Bajo el mismo techo Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Capítulo cuatro

Pesadilla en Navidad

¿P or qué se había metido en aquel embrollo?

Sus pocas, por muy efímeras que fueran, esperanzas de ver a su hermana y a su mejor amigo reconciliarse, arropados por el ambiente cálido y amoroso de la época navideña, habían desaparecido del todo.

Había sido un ingenuo.

Desde que había dejado a aquellos dos enfrentarse al principio, creyendo que sería una pelea momentánea, no habían cesado con las pullas.

Su plan, su perfecto y maravilloso plan, no había funcionado.

Koen, sus regalos, llamar a la empatía de Rebeka ante la situación del chico… Nada había tenido sentido.

Incluso ante sus padres, que claramente habían montado una trifulca al ser conocedores de que su desastre de hijo había decidido por su cuenta propia invitar a un «completo extraño» (o así habían categorizado a Koen a pesar de que ya lo habían conocido antes) a su casa, a su cena de Navidad, sin su consentimiento.

Habitualmente se reiría a costa de todo lo que hiciese los perfectamente peinados pelos de sus padres salirse de su lugar, pero no en estas circunstancias. No a costa de ver una vez más a dos personas que le eran de lo más importantes luchar entre ellas.

Deseaba que Koen y Beka se llevasen bien.

En el fondo, sabía más que nadie que los dos tenían más en común que lo que nadie llegaría a tener.

Si había alguien que podría comprender el dolor de sentirse solo, de tener un fuerte sentido de la lealtad desarrollado cuando muy pocos, o nadie, sentía, eran esos dos.

Podrían contarse sus problemas, abrirse al otro, sin sentir esa duda de volverse una carga o el rechazo de ser vistos como víctimas.

Pero esos dos cabezas hueca preferían hacerse los listos y odiarse.

–Creía que Papá y Mamá Noel eran figuras de alegría que repartían regalos y recuerdos, esperanza a los niños –estaba comentando en aquel momento Koen tras tragarse un trozo de la carne que su hermana había preparado.

Sadie le lanzaba miradas mortíferas al chico, y por primera vez en toda su vida, Adrian estaba de acuerdo con su madre.

¿No podía dejar de portarse como un capullo con su hermana, cuando se lo había prometido?

Iba a matarlo–. ¿Tú qué tienes pensado repartir?

¿Calculadoras y manuscritos donde les digas que el futuro laboral va a ser una mierda o que serán explotados hasta su último respiro?

–No me hace falta hacerlo. –Rebeka se echó atrás en su silla, cruzando las piernas bajo la mesa con aires de confianza–.

Lo que mejor haré será crear un libro de «lo que debes ser en un futuro y lo que debes evitar».

Tu foto será la portada de la segunda parte.

–Aquello se ganó una fuerte y sincera carcajada por parte de Koen, quien negó con la cabeza.

Maldita sea, esto debería estar mal.

Porque era la hermana de Adrian, el único y verdadero amigo que había tenido en toda su vida.

Porque el propio Adrian le había pedido tratar mejor a Rebeka.

Pero la forma en que parecía estar siempre lista con una respuesta, dando igual lo que le hubiese soltado, la manera tan única con la que ella parecía soltarse a la hora de defenderse ante él era tan divertida, se sentía tan vivo, que era casi adictivo.

Los azulados ojos de Rebeka comenzaban a brillar de pura malicia.

Su sonrisa, siempre perfecta y sosegada, se transformaba en una mueca de rebeldía.

Entre su postura de confianza y reto, la manera en que su cabeza se inclinaba ligeramente a un lado de su cuerpo y cómo alzaba las cejas cuando sentía propia la victoria en sus batallas… Koen iba a volverse loco.

–¿Tanta importancia le vas a dar a mi cara como para querer compartirla con todo el mundo? –Beka tuvo que contener un bufido, poniendo los ojos en blanco en un claro gesto de irritación. Uno que perdía fuerza bajo la sonrisa divertida en su boca–. Me honras, Rebeka.

Maldito Koen Ashburn.

Cuánto le odia.

Y qué jodidamente agradable era poder portarse mal con alguien que no esperaba nada de ella.

Su momento de diversión y paz se vio interrumpido abruptamente. Jackson, su padre, posó con fuerza sus manos en la mesa, y Beka sintió sus piernas temblar cuando sus ojos la miraron gélidamente.

– Rebeka. – Cuando su padre le llamaba por su nombre con tal potencia nunca significaba buenas noticias.

Su cuerpo comenzó a sudar frío, congelada en su sitio–.

No recuerdo que ni tu madre ni yo te hubiésemos criado para que te portes de forma tan irrespetuosa con nuestros invitados. ¿Acaso has perdido tus modales?

–Lo siento. –Bajó la mirada a su regazo, avergonzada.

No le importaba que sus padres la hicieran sentir pequeña, sabiendo que de aquella manera se sentirían a gusto y podría respirar tranquila unas semanas hasta el próximo brote.

¿Pero delante de Koen? ¿De alguien que ya había vivido una vez una confrontación?

¿Que había señalado y criticado su actitud hacia su hija?

¿Cuándo habían dejado de preocuparse por fingir ante ojos ajenos ser una familia feliz?

Aquella disculpa no significó nada para sus padres, quienes bufaron a la par. De las pocas veces en las que el matrimonio parecía haberse vuelto una mente colmena.

–Siempre que está tu hermano cerca, te portas como una salvaje – se quejó Sadie, siendo apoyada en silencio por su marido al asentir con la cabeza–.

No olvides el sitio del que provienes, hija, ni la persona que eres.

Adrian puede ser un hippie sin futuro, pero tú tienes mucho más por lo que luchar.

Eres una buena chica, Rebeka, te hemos criado bien.

No permitas que un bestia como este destroce todos tus esfuerzos.

Apretó los labios entre sí, agotada, sin ni una pizca de fuerza en su ser.

Todo era demasiado complicado. Sentía que la cuerda siempre tiraba, tiraba y tiraba de ella hasta niveles insospechados. Le dolían los músculos, sus articulaciones le pedían un descanso entre sollozos. No sabía cuánto tiempo más sería capaz de soportar aquella pesadilla.

–Adrian. –Como no tenían suficiente, con dejar a uno de sus hijos acallados en una celebración que parecía que iba a ser de las primeras buenas en su familia, Jackson decidió atacar a su otro hijo.

Adrian respondió tensándose en su asiento, sus hombros alzados y la mandíbula apretada desde que empezaron a taladrar la mente de su hermana una vez más–.

Puede que llames a esto «tu amigo», pero no queremos que Rebeka tenga más malas influencias en su vida.

Bastante tenemos con soportarte a ti y a esa amigucha suya, como para que añadas a este bruto a la lista.

¿Qué es lo que buscas? ¿Arruinarnos la vida porque nunca aceptaste seguir los pasos que tu hermana sí ha escogido? No culpes a los demás de tus errores.

Adrian abrió la boca, listo para defender a Koen, a hablar bien de Carla, quien daba el lujo a su hermana de poder sentirse apoyada y querida cuando él no estaba cerca.

De no solo sacar la cara por Beka, sino por su libertad, una que sus padres se encargaron de encadenar y arrojar lejos la llave.

Mas ninguna palabra llegó a salir de sus labios ya que Beka le cortó:

–¡Ya estoy harta! –exclamó, la mirada aún sobre su regazo, las uñas clavándose con fuerza en la palma de sus manos.

Todos la miraron con sorpresa. ¿Rebeka gritando?

–. ¿¡Por qué siempre hacéis esto?! ¡Solo quería tener una Navidad normal!

¡Carla ni siquiera está aquí! ¡Koen no es el problema, joder!

¡Estoy cansada de que insultéis a todo aquel que pilláis cuando no sois capaces de decir una mierda sobre vosotros mismos!

–Rebeka… –advirtió Jackson, advertencia que fue lanzada a la basura con rapidez.

–¡Ni Rebeka, ni nada, papá! Siempre me esfuerzo, ¿sabes?

Me encierro para que podáis ser felices, para que os sintáis orgullosos, porque me hace feliz recibir un cumplido por vuestra parte.

Pero esto no. Así no. Ya es… Es demasiado.

Es demasiado, joder. –Sus ojos comenzaron a aguarse.

«Otra vez», pensó. «Otra vez voy a romperme».

¿Cuántos días llevaba viviendo entre lágrimas silenciosas y sonrisas falsas?

Lanzó a un lado su servilleta, al grito de su nombre empujó su silla hacia atrás y se marchó con rapidez de la mesa, corriendo a su refugio: su habitación. Cerró de un portazo, se quitó el gorro de Mamá Noel y lo lanzó a su cama.

No iba a llorar.

No podía echarse a llorar.

No quería llorar. No más.

¿Se lo merecía? ¿Acaso había cometido un gran crimen, en una vida pasada o en aquella misma, como para ser víctima constante de la obsesión enfermiza por una perfección inexistente de sus padres en ella?

Puede que fuera su culpa. En muchas ocasiones, yendo en contra de lo que tanto Adrian como Carla le aseguraban, realmente creía que sí, que ella era la única culpable.

Quizá, si fuera más madura, ellos se calmarían.

Quizá, si aprendiese a manejar mejor sus emociones, sus padres no creerían que a sus veintidós años aún necesitaba ser guiada.

Se dejó caer sobre la cama, acurrucándose hasta formar una pelota con su propio cuerpo buscando esconderse.

Porque aquello era lo que deseaba. Desaparecer.

No poder ver más el mal que rodeaba su día a día.

Si estuviera ciega, a lo mejor las cosas dolerían menos.

Porque podría seguir oyendo la decepción en la voz de sus padres, pero nunca sería capaz de ver sus expresiones.

Las lágrimas que habían brotado en sus ojos comenzaron a caer. Primero una, luego dos, y a estas le siguieron el resto.

Esto era ya suficiente, ¿no? Si todo este dolor era para pagar por sus pecados, ¿no había pagado ya lo necesario?

Cuando se encontraba perdida en sus pensamientos, mirando con ojos perdidos el techo, un par de golpes contra la puerta sonaron. Eran unos nudillos, que trataban de llamar su atención.