Capítulo uno
Capítulo uno
Muchos días antes del desastre
– O
ye, Beka, ¿de verdad piensas escaquearte otra vez de tus responsabilidades?
Porque esto ya es abusar, que lo sepas. –Carla no dejaba de quejarse.
Normalmente ese era un continuo en la vida de la chica: se levantaba por la mañana, se peinaba sus cabellos lisos morenos, se realzaba con su eyeliner negro sus ojos rasgados, y sonreía con una mueca llena de confianza antes de estampar sus botas hasta buscarla a su casa–.
Solo lo diré una vez, Beka, y no me voy a repetir.
Nunca exagero cuando digo que no me voy a repetir.
¿De verdad vas a escapar de la cena que ha organizado tu hermano?
Mira que Adrian me parece muy pesado la mayor parte de veces, pero… Eso está feo por tu parte.
–¿Cómo va a estar feo? –se quejó la rubia, resoplando, buscando la postura más cómoda en el autobús que tomaban para ir a clase.
Todas las mañanas igual, la hora punta era un espanto–.
Adrian no puede venir de la nada a casa diciendo que nos quiere presentar a alguien, y esperar que lo dejemos todo por él.
¿Te haces una idea de lo enfadados que están mis padres?
–Sin dar oportunidad a su amiga de responder, vuelve a resoplar, echándose hacia atrás cuando unos pasajeros descienden del bus y dejan un hueco para ambas chicas–.
No , no te haces ni la más remota idea. Te lo juro, mi madre a veces (la mayor parte del tiempo que se lo pasa respirando) está molesta, pero que le destrocen un plan por algo de forma tan natural y que, encima, sea mi hermano…
Me da escalofríos. Además, me está jodiendo la agenda, Carla.
Mi agenda. Ya puede presentarse con el papa en casa, que tengo una vida personal que atender mucho más importante.
–¿Con importante nos referimos a pasar apuntes al ordenador y a pensar en los cincuenta trabajos finales que aún no tenemos que presentar?
–inquirió la asiática, cruzándose de brazos mientras dejaba su cuerpo caer contra la ventana de lado–.
Cielo, eso no es tan importante. Adrian es tu hermano.
Y no lo digo con el rollo paternalista de que debes quererle por la sangre, sino porque el chiquillo, ahí donde está perdido en la vida, siempre ha estado a tu lado.
–Sacudió los hombros, como si aquel gesto fuera el necesario para razonar sus argumentos–.
Solo digo que, a lo mejor, deberías darle la oportunidad. Las reglas existen para…
–Para romperse, lo sé.
–... romperse. –Carla comenzó a fruncir el ceño, molesta–. Oye, eso no me lo hagas de nuevo. Robarle las frases a alguien es de mala persona. No tengo amigas malas. –Con el berrinche de su amiga Rebeka poco tenía que hacer, simplemente soltar una carcajada airada, cosa que hizo.
–Disculpe, su majestad. Juro solemnemente no volver a tener la osadía de decirle nada más que sea tan feo.
–En ratos como este me pregunto por qué somos amigas.
–Porque me amas.
–No –replicó, bajando junto a Rebeka nada más llegaron a su parada, sonriéndole con ironía–. A quien amo es a Emma Stone. Tú estás en un segundo plano platónico.
Adrian Noster, hermano mayor de Rebeka Noster por tres años, un chico atractivo de ojos azules y cabellos rubios como los de ella, pero con una personalidad dada al pasotismo, a vivir el día a día, se encontraba esperándola fuera del restaurante en River North donde le había comunicado por mensaje que la cena tendría lugar.
Sin aviso alguno, le había llegado la iluminación a su mente alocada.
Porque si habían adjetivos para describir a su hermano, estaba claro cuáles iba a emplear.
Tenía una interesante lista compuesta por palabras tales como atolondrado, insensato, impulsivo o alocado.
Siguiendo los pasos de los diccionarios para maniemplear los sinónimos en una única frase sin que le dijeran que se repetía en uno solo; hasta llegar a una zona de adjetivos que eran sus favoritos: los inventados por ella.
Iba desde cabra loca a mira’corta , quizá un poquito de maquiavélico creador del mal y, cuando ya comprobaba que Adrian estaba en su momento de mayor esplendor, se descartaba por uno único: Adrian NosabesloquetesoportoTer .
¿Cuál era aquella iluminación de la que hablaba?
En resumidas cuentas, esa cena, esa maldita cena que no paraba de pronunciar porque no había escapatoria, era su iluminación.
Porque Adrian había pasado de mandar a freír espárragos (y filetes de carne, de pescado, arroz y puede que hasta aluviones) a sus padres, a querer hacer el acto de familia feliz tras sus bien vividos veinticuatro años de independencia auto elegida para presentar ante su familia a una misteriosa persona.
Tal y como leéis. Misteriosa. Desde la m hasta la a .
¿Por qué misteriosa?
Porque Beka no tenía ni remota idea de a quién narices tenía que presentarles.
Vale, esperad. Seguro que os preguntaréis si acaso ellos dos no se llevan bien.
Eso no es cierto. Aunque a veces parecía que Adrian y Beka amaban enfadarse de mentira entre los dos, se amaban.
Incluso diría que eran los únicos Noster que apreciaban compartir con sinceridad sangre, ADN, apellido y hasta padres.
Son Beka y Adrian, vamos, los malditos y geniales Rebeka y Adrian Noster. Uña y carne. Pelo y cabeza.
Esas cosas.
Entonces, ¿cómo es que no tiene ni idea de lo que estaba ocurriendo?
Buena pregunta.
Porque su hermano era un idiota, por mucho que le quisiera. Era obvio que iba a desear mantener secretos ante todo el mundo. «Cuanto más escondes», solía decir, «más atraes a otros. Tienes que añadir misterio para que haya salseo » .
Juraba estar sintiendo un tic nervioso en el párpado, justo en su ojo izquierdo, mientras caminaba hacia su sonriente e ignorante hermano.
Adrian no tenía novia, eso sí lo sabía. Era un partidazo (a veces), pero el chico aún no encontraba su media naranja, y era un vago de los más grandes como para intentarlo o ponerse a buscar.
« Hombres ». Así que la idea de que de la nada, la Santa Virgen María, Jesucristo, los arcángeles y los Santos, Apóstoles, y hasta Dios, hubiesen bajado en un sueño febril de Adrian para mostrarle que el camino del compromiso no le iba a escocer en la piel como veneno, haciendo que tuviera una novia tan formal como para lanzarla a su familia, no era viable.
Sería como decir que un niño, al estornudar, sale volando en un globo de mocos.
No había visto ninguna de las dos pasar.
Aún.
(Se fiaba más de lo del moco, si debía elegir).
Entonces, ¿qué malditamente era? ¿Un novio? ¿Adrian iba a salir del armario? No habría dicho que no, pero solo lo haría para joder a sus padres. Carla tenía un buen sensor para encontrar a otros como ella, y siempre articulaba que su hermano olía mucho a, y cita textualmente, «hetero muy básico».
Por lo que opciones no le quedaban muchas.
¿Podía ser que se hubiese enterado hacía poco que uno de sus antiguos rollos acabó embarazada y que tenía un kinder sorpresa para sus padres?
Probablemente. Es más, Rebeka buscó en redes sociales como toda una espía de las películas de 007 a las chicas en el perfil de su hermano que le resultaran conocidas o familiares, sabiendo que su memoria le ayudaría a identificarlas.
Ninguna de ellas había dejado de publicar en su perfil, o nunca en su vida lo habían hecho.
Eso era sinónimo de que la bandera blanca ondeaba más a dibujarse con una equis que un tic verde, ¿no?
Esperemos que sí.
Entonces, ¿qué? ¿Qué más opciones quedaban?
A la par que su hermano le lanzaba su usual e irónica sonrisa, sonrisa del típico chulo que, muy en el fondo, es un verdadero softie , la mente de Rebeka siguió trabajando: no podía ser una enfermedad, nadie se sentiría así de contento ante tales noticias.
¿Dejaba la carrera en su último año de universidad?
¿Le apetecía hacer un año sabático? Eso sí que era muy probable que pasase cuando se trataba de Adrian.
A lo mejor, si no, se iba del país. La típica aventura loca de personas a su edad que no tienen los problemas de Rebeka y que se dejan llevar con mayor libertad.
Sería entretenido ver tal discusión con sus padres y ser, por primera vez, la observadora y no protagonista.
–Estás preciosa, hermanita –susurró contra el oído de la chica su hermano, acariciando su espalda con aquel gesto protector tan suyo. Uno que había ido en aumento cuando pasaban los años. – ¿Es por mi súper invitación? Si es así, me halagas.
–No –respondió Rebeka cuando se separaron, sin apartar sus ojos de los de su hermano, incluso cuando Adrian la miró con indignación. –¿Por qué debería arreglarme para un evento que no entraba en mi agenda, y del que conozco tanto como de las razones de la existencia humana?
–¿Tienes la respuesta?
–No. A ninguna. De ahí viene la referencia, tontaina.
–Rebeka cruzó los brazos bajo el pecho, bufando, en un intento fallido de mostrar ante su divertido hermano que su mera presencia le molestaba.
Aún y cuando ambos sabían que no era así.
–¿Me vas a dejar saber ahora por qué has preparado esto?
¿O vas a seguir corriendo un tupido velo fingiendo que no hablas mi mismo idioma y no tienes ni idea de lo que te digo?
–Uy, lo siento. –Adrian posó de forma tétrica una mano sobre su pecho, atrayendo a su hermana a un lado suyo tras rodear sus hombros con un brazo. – Mi no entender.
–Eres un idiota.
–Dime algo que no sepa.
–Si tuviera que hacerlo, no acabaría nunca la lista.
–Qué cruel, hermanita.
Entre pullas y comentarios irónicos que habituaban la compañía de los hermanos Noster, se adentraron en el restaurante donde Adrian había organizado la cena.
Era un restaurante que había abierto por la zona hacía, por lo que recordaba Rebeka, unos meses atrás, a comienzos de año. En Rooney’s , el nombre del local, se servían una gran variedad de platos, pero eran principalmente orientados a comida americana o italiana.
El interior era sorprendentemente cálido.
Sofás de cuero rojo a juego con las paredes blancas del lugar, varias mesas a lo largo de su expansión, una barra para la gente que venía a tomar algo sin necesidad de comer o esperaba para poder ser asignados a una mesa, los camareros y camareras usaban un uniforme con el logo del restaurante inspirado en los restaurantes americanos de los años 90 y decoraciones algo vintage sobre chapas de coches, periódicos recortados o tiras de cómics.
Todo olía a hamburguesas, platos de pasta y patatas fritas que eran llevados de un lado a otro en sintonía con los ruidos de risas de las familias que cenaban.
Era un sitio agradable. A Rebeka le gustó.
« Muy Adrian », pensó, burlona, mientras era arrastrada por su hermano hasta la mesa donde sus padres, impacientes, leían la carta en búsqueda de algún plato que fuera lo suficientemente refinado para sus lujosos paladares.
A veces se le olvidaba lo clasistas que eran Jackson y Sadie Noster.
–Buenas noches, papá, mamá –saludó Rebeka forzando una elegante y tirante sonrisa.
Odiaba estar cerca de ellos, cada vez que se encontraba con Jackson o con Sadie, Rebeka sentía que los pocos avances que había logrado dar para mejorarse a sí misma no servían de nada.
Un paso hacia adelante, cinco hacia atrás.
Ese poco era lo que necesitaba la chica para tener, de una bofetada mental, un retroceso en su amor propio y confianza.
–Rebeka –saludó de vuelta Jackson, dejando sobre la mesa el menú con un claro gesto tenso sobre sus hombros.
Su madre, a la par, mantenía los ojos fijos en la zona de sopas, huyendo de la realidad.
«Vale, algo malo realmente va a pasar». Rebeka y Adrian no eran los hijos preciados que el matrimonio siempre esperó, eso lo tenían aprendido.
Sus padres no eran la clase de padres que se alegraban al ver a sus hijos tras semanas separados.
Pero tampoco habían reaccionado como ahora al verla.
A fin de cuentas, Rebeka era su marioneta perfecta.
¿De dónde venía tanta tensión?
–Bien, hermanita, deja que te presente. –Adrian extendió una mano a una de las sillas en las que no se había fijado en todo este tiempo.
En ella, una espalda masculina la miraba.
Hasta que, segundos después, una cabeza de cabellos morenos revueltos empezó a girarse, unos ojos avellana chocaron con los suyos y una sonrisa demasiado perfecta le indicaba que era el causante de la tensión en la mesa.
–Este de aquí es Koen. Koen Ashburn. Mi mejor amigo.