Capitulo 27
Una oportunidad
Unos golpes secos en la puerta me despertaron de forma repentina.
Era el tercer día desde mi detención.
Un guardia abrió la puerta metálica.
—Tienes quince minutos para ducharte. Date prisa. Tu abogado está esperando.
Me incorporé de inmediato, todavía aturdido por el sueño, y seguí al guardia por el pasillo.
Las duchas del centro de detención eran tan frías e impersonales como todo lo demás en aquel lugar.
Varias regaderas metálicas sobresalían de las paredes de concreto gris, separadas apenas por divisiones bajas que ofrecían poca privacidad. El aire olía a humedad, desinfectante y jabón barato.
Abrí la llave y dejé que el agua cayera sobre mi cuerpo.
Estaba tibia, apenas lo suficiente para aliviar el frío que se había instalado en mis huesos.
Cerré los ojos por un instante, dejando que el agua corriera por mi rostro y arrastrara el agotamiento acumulado de aquellos días.
Cuando terminé, me acerqué al espejo sobre los lavamanos.
Me quedé inmóvil.
Por un segundo, no me reconocí a mí mismo.
Debajo de mis ojos se marcaban profundas ojeras y mis mejillas lucían más hundidas de lo normal.
Parecía haber perdido peso en apenas unos días.
Aparté la mirada.
No quería seguir viéndome así.
Luego me llevaron a la pequeña sala de entrevistas, donde Vincent ya me esperaba.
Tomé asiento frente a él.
Vincent fue el primero en hablar.
—Bien, Kai. Tengo noticias.
Su expresión permanecía tan serena como siempre, pero había algo distinto en su mirada.
—El juez aceptó concedernos una audiencia para revisar las condiciones de tu fianza.
Hizo una breve pausa.
—Será mañana.
Aún me sentía agotado, pero aquellas palabras hicieron que el peso del cansancio se volviera un poco más llevadero.
—¿Qué debo tener en cuenta para mañana?
Vincent apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos.
—Lo que voy a explicarte es muy importante, Kai. Necesito que lo entiendas bien.
Asentí.
—Mañana unos oficiales te trasladarán hasta el juzgado. Allí estarán presentes el juez, el fiscal y el secretario judicial.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Yo estaré a tu lado en todo momento.
—Está bien.
—El fiscal intentará demostrar que no deberías quedar en libertad. Puede mencionar la gravedad del delito, las pruebas que existen contra ti y la posibilidad de que representes un riesgo de fuga o para la comunidad.
Hizo una pausa.
—No intentes defenderte del caso. Esta audiencia no es el juicio.
Lo miré con atención.
—Entonces, ¿qué digo?
—Responde solamente lo que el juez necesite saber sobre ti y sobre las condiciones de tu posible libertad.
Su mirada se mantuvo fija en la mía.
—Si una pregunta te confunde o no recuerdas algo, no intentes adivinar. Mírame.
Sus dedos golpearon la mesa una sola vez.
—Yo intervendré cuando sea necesario.
—¿Y si el fiscal me pregunta directamente?
—Escucha la pregunta. Si está relacionada con la audiencia y puedes responderla con seguridad, hazlo de forma breve.
Hizo una pequeña pausa.
—Si intenta llevarte a hablar sobre el homicidio, no te adelantes. Dejaré claro que eso corresponde al juicio y no a esta audiencia.
Asentí.
—¿Lo entiendes?
—Sí.
Tragué saliva antes de volver a hablar.
—Señor Crowe... ¿mi hermano estará presente?
Vincent guardó silencio por un instante.
—Sí. Estará presente.
Su tono se mantuvo sereno.
—Constará tu domicilio fijo y declarará ante el juez que se hará responsable de ti en caso de que se te conceda la libertad bajo fianza.
Aquellas palabras hicieron que pensara inmediatamente en Dean.
Vincent abrió su maletín y sacó unos snacks y una bebida envasada, dejándolos sobre la mesa.
Fruncí levemente el ceño.
—Tu hermano insistió en que te trajera esto.
Mis ojos se posaron sobre los paquetes.
Vincent acomodó uno de ellos con calma.
—Había preparado sopa de pollo con fideos.
Hizo una pausa.
—Dijo que siempre te la preparaba cuando te sentías enfermo.
Su mirada se desvió por un instante hacia la bolsa vacía.
—Los guardias no me permitieron ingresar comida casera. Solo productos sellados.
Empujó suavemente los snacks hacia mí.
—Así que me pidió que trajera esto en su lugar.
Su voz bajó apenas.
—Dijo que eran tus favoritos.
Tomé uno de los paquetes entre mis manos y lo abrí.
Las noticias de Vincent habían hecho que, por primera vez en días, sintiera algo parecido al hambre.
Llevé un bocado a mi boca.
Apenas lo probé, algo dentro de mí se quebró.
Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.
Intenté secármelas de inmediato, avergonzado.
—Lo siento...
Vincent permaneció en silencio.
Su expresión pareció tensarse por un instante, como si, por primera vez desde que lo conocía, no supiera exactamente qué decir.
Finalmente, aclaró la garganta.
—Intenta comer la comida de aquí también.
Sus labios se tensaron apenas, en algo que casi parecía una mueca.
—Dudo que pueda ser tan horrible.
No pude evitar soltar una débil exhalación, algo parecido a una risa ahogada.
Asentí.
Vincent tomó su maletín y se puso de pie.
Antes de marcharse, sostuvo mi mirada.
—Mañana estaré contigo.
Hizo una breve pausa.
—No estás solo.
Luego se dio la vuelta y salió de la sala.
♥
La mañana llegó demasiado rápido.
Volví a sentir el frío del metal cerrándose alrededor de mis muñecas.
Las esposas.
Dos oficiales me trasladaron hasta el juzgado.
El edificio era imponente, con altos muros de piedra y largos pasillos silenciosos. Todo olía a papel, madera pulida y desinfectante.
Cada paso resonaba con un eco seco sobre el suelo, como si aquel lugar estuviera diseñado para recordarles a todos el peso de cada decisión que se tomaba allí.
A medida que avanzaba, mis manos comenzaron a sudar.
Intenté respirar con calma.
No funcionó.
Cuando entré en la sala, lo primero que hice fue buscar a Dean.
Estaba sentado a unos metros, observándome con una expresión imposible de descifrar.
Aun así, su presencia fue suficiente para aliviar, aunque fuera un poco, la presión en mi pecho.
Quería acercarme.
Quería estar a su lado.
Recorrí la sala con la mirada una vez más.
Lucian no estaba allí.
Una punzada me atravesó el pecho.
Tal vez solo Dean tenía permitido asistir.
Uno de los oficiales me indicó dónde debía sentarme.
Vincent ocupó el lugar a mi lado.
Frente a nosotros estaba el juez.
Aquel hombre imponía respeto incluso en silencio.
Su sola presencia bastaba para hacer que el aire se sintiera más pesado.
La audiencia comenzó con unas preguntas básicas.
—Señor Foster, confirme su nombre completo.
—Kai Foster.
—Edad.
—Diecinueve años.
El juez continuó con algunas preguntas sobre mi domicilio.
Respondí con frases breves, procurando mantener la voz firme.
Cuando terminó, miró hacia el fiscal.
—Puede proceder.
El fiscal se puso de pie y abrió una carpeta.
Su expresión era seria.
—Su señoría, la fiscalía solicita que el acusado permanezca detenido mientras continúa la investigación.
Tomó uno de los documentos.
—El señor Foster está acusado de una muerte violenta. Existen elementos que lo vinculan directamente con la víctima.
Hizo una pausa.
—Su material genético fue encontrado en Sarah Henkins. La chaqueta que llevaba el acusado fue localizada junto al cuerpo y varios testigos lo sitúan como la última persona conocida que estuvo con la víctima antes de su desaparición.
Sentí que el estómago se me contraía.
El fiscal continuó.
—Además, el señor Foster no cuenta actualmente con una coartada verificable para el periodo en cuestión.
Levantó la mirada hacia el juez.
—La combinación de estos factores, sumada a la gravedad del delito investigado, hace necesario evaluar cuidadosamente el riesgo de fuga y la posibilidad de que constituya un peligro para la comunidad mientras permanezca en libertad.
Vincent tomó algunas notas.
Yo apenas podía respirar.
El fiscal cerró la carpeta.
—Por estas razones, la fiscalía solicita que se mantenga la detención.
El juez asintió levemente.
—¿La defensa desea responder?
Vincent se puso de pie.
—Sí, su señoría.
Su voz fue firme y tranquila.
—La fiscalía ha presentado las circunstancias del caso desde su perspectiva, pero la evidencia que ha mencionado no demuestra que mi cliente represente un riesgo de fuga ni un peligro que no pueda ser controlado mediante condiciones de libertad.
Hizo una breve pausa.
—El señor Foster tiene diecinueve años, carece de antecedentes penales, tiene domicilio estable y fuertes vínculos familiares dentro de esta jurisdicción.
Miró brevemente hacia Dean.
—Su hermano se encuentra presente y está dispuesto a asumir la responsabilidad de supervisarlo y garantizar que comparezca ante cualquier audiencia futura.
Vincent volvió la mirada hacia el juez.
—Mi cliente también está dispuesto a cumplir cualquier condición que este tribunal considere necesaria.
El fiscal se puso nuevamente de pie.
—Su señoría, la defensa minimiza la gravedad de las circunstancias. El problema no es únicamente si el acusado tiene familia aquí.
Hizo una pausa.
—Estamos hablando de un joven vinculado a una investigación de homicidio que no puede explicar dónde estuvo durante un periodo crítico de la noche.
Sentí que la garganta se me cerraba.
—¿La defensa desea responder? —preguntó el juez.
Vincent se levantó.
—Solo para aclarar un punto, su señoría. La incapacidad de mi cliente para recordar determinados momentos de una noche en la que admite haber consumido alcohol no equivale a una intención de huir ni constituye, por sí sola, evidencia de que vaya a incumplir las condiciones de libertad.
El juez guardó silencio.
Después miró hacia mí.
—Señor Foster.
Levanté la cabeza.
—¿Entiende que, si se le concede la libertad, deberá cumplir estrictamente cualquier condición impuesta por este tribunal y comparecer cuando sea citado?
—Sí, su señoría.
—¿Tiene intención de permanecer en esta jurisdicción mientras el proceso continúe?
Sentí que la mente se me quedaba en blanco por un instante.
Entonces recordé las palabras de Vincent.
Si dudas, mírame.
Giré apenas el rostro hacia él.
Vincent sostuvo mi mirada.
No dijo nada.
Solo me transmitió que estaba bien.
Respiré lentamente.
—Sí, su señoría.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba, pero no tembló.
—Toda mi vida está aquí.
Mis ojos se desviaron por un instante hacia Dean.
—Mi familia está aquí.
Volví a mirar al juez.
—Quiero volver a mi casa y demostrar que no hice esto.
El juez asintió.
—¿Tiene un domicilio estable al que pueda regresar?
—Sí.
—¿Su hermano está dispuesto a supervisarlo?
—Sí.
Vincent intervino.
—Su señoría, mi cliente cumplirá cualquier condición adicional que el tribunal considere apropiada.
El fiscal permaneció en silencio.
El juez revisó algunos documentos frente a él.
Luego tomó nota de algo.
—El tribunal ha escuchado los argumentos de ambas partes.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
El juez miró hacia el fiscal y después hacia Vincent.
—Ordeno un breve receso antes de emitir mi decisión.
Golpeó suavemente el mazo.
La audiencia quedó suspendida.
El aire abandonó mis pulmones lentamente.
Volví a sentarme.
Dean me observaba desde el otro lado de la sala.
Levanté apenas la cabeza.
Él asintió.
Nada más.
Pero aquel pequeño gesto consiguió tranquilizarme.
El tiempo de espera se sintió insoportablemente largo.
Permanecí sentado en silencio, con las manos tensas sobre mi regazo, incapaz de apartar la mirada del suelo.
Mi mente no dejaba de repetir una sola pregunta.
¿Qué pasará ahora?
Finalmente, el juez regresó a la sala.
Todos volvieron a ponerse de pie.
El silencio que se instaló fue absoluto.
Sentí cómo mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho.
El juez tomó asiento y revisó brevemente los documentos frente a él antes de alzar la vista.
—Después de considerar los argumentos de ambas partes, este tribunal concede la libertad bajo fianza del señor Kai Foster, sujeta a estrictas condiciones de supervisión.
Por un segundo, no procesé sus palabras.
Libertad bajo fianza.
El aire regresó de golpe a mis pulmones.
Mis hombros se relajaron por primera vez en días.
No estaba libre.
Aún no.
Pero saldría de allí.