Bajo el mismo techo Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

–Adrian, ahora mismo no estoy de humor. Si traes algo de comer o lo que sea para levantarme el ánimo, por favor, quiero estar sola –respondió de inmediato, dándose la vuelta sobre el colchón a la par que hundía el rostro en la almohada.

Su voz sonaba ahogada, por lo que no dejaba a oídos de la persona tras la puerta indicios de que hacía nada había estado llorando.

–No soy Adrian. –Aquella voz hizo que sus hombros se tensaran de forma instantánea–. Seguramente no quieres ni verme en pintura, cosa que no ha cambiado realmente desde que nos conocemos, pero… Me parecería peor dejarte sola ahora, Rebeka. ¿Puedo pasar?

Gruñó.

Eso fue lo que hizo.

¿Por qué aquel chico no se daba cuenta de que no quería a nadie cerca cuando sus paredes se derrumbaban?

Por lo poco que había experimentado, cada vez que le daba un bajón emocional, la presencia de otras personas a su alrededor era de todo menos apreciada.

Hacía años que había abandonado el lujo de permitirse a sí misma ser débil ante otras personas y poder calar en ellos, con la mínima esperanza de que supieran cómo hacerla sentir bien.

Como una persona más que merecía ser amada y respetada.

–Koen, ¿de verdad piensas que si no quiero a mi hermano cerca, te voy a querer a ti? –Era sorprendente la capacidad auditiva de Koen, pues casi ni Beka llegaba a entender por sí misma las palabras que salían de su boca, cuando este le dijo de vuelta:

–No pienso hacer nada que te enfade o te moleste.

–El silencio que se formó entre ellos habló por Beka, causando una carcajada en Koen–.

Esta vez lo prometo de verdad. Soy un idiota, ¿vale?

Lo acepto. Tendría que haber sabido que tus padres no solo odiarían verme aquí, sino que el provocar a su hija favorita portarse como tanto detestan no ayudaría.

Lo siento mucho. Por favor, deja que intente hacer algo para hacerte sentir mejor.

Beka sopesó la idea de hacerlo. ¿Cómo sería?

¿Como en aquel momento en que creyó, el día de la cena en que Koen, antes de su genuino flirteo, parecía que podía entender que realmente estaba cansada?

¿O cuando estaban a punto de cenar, Adrian dejándole entrever el pasado de Koen, y pensó que quizá tenían más cosas en común de lo que parecía a primera vista?

Puede que, de lo mal que iba todo últimamente, y de lo poco duradero que era lo bueno, nada pudiera ir ya a peor.

Con un resignado suspiro, alzó la cabeza mientras volvía a sentarse en el colchón:

–Está bien, puedes pasar.

–¡Genial! Muchas gracias. –Koen entró en el dormitorio de Beka, intentando (muy malamente) ocultar la gran curiosidad que le despertaba entrar en una zona tan íntima de una persona y que, muchas veces, era el reflejo del alma de las personas.

¿Mentiría si dijera que no ansiaba ponerse a hojear por todas las esquinas para ver cómo era la Rebeka que no conocía aún?

Sí, mentiría. Porque se estaba mordiendo el interior de las mejillas para anclarse a la realidad en la que estaban.

No iba allí a curiosear, iba a apoyar a Beka porque la había pifiado (una vez más)–.

No sabía cómo ibas a encontrarte –comenzó, parándose a unos pies de distancia de la cama de Rebeka, de sus ojitos azules que tanto le habían cautivado la primera vez que los vio–.

Pero a mí me ayuda tener algo cerca cuando estoy mal, y…

Mira, te he traído esto. –De detrás de su espalda, sujeta en su mano izquierda, sacó la bandeja de galletas que la propia Beka había horneado para la velada–. El chocolate siempre ayuda.

–¿Estás loco? –inquirió Rebeka, con amplios ojos por la sorpresa y la mueca de una divertida sonrisa–. Nunca antes nadie se había atrevido a robar de la mesa frente a las narices de mis padres. Vas tú, y lo haces. ¿No temes a la muerte o qué?

Ah…

Ahí. Ahí estaba.

Esa sonrisa.

Esa maldita y pícara sonrisa que siempre adornaba aquellos labios. Una que volvía loca a Rebeka, en todos los sentidos de la palabra.

Cómo odiaba y amaba esa maldita sonrisa. La libertad que le daba.

–¿Acabas de darte cuenta de lo loco que estoy, Noster? Creía que ya me conocías del todo. –Se dejó caer de un movimiento sobre la cama al lado de Rebeka, haciendo rebotar ambos cuerpos.

Ella contuvo una carcajada.

–No, pero aún tienes margen para sorprenderme cuanto más descubro.

El silencio se formó entre ellos tras sus palabras, uno que, para sorpresa de los presentes mismos, era cómodo, casi cálido.

La respiración del uno se acomodó a la de la otra, se generó un compás rítmico que ninguno planificó.

Sus cuerpos, que habituaban a estar en tensión en su presencia, se encontraban casi rozándose, emanando calidez.

Era una situación extrañamente reconfortante.

–En realidad, las galletas eran solo una parte de la sorpresa –admitió Koen en voz baja.

Había dudado por un segundo en si debía hablar, romper la magia que se había creado con Beka aunque fuera a costa de lo que ansiaba darle y decirle.

Porque le gustaba esta clase de momentos.

Solo había tenido posibilidad de uno, uno verdadero, desde que conoció a la rubia, y sabía que estas pequeñas dosis de una Beka tranquila y contenta podrían volverse su adicción favorita.

Ella alzó las cejas, inquisitiva.

–¿El qué me has preparado? Espero que nada malo, o me veré obligada a sacarte de aquí a patadas.

–Koen rió. No lo pudo evitar, ni tampoco quiso hacerlo.

Beka era tan jodidamente exasperante que no paraba de hacerle reír con su amenazante humor, menos al saber que realmente le daría una patada si se pasaba de la raya.

–No es nada malo. Ya te lo he dicho, no he subido hasta tu habitación para causarte más problemas.

–Movió una de sus manos, dejando ver una pequeña caja que antes no había notado, ensimismada en la idea de poder bromear con él sin que ninguno de los dos fuera el motivo de burla–.

Te mentiría diciendo que te compré esto cuando tu hermano me recogió antes, pero no puedo.

La verdad es que me sentí fatal cuando te fuiste así de la cena, Rebeka.

A veces soy demasiado capullo, y todavía tengo que aprender a controlar la lengua y pensar primero antes de hablar.

Realmente lo siento mucho. Nunca, te juro que nunca, fue mi intención hacerte sentir dolida.

Por eso, aunque sé que es un pensamiento muy capitalista y materialista, quise comprarte algo.

En principio iba a mandar a tu hermano a que te lo diera estas Navidades, pero ya que fui invitado…

–Durante un segundo, un segundo , Koen parecía un perdido niño pequeño.

Aquello hizo sonreír a Rebeka. Saber que no era la única que tenía tales debilidades, que no era perfecto por mucho que lo fuera físicamente le gustó. Era natural–. Feliz Navidad, Rebeka.

La chica miró con fijeza unos minutos la caja.

Estaba envuelta de muy mala manera, era hasta divertido verlo.

De colores rojizos, muy típicos de la época en la que estaban, y con un lazo de color verde pino.

Las galletas estaban olvidadas entre los dos, incluso cuando Koen cogió una de ellas para mordisquearla con nerviosismo.

Beka no le ayudó a calmarlos. porque se quedó unos minutos más mirando la caja en absoluto silencio.

Y otro par más. Puede que otro más. Hasta que Koen parecía estar al borde de devorar la galleta por no devorar su mano por el estrés, creyendo que el regalo había sido algo muy precipitado y fuera de lugar, y Beka se apiadó de él.

Con una carcajada, desenvolvió el papel de regalo.

Joder.

Madre mía.

¿Realmente Koen le había regalado…?

Una caja negra, pequeña, mucho más pequeña que la grande en la que venía para disimular lo que contenía, estaba en sus manos. Era de terciopelo, con pintas de valer casi lo mismo que la casa de sus padres, y una marca de joyas estaba escrita en la tapa con pan de oro.

Rebeka alzó los ojos con sorpresa para conectarlos con los de Koen, sorprendida. Sus pulmones se detuvieron a la par que su corazón, su cuerpo entero olvidando momentáneamente cómo debía funcionar. O si quiera que funcionaba.

–Koen… Esto no… Esto…

–Solo ábrelo, ¿sí? –instó (pidió) él–. Si crees que es mucho, o no te gusta, o no quieres aceptarlo, lo que sea, estará bien. Solo quería… Bueno, quería pedirte disculpas de la forma más sincera que se me ocurría.

Ella le hizo caso, abriendo con dedos temblorosos la tapa de la caja, que se elevó arriba hasta quedar expuesto ante sus ojos un colgante.

Un colgante precioso.

Un colgante de plata, con una cadena fina y cómoda, sencilla de abrir y cerrar para ser colgada, que era acompañada por un pendiente en el centro.

Era ovalado, del mismo material, pero contaba con una inscripción personalizada.

Parecía haber sido hecho a medida. En el centro se podían leer las letras R y N, sus iniciales, grabadas con una tipografía elegante, rodeadas por las sombras de dibujos estilizados de varias rosas.

Rebeka pasó las yemas de sus dedos por las letras de su nombre, notando cómo sus ojos comenzaban a aguarse.

–Dios mío, Koen. –Sus palabras sonaron más como un sollozo que un comentario, pero le dio igual. Porque este regalo era precioso. Porque Koen la miraba con miedo y a la vez esperanza. Porque este momento era perfecto–. Es el mejor regalo que me han hecho nunca. Es… Es precioso. Me encanta.