Capitulo extra 5
Hogar
Abrí la puerta y entré en la habitación.
Esta vez no estaba solo.
Lucian, Dean y Erin estaban conmigo.
Dean apoyó una mano sobre mi hombro.
—Kai... ¿Estás seguro?
Me giré para mirarlos y asentí.
—Estoy listo.
La habitación de mis padres había permanecido intacta desde que partieron, como si el tiempo se hubiera detenido entre esas cuatro paredes.
Comenzamos a guardar sus pertenencias. La mayor parte iría a organizaciones benéficas; estaba seguro de que eso les habría gustado. Solo conservamos algunos objetos que tenían un valor especial para Dean y para mí.
Cuando terminamos, la habitación quedó completamente vacía.
Sentí un leve dolor atravesarme el pecho.
Lucian se acercó de inmediato y me envolvió en un abrazo. Sus dedos acariciaron mi cabello con la misma ternura de siempre.
—¿Estás bien?
Le devolví el abrazo y apoyé la frente sobre su hombro.
—Sí... Solo que, aunque sabía que este momento iba a llegar, sigue doliendo.
Guardé silencio unos segundos antes de continuar.
—No habría podido hacer esto sin ustedes.
Erin, que estaba abriendo las ventanas para dejar entrar el aire, se volvió hacia nosotros. Al verme, sonrió con calidez y se unió al abrazo.
—No tienes que agradecernos, Kai. Somos una familia. Y las familias cargan el peso juntas.
Luego soltó una risa y añadió:
—Aunque siempre seguirás siendo mi molesto hermano.
Los tres estallamos en carcajadas.
En ese momento, Dean asomó la cabeza por la puerta.
—¿Qué les parece si almorzamos algo?
—¡Por fin! —exclamó Erin.
Fue la primera en salir corriendo hacia la cocina.
Lucian y yo nos miramos un instante antes de seguirlos. Por primera vez en mucho tiempo, aquella casa ya no se sentía tan pesada.
♦
Erin se marchó después del almuerzo.
Mientras Dean se ocupaba de lavar los platos, Lucian y yo la acompañamos hasta la puerta principal.
—Los espero más tarde.
Se despidió con un gesto exagerado de la mano, tan efusiva como siempre.
—Solo intenta estar lista a tiempo —le respondí.
—Sí, sí... Ya entendí.
Lo dijo sin dejar de caminar, hasta perderse calle abajo.
Cerré la puerta y solté un suspiro.
—Bien... Supongo que todavía tengo tiempo para acomodar mis cosas.
Me giré de inmediato para mirar a Lucian.
—¿Qué acabas de decir?
Por un instante pensé que había escuchado mal.
Él soltó una risa divertida.
—Creo que no notaste que esta mañana dejé mi bolso en mi habitación.
Lo miré en silencio.
Mi habitación.
Sentí un calor recorrerme el cuerpo. Intenté contener las lágrimas, pero fue imposible.
No dije una sola palabra.
Simplemente di un paso al frente y lo abracé con todas mis fuerzas.
Lucian respondió al abrazo sin vacilar y apoyó el mentón sobre mi cabeza.
—Tú haces que este lugar se sienta como mi hogar. Gracias, Kai.
Apreté el abrazo un poco más.
♦
Había mantenido su habitación tal como él la había dejado. Me limitaba a limpiarla cada vez que podía.
Tomé asiento en la cama mientras lo observaba guardar su ropa en el armario.
—No tienes muchas cosas que guardar.
Lucian se encogió de hombros con una leve sonrisa.
—¿Qué puedo decir? Soy un hombre sencillo.
De pronto, miré a mi alrededor.
Mi vista se detuvo en la cama donde estaba sentado.
Recordé las noches en las que no podía conciliar el sueño y terminaba durmiendo allí, intentando sentir su presencia, aferrándome al aroma que aún conservaban sus sábanas.
Recordé también todas las veces que soñé con él a mi lado y, al despertar, solo encontraba su ausencia y el frío recorriéndome el cuerpo, mientras deseaba con todas mis fuerzas que aquel sueño hubiera sido real.
Un peso se instaló en mi pecho.
Lucian, como siempre, pareció notar el más mínimo cambio en mí.
Se sentó a mi lado.
—¿Qué sucede?
Negué con la cabeza.
—No es nada.
Me sentía un poco ridículo.
—Dímelo —insistió en voz baja.
Me incorporé y, sin pensarlo demasiado, me senté sobre su regazo. Rodeé su cuello con los brazos y escondí el rostro en el hueco de su hombro para que no siguiera viendo mi expresión.
—Es solo que...
La voz se me quebró.
—Te esperé demasiado tiempo para que volvieras.
Lucian no respondió de inmediato.
Solo comenzó a acariciar mi espalda con una ternura infinita, como si intentara aliviar un dolor que había permanecido oculto durante demasiado tiempo.
Pero cada una de sus caricias solo conseguía que todo aquello que había guardado en silencio terminara por salir a la luz.
—Estoy aquí. Contigo.
Pero, por más que él lo dijera, sus palabras no eran suficientes.
Me sentía aturdido, como si en cualquier momento fuera a despertar y descubriera que, una vez más, él ya no estaba allí.
La impaciencia me invadió de repente. Necesitaba comprobar que era real.
Busqué sus labios y se encontraron con los míos en un beso suave, pero profundo.
Mi pecho, que hacía apenas un instante dolía, comenzó a arder, como si cada uno de sus roces fuera capaz de prender fuego a todo lo que llevaba guardado.
Quería que me sostuviera allí mismo, en aquella cama.
La misma cama en la que lo había imaginado tantas veces, en la que lo había anhelado en silencio durante tanto tiempo.
Separé apenas mis labios de los suyos en busca de aire y, cuando recuperé un poco el aliento, levanté la vista para encontrarme con sus ojos.
—Lucian... quiero sentir que te pertenezco.
Él esbozó una leve sonrisa, como si no esperara escuchar esas palabras.
—Tú... —exhaló lentamente. Pareció pensarlo por un instante antes de continuar—. Entonces abrázame fuerte... y reclámame también como tuyo.
Y volvió a besarme.
Me tomó entre sus brazos, presionándome suavemente contra la cama. Ya no quedaba espacio entre nosotros.
Todo se sintió diferente. Mi cuerpo parecía el doble de sensible a cada una de sus caricias, como si el calor de su cercanía deshiciera las últimas barreras que aún quedaban en mí.
Y simplemente me entregué a él por completo.
Mi mano acarició su mejilla, descendió lentamente por su cuello hasta detenerse sobre su pecho. Bajo la palma de mi mano podía sentir su corazón latiendo tan rápido como el mío.
Cada caricia parecía estremecerlo.
Sus labios recorrieron mi cuello en un vaivén, dejando besos suaves y lentos, como si quisiera memorizar cada instante.
Su mano bajó por mi abdomen y continuó su recorrido. Mi cuerpo se tensó por la intensidad del momento.
La vergüenza me invadió de inmediato.
—Kai... mírame.
A pesar de lo mucho que quería ocultar lo que sentía, obedecí.
Lucian me observaba con una mirada que parecía encendida.
Cargada de deseo.
—Déjame ver todas tus expresiones.
Su mano continuó moviéndose con suavidad y mi respiración se volvió más difícil de controlar hasta que sentí que ya no podía contenerlo.
Dejé escapar un gemido entre respiraciones entrecortadas. Aun así, no aparté la mirada de la suya.
Lucian se acercó más y selló mis labios en un beso febril.
Se apartó apenas.
Su voz fue apenas un susurro.
—¿Quieres que continúe?
Respondí de inmediato. Aunque los nervios seguían recorriéndome el cuerpo, no dudé ni un instante.
—No te detengas. Quiero vivir esto contigo.
Mis manos descendieron lentamente hasta el límite de su cintura. Él debió notar lo nervioso que estaba.
—Está bien —susurró—. Puedes avanzar. Te pertenezco.
El aire cálido de su respiración rozaba mi cuello. Verlo estremecerse y llamarme de esa forma hacía que todo en mi interior se tambaleara.
—Kai...
Lucian secó mis lágrimas con un beso antes de buscarme de nuevo.
Podía sentir cómo contenía cada movimiento, esperando a que mi cuerpo terminara de relajarse.
Sus movimientos encontraban ese lugar que apenas unos instantes antes había explorado con delicadeza. Sabía exactamente cómo hacer que me olvidara de mí mismo.
Mis labios buscaron los suyos con impaciencia.
Hasta ese momento no había sido consciente de cuánto lo deseaba.
Todo mi cuerpo tembló de una forma abrumadora. Una marea inundó mis sentidos. El tiempo pareció detenerse junto con mi respiración y mi mente quedó completamente en blanco. Un calor intenso recorrió cada parte de mi cuerpo hasta arrancarme por un instante de la realidad.
Cuando por fin recuperé el aliento, no pude evitar sentirme desconcertado con todo aquello y mis manos, que hasta entonces habían permanecido tensas sobre las sábanas, se relajaron poco a poco.
Lucian respiraba agitado, como si le costara mantener el control. El aire caliente erizaba cada centímetro de mi piel.
Buscó mis manos y las entrelazó con las suyas.
Un gemido se escapó de mis labios.
Solo entonces él también pareció ceder.
Sentí que mi interior era un desastre.
El calor me subió al rostro y una profunda vergüenza me invadió.
Su frente descansaba sobre la mía mientras recuperábamos el aliento.
Me encontré con su mirada, que reflejaba una mezcla de preocupación y ternura.
Escuché su voz, suave.
—Kai... ¿Estás bien?
Busqué su mirada y le sonreí.
—Lo estoy.
Me dio un beso. Aunque fue breve, estaba lleno de dulzura.
Por un instante tuve la sensación de que nuestros corazones latían al mismo ritmo.
Por primera vez en mucho tiempo, ya no sentía la necesidad de comprobar que seguía allí. Podía sentir el peso de su cuerpo contra el mío y el calor de sus manos entre las mías.
Esta vez no tenía miedo de abrir los ojos y descubrir que todo había sido un sueño.
Me tomó en sus brazos con cuidado, acariciando mi cabello como solía hacerlo.
Y dijo junto a mi oído:
—No hubo un día en que no haya pensado en ti.
Sus palabras agitaron todo dentro de mí y solo pude aferrarme aún más a él.
Un sueño profundo terminó por vencerme.
Aferrado a su abrazo, me quedé dormido.
Cuando desperté, me incorporé de golpe.
Pero Lucian me atrajo de nuevo hacia sus brazos y volvió a envolvernos con las mantas.
—Tranquilo. Solo te quedaste dormido un momento. Todavía es temprano.
—¿Qué hora es? Deberíamos empezar a prepararnos.
—Un momento más, ¿sí? Llegaremos con tiempo de sobra.
Busqué una vez más el calor de su cuerpo.
—Bien.
♦
Salí de la habitación y, al llegar al pasillo, me crucé con Dean. Hacía mucho tiempo que no lo veía tan elegante.
—Te ves bien.
Reí.
Él me observó durante unos segundos. Parecía un poco incómodo.