Bajo el mismo techo Capítulo cuatro #3
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Capítulo cuatro #3

–¡Cómo me alegra oír eso! –Koen suspiró aliviado, dejando caer la espalda sobre el colchón en un claro gesto de alegría.

Desde que Rebeka le había mirado callada y al regalo, había temido que pudiera no gustarle, que pudiera parecerle una idea estúpida el tratar de comprar el perdón con algo que, aunque para él significara dar más de sí mismo que para otros sería, podía ser tomado como la solución cara y fácil.

Una carcajada brotó de lo más profundo de su garganta–.

Estaba cagado del miedo. Quería que te gustase.

Quería hacerte feliz con algo que viniera de mí.

De verdad quiero llevarme bien contigo, Beka, y no solo porque seas la hermana de Adrian.

Eres una chica especial, en todos los sentidos.

Me haces reír, me cabreas y haces que quiera ser yo mismo.

Sin restricciones, sin máscaras. Como si, aunque peleamos, en el fondo me aceptases siendo como sea que fuere.

Creo que puedes llegar a importarme más de lo que nunca antes creí que nadie lo haría.

Aquello fue todo lo que necesitó Rebeka para romper a llorar.

No lo pensó dos veces cuando atrajo a Koen a su cuerpo.

Ni cuando el chico soltó un sorprendido jadeo, ni cuando sus brazos rodearon con temblores el cuello de Koen, ni mucho menos cuando este, al salir del estupor de estar siendo realmente abrazado por la persona que creyó que más le odiaría en el mundo, envolvieron su cuerpo con un apretón afectuoso, atrayéndola más aún si era posible a él.

Se quedaron abrazados por lo que parecieron horas. No porque creyeran que no tendría fin, sino porque no querían que lo tuviera. Era sencillo. Casi familiar. Les gustaba.

Antes de que Koen tuviera oportunidad de perderse en sus pensamientos, en el impulso de hundir su cara en el pelo de Beka, de llegar a perderse en su olor, en su calor, en su presencia, en ella; la chica se echó hacia atrás, dejó caer sus brazos y rompió el abrazo para limpiarse las lágrimas.

¿Era normal que Koen sintiera repentinamente frío?

Un instante después, una cabeza rubia de pelos cortos y algo alocados se asomaba con timidez por la puerta, con ojos de cachorro pidiendo no ser regañado por simplemente aparecer.

Rebeka sonrió, resignada, antes de dejar que Adrian se uniera a la que parecía ser la verdadera fiesta de Navidad que iba a tener.

Comieron galletas, al igual que otros platos que su hermano había birlado bajo la vista aguda de sus padres, se contaron anécdotas (principalmente las embarazosas en las que Adrian era protagonista), rieron y Rebeka pudo sentir que aquel final era mucho mejor que el que había planeado.

Su mano, en todo momento, no abandonaba el collar que descansaba sobre su pecho. Acariciando sus iniciales. Perdida en la felicidad de saber que alguien haría tanto por ella, por muy pequeño que el gesto fuera.

Pero había una segunda inscripción. Una que Beka tardaría meses en llegar a ver. En la cara de atrás, Koen había pedido que le escribieran una de las cosas que cada día más segura era para él: « Para mi persona favorita ».

Rebeka Noster era la persona favorita de Koen Ashburn. Y ella poco lo sabía.

¿Quién le hubiera dicho a Rebeka, el día en que conoció a Koen, incluso a la Rebeka que solo había escuchado hablar de aquel desastre de chico, que un día terminaría admitiendo en voz alta, a otro ser humano, que sí, que se sentía atraída por aquel idiota?

Seguramente se habría reído en su cara.

Tal y como Carla hacía ahora mismo. En la suya.

–¡Este plot twist es de los que yo amo! –se encontraba chillando, llorando de la risa, agazapada en el suelo de su habitación mientras trataba de abrazar su tripa y contener su júbilo–. ¡Vivo por y para el drama! Eres la mejor, Beks. ¡Te gusta tu enemigo! Es tan cliché que es para partirse.

–No le veo la gracia –se quejó ella, deseando poder hacer un puchero.

O solo poder callar a su amiga de un tortazo.

Las vacaciones habían finalizado, y la vuelta al nuevo semestre se abría paso.

Tras la cena que compartió con Koen y su hermano, la situación entre ellos se había asentado.

Incluso calmado. Ninguno saltaba ante la mención de un nombre que se pareciera ligeramente al del otro, ni parecía que un demonio poseía sus cuerpos si les dejaban caer un plan en el que los dos podrían estar presentes.

Más bien lo contrario. Habían pasado varios días juntos, disfrutando de las fechas y la libertad que traían consigo las vacaciones para salir junto a su hermano por las calles de Chicago.

Disfrutaron viendo en persona el espectáculo de luces, fueron a comprar castañas calientes, de fiesta a un pub en Nochevieja, a la mañana siguiente fueron a tomar chocolate caliente…

Fueron las vacaciones más divertidas en la vida de Beka. Y todo fue gracias a Koen.

Adrian, claramente, estaba que saltaba de la felicidad por las esquinas de cualquier sitio al que iban. Su plan de arreglar las cosas entre su hermana y su mejor amigo había funcionado a la perfección.

Puede que demasiado bien.

Pero, claro, Adrian Noster no era conocido por tener muchas luces.

Más bien lo contrario. Su ternura venía dada por las pocas neuronas que quedaban vivas en su mente.

Así que no se había dado cuenta de las miradas que compartían en silencio, o de la forma en que sus cuerpos parecían buscarse cuando ellos fingían que no se necesitaban.

Tampoco se fijó en las veces en que sus dedos se rozaban por accidente y, mientras su piel se erizaba, sus dedos sufrían por controlarse y no alcanzar al otro.

Rebeka no había sentido algo así desde Archer, e incluso aquello le parecía nada en comparación a lo que le sucedía con Koen.

–¿Cómo no? –Carla echó hacia atrás varios mechones rebeldes que habían escapado de su muy mal hecha coleta de última hora–.

El tío y tú ahí, sobándoos, mientras que el avispado de tu hermano estaría atraído por las luces de Navidad como una polilla.

Es gracioso, Beka. Muy gracioso. Puedo imaginarme a la perfección la escena: Koen y tú con esas mejillitas sonrojadas como si fuerais un par de adolescentes descubriendo lo que es el sexo por primera vez, y Adrian a tu lado, silbando con la cara de bobo que siempre lleva encima. ¿Me vas a decir que no tiene gracia?

Sí, sí la tenía.

Porque era tal y como su amiga lo describía.

Hasta ella se rió un día en el que Koen imitó la cara de ensoñación que su hermano ponía, sin enterarse de nada.

Pero estaba feo decirlo en voz alta, así que simplemente negó con la cabeza, sacudió los hombros y suspiró, como si aquello no tuviera nada que ver con ella.

–Eres un muermo –susurró Carla por lo bajo, cogiendo entre sus dedos uno de sus muchos cojines para lanzárselo–.

Cuando te cases con Koen, pienso soltar en el discurso todas estas cosas, que lo sepas.

A mi querida Rebeka… –La voz de su amiga tomó un aire dramático, como si con una mano sujetase una copa y con la otra un micrófono, emocionada por algo que claramente no estaba pasando–.

¿Recuerdas cuando vuestro amor surgió aquella primera Navidad, cuando tú tenías veintiún años y estabas que te cagabas por todos lados por la carrera?

Qué buenos tiempos… Y pensar que Adrian estaba allí, como testigo de vuestro amor, sin tener ni puñetera idea de que su mejor amigo se imaginaba a su hermana en diferentes posturas.

–¡Carla! ¡Por Dios!

–¡Seguro que es cierto! Cuando me lo presentes oficialmente como tu novio, le haré preguntas, Beks, muchas.

Y entre ellas, le miraré a los ojos, así.

–Carla se movió para estar delante suyo, poniendo una muy mal actuada expresión de amenaza al puro estilo de Al Pacino, sus asiáticos ojos achinándose al entrecerrarlos–.

Hijo, sé que buscas la falda de mi Rebeka.

–Realmente estaba a tope con el modo mafioso, hasta había bajado el tono de su voz para volverlo rasposo.

Lo que Carla no oía, sospechaba, es que su voz parecía más la de un anciano que se tiró toda su vida fumando cajetilla tras cajetilla y no como un terrible mafioso italiano–.

No te culpo, mi hija tiene buenas dotes.

Joven, responde a mi pregunta. Cuando conociste a mi Rebeka o cuando estuviste tonteando con ella, ¿es verdad que pensabas guarradas sobre ella?

–Eres de lo peor. Como un viejo verde. –Rebeka tuvo que hundir su rostro en sus manos para esconder tanto su sonrojo como las carcajadas que deseaban escapar de entre sus labios–. Recuérdame que nunca te presente a nadie. Eres un peligro para la sociedad.

–Como si eso fuera algo nuevo. ¡Soy tu mejor amiga! ¡No puedes usurparme el derecho de asustar a tus ligues! Si no, ¿qué me queda en la vida? ¡Nada, Beks! ¡No me quedaría nada!

Se comenzaba a arrepentir de haberle confesado todo a su amiga. La amaba, pero quizá no tanto en estos momentos.

Se arrepintió más aún cuando, al día siguiente, antes de que fuera a entrar en el aula de clase que le correspondía, una chica de la carrera con la que solo había compartido cuatro palabras contadas le esperaba a un lado de la puerta.

Su expresión no era muy amigable, y tampoco era una persona que le cayera especialmente bien a Rebeka.

Había visto a la chica en acción, y parecía ser de las que se habían quedado estancadas en la idea de «castas» en el ámbito social de una jerarquía de instituto e iba por la vida marcando quiénes valían su tiempo y quiénes no.

Una completa idiota.

Menos le gustó haber vuelto realidad sus crecientes y recién nacidos sentimientos, recíprocos esperaba, hacia Koen cuando el nombre de este salió de los maquillados labios de la chica.