Bajo el mismo techo Capítulo tres
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Capítulo tres

Capítulo tres

Fiestas de invierno

L os meses habían pasado desde el primer –y último– encuentro entre Beka y Koen.

Las calles se habían vuelto más frías. Los árboles, desnudos, abrazaban al viento mientras eran tapados bajo un manto de nieve.

Las luces eran iluminadas cuando el Sol caía más temprano de lo habitual, agotado tras el verano.

Aportando colores vívidos y dorados a sus alrededores.

Gorros, abrigos, bufandas, respiraciones y vaho se acumulaban entre ellas.

Era invierno.

Era diciembre.

Las fiestas empezaban. Los exámenes de fin de semestre se acababan. La Navidad se abría paso.

Era la época favorita de Rebeka Noster.

Antes de ello, muy a su pesar, había tenido que sudar y llorar durante la época de exámenes finales de cuatrimestre, adelantados a la época post-vacacional de invierno para dar mayor amplitud de tiempo a los profesores para corregirlos.

Habían sido unas semanas espantosas. Se encerraba hasta altas horas de la tarde tras las clases en la biblioteca de la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, metiendo su nariz en apuntes tomados por su propia mano, los pasados a su portátil y libros de la asignatura con los que se había estresado para leer a tiempo.

Tampoco salía por las noches con nadie, en especial porque no tenía amistades en su clase, y porque prefería encerrarse en su habitación para seguir estrujando sus neuronas con información de casos que le planteaban estudiar para clase.

Saludaba a la gente con la que iba y venía desde primero de carrera, no había tensiones con nadie, pero tampoco recibía mensajes que la invitaran a fiestas, a cumpleaños o a aquellos viajes de los que oía hablar en el descanso hasta que el profesor aparecía en el aula.

Tenía a Carla, claro, pero muy a su pesar su amiga no era una ermitaña recluida como ella y sí tenía más amigos.

Rebeka no quería ser esa clase de persona que absorbía a los demás, ni sentía interés en decirle a nadie con quién debía juntarse o no, por lo que dejaba a su alocada amiga ser y se veían muy de vez en cuando.

Aunque algo extraño sí que le pasó en esta ocasión.

Habitualmente, Adrian solía ir a visitarla de vez en cuando, ya que aún vivía bajo el techo de sus padres y deseaba evitarlos a toda costa.

Lo que sí hacía era mandarle mensajes y memes de animales constantemente, vídeos que le parecían divertidos o chismosos por redes sociales, llamarla (por videollamada sobre todo) para cerciorarse de que su hermana no iba a acabar siendo comida por las larvas si se mataba de hambre y falta de horas de sueño descansadas.

Era un buen hermano, pero su orgullo tenía igual cabida.

En cambio, desde que la vio explotar aquella noche de finales de verano, aquel día en que dejó, por primera vez en toda su vida, ver el rechazo que una persona le ocasionaba, el estrés interno que ocultaba con sonrisas y con acciones poco sanas para su cuerpo; Adrian había cambiado.

Le preguntó por la fecha de sus exámenes, los horarios, y un día apareció en casa con una maleta y una gran y despreocupada sonrisa.

Se había instalado en su antiguo dormitorio, dormitorio que sus padres querían volver un despacho.

Había obviado las miradas de rencor a las que acostumbraban sus padres a lanzarle cada vez que sus ojos se posaban en su primer hijo.

Se había, de forma muy literal, anclado a la espalda de Rebeka y no se había separado de ella excepto cuando estaba en el aula de clases atendiendo sus respectivos exámenes.

La llevaba y traía en la moto para que fuera con tiempo, se encargaba de pillar comida en todos lados a los que podía alegando que así sacaban provecho del dinero de sus padres, se encargaba de que tomara descansos entre horas de estudio y que durmiera lo que debía.

A veces traía sus platos favoritos del restaurante chino al que a los dos les encantaba ir cuando eran solo un par de niños pequeños, otras comida del tailandés al que habían ido en su adolescencia tras sus clases, buscando huir siempre de sus padres.

Puede que se sintiera culpable.

Y ella, que era una blanda con su hermano, sintiéndose querida y apreciada con aquellos detalles, le perdonó al instante.

Koen tampoco volvió a salir como tema de conversación.

Sus padres, a su misma vez, parecían estar en época de redención. Había aprobado sus exámenes como una de las mejores de su año, alguna matrícula de honor le había caído sobre los hombros. No podían decirle que no se había esforzado.

Así que este año, las fiestas en la familia Noster iban a ser llevadas a cabo por elección y gusto de Rebeka.

No recordaba cuándo fue la última vez que tuvo tanto control sobre algo. Por muy efímero que fuera.

Aquella mera idea la hizo temblar desde la punta de los pies hasta el último de sus cabellos sobre su cabeza, por lo que meneó la cabeza, negativa, evitando caer en un círculo que atrajera la mala suerte a su vida cuando todo parecía empezar a encauzarse.

«Fuera malos pensamientos», se regañó a sí misma con gesto contrariado.

«Hoy todo va a salir genial. El olor del pollo asándose en el horno con nuestra deliciosa salsa, las patatas se están asando estupendamente, y ya está preparada la masa y pepitas de chocolate para las galletas».

Cerró los ojos, tomando una bocanada de aire, paseando por su habitación frente a la cama en una marcha continua y nerviosa.

«Todo está bien. Todo va a salir bien, Beka ».

Chequeó, en uno de sus tics nerviosos, su móvil, sacó su agenda y comparó todo lo que tenía anotado en ambos, cerciorándose una vez más de que nada se había salido de lugar.

La única sorpresa que tuvo fue la repentina aparición de Adrian, pero supo sobreponerse con fluidez a ello.

Simplemente tuvo que pasarse por el supermercado cercano a casa de sus padres tras finalizar su último examen, despidiéndose con excusas muy simples de una ansiosa Carla de salir a cualquier antro, fuera la hora que fuese, y, en sus palabras textuales, «pillarse una buena cogorza».

El regalo de su hermano no fue problema, se lo había encargado a una página web que sabía que a su hermano le encantaba de objetos artesanales dos meses antes de Navidad, y lo había envuelto unas semanas antes de que el cuatrimestre finalizase y tuviera que enfocarse por completo en estudiar.

Todo estaba bajo control.

Justo en ese instante, cuando comenzaba a sonreír de puro júbilo mezclado con alivio, dos toques llamaron a su puerta. La cabeza dorada de su hermano, que le dedicaba una mirada de suprimida complicidad, asomó antes de que respondiera. Beka le devolvió la mirada con una ceja alzada, a la espera.

–Tengo una sorpresa anticipada para ti, Beks –comenzó antes de que la chica tuviera oportunidad de lanzarse a interrogar sus intenciones, conociéndole como ningún otro y sabiendo que las sorpresas de Adrian Noster eran una incógnita (a veces hasta para sí mismo)–.

Cuando estaba en el trabajo el otro día, me estuvieron contando que van a hacer una fiesta estas Navidades.

Me invitaron, y me dijeron que había un código de vestimenta necesario para poder acudir.

–Se adentró en el cuarto de su hermana, con los brazos a la espalda, y su sonrisa ampliándose a cada palabra que formulaba.

Estaba expectante. Ilusionado. Como un niño pequeño–.

Me dijeron que podía ir con un jersey navideño, pero que ir disfrazado con temática de las fiestas está incluso mejor.

Entonces me acordé que a ti, cuando éramos unos críos, te encantaba disfrazarte, y que dejaste de hacerlo en el instituto porque nuestros padres te hicieron creer que era algo demasiado infantil para alguien que se iba a dedicar a la empresa familiar.

Una pena, porque te veías adorable con tu pijama de cuerpo entero de Rudolf.

–Movió un brazo, su mano libre, y más tarde la otra, con un movimiento más parsimonioso–.

Esto te lo he comprado para ti, para que vuelvas a dejar a esa niña de ocho años salir a la luz aunque sea por unos días.

En sus manos había una bolsa cerrada con ropa roja en su interior.

Los detalles blancos, dorados y negros en un cinturón contrastaban y daban forma de lo que era en la mente de Beka.

Esta la abrió, sacó el conjunto de ropa e intercambió su mirada entre su hermano y las ropas que le acababa de regalar.

–¿Me estás regalando un disfraz de Mamá Noela?

–¡Feliz Navidad! –exclamó para la diversión de Beka su hermano, que se lanzó a su cama observando cómo ella se quedaba mirando con ojos críticos el disfraz–. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que te permitiste hacer un rato el tonto y dejarte llevar? Hoy es el mejor día para romper con todo, Beks.

Beka pudo sentir unos segundos de pura alegría y excitación, sin pensar en represalias ni en la realidad que le había tocado vivir.

Adrian siempre lo lograba: sacarle una sonrisa, permitir que su mente dejase de divagar perdida en su cabeza.

Pero luego todo volvía a ella, le abofeteaba y se daba cuenta, como en aquel mismo instante, de que ella no era como el resto.

No podía permitirse ser feliz, ni aunque fuera Navidad.

No era una persona que viviese por y para sus ilusiones, sino para la de otros.

Había sido amoldada y reconvertida en una marioneta, un títere a manos de cualquier titiritero.

Su danza era una simple y dolorosa: movía sus pies al son de la música que otros elegían, envuelta con hilos que tiraban de ella.

La niña de la que su hermano hablaba estaba en lo más profundo del mar, cada día ahogándose más en sus aguas. No podía anclarse, ya estaba perdida, o al menos cada vez así más se sentía.