Capítulo dos #2
–Ya basta –cortó Rebeka, apretando con fuerza sus rodillas bajo la mesa, buscando cierta liberación al clavarse las uñas en la piel–.
No estamos en casa, sino en público. ¿Acaso es tan difícil dejar esto por una noche?
Solo unas horas. Luego todos nos vamos a casa, cada uno a la suya, y se acabó. Por favor .
–Tu hermana tiene razón. Dejemos esta tontería a un lado.
–Perdona, hermanita.
Tan pronto se había encendido la mecha entre los presentes, Rebeka había logrado apagar el fuego con un gran cubo de agua fría.
Pero, siendo sincera consigo misma, estaba cansada de tener que ser quien siempre llevara un cubo preparado para emergencias.
Ella también quería pelearse, soltar sus emociones contenidas y dejar que otros se encargaran de su desastre.
Hoy no era ese día.
Para su vergüenza, Koen lo había visto todo.
Acallado, relevado a una esquina olvidada por los demás.
No se había atrevido a abrir la boca. Ni deseaba hacerlo.
Venía prevenido de antemano por Adrian, sabía la mala relación que tenía con sus padres, de algunos roces que habían habido antes como aquel que acababa de presenciar.
Ello no le hizo sentir menos lástima o empatía por Rebeka, a quien lanzó una sonrisa de apoyo.
Aquello no la hizo sentir mejor.
El resto de la cena fue silenciosa. Cuando trajeron sus platos todos se enfrascaron en ellos.
A veces, por parecer educados, sus padres preguntaban cosas a Koen sobre su vida, sus estudios y el futuro que pudiese tener planeado.
Como si las palabras que el chico había pronunciado anteriormente sobre su perdido estado en la vida no hubieran ni existido.
–Rebeka. –Su nombre saliendo de los labios de su padre la puso alerta.
¿Acaso era ahora su turno? Se había portado bien.
Con modales. Respondido lo que le preguntaban sin dejar entrever que todo era forzado.
Que actuaba más como una máquina hecha a medida que como un ser humano.
No había cometido ningún error. ¿Qué querían recriminarle?
–¿Cómo van los estudios hasta ahora? Tu madre me contó que vas a empezar este cuatrimestre en nada.
Era eso.
Claro que lo era.
–Bien –respondió. Pero un bien no era suficiente, obviamente.
Sus padres ansiaban un genial, un «el profesor de Derecho Civil me ha nombrado discretamente su alumna favorita».
Pero era muy pronto. Solo llevaba una semana de clases.
Y ya sentía el estrés agonizante en su pecho, la ansiedad comerse sus tripas–.
Me pasé el día de ayer entero en la biblioteca, leyendo el libro introductorio a Derecho Procesal que la profesora nos recomendó.
No es mucho, pero nos recomendó leerlo. Dice que asienta las bases de la asignatura.
–Aquello contentó a sus padres, y pudo respirar.
Sobre todo al verles sonreír, asentir, orgullosos de que la segunda hubiese salido mejor que el primero.
En cambio, Adrian no estaba contento. Ni una pizca. Porque su hermana estaba más delgada que la última vez que la vio en verano. Porque ni el maquillaje lograba tapar del todo sus ojeras. Porque era consciente del daño que se hacía a sí misma, y ya no sabía cómo detenerla.
Koen, nuevo en esta dinámica familiar pero demasiado inteligente para su propio bien, se había dado cuenta igualmente. Era difícil no hacerlo, a estas alturas.
–Tampoco deberías esforzarte más allá de tus límites –recomendó, sin importarle el caos que sus palabras podían causar.
Aquel era uno de los rasgos que lo habían vuelto tan cercano a Adrian–.
Todos tenemos límites, líneas que no deberíamos cruzar.
Está bien dar lo nuestro en aquello que queremos, pero dejarnos la piel no siempre merece la pena.
Somos seres frágiles, a fin de cuentas. Es algo que no deberíamos olvidar.
Sus palabras, de forma inesperada, resonaron en la mente de Rebeka.
Porque había dado en el centro de la diana.
Había apretado el gatillo que debía. Sus palabras, que salieron como un intento de apoyo más que como lección, se hundieron en la piel de la chica.
Aunque, tras aquella cena, no se volvería a permitir pensar en ellas de nuevo.
Porque no era su cometido en el mundo hacerlo.
Ella no importaba.
A sus padres, en cambio, no les hizo pizca de gracia.
–Joven. –La estridente y dura voz de Jackson se abrió hueco de nuevo en la vulnerable mente de Rebeka.
Dejó la cuchara sobre su sopa a medio terminar, apartándola unos centímetros de él–.
No sé qué tonterías te habrá contado mi hijo, pero en esta familia no guardamos aprecio a los fisgones, y mucho menos a los entrometidos.
Por ello, te pediría que no trates de llevar a nuestra hija a vuestro lado.
Rebeka es responsable, está recorriendo un camino admirable.
Mantén tus narices alejadas de los asuntos de mi familia.
No esperaron respuesta. ¿Para qué hacerlo, si creían controlar el mundo? Simplemente el matrimonio Noster se levantó, cogieron sus pertenencias, se despidieron de Rebeka con un asentimiento escueto de cabeza, miraron con recelo a Adrian y, sin mirar atrás, abandonaron el restaurante.
–Bueno. –El rubio robó un tomate de la ensalada de su hermana, divertido–. No ha ido tan mal como pensaba. ¿No lo creéis?
–Noche dura, ¿eh? –La voz de Koen rompió el silencio en el que se había sumido, e hizo que Rebeka tuviera que girar su cabeza para mirarle.
–¿Vas a fingir que no has sido una de las razones para que la noche haya sido así de dura?
–inquirió con recelo, abrazándose a sí misma.
Chicago a finales de verano, principios de otoño, no era tan frío como parecía, pero este se había calado en los huesos de la de azulados ojos nada más vio a su padre enfrentarse al peli moreno.
–Perdona –dijo con cierta timidez, apoyándose en la pared fuera del local junto a Rebeka–. No quería… Mis intenciones no eran estropear la noche entre tu familia, en serio. Es solo… Creí que no estaban siendo justos contigo.
–Ese no es tu problema.
–No. No lo es. –Le miró con un brillo indescifrable en los ojos. Un brillo que Rebeka no quiso ni sintió ganas de comprender–. De verdad que lo siento. A veces me olvido de los límites de los demás.
–Irónico, viniendo del vendedor ambulante de consejos sobre los límites. –Su comentario pareció hacerle gracia a Koen, pues este soltó una carcajada. Limpia. Suave. Grave. El estómago de Rebeka se revolvió de forma extraña, pero no se permitió, de nuevo, indagar en ello.
–Buen punto. –Koen asintió, divertido, con la cabeza.
El silencio entre los dos se formó tras ello.
Simplemente eran dos personas que acababan de conocerse por caprichos del destino y que debían compartir ahora espacio y tiempo desde que su hermano parecía ser un péndulo entre los dos.
–Deberíamos volver dentro –aconsejó el chico, pasando sus dedos por su despeinado pelo, únicamente despeinándolos más aún–. A este paso, creo que tu hermano va a hundirse en la miseria. Cree que te ha jodido la noche. Deberías darle algunos mimos, para hacerle sentir mejor.
–Veo que te encanta ir aconsejando a todo el mundo.
–Me encanta hacer muchas cosas, Rebeka. –El tono de voz del chico cambió, más bajo, íntimo.
Su sonrisa se volvió bravucona, llena de promesas indecentes–.
Pero los consejos no son mi fuerte. –Con un guiño, la dejó allí, sola, a las puertas del restaurante junto a un nuevo escalofrío bajando por su columna vertebral.
No era por el frío. No era por sus padres.
Pero no podía serlo tampoco por él.
No por Koen.
¿Acababa de ligar con ella?
Minutos más tarde, en los que se había obligado a sí misma a no ser tan estúpida como para caer por una sonrisa bonita, conociendo de antemano la fama de rompecorazones del Ashburn, o por un par de palabras que cualquiera podría haberle dicho, se había unido de nuevo a su hermano y a su mejor amigo en el interior del restaurante.
Adrian estaba riendo a carcajada limpia, dando palmadas en la espalda de Koen mientras se sonreían cómplices el uno al otro. Se soltaban bromas, se buscaban los nervios entre sí y dejaban que el otro hiciera muecas que reforzaban sus risas.
En aquel momento podía comprenderlo.
Koen no era amigo de su hermano por su fama de ligón, ni por sus aires de grandeza.
Se hicieron amigos porque daba a Adrian lo que deseaba: libertad.
Era él mismo. Sin ataduras, ni frenos. Hacía algo que ella tanto temía: era natural.
Los dos chicos que se sentaban con ella eran tan malditamente naturales que le daban celos.
¿Acaso ella no se merecía ser libre y sin ataduras?
La misma chica de antes, la camarera por la que había sentido pena, intentó volver a revolotear a sus alrededores.
Seguramente porque la presión que causaban sus padres en otros ya no le paraban los pies con su marcha, o porque Rebeka solamente había hecho que la llama de la curiosidad por lo que se te niega a dar creciera en ella.
No podía culparla, tampoco. Dos chicos atractivos en una de tus mesas para atender. Muchas horas trabajadas. Era un descanso para la mente.
Lo que no esperaba era que, tras que Koen hubiese lanzado su frase de coquetería hacia ella, recibiría de buen gusto las atenciones de la camarera. No delante de sus narices .
No le importaba. Tampoco iba a hacerle caso. Pero, ¿qué clase de persona hacía algo así? Solo los depravados, o los muy necesitados. Y Beka odiaba a ambos.
Sintió pocas ganas de disimular su fruncido ceño cuando la chica tenía el escote de su uniforme ligeramente más abierto, y se inclinaba a un lado de Koen para posar las bebidas que Adrian y él habían pedido.
Ni cuando ella comenzó a batir sus pestañas con lentitud, o a comerle con los ojos.
Menos cuando Koen le devolvió una sonrisa con seguridad.
Era asqueroso.
Cuando la chica dejó un papel en la mesa con algo escrito, su cuerpo respondió antes que su cabeza, y bufó, ganándose la mirada de todos.
–No sabía que en horario de trabajo se tenía permitido ligar con clientes.
¿Se te ha olvidado que hay más mesas que atender, o ya no recuerdas cómo trabajar bien?
–preguntó, irritada. Porque podía respetar la libertad de la gente, hasta que esa libertad era a costa de su bienestar.
No había abandonado todo para una tonta cena en la que no solo pelearía con sus padres por culpa de un capullo, sino que este mismo le daría entrada en primera fila a una comedia patética como aquella.
La camarera volvió a sonrojarse, esta vez de molestia, pero no le dio un segundo para defenderse–: No sé cómo se hacen las cosas por aquí, pero a mí mi jefa me habría cortado la cabeza–.
Cogió el papel con su número escrito (lo había leído de reojo), y lo metió en su vaso de agua, acabando con la poca oportunidad de que Koen tuviera compañía aquella noche–.
Ahora, ¿puedes dejar de tocarme las narices y pedir a otro compañero tuyo tomar orden en esta mesa? Gracias. Adiós.
Sin más, la camarera se fue, resoplando. Koen miraba con cejas alzadas a Rebeka, quien apartaba el vaso con una mueca de desagrado.
–Eso ha sido un poco duro, ¿no crees?
–Lo duro es que te metas en mi maldita vida, busques una bronca con mis padres ante algo que nada tiene que ver contigo, ligues conmigo y a los segundos busques unas nuevas bragas.
–Sonrió irónica, sin importarle que su hermano estuviera viendo lo que sucedía, asombrado–.
Aunque no debería sorprenderme. Por algo dicen que te van más cincuenta faldas que un corazón.
Aquello no hizo gracia a Koen, quien comenzó a fruncir su propio ceño.
–¿De qué coño hablas?
–De lo que todos hablan –recalcó Rebeka, mirándose las uñas con desdén–. ¿Creías que no iba a conocer tu fama como asalta camas? Es un poco difícil no hacerlo. Suerte que a mí me habían alarmado antes sobre qué clase de persona eres, y no he caído como esa chica ante tus falsos encantos.
–No deberías hablar con tanta soltura de cosas que no entiendes ni conoces.
–Mira quién habla. –Una fría carcajada escapó de entre labios de Rebeka–. Don «consejos vendo que para mí no tengo». Aplícate el cuento, guapo. Eso de respetar a la familia de tus amigos suele ser algo admirable.
–No te he faltado el respeto en ningún momento.
–¿Ligar con la hermana de tu mejor amigo para buscarte una nueva conquista en cuestión de minutos no te parece una falta de respeto?
–La rubia miró a su hermano con fingida inocencia, como si no entendiera el problema o de dónde provenía la molestia de Koen–.
¿Tú qué dices? ¿Te parece bien que tu colega ligue conmigo para ir a la siguiente nada más acabe?
–Beka…
–No, Beka no. –Se levantó de sopetón de su sitio, lanzando su servilleta a la mesa–.
¿Sabes una cosa? Siempre trago, y trago, y trago.
Por ti, por mamá, por papá. ¿Y quién traga por mí?
Nadie. Y estoy harta. Haz lo que te dé la real gana, Adrian, pero mantén a este capullo bien lejos de mí y nuestra familia.
–Lanzó tras ello una mirada envenenada a Koen–.
Espero que no vuelvas a tener las narices de volver a aparecer frente a mis narices. –Con ello, se marchó.
Qué cansada estaba de todo el mundo.
Ya no quería sentir más decepciones. Ni ser la segunda opción.