Capítulo tres #2
–Gracias, Adrian –musitó con una triste sonrisa, acariciando los suaves ropajes con un toque de nostalgia.
El sabor amargo de la bilis sobre sus labios, sus ojos apagándose, era algo que siempre la destrozaba.
¿Qué más podía hacer? Las opciones habían muerto hacía años–.
Es… Es el mejor regalo que me has hecho nunca.
Me hace muy feliz que estés aquí, de verdad.
Pero mamá y papá tienen razón. Los disfraces ya no están hechos para nosotros. Se han quedado muy atrás en el tiempo.
Toda respuesta que obtuvo fue un fuerte bufido, uno que resonó con potencia sobre sus paredes. Beka miró a Adrian con sorpresa.
–No pongas excusas, Rebeka. –El rubio nunca la llamaba por su nombre.
Eran muy contadas las situaciones en las que la seriedad carcomía sus relajadas venas, como este momento, donde parecía estar molesto con todo.
Con la situación en la que vivían. En que parecían tenerlo todo y, a su vez, tener nada–.
Coge ese maldito disfraz y póntelo. Me da igual lo que digan.
No me importa una mierda la opinión de nadie.
Y a ti… –señaló a Rebeka con énfasis, quien dio un respingo sobresaltado sobre sus talones–, que te importe mucho menos, ¿me oyes?
Vas a disfrutar de estas fiestas como que me llamo Adrian Thomas Noster.
Sí, el nombre completo de su hermano era Adrian Thomas Noster. Adrian T. Noster. Adorable, ¿verdad?
Cuánto odiaba Adrian su nombre completo.
Una carcajada escapó de los labios de Rebeka antes de romper en fuertes risotadas, animada.
Su hermano era su debilidad, eso lo volvería a repetir las veces que hiciera falta, y aquella sonrisa que asomaba sus dientes, despreocupada, y el brillo de orgullo en sus ojos azules eran todo lo que ella necesitaba ver para saber que no estaba sola.
Puede que el mundo donde viviera no fuera rosado y precioso, pero tenía personas que lo volvían perfecto.
–Está bien. Me rindo. –Beka alzó los brazos a ambos lados de su cabeza, negando con esta misma a su vez–. Me pondré el disfraz.
–Esa es mi hermanita.
All I Want for Christmas Is You retumbaba contra las paredes de la gran cocina de la familia Noster. Rebeka, ataviada en su disfraz de Mamá Noel, murmuraba para sí misma el ritmo de Mariah Carey. Disfrutaba encaminándose de un lado a otro de la habitación, meneando la cabeza y las caderas a la par.
Estaba rodeada del olor de las galletas terminando de hornearse, la mesa estaba puesta y con los platos que había cocinado ya listos y repartidos sobre ella.
Había tenido que regañar unas pocas veces a su hermano cuando este había tratado de coger algo a hurtadillas, la última regañina siendo un suave manotazo en su mano cuando le pilló tratando de coger una patata asada.
Todo seguía bajo control, y podía verse a sí misma en su mente saltando y cantando alegremente en un campo florido, su yo agonizante por el control más contenta que nunca antes en su vida.
La felicidad le duró hasta que Adrian le avisó de que debía irse un momento, que tenía que encargarse de recoger algo.
Algo categorizado como «sorpresa». Beka se puso nerviosa, creyendo que su gran cena iba a ser arruinada ya que su hermano y su «sorpresa» tardarían más de lo que le aseguraba.
La Navidad era un mal momento para empezar a morderse las uñas como un viejo hábito olvidado, ¿no?
–Juro que serán un par de minutos solo, hermanita –repetía Adrian siendo perseguido por toda la casa por su intranquila hermana, sonriendo con ternura al acordarse de los tiempos en los que una pequeña Rebeka corría detrás suya al no querer estar separada de él–.
Juro que si llego tarde, podrás hacerme lo que quieras.
– ¿Lo que quiera?
–Lo que quieras –confirmó.
La sonrisa de Rebeka le hizo arrepentirse de inmediato.
–Vale –asintió la rubia, cruzando los brazos en la entrada de la casa, observando con malicia a su hermano–. Tienes cinco minutos para llegar a casa tras recoger esa tonta sorpresa. Si no, tendrás que comprar en tu camino de vuelta otro traje de Mamá Noel y vestirte conmigo.
El rostro de Adrian, siempre sonriente, sano y atractivo, empalideció al completo el mismo segundo en que la condición de Rebeka fue puesta sobre la mesa. Sí , pensó , a veces se arrepentía de olvidar que su amada hermana no era la chica callada y modesta que aparentaba ser.
–¿De verdad?
–De verdad.
–Es una broma, ¿no?
–Para nada.
–Beksy-Beks, no puedes hacerme esto –se quejó, desesperado, casi dejando que sus labios formaran un puchero–. Soy tu hermano mayor. Me quieres, ¿no?
–Te quiero tanto que te dejaría expresarte aún más vistiéndote de mujer.
Has dicho que podría hacer contigo lo que quiera, ¿recuerdas?
Además… –La sonrisa en sus labios se ensanchó, casi rozando los niveles sádicos del disfrute–, si tanta confianza tienes de que volverás en cinco minutos, no hay problema en que te pida algo que dañe tu viril ego, ¿o me equivoco?
–Te odio.
–Me amas.
–Sí, por desgracia lo hago. –Soltó un pesado suspiro, rendido–.
Está bien –musitó. Adrian parecía en aquel mismo instante un cachorro al que habían dejado solo tiritando tras lanzarle un balde de agua bien fría.
Beka hasta casi sintió pena. Casi –. Si llego más tarde de cinco minutos, me… Me vestiré de… Mamá Noel contigo.
–¡Genial! ¡Nos vemos ahora, hermanito! ¡Te quiero! –Adrian hizo un gesto vago con la mano, musitando contra su propia idiotez, antes de cerrar la puerta y echarse a correr por no llegar tarde. Su hermana siempre lograba tenerle al final bajo control.
Rebeka, carcajeante, tomó la oportunidad para correr a su cuarto y recoger los regalos envueltos, colocarlos bajo el árbol de Navidad que su hermano le había ayudado a colocar y decorar sin testigos que los vieran.
Sus padres, a pesar de haberse calmado hasta el punto de no entrometerse en su camino y gustos, no habían sido víctimas de los milagros navideños.
Se habían encerrado en su despacho (lo compartían porque ambos podían de aquella manera controlarlo todo.
A veces Beka se preguntaba si tenían complejo de Dios) para ponerse a trabajar en un caso que Sadie llevaba en nombre de la empresa de Jackson (ella era la abogada de la empresa de su padre, se habían conocido cuando fue contratada por su abuelo en la empresa).
El trabajo siempre había sido más importante para ellos que el tratar de pasar tiempo en familia.
Tras sacar la bandeja de galletas y haberlas dejado enfriar un tanto más, cogió la bandeja y salió de la cocina con estas en mano. Luego, se dirigió al salón para repartirlas en el plato que había posado en el centro de la mesa con aquel propósito.
No llegó a hacerlo.
Cada fibra de su ser se congeló nada más a sus ojos llegaron una figura humana extra a las que tenía en mente.
Sus músculos se tensaron cuando vio unos cabellos morenos revueltos que se le hacían conocidos.
Su cuerpo estalló en un estado de alarma nada más los mimos ojos avellana que tantas pesadillas le dieron hacía ya tiempo se abrieron paso en su campo de visión.
Joder.
Mierda.
Koen Ashburn.
En su casa.
¿Qué narices traía a Koen Ashburn al barrio de Evanston?
Su pregunta fue rápidamente respondida cuando se fijó en su hermano, sonriéndole con cierta pena y esperanza, con un brillo en sus ojos azules, iguales a los suyos, desesperado.
«Maldito traidor».
–¿Qué hace este aquí? –inquirió como modo de saludo a Koen, frunciendo su ceño con tanta profundidad que por un instante Adrian temió que su hermana no podría volver a cambiar la expresión en su rostro–. No recuerdo que hubiésemos dicho nada de invitar a gente que no es de la familia.
–Feliz Navidad a ti también, Beka –se burló Koen, quien tampoco parecía haber olvidado la tensión que hubo entre los dos en aquella fatídica cena, ni las palabras hirientes que Beka le había soltado.
«Bien», sonrió con orgullo, «mucho mejor así».
Que no pudiese olvidarla, para el puro placer y regodeo de la Noster–.
Siempre es un placer verte. –Adrian lo acalló antes de que soltase otra pulla a su hermana con una bofetada en su espalda, generando una mueca de ligero dolor en la presumida expresión de Koen.
–¿Es que no podéis tratar de ser civilizados por un solo minuto?
–les regañó Adrian, ganándose una mirada llena de fastidio por parte de ambos.
Posiblemente esa era la primera –y última– vez en la que Koen y Beka actuaban en común a algo.
–Sé que no he dicho nada, Beks. Pero, por favor, ¿podemos hacerle un hueco?
–Traigo regalos –añadió Koen, alzando en sus manos unas pocas cajas envueltas de colores rojos, azules y amarillos.
– ¿Ves? Trae regalos –apoyó Adrian, agrandando sus ojos para conseguir una expresión tierna, aquellos famosos ojos de cachorrito que tantos años estuvo practicando para siempre salirse con la suya.
Hoy no era diferente.
Suspirando con rendición, Beka dejó caer los hombros. Su mirada pasó de Koen y los regalos en sus manos a su hermano. A aquel idiota que siempre trataba vese tierno pero que solamente lograba verse como un bobo. A Adrian, su tan querida y favorita persona en todo el mundo.
–Está bien –masculló muy a su pesar, cruzando los brazos bajo su pecho–. Puede quedarse. Pero nada de chulerías, ni tonterías. Esta noche es mía y solo mando yo.
–¡Eres la mejor, Beks! –exclamó Adrian, agradecido, antes de dar un sutil codazo en el lado izquierdo del cuerpo de Koen, que tenía más a mano, susurrando: –. No seas idiota y dale las gracias. Vas a mantener la fiesta en paz con mi hermana.
Koen, suspirando, alzó las manos en un gesto de rendición.
–Muchas gracias, Rebeka. –La forma en que dijo su nombre causó que un escalofrío recorriera la espalda de la chica, quien en cuestión de segundos lo eliminó de su mente y empujó bajo llave a un cajón cualquiera de su mente–. Es un gesto muy amable por tu parte.