Bajo el mismo techo Capítulo tres #3
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Capítulo tres #3

Sigilosamente, aprovechando el momento en que Koen se dio la vuelta para ir a depositar los regalos en el sitio donde le indicaba Beka, Adrian se acercó a su hermana, se inclinó a su lado y le susurró directamente a la oreja:

–No tenía planeado traerle. –Beka pudo comprobar las miradas nerviosas que echaba en dirección a Koen, que vivía ajeno a las palabras de su amigo–.

Pero me he enterado hace nada que iba a estar solo en Navidad, y…

Bueno, no podía dejarle, ¿sabes? Sería un muy mal amigo si lo hiciera.

Además, peor de lo que fue la vez que os conocisteis, no irá, ¿no?

–¿Solo? –Aquella posibilidad no había pasado por la mente de Beka, demasiado nublada en estar molesta con su hermano por traer al enemigo a casa, y más tarde rindiéndose a su gusto–. ¿Por qué iba a estarlo?

La expresión de Adrian cambió a una de empatía y pena. El pecho de su hermana comenzó a contraerse por el peso de aquella silenciosa respuesta.

–No creo que sea la persona indicada para responder eso.

Es algo muy personal, Beks, debería ser Koen quien te lo explique.

–Aquello no hizo que Beka se sintiera mejor–.

Solo puedo decirte que sus padres no están en Chicago por motivos personales, y que Koen no tiene con quién pasar las fiestas.

No me había dicho nada, el muy idiota, para no preocuparme.

Pero ya me conoces, siempre me entero de todo.

Así que le expliqué que seguramente harías comida para más de cuatro personas por si acaso algo salía mal, y que podía venirse. ¿No te importa, verdad?

–No… –musitó débilmente, alzando una de sus manos a su pecho. Este no paraba de gemir en una extraña sensación de dolor–. No me importa, no. Que se quede.

–Genial. Eres la mejor. –Con un beso en la mejilla, Adrian dejó a Rebeka atrás para encaminarse a Koen. A esto le siguió una fuerte palmada en la espalda, con respuesta inmediata dada en insultos por parte del peli moreno, para que los dos amigos se echaran a reír mientras comenzaban a hablar.

Rebeka, por un segundo, se quedó sola. Apartada. Con los ojos fijados en Koen.

Quizá aquel chico tan prepotente escondía más de lo que parecía.

No tenía a nadie con quien estar en unas fechas que no paraban de recordar a las personas su soledad en sus mismas condiciones. Sus padres se habían ido de Chicago, sin pensar en que su hijo iba a acabar desolado o el daño que aquella decisión podía causarle.

Ella conocía mejor que nadie aquella sensación.

La de vivir bajo una máscara que no te corresponde.

Se veía a sí misma muchas veces ante el espejo, y todas y cada una de ellas siempre circulaba la misma pregunta en su mente: ¿quién eres?

Porque había dejado de reconocerse. Ya no sabía nada de su personalidad, ni sus gustos o sueños.

Todo era por y para otros. Por sus padres, para mantener viva las sonrisas de orgullo que eran la única exclamación de amor que recibía.

Por su hermano, para que no sintiera culpabilidad al haber elegido la vida que siempre había soñado aunque ello significase en su momento haber tenido que dejar a su hermana atrás en esta casa donde se encontraba.

Por sus profesores, para poder ser capaz de cumplir las expectativas y esperanzas impuestas en ella desde que comenzó la carrera.

Rebeka era una mancha, una mera sombra de aquella niña pequeña que en su momento fue todo risas y chillidos de júbilo. Una niña risueña que se había visto enterrada bajo las cementadas losas de la presión, la duda, la ansiedad y la falta de amor propio.

Mirando mejor a Koen, podía notar que algo en él parecía igualmente impuesto. Falso. Como una raíz que crece con tal fuerza que termina resquebrajando las más sólidas paredes.

El pensamiento y la creciente simpatía hacia aquel chico que tanto había comenzado a odiar le duraron apenas segundos, pues este mismo dio un par de pasos a ella, sonrió con aquellos aires de chulería que tantas ganas le provocaba de querer atizarle una bofetada que la eliminara, y se agachó a su altura.

–Chef, ¿puedo preguntar con qué menú tienes pensado degustarnos esta noche? –preguntó guasón, antes de añadir:–. O más bien, disgustarnos .

Sí.

Dos segundos.

–¿Acaso crees que puedes hacerlo mejor que yo?

–inquirió Beka, sin siquiera tratar de responder a su pregunta, pues sabía que era una mera provocación.

Por razones que ni ella comprendía, en vez de sonreír como habitualmente haría, Koen siempre lograba sacar su parte directa y sincera–.

Tengo muchas cosas puestas en la mesa, como podrás ver.

Estoy muy segura que las únicas patatas que has sido capaz de cocinar en tu vida son las precocinadas para calentar en el microondas, y seguramente se te quemaron.

–¿Qué te hace estar tan segura, Noster?

–Solo tengo que mirarte para saberlo, Ashburn –respondió ella. Ambos se miraron con fijeza, sus corazones aleteando con velocidad, sus labios comenzando a torcerse en una sonrisa–. ¿Recuerdas el dicho? Cree ladrón que todos son de su misma condición. Te has delatado tú solo.

–Cuando quieras puedo mostrarte mis habilidades culinarias. –Dio un par de pasos al frente en dirección a Rebeka.

–Me parece perfecto. –Ella tampoco se achantó, dando otro par de pasos. En nada, estaban el uno pegado al otro, mirándose con recelo y desafío.

Adrian miró todo en silencio, comenzando a arrepentirse instantáneamente de haber querido en algún momento ser un buen amigo.

Menuda cena les esperaba.

Este era el inicio del segundo round. ¿Quién ganaría?