Bajo el mismo techo contigo Capitulo 30
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Capitulo 30

Dónde pertenece el corazón

Las visitas frecuentes de Erin y Bill hacían que mi aislamiento fuera más llevadero.

Recuperar mi amistad con Bill fue una bendición. Me hizo entender que era un vínculo que no quería perder otra vez.

Los días eran cada vez más fríos.

Últimamente no tenía voluntad de pintar ni de pasar tiempo leyendo. Erin intentaba motivarme con lo que, según ella, eran los mejores best sellers del momento.

Pero un cansancio injustificado me dominaba casi todo el tiempo.

Abrí los ojos.

El anochecer ya había caído. En algún momento me había quedado dormido sin darme cuenta.

Abracé las sábanas.

Su aroma...

Ya no podía sentirlo.

Bajé las escaleras.

El aroma de comida casera flotaba en el aire. Todavía somnoliento, me acerqué a la cocina hasta detenerme en el marco de la puerta.

Dean estaba preparando la cena.

Entonces, el recuerdo de él me golpeó sin aviso.

De pie frente a la estufa, cocinando como siempre hacía cada vez que regresaba de la universidad.

Un frío intenso me recorrió el cuerpo.

Respirar se volvió difícil.

Estaba cansado de esperar.

Cansado de fingir que cada día era más fácil que el anterior.

Pero no lo era.

Cada rincón de la casa seguía recordándome su ausencia.

Seguía buscándolo.

Un dolor agudo y punzante me atravesó el pecho.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

¿Dónde estás?

Yo...

Aún estoy aquí.

Todavía sigo aquí... esperándote.

Las lágrimas se transformaron en sollozos.

Dean se giró hacia mí, claramente desconcertado.

Corrió a abrazarme.

Me aferré a él con fuerza.

—Kai, háblame. ¿Qué sucede?

Mi voz salió entrecortada. No podía detener el llanto.

—Dean... ¿por qué él no regresa?

Dean permaneció en silencio.

—Ya no puedo soportarlo.

Tomé aire con dificultad.

—Necesito verlo, Dean.

Me separé apenas lo suficiente para buscar su mirada.

Pero él apartó la vista.

Sentí que me estaba ocultando algo.

Sequé torpemente mis lágrimas y retrocedí.

Mis pies comenzaron a moverse solos.

Cada vez más rápido.

Corrí hacia la puerta principal.

Dean fue detrás de mí.

—¡Kai, espera!

Mi mano se detuvo sobre la perilla.

Mi respiración era errática.

—No voy a preguntarte qué pasó entre ustedes, pero... él no va a regresar.

Mi cuerpo se volvió pesado.

Como si de pronto cargara una tonelada sobre los hombros.

Por un momento olvidé respirar.

Entonces lo entendí.

Había sido egoísta.

Dean me lo había advertido varias veces y, aun así, aquel día... solo le impuse mis sentimientos, sin pensar en los suyos.

Sin dejarle una salida.

Solté la perilla.

Cerré los ojos con fuerza, incapaz de contener el dolor que sentía hasta en los huesos.

♥

De pronto, estar en su habitación se volvió asfixiante, así que comencé a pasar más tiempo en la mía.

Dean golpeó la puerta antes de entrar.

Se sentó a mi lado en la cama.

—Kai... desearía que las cosas fueran más fáciles para ti.

Guardó silencio por un momento, como si intentara contener su propio dolor.

Luego continuó:

—Guarda en tu corazón los momentos preciosos que viviste con él y sigue adelante.

Su voz se quebró apenas.

—Me duele verte así. No sé cómo protegerte de esto.

Acarició mi cabello con suavidad y luego se marchó.

Me quedé sentado en la cama.

Recorrí mi habitación con la mirada.

Estaba un poco desordenada.

Me levanté y comencé a ordenar casi por inercia.

Mientras acomodaba unos libros que Erin me había prestado, algo cayó al suelo.

Me agaché y lo tomé entre mis manos.

Era la brújula que Lucian me había regalado.

La aguja apuntaba, firme, hacia el norte.

Sonreí con tristeza.

Era curioso.

Incluso una brújula sabía hacia dónde debía dirigirse.

Yo también.

Mi corazón nunca había dejado de señalar la misma dirección.

La sujeté con más fuerza.

Respiré hondo, conteniendo todo lo que amenazaba con desbordarse.

No quiero olvidar lo que siento por ti.

Y no voy a presionarte por ello.

Pero...

Quiero seguir esperándote.

El tiempo que sea necesario.

El tiempo que necesites para encontrar el camino de regreso hacia mí.

♥

El invierno estaba comenzando y el final del semestre se acercaba.

Poco a poco, mi cuerpo y mi mente se sentían más en calma.

Pasaba mis horas en el estudio, pintando.

Dean entró de repente.

Se acercó a mi lado mientras me dedicaba al lienzo que tenía frente a mí.

Se quedó mirando en silencio lo que pintaba.

Luego habló en voz baja:

—Cada vez que te veo pintar, me recuerdas a papá.

Me detuve un momento.

Lo miré a los ojos.

—¿De verdad lo crees?

Él asintió.

—No entiendo de arte, pero es como si la esencia fuera la misma.

Sus palabras se sintieron sinceras.

Le dediqué una sonrisa suave.

—Estuve pensando mucho este tiempo, Dean.

Él esperó en silencio.

—El semestre próximo no seguiré informática.

Hice una breve pausa.

—Quiero dedicarme de lleno al arte.

Él puso una mano sobre mi hombro.

—Me alegra oír eso. Lo lograrás. Tengo fe en ti, Kai.

Volví a mirar el lienzo.

—Aunque estuve ausente durante lo que quedaba de este semestre, Erin pudo hablar con una de mis profesoras. Podré presentarme en la exposición la próxima semana.

Dean miró el resto de los cuadros en la habitación.

—¿Presentarás estos cuadros?

—Así es.

El silencio volvió a pesar entre nosotros.

Luego dijo, antes de abandonar la habitación:

—Te llevaré ese día.

—Gracias, Dean.

♥

Los días pasaron.

El salón de la universidad era amplio y estaba bien iluminado. Solía destinarse casi exclusivamente a eventos como aquel.

Varios cuadros y esculturas de otros estudiantes de diferentes grados estaban siendo exhibidos allí.

El ambiente estaba colmado de personas: familiares, profesores y algunos críticos locales.

El murmullo de las conversaciones fluía por el salón.

En ese momento, mi profesora de taller de arte se acercó a mi lado y miró junto a mí.

Frente a nosotros había una pintura central, rodeada por otras dos a ambos lados, superpuestas.

Como si cada una formara una parte del rompecabezas.

—Estoy impresionada, Kai. No me equivoqué contigo.

La miré de lado.

Ella seguía observando y analizando las pinturas.

—Es atrapante la forma en que capturaste la viva mirada de esta persona en el lienzo central. Me hace querer saber en qué está pensando o en quién... Veo un anhelo en sus ojos.

Luego dirigió la mirada a los cuadros que la rodeaban.

—Lograste un hermoso contraste con las tonalidades de las flores de wisteria. Y su significado... Buena elección.

—¿Cómo se llama tu obra?

Respondí de inmediato:

—Mi Norte.

Me dedicó una sonrisa cálida.

Era una docente devota a la que admiraba. Escuchar sus elogios fue gratificante.

—Muchas gracias.

Asintió.

—Espero con ansias ver más de tus avances el próximo semestre.

Luego se alejó para observar los cuadros de otros estudiantes.

Erin y Bill también vinieron a ver la exposición.

Aunque fue breve, pudieron asistir y compartir unos momentos conmigo.

Las horas pasaron y las personas fueron retirándose poco a poco. Las obras permanecerían un tiempo en exposición para el público.

Ya no quedaba casi nadie en la sala.

No escuché a Dean hasta que me tocó el hombro. Mi mente estaba un poco ausente, perdida en mi propia pintura.

—Kai... estaré esperando en el auto.

Asentí.

Le dediqué una pequeña sonrisa.

Siempre sabía cuándo quedarse...

Y cuándo dar un paso al costado.

Las luces comenzaron a apagarse poco a poco. Solo un par permanecieron encendidas, dejando una iluminación tenue en el resto del salón.

Volví mi atención a mi obra.

Había preguntas que cruzaban por mi mente a diario.

¿Cómo has estado?

¿Estás cuidando bien de ti mismo?

Nuestra separación había sido abrupta.

No hubo tiempo de despedidas.

Quisiera haber tenido más tiempo contigo.

Sin embargo, en el poco tiempo que compartimos, habías logrado marcar mi vida de una forma que nunca había imaginado posible.

Mi corazón te anhela cada día.

Aunque el tiempo siga pasando, no puedo rendirme. Seguiré esperando por ti.

No diré adiós.

Solo un hasta luego.

Hasta que la vida vuelva a cruzar nuestros caminos.

Bajé la mirada.

Era tiempo de irme.

Observé el salón por última vez.

Vacío.

Silencioso.

Respiré hondo y comencé a caminar.

Di un paso.

Luego otro.

Entonces...

Choqué contra alguien.

Estaba por caer cuando alguien me sostuvo con fuerza.

Una voz resonó suave.

—Sigues sin mirar por dónde vas.

Esa voz...

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Aunque hubiera pasado el tiempo, seguía grabada en mi memoria.

Intacta.

El suelo bajo mis pies parecía no existir.

No pude decir palabra.

Mis lágrimas empezaron a caer de repente.

Mis manos temblaron, pero aun así me aferré a él.

—Siento llegar tarde.

Elevé mi mirada hasta encontrarme con la suya.

Había cambiado.

Su cabello estaba un poco más largo.

Su rostro lucía más delgado.

Pero sus ojos...

Sus ojos seguían siendo exactamente los mismos.

Mi voz salió apenas audible:

—No lo es.

Su mano fue hasta mi mejilla, secando suavemente las lágrimas que no podía contener.

Me llamó en un susurro:

—Kai...

Escondí mi rostro en su pecho.

Podía oír sus latidos, tan fuertes como los míos.

El sonido de sus latidos terminó de convencerme de que aquello no era un sueño.

Me envolvió en ese abrazo que tanto había estado esperando.

Todo aquel tiempo había creído que solo yo esperaba su regreso.

Pero, al abrazarlo, comprendí que ambos...

habíamos estado buscando el mismo camino.

El camino de regreso el uno hacia el otro.

Sonreí entre lágrimas.

Después de todo...

había encontrado mi Norte.

Esta vez...

no quería dejarlo ir.

Nunca más.