Bajo el mismo techo contigo Capitulo extra 3
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Capitulo extra 3

Lo único que importa

Los días siguieron pasando.

Rob me había ofrecido quedarme en su casa, pero me negué. En cambio, preferí permanecer en el taller.

No había notado la presencia de Rob hasta que se acercó a mi lado.

-Lucian... deberías descansar. Estos autos no van a ir a ningún lado.

-Estoy bien.

Rob soltó una risa baja, sin humor.

-Te conozco desde hace demasiado tiempo para que me mientas así, muchacho. Te la pasas trabajando de sol a sol desde hace semanas.

No respondí.

El sonido metálico de las herramientas volvió a llenar el silencio.

-Debes parar.

Apreté la llave inglesa entre mis dedos.

-Necesito esto... trabajar. Mantenerme ocupado.

Rob me observó unos segundos con una expresión complicada. Como si entendiera más de lo que yo quería admitir.

Al final solo suspiró.

Y se fue.

Era el anochecer cuando Dean apareció de pronto en el local.

La forma en que me miraba no era la de siempre.

Había frialdad en sus ojos.

Se detuvo frente a mí, exigiendo una explicación de por qué, después de tantos días, aún no había regresado.

Permaneci en silencio mientras me observaba.

Hasta que su voz se endureció.

-Después de todo lo que hiciste por él... no puedes seguir fingiendo.

Dean sostuvo mi mirada durante unos segundos antes de continuar.

-Es a ti a quien todavía espera.

-Y aun así no apareciste.

Apreté la mandíbula.

-No entiendes.

-Entonces explícamelo.

Por primera vez, no pude sostenerle la mirada.

Sentía el pecho demasiado tenso.

-No puedo darle lo que merece.

El silencio se volvió pesado entre nosotros.

Mis dedos se cerraron lentamente.

-Kai merece a alguien que pueda tomar su mano sin dudar frente a los demás. Alguien que no tenga miedo de mirarlo y admitir lo que es para él.

Tragué con dificultad.

-Y yo todavía no sé cómo hacer eso.

Mi voz salió más baja al continuar.

-Ni siquiera sé cómo dejar de luchar contra mí mismo.

El no dijo nada más. Solo se marchó como había llegado.

Las palabras de Dean me habían dejado aturdido.

Intenté seguir trabajando, pero mi mente volvía una y otra vez a ellas.

La llave inglesa se resbaló de mi mano.

Y entonces llegó el dolor.

Solté una maldición baja mientras la herramienta golpeaba el suelo metálico.

-Muchacho tonto...

Rob se acercó de inmediato.

-Te dije que debías descansar un poco.

Mi mano sangraba.

Él la tomó con cuidado y la elevó apenas antes de hacer un vendaje improvisado con un pañuelo que sacó de su bolsillo.

-No puedes trabajar así si no estás concentrado. Es peligroso.

Mi cuerpo tembló.

Y ya no pude contenerlo más.

Las lágrimas comenzaron a caer sin permiso.

Rob permaneció en silencio unos segundos.

Luego me abrazó fuerte.

Eso me tomó completamente por sorpresa.

Porque aquel abrazo aflojó algo mucho más profundo dentro de mí, dejando que todo lo que llevaba semanas intentando contener terminara por salir a flote.

Las lágrimas siguieron cayendo, imposibles de detener.

-Escuché sin querer lo que dijo ese muchacho hace un rato.

Suspiró suavemente.

-No habría gastado mi tiempo enseñándote todo lo que sé si no creyera que eres una buena persona.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

-Mi hijo tendría tu edad...

Su voz sonó más frágil esta vez.

-Y tal vez soy un hombre de otra época. -No voy a fingir que entiendo todo lo que pasa por tu cabeza.

Suspiró.

-Pero sí entiendo una cosa.

Sentí cómo apretaba apenas mi hombro.

-Pero si él estuviera en tu lugar... solo querría que fuera feliz.

Cerré los ojos con fuerza.

-Así de simple. Porque al final de los días es lo único que importa. Deberías escuchar a este viejo.

Mi respiración se quebró por completo.

-Porque así es como te veo, muchacho.

Su voz se volvió más baja.

-Como a mi propio hijo.

Entonces me aferré a él.

Y dejé que todo el dolor saliera por fin.

♦

Recliné por completo el asiento del auto en el que había estado trabajando.

Rob ya se había marchado.

Las luces del taller estaban apagadas.

Estaba solo con mis pensamientos.

Pero incluso allí, solo estaba él.

Los recuerdos comenzaron a aparecer sin que pudiera detenerlos.

Kai frunciendo el ceño cada vez que lo provocaba.

Kai mirándome como si quisiera entenderme.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.

¿Cuándo había empezado a ocupar tanto espacio dentro de mí?

No tenía una respuesta.

Solo sabía que, cuando quise darme cuenta, ya estaba en todas partes.

No supe en qué momento me quedé dormido.

Caí en un sueño profundo.

Él me rodeaba con fuerza entre sus brazos.

Podía sentir su respiración contra mi pecho.

Mis dedos se deslizaban entre sus cabellos.

Estaba tan cerca que podía sentir por completo su calidez.

Por un instante, una extraña paz me envolvió.

Como si, por primera vez en mucho tiempo, todo estuviera en su lugar.

Y entonces desperté.

El frío volvió a invadir mi cuerpo.

Abrí los ojos.

Y él no estaba allí.

♦

Era otro día más.

La tarde se sentía más fría y las hojas de los árboles ya comenzaban a acumularse en las calles.

Estaba limpiando unas herramientas en el taller, pero mis ojos no dejaban de ir una y otra vez hacia el reloj de la pared.

Finalmente caminé hasta el calendario que colgaba debajo.

Observé la fecha marcada.

Hoy era la exposición de arte de Kai.

Le había prometido que iría.

Mi pulso había estado inquieto desde la mañana.

Rob se acercó hasta quedar a unos pasos de mí.

Apenas me giré hacia él cuando vi que me arrojaba algo.

Lo atrapé en el aire por reflejo.

Bajé la mirada.

Las llaves descansaban en mi palma.

Levanté los ojos.

Rob sonrió apenas.

—Solo ve, hijo.

La seguridad en su voz y la determinación en su mirada me dieron el valor que me había estado faltando.

No respondí.

Eché a correr hacia el auto.

Cuando llegué, el salón estaba iluminado por una luz tenue.

Casi todos ya se habían marchado.

Entonces lo vi.

De pie frente a su pintura.

Todo el tiempo que pasé lejos de él, intentando convencerme de que era lo correcto, perdió sentido en un instante.

Había sido un idiota.

Mi corazón latió con tanta fuerza que dolió.

Caminé hacia el

Kai había marcado mi vida de una manera que ya no podía seguir negando.

Durante semanas creí que estaba protegiéndolo.

La verdad era que solo estaba huyendo.

Esta vez no iba a alejarme.

Nunca más.