola, Koen.
No sabía quién era esta persona.
–¿Nos conocemos? –preguntó sin rodeos, tensándose. Tuvo que dar un paso hacia atrás para alejarse cuando ella trató de descansar su mano en su hombro, o en su brazo, o a saber dónde. No lo sabía ni tenía pensado descubrirlo.
–Puedes conocerme ahora –sugirió con tono seductor, moviendo la mano que Koen acababa de rechazar a su pelo para juguetear con él. La postura tan robótica y cliché hizo que la bilis corriera a lo largo de su garganta.
–No sé qué es lo que esperas de mí –cortó antes de que ella pudiera seguir tratando de coquetear con él–, pero ahora mismo no estoy interesado, ni lo estaré en un futuro. Ya tengo a alguien que ocupa ese lugar, y tengo pensado que lo haga por mucho, mucho más tiempo.
La chica frunció el ceño. Pero no era su Beka. No era ese ceño fruncido tan adorable y besable.
–¿Hablas de la rubia esa? –La forma en que habló de Rebeka lo tensó más aún, la sensación de que algo iba mal creciendo en su estómago–. No te preocupes, me he encargado personalmente de ella. No te va a molestar más. Es horrible el querer aprovecharse de tu amistad con su hermano, ¿verdad?
–¿Qué has hecho?
El tono de voz de Koen debió de haber sonado más duro de lo que esperaba, o más frío, quizá amenazante, porque la chica dio un pequeño sobresalto al oírle. No le importaba, por lo que repitió:
–Te he preguntado qué narices le has hecho. ¿Vas a contestar, o tengo que hacer que respondas a mi pregunta?
–Yo… Yo solo le dije una mentirijilla… –comenzó a balbucear, dando un par de traspié atrás. No le gustaba que nadie le hiciera daño a Beka, pero sabía controlarse. Aunque requeriría de una paciencia que no sentía–. Que estabas acostándote conmigo y eso… Pensé que tú…
–¿Que yo, qué? –Su corazón se partió al imaginarse cómo Rebeka, feliz, habría de repente visto su mundo caer en pedazos de nuevo.
En lo dolida que podría estar sintiéndose ahora, o sola, o traicionada–.
Y creíste, ¿qué? ¿Que así querría hacerte caso?
¿Crees que esas artimañas parecen atractivas?
–En un par de zancadas estaba aprisionando a la chica, que en vez de parecer halagada, parecía estar a punto de caerse al suelo y romper a llorar del miedo–.
Odio a la gente que miente, a las personas que dañan a otros para sentirse superiores.
Eres una persona horrible. Nunca, ¿me oyes?
Nunca me sentiría mínimamente atraído por alguien que puede hacer algo así.
Ahora, desaparece de mi vista. No quiero volver a verte.
Ella asintió torpemente antes de echarse a correr, sin atreverse a mirar atrás por si Koen cambiaba de opinión y su intento de ganarse al chico más popular del campus acababa con un moratón en la cara.
Koen bufó, molesto, antes de pasarse una mano nerviosa por el pelo.
Necesitaba hablar con Beka. Ahora. Explicarle lo que estaba pasando.
Pedirle perdón aunque no había hecho nada malo, perdón por inmiscuirla en algo que ni siquiera pensó que podría pasar.
Para dejar que su relación, en aquello que comenzaba a crecer entre ellos, siguiera permanente.
Sacó su móvil, implorando a todos los cielos y dioses de diversas culturas y épocas por su apoyo, antes de llamar a Beka.
Un tono.
Dos.
Tres.
La llamada se colgó, y saltó una voz femenina que no era la que tanto esperaba oír para avisarle de que el teléfono marcado no era posible de contactar.
Mierda.
Simplemente mierda.
Beka lo había bloqueado.