Capítulo dos
Capítulo dos
Una cena de locos
« K
oen Ashburn», repetía Rebeka en su mente, sin ser capaz de apartar sus ojos del iluminado rostro del chico, aún sonriente.
Koen.
Koen Ashburn.
Koen malditamente Ashburn.
Estaba delante de sus narices.
¿Este no era el tío del que Carla tanto le había contado?
Joder, menuda noche le esperaba.
Siendo la reina experta en acallar sus emociones y mostrarse perfecta a ojos ajenos, la Noster posó sus manos en la silla vacía en la que su hermano le había indicado para que tomara sitio, y sonrió con educación a Koen.
–Es un placer conocerte. Imagino que mi hermano se ha encargado antes de hacerlo, pero mi nombre es Rebeka Noster. Soy la hermana pequeña de Adrian.
–Sí, tu hermano me ha hablado un poco de su familia –asintió Koen, sonriente, analizando a su vez a Rebeka sin filtro de por medio.
Era tal y como se había imaginado pero, a su mismo tiempo, la chica llamaba su atención de una forma nunca antes conocida.
Sus cabellos rubios caían en ondulaciones a lo largo de sus hombros y espalda, marcando las líneas de su cuerpo abrazado por el vestido que había elegido para la noche.
Era un vestido verde manzana, largo hasta sus rodillas y con escote, uno recogido y asegurado en dos tiras a sus hombros.
El color resaltaba por igual su tez, pálida como la porcelana, y sus amplios ojos azulados.
Debía admitirlo, Rebeka era una chica preciosa.
De la clase de persona que robaba el aliento a primera vista, y te lo devolvía con sus rasgos tiernos y adulzados.
Cabía la posibilidad de que Koen fuera a ser odiado por Adrian si su hermana seguía mirándolo fijamente a los ojos.
Para desgracia del Ashburn, por la mente de Rebeka pasaba toda clase de pensamientos sobre él, pero no eran tan buenos como hubiese deseado.
Koen jodidamente sexy Ashburn estaba allí delante. Recibiendo una palmada en la espalda por parte de Adrian, tomando asiento en sus respectivos lugares.
Koen iba a la misma universidad que ellos dos. Ese era el inicio de todos los rumores que había escuchado sobre él.
Iba vestido para la ocasión con una camisa azul cielo, los primeros botones desabrochados, marcando los músculos de su clavícula y el contorno de su cuello.
Acompañaba esta con unas mangas ligeramente arremangadas, por si enseñar músculo en pecho no era suficiente, también dejar ver sus fornidos brazos ante otros, bien expuestos; por igual que unos pantalones azules marino.
Su piel tostada brillaba bajo la luz, y sus marrones ojos la miraban con malicia.
Koen Ashburn era, a pesar de su maldito atractivo, lo peor.
No lo había conocido antes, nadie le había enseñado pruebas tangibles de ello, pero para Rebeka Noster aquel chico de pelos revueltos y postura relajada era todo, menos lo que deseaba. Era única y puramente problemas .
Se decía por ahí que era altivo y gruñón, que su belleza estaba de la mano continuamente de su gran ego y altanería.
Solía, al parecer, mirar a los demás por encima de los hombros, más aún si no se ganaban su respeto (un respeto que, al parecer, su alocado hermano había conseguido).
Un vividor, como muchos calificarían, ya que se desconocía si alguna vez en toda su vida había estado en pareja.
Solo se hablaba de las chicas con las que se había enrollado en fiestas, bares o entre clases desde sus primeros pasos en el campus.
Mucho hoyuelo, pero poca solidaridad, digamos.
Rebeka no le conocía, volvía a repetirse, pero no le caía nada bien.
¿Por qué su hermano no le daba un respiro?
–Dime, Rebeka. –La rubia forzó una amable sonrisa cuando Koen, sentado en su extremo en el sofá rojo, se estiró casualmente para apoyarse sobre el respaldo y girar su cuerpo al de ella.
Muy sutil –. Tu hermano me ha dicho según qué cosas sobre ti, pero me gustaría poder conocer más por ti misma.
¿Qué estás estudiando? Al parecer acudimos todos a la misma universidad.
Ahí estaba. El tema tabú. La bomba de las bombas en su familia.
Por el rabillo del ojo lanzó una mirada a sus padres, quienes se veían aún más rígidos que anteriormente, y que parecían mirar con recelo ya no solo a Koen, sino a Adrian, recordando que su hijo primogénito se pasó por el forro de los pantalones los ideales de sus padres cuando eligió su propio camino.
Ella no tuvo la misma suerte.
–Administración y Dirección de Empresas –respondió con humildad fingida, ganando una sonrisita por parte de Jackson, que se alzaba en su sitio con orgullo evidente–. Tengo pensado seguir el oficio de la familia cuando me gradúe. Haré las prácticas en la oficina de nuestro padre.
–Veo que lo tienes todo pensado. –El pelimoreno calló el comentario de retintín sobre la forma apagada en la que Rebeka le había contestado, creyendo que no era el mejor momento para bromas–. Es admirable. Hasta yo me siento aún perdido.
–¿Puedo preguntar qué es lo que estudias tú? –Por supuesto, ya lo sabía.
–Estoy terminando un grado en Marketing y Publicidad.
–Koen dejó caer su cabeza al frente, aún manteniendo su postura despreocupada mirándole con fijeza, posándose sobre su mentón.
Seguía creyendo que estaba cometiendo un error, la mayor afrenta en la hermandad entre amigos.
Bros before hoes, decían las malas lenguas.
Pero, bueno, Koen era un completo capullo si quería, y tampoco podía decirle a Adrian que su hermana no era jodidamente atractiva a todas luces.
Es peor mentir que mirar, ¿no? Koen le lanzó una gran sonrisa, mostrando más aún, si era posible, su perfecta dentadura y sus tiernos hoyuelos.
Quizá aquella era la sonrisa matadora de sus conquistas–.
¿En qué año estás? Puede que nos veamos en la graduación. Por cierto, yo estoy en mi último año.
Eso también lo sabía.
Era un poco terrorífico lo bien que su amiga elegía sus fuentes.
–No lo creo –respondió con aires desatendidos, aún en su perfecto papel de chica madura que no se preocupaba por todas las bombas de cotilleos que su alocada amiga (a la que sus padres desaprobaban para sorpresa de nadie) le soltaba en sus desayunos conjuntos en la facultad–.
Estoy en tercero aún. Me queda un año entero para graduarme.
–Qué pena. Me hubiera gustado poder compartir el día. Ya sabes, en familia. –Parecía que realmente lo sentía así, y aquello enfadaba más aún a la chica. Estaba odiando a este tío. A este chico demasiado guapo.
¿Echarían a su familia y a ella del restaurante si pedía una bolsa de plástico para esconder el rostro de Koen?
Seguramente no.
Era ayuda humanitaria.
–Una verdadera pena.
Una camarera hizo su aparición justo en aquel momento, pasando sus ojos entre los que estaban sentados a la mesa con gesto indecoroso.
Más aún cuando vio a Adrian y a Koen uno al lado del otro.
Cualquiera lo haría. Aquellos dos eran el dúo perfecto en los gustos de cualquier chica, los lados opuestos que convergían y fluían en una misma corriente.
Ello sí, Rebeka se sentía en acuerdo con la desaprobación silenciosa con sus padres al mirarla.
Estaba trabajando y le parecía desagradable que se comieran con los ojos a su hermano. Era incómodo.
Por ello, no tardó dos segundos en aclararse la garganta y lanzar una silenciosa mirada de advertencia a la camarera, cuyas mejillas se sonrojaron de pena.
Pidió una ensalada para ella –ante sus padres no se permitía descuidar su dieta, ni sentía ninguna necesidad de romperla.
Porque en su agenda indicaba que no debía comer grasas aquella noche–, sus padres pidieron platos similares (una ensalada y una sopa), Adrian pidió una hamburguesa bien hecha –recalcando el «bien» y el «hecha»– y Koen un filete con patatas asadas.
Con las bebidas de preferencia para los presentes, la camarera se alejó a paso rápido para hacer su trabajo.
Adrian no tardó en echarse a reír.
–Pobre muchacha. –Se echó hacia atrás en su sitio con aires burlones–. Si fuese ella, me habría muerto ahí mismo. Se te olvida el miedo que das, hermanita.
–Tu hermana ha corregido una actitud indecorosa en un puesto de trabajo –replicó Sadie, arrugando la nariz con una mueca de disgusto.
Cuando sucedían aquellos escasos momentos en que sus padres la defendían, Rebeka se permitía el lujo de creer que era por realmente defenderla, y no porque querían criticar y resaltar los errores de otros–.
Menudo sitio al que nos has traído. ¿Acaso esa chica es una de tus novias?
–Sin una pizca de vergüenza, cosa que en la familia Noster era muy común, echó una airosa mirada a Koen, quien no pareció tomársela a malas (o siquiera le hizo caso alguno)–. ¿O es de tu amigo?
–No. De ninguno de los dos –respondió con socarronería Adrian.
Ahí llegaba el punto álgido de la noche.
El pulso continuo en la vida de Rebeka. Ese que la había obligado a ser una persona estirada y nerviosa a día de hoy–.
Una pena, la verdad. No me importaría que fuera una de mis novias, como las llamas, madre.
Antes de que la propia Sadie se defendiera, la camarera de antes llegó con las bebidas, que repartió con la mirada gacha, provocando cierta culpa en el pecho de la rubia, y, nada más se fue, Jackson dejó con medida fuerza su vaso tras beber un sorbo sobre la mesa.
–Cuida tu tono, Adrian –le recriminó, su voz dura y tensa, como el filo del cuchillo que descansaba sobre su servilleta–. Que no se te olvide a quién le estás hablando.
–No se me olvida. ¿Quién pudiera? Si a cada minuto lo dejáis en claro. Superioridad, figura de autoridad, una pirámide de poder… Todas esas cosas que os encantan, ¿verdad?
– Adrian.
– Papá.