Capitulo extra 1
Lucian, lo que nunca te dije
Esa noche seguía lloviendo a cántaros.
Apenas estacioné el auto, corrí por el pasillo del hospital hasta llegar a la habitación.
Dean estaba de pie en medio del cuarto, inmóvil, con la mirada fija en la cama.
Lo llamé.
—Dean... vine lo más rápido que pude.
Se giró hacia mí.
Su expresión estaba completamente descompuesta; sus ojos parecían perdidos, como si apenas lograra procesar todo lo que estaba ocurriendo.
Me acerqué y lo abracé con fuerza.
Dean apoyó la frente en mi hombro y, entre sollozos, murmuró:
—No puedo perderlo a él también...
Su voz se quebró.
—¿Por qué no despierta? Ya han pasado varias horas...
Levanté la vista hacia la cama.
El hermano menor de Dean yacía inconsciente, inmóvil entre las sábanas blancas del hospital.
—Lo hará —dije con calma—. Solo dale tiempo.
Permanecimos en silencio unos segundos, hasta que sentí que su respiración empezaba a estabilizarse.
Cuando pareció calmarse un poco, hablé de nuevo.
—Ve. Sé que todavía tienes trámites que hacer.
Hice una breve pausa antes de continuar.
—Y también necesitas descansar un poco. Yo me quedaré con él. Confía en mí.
Dean asintió lentamente.
Me sostuvo un instante más, como si le costara soltarse, y finalmente salió de la habitación.
Me senté en la silla junto a la cama.
Ahora podía verlo con más detenimiento.
Tenía heridas visibles y varios vendajes cubriéndole los brazos. En su mejilla había algunos cortes superficiales, aunque no por eso menos dolorosos de mirar.
Estaba completamente inmóvil.
Todo mi cuerpo se tensó.
Solo tenía dieciseis años.
Que tuviera que pasar por algo así era demasiado cruel.
Solo era un niño.
La noche avanzó lentamente. En la habitación solo se escuchaba el pitido constante del monitor y, a lo lejos, el ir y venir del personal por el pasillo.
No podía apartar la mirada de él.
Había una fragilidad en su quietud que me resultaba difícil de ignorar.
Sin pensarlo demasiado, tomé su mano.
Estaba fría.
—No sé si no puedes despertar... o si no quieres hacerlo —murmuré—, pero debes hacerlo, Kai.
Tragué saliva antes de continuar.
—Dean te necesita.
Permanecí así un momento más, en silencio.
Entonces lo sentí.
Sus dedos apretaron levemente mi mano.
A veces todavía recordaba ese instante.
Ahora lo tenía de pie frente a mí.
Había crecido bastante desde entonces.
El adolescente frágil de aquella cama de hospital ya no estaba. En su lugar había un joven que intentaba mostrarse firme, aunque su mirada dejaba en evidencia algo muy distinto.
Estaba claro que mi presencia en la casa no le agradaba en absoluto.
Sin embargo, lejos de resultarme hostil, su expresión me divertía.
Con el paso de los días, provocarlo para observar cada una de sus reacciones comenzó a volverse extrañamente fascinante.
Vergüenza.
Desconcierto.
Enojo.
A veces había emociones más sutiles, más difíciles de descifrar, y quizá por eso captaban todavía más mi atención.
Aunque había crecido, seguía percibiendo vulnerabilidad.
Podía verla.
Y, casi sin darme cuenta, empecé a velar por él.
♦
El tiempo pasaba y fui descubriendo facetas de ti que no había esperado.
Tu amabilidad.
Tu forma frontal de decir lo que pensabas.
Esa transparencia tan propia de ti.
Nunca ocultabas lo que sentías, incluso cuando eso te volvía vulnerable.
Y entonces llegó aquel día.
En mi momento más vulnerable, fuiste capaz de ver el dolor en mí incluso antes de que yo pudiera ponerle nombre.
Lloraste conmigo.
No... más que eso.
Hiciste tuyo mi dolor y cargaste con él.
Como si también te perteneciera.
Sentí que algo entre nosotros cambió ese día.
Pronto me descubrí buscando cualquier excusa para acercarme a ti.
Para tocarte.
Para molestarte.
Era un impulso que, en ocasiones, incluso me parecía infantil.
Me descubrí a mí mismo irritado cada vez que te veía demasiado cerca de alguien más.
Al principio me convencí de que solo era preocupación.
Que tal vez esa persona no era una buena influencia para ti.
Eso era lo que me repetía.
Pero, en el fondo, empezaba a sospechar que la verdad era otra.
♦
Aquella noche, la habitación estaba a oscuras.
La tormenta afuera se volvía cada vez más intensa.
Pero para ti no era una tormenta cualquiera.
Había despertado los miedos que aún permanecían latentes dentro de ti, aquellos nacidos en la noche más dolorosa de tu vida.
Cuando te aferraste a mí en medio del pánico, mi único pensamiento fue calmarte.
Protegerte.
Hacer que volvieras a sentirte a salvo.
Pero esa noche... algo fue distinto.
Tenerte tan cerca se sintió diferente.
Como si algo que había permanecido dormido dentro de mí despertara al fin.
Algo que hasta entonces no había sabido nombrar.
Mi corazón latía con una fuerza desconocida.
Demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
Y mientras descansabas sobre mi pecho, escuchando mi respiración hasta quedarte dormido, comprendí que algo dentro de mí ya había empezado a cambiar.
A la mañana siguiente, aún dormías profundamente.
Salí a correr.
Necesitaba ordenar el caos que llevaba dentro.
Necesitaba poner en orden mis pensamientos... y entender aquello que sentía.
Eso que me había invadido sin previo aviso.
Intenté ignorarlo.
Convencerme de que lo mejor era trazar cierta distancia entre nosotros.
Alejarme antes de que aquello creciera más.
Pero entonces me pediste que no lo hiciera.
Me suplicaste que no me alejara de ti.
Y algo dentro de mí cedió ante esa petición.
No fui capaz de negártelo.
No pude simplemente alejarme.
Hubo un tiempo en el que aún podía encontrar excusas.
Pero, con el paso del tiempo, eso dejó de ser tan sencillo.
Verte junto a él hacía que mi sangre hirviera de una forma que ya no podía seguir ignorando.
Sin embargo, ahí estabas otra vez a mi lado, pidiéndome salir contigo.
Esta vez, a un concierto.
No debí escucharte.
Debí negarme.
Inventar cualquier excusa.
Pero no lo hice.
En el fondo, no quería hacerlo.
Y cuando te sostuve entre mis brazos, debajo de aquella escalera, lo vi con claridad.
La forma en que me mirabas.
Todo estaba escrito en tu mirada.
Quise acercarte aún más.
Seguir sosteniéndote.
No soltarte jamás.
Entonces estabas frente a mi puerta, dispuesto a poner en palabras aquello que ambos ya sabíamos.
Tuve que detenerte.
La línea entre nosotros se volvía cada vez más delgada.
Pensé en demasiadas cosas.
En cuánto había intentado protegerte... y en cómo, al final, era yo quien más te estaba lastimando.
Debía irme.
Terminé convenciéndome de que eso era lo mejor para ambos.
Pero ahí estabas.
Sin darme respiro.
Avanzando hacia mí.
Negándote a dejarme ir.
Suplicándome que te besara.
Aún recuerdo la venda entre tus manos temblorosas.
Tal vez pensabas que me disgustaría hacerlo.
Que lo rechazaría.
Nunca podría humillarte de esa manera.
Porque la verdad era otra.
Era exactamente lo que más deseaba.
Cuando probé tus labios, supe que estaba perdido.
Fue mi perdición.
Suaves.
Cálidos.
Adictivos de una forma que jamás había experimentado al besar a alguien.
De pronto quise más.
Mucho más.
Por un instante me dejé arrastrar por un deseo tan intenso que casi terminó por consumirme.
Si me lo hubieras pedido...
Podría haberte hecho mío en ese mismo instante.
Pero me obligué a recuperar el control.
A volver en mí.
A detenerme.
No podía.
Si continuaba, solo terminaría lastimándote aún más.
Porque yo... no podía darte lo que querías.
Creí que alejarme bastaría.
Me equivoqué.
Todo se volvió vertiginoso de un momento a otro.
La policía te alejaba de mí, acusándote de cosas que jamás habrías sido capaz de hacer.
Sentí cómo mi mundo se derrumbaba bajo mis pies.
Fue en medio de esa desesperación cuando finalmente entendí la magnitud de lo que sentía por ti.
Era algo tan intenso, tan abrumador, que jamás creí posible sentirlo por alguien.
Habías llegado a mi vida cuando menos lo esperaba...
y, sin darme cuenta, te habías convertido en ella.
Y ahora intentaban arrancarte de mi lado de la forma más cruel e injusta.
Fue entonces cuando lo supe.
No podía perderte.
Simplemente no podía.
Tenía que sacarte de ahí.
Como fuera.