Bajo el mismo techo contigo CAPITULO EXTRA 4
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CAPITULO EXTRA 4

Bajo el mismo cielo contigo

El ruido que llegaba desde la planta baja me arrancó del sueño en el que estaba sumido.

Entrecerré los ojos y miré la hora. Todavía era muy temprano.

Bajé las escaleras con calma.

Al entrar a la cocina, la escena me tomó por sorpresa.

Lucian estaba de pie frente a la estufa, preparando tostadas, huevos revueltos y panceta crujiente. A un lado, sobre la mesa, estaba la cafetera con café recién hecho.

Se veía completamente concentrado. Ni siquiera había notado que me había levantado.

Me acerqué despacio y lo abracé por la espalda, rodeando su cintura con suavidad.

Su cuerpo se tensó durante unos segundos.

—¿Hice mucho ruido? Quería sorprenderte con el desayuno.

—Lo hiciste... —respondí, apoyando la frente entre sus omóplatos.

Lucian apagó el fuego de la estufa y acarició con delicadeza la mano con la que lo sujetaba.

—¿Cuándo vas a volver?

Soltó una pequeña risa.

—Kai... Estuve aquí hace menos de dos días.

No pude evitar abrazarlo un poco más fuerte.

Entonces se giró despacio hasta quedar frente a mí y buscó mi mirada.

—Creo que deberíamos hacer las cosas en el orden correcto, ¿no te parece?

Fruncí el ceño.

—No lo creo. Lo nuestro empezó exactamente al revés.

Mi respuesta pareció divertirlo. Una media sonrisa apareció en sus labios mientras avanzaba unos pasos, obligándome a retroceder hasta quedar apoyado contra la mesa de la cocina.

—Está bien... Solo ten un poco de paciencia. Todavía debo cuidar de Rob y de su esposa durante estos días.

—¿Él está mejor?

—Sí. Solo fue una cirugía menor. Aunque ya sabes cómo es... A veces puede ser bastante terco. Tengo que llevarlo a un control en estos días.

Asentí lentamente. Todavía seguía algo adormecido.

Lucian se inclinó un poco más.

—Kai... —susurró con suavidad—. Pronto, ¿sí?

Nuestras respiraciones se mezclaron.

Sus labios apenas rozaron los míos...

Entonces, un golpe sordo resonó en la planta alta.

Los dos nos quedamos inmóviles.

Me había olvidado por completo de que Dean estaba en la casa.

Al parecer, Lucian también.

No pude contener la risa al verlo alejarse de golpe y empezar a buscar las tazas para el café... aunque ya las tenía justo delante de él.

Me senté a la mesa sin dejar de observarlo.

Ver a Lucian tan nervioso no tenía precio.

Para cuando Dean bajó, Lucian ya había recuperado su compostura habitual.

—Buenos días.

Dean dirigió la mirada hacia él.

—No esperaba verte tan temprano.

Lucian sonrió con naturalidad.

—De hecho, Kai y yo iremos a visitar a mi madre.

Dean tomó asiento junto a mí y asintió.

—Ya veo... Entonces será mejor que salgan temprano.

Luego, con una media sonrisa, agregó:

—Eso significa que tendremos comida para varios días... y que ustedes volverán con un par de kilos de más.

Los tres reímos al mismo tiempo.

Lucian dejó las tazas de café sobre la mesa y, mientras tomaba asiento, añadió:

—Deberías venir con nosotros.

Dean arqueó una ceja.

—Ustedes están en esa etapa de la relación en la que lo mejor es que no sea un estorbo. Tal vez la próxima vez.

Nos miró con una media sonrisa.

No pude evitar sentir cómo el calor me subía al rostro.

Miré a Lucian. Parecía completamente tranquilo mientras daba un sorbo a su café, sin hacer ningún comentario. Si no lo hubiera visto hacía apenas un momento, habría pensado que no le había afectado en absoluto. Pero estaba seguro de que solo lo estaba disimulando.

Volví la vista hacia Dean.

—Parece que tampoco vas a estar solo. Erin dijo que vendría más tarde a vaciar el refrigerador. Según ella, le prometiste una tarta de manzana.

Dean permaneció en silencio unos segundos, como si estuviera recordando algo.

Aproveché para sonreír con picardía.

—¿Acaso pasó algo entre ustedes mientras no estuvimos?

Lucian y yo intercambiamos una mirada cómplice.

Pero Dean respondió con la misma seriedad de siempre.

—Ah, cierto... Lo había olvidado.

Lo observé unos segundos.

¿De verdad lo había olvidado o simplemente era muy bueno ocultando lo que sentía?

Reí por lo bajo.

♦

Para la época del año, resultaba extraño que el día estuviera tan despejado. No había viento y hacía un calor considerable.

Llegamos a la costa, en la ciudad natal de Lucian, poco después del mediodía.

Caminábamos por la orilla del mar.

Miré a Lucian de reojo.

Su mirada era tan serena como el mar aquella tarde. No había oleaje.

—No pensé que le contarías tan pronto a tu madre sobre nosotros.

Sonrió.

—No tengo nada que ocultarle. Siempre he sido sincero con ella.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Además, creo que te adora desde que te conoció.

Volví la mirada hacia el mar.

—Creo que lo sospeché cuando insistió en que me sirviera un tercer plato.

Ambos reímos.

Volví a mirarlo.

—Lucian... Hay algo de lo que quiero hablar contigo.

Me observó en silencio, esperando a que continuara.

—Quería hablarte del dinero. Cuando se venda la propiedad que dejó mi padre...

Me interrumpió antes de que pudiera terminar.

—Ya hablé de eso con Dean. Ese dinero es para tu universidad.

Suspiró con suavidad.

—Kai... Las cosas materiales puedo recuperarlas. Lo único que quiero es que pases la página. No quiero que esa parte tan difícil de tu vida siga persiguiéndote. Déjala atrás, ¿sí?

Sentí entonces cómo tomaba mi mano con delicadeza y entrelazaba sus dedos con los míos.

Tan solo unas pocas palabras parecían capaces de alejar todas mis preocupaciones.

No... En realidad no era eso.

Era porque quien estaba a mi lado era Lucian. Solo él podía hacerme sentir así.

Tomé su mano y la estreché con un poco más de fuerza. Era increíble lo fácil que mi corazón se agitaba con gestos tan simples de su parte.

Sin darme cuenta, habíamos regresado al lugar de donde habíamos partido. El atardecer comenzaba a caer y la playa ya estaba desierta. Las personas que, al igual que nosotros, habían aprovechado el buen clima para disfrutar del mar se habían ido hacía un buen rato.

Caminamos de regreso hasta el pequeño espacio donde Lucian había estacionado el auto, cerca de las dunas. Desde allí, el mar seguía extendiéndose frente a nosotros.

Después de guardar nuestras cosas en el auto, nos sentamos un momento sobre la arena para contemplar el atardecer.

—Kai... ¿Estás ansioso por empezar el próximo semestre?

Asentí levemente.

—Rob quedó fascinado con el Mustang que pintaste en la pared del taller.

Lo miré con incredulidad.

—¿Lo dices en serio?

Arqueó una ceja.

—¿Por qué mentiría?

Solté una risa baja.

El sol estaba a punto de ocultarse tras el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violáceos.

Lucian se puso de pie y me tendió una mano.

—Está empezando a refrescar. ¿Qué te parece si nos vamos?

Tomé su mano para levantarme.

—Está bien.

De pronto, una canción de ritmo latino y melodía suave comenzó a sonar en la radio del auto.

Cuando estaba a punto de subir, Lucian tiró de mí con suavidad, haciéndome perder el equilibrio hasta quedar entre sus brazos.

Acercó los labios a mi oído y, con una risa contenida, comenzó a cantar parte de la letra que sonaba en la radio.

—Esta noche quiero bailar contigo... y no soltarte jamás.

No pude evitar mirarlo con sorpresa.

—¿Qué estás haciendo? Ya suéltame...

Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.

Podía pasar de ser el hombre más serio del mundo a comportarse como un niño en cuestión de segundos.

Como si no hubiera escuchado mi protesta, tomó una de mis manos y apoyó la otra con delicadeza sobre mi cintura.

—Lucian... No sé bailar.

Él sonrió.

—Nadie está mirando. Solo déjate llevar.

Sabía que no iba a rendirse.

Solté un suspiro resignado y dejé que guiara cada uno de mis movimientos.

Al principio, mis pasos fueron torpes, pero poco a poco comencé a seguir el ritmo que él marcaba. Todo parecía tan natural que dejé de pensar en lo ridículo que debía verme.

La música terminó envolviéndonos.

Bailábamos tan cerca el uno del otro que apenas existía distancia entre nuestros cuerpos. Con cada paso, sentía el calor que desprendía Lucian, el suave movimiento de su mano sobre mi cintura y el roce inevitable entre nosotros.

Todo era lento, natural... y, aun así, bastaba para acelerar los latidos de mi corazón.

Busqué su mirada.

Sin dejar de sostenerla, tomé con delicadeza la mano que descansaba sobre mi cintura y deposité un suave beso en su palma.

—Te amo, Lucian.

Se quedó inmóvil.

Durante unos segundos no dijo nada. Me contempló como si intentara convencerse de que había escuchado bien.

En ese instante dejó de jugar.

Apoyó su frente contra la mía y cerró los ojos.

—No deberías decir esas cosas de repente... —murmuró con una leve sonrisa—. No tienes idea de todo lo que provocan en mí.

♦

Sus besos fueron suaves, casi una pregunta.

De pronto, el respaldo del asiento del acompañante se reclinó por completo.

Lo miré con sorpresa.

—Lucian...

Una sonrisa divertida apareció en sus labios.

—No te preocupes. Los vidrios son polarizados.

No pude evitar reír.

Aun así, el espacio dentro del auto era mucho más reducido de lo que ambos imaginábamos.

Al intentar acomodarse, terminó golpeándose suavemente la cabeza contra el techo. Yo, por mi parte, choqué la rodilla con la puerta.

Nos quedamos inmóviles un segundo y luego estallamos en una carcajada al mismo tiempo.

Seguimos riéndonos unos instantes, hasta que el sonido de las olas volvió a llenar el silencio entre nosotros.

Él murmuró junto a mi oído:

—Kai... no te alejes.

Con cuidado, me recosté sobre él.

Lucian tomó una manta para cubrirnos.

Miré a mi alrededor. La noche había caído por completo.

Lucian limpió el vidrio empañado de la ventana.

El cielo estaba cubierto de estrellas y la luz de la luna brillaba con intensidad aquella noche.

—Kai... Dibuja Orión para mí.

No pude evitar reír.

—¿Otra vez con eso?

Él rio también, pero no dijo una palabra.

Suspiré, divertido.

—Está bien.