Bajo el mismo techo Prólogo
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Bajo el mismo techo

Bajo el mismo techo

Por Jo Mar

© inepub.com

Prólogo

El despertar en cama ajena en tu casa

L a mañana se había alzado más tranquila de lo habitual en la casa de Beka.

Por lo general, se despertaba abruptamente por la alarma, indicando que debía levantarse y prepararse a prisa y corriendo para irse a trabajar, todo en pocos minutos, y teniendo que –últimamente– evitar al nuevo ser que se había adjudicado la vivienda en su dulce morada.

Un ser al que ella podría calificar perfectamente como el hijo perdido de Satán.

Se removió, inquieta, con los ojos aún cerrados y una extraña opresión en el pecho.

Algo se sentía mal, fuera de lo usual. Pero, ¿el qué?

No era nada sobre ella: su querida amiga roja –la amiga más fiel de todas las mujeres– no le tenía que venir hasta dentro de dos semanas, por lo que todo iba bien; no le dolía ni la espalda ni el cuello, así que una mala postura no era lo que le hacía sentirse fuera de su cuerpo… ¿Qué era?

Cuando más dudosa se encontraba, un calor bastante humano comenzó a irradiar a su espalda, justo en el mismo instante en el que un par de fornidos brazos rodeaban su menudo cuerpo y la atraían hacia uno más duro y grande.

¿Estaba durmiendo con alguien? ¿Con quién?

Trató de removerse tal y como había hecho segundos atrás, confusa, tratando de ignorar a su vez la sensación de pánico que iba en aumento en lo más profundo de su pecho.

Ella no dormía con nadie. A Rebeka no le gustaban los rollos de una noche.

Ni siquiera creía verse capaz de acostarse con alguien y fingir que aquello nunca pasó. Así que… ¿¡Qué narices había hecho?!

¿Se habría emborrachado hasta el punto de no solo perder la cabeza, sino las bragas y el resto de su ropa? No. Eso no podía ser. Ya que la noche anterior…

Mierda.

La noche anterior, recordó, estuvo en su piso alquilado, compartido, junto a ese indeseable con quien tenía que convivir (y a quien deseaba perder de vista de una maldita vez).

En el trabajo de Koen le habían regalado una botella de un vino caro, proveniente de un viñedo de la Toscana, y habían decidido echar a un lado sus rencillas para disfrutar de un buen vino en su balcón, bajo la luz de la Luna y las pocas estrellas visibles que danzaban a su alrededor, cenando un poco de ramen.

Todo porque, en mitad de un momento tenso entre los dos, se produjo un corte de luz en el vecindario y no tenían nada mejor con lo que entretenerse y abandonar al otro.

Habían reído, se habían abierto y habían compartido anécdotas. Cualquiera diría que parecían amigos y no enemigos. Hasta Rebeka llegó a pensar que era posible mantener una buena relación con Koen.

Lo que nunca pensó, ello sí, era que al abrirse con él, acabaría abierta del todo con Koen.

–Mmm… –El ronco murmullo del chico chocó contra su oreja, notando cómo su gran mano se movía a lo largo de su estómago, explorando la calidez de su piel bajo las yemas de sus dedos.

Aún estaba dormido, ajeno al barullo de emociones caóticas que Rebeka se encontraba asimilando.

Simplemente disfrutaba de tener a alguien acurrucado a su lado y semi-desnudo.

Porque sí.

Rebeka y Koen estaban semi-desnudos. En la cama de Koen. Dentro de su piso.

De todas las cosas que Rebeka Noster había hecho mal en toda su vida, el acabar acostándose con Koen Ashburn en una noche de borrachera definitivamente era lo peor.

¿Qué iban a hacer ahora?

Koen despertó antes de que pudiese pensar en huir.

–¿¡Qué cojones?! –exclamó, apartándose de su lado y soltándola con tal ímpetu que casi acabó cayendo al suelo–. ¡Joder, Beka! ¿¡Qué ha pasado?!

Ella se hundió aún más bajo las sábanas, ignorando el cuerpo de Koen a plena vista, su tierna expresión de sorpresa en su atractivo rostro o cómo asomaba de las sábanas su marcada cadera.

–No tengo ni idea.

–Nosotros… ¿Lo hemos hecho?

Ella le miró avergonzada.

–No tengo ni idea –repitió, forzándose a ser lo más estoica posible.

Koen soltó una irónica carcajada. No podía evitarlo. Tenía a Rebeka en su cama. Entre todas las personas que podrían haber estado despertando junto a él, terminó despertando junto a la hermana pequeña de su mejor amigo.

Adrian iba a matarlo.

–Mierda…

–Mierda –cercioró ella.

Estaban bien jodidos.