Bajo el mismo techo contigo Capitulo 26
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Capitulo 26

Solo

No estaba seguro de cuánto tiempo había transcurrido.

Tal vez habían pasado horas, pero se sentía como una eternidad.

Un guardia había dejado un plato de comida.

—Muchacho, deberías comer. Necesitarás energía —dijo mientras dejaba la bandeja sobre una pequeña mesa.

Luego volvió a cerrar la puerta.

Miré el plato.

No tenía apetito en absoluto.

Mi estómago seguía revuelto.

Continuaba intentando recordar qué había sucedido aquella noche, pero no lograba encajar las piezas.

Me recosté en aquella cama.

No podía evitar temblar.

El metal bajo mi cuerpo estaba helado, como si el frío atravesara la ropa.

¿Y si yo...?

La idea me golpeó con tanta fuerza que sentí náuseas.

¿Y si realmente había hecho algo y no lo recordaba?

¿Por qué no podía recordar?

Esa laguna en mi mente era demasiado profunda.

Cerré los ojos y traté de concentrarme.

Poco a poco, unas imágenes comenzaron a abrirse paso en mi mente.

Sarah.

Sus hombros temblaban bajo el frío de aquella noche.

Recordé cómo sus dedos se habían aferrado por un instante a mi chaqueta cuando la ayudé a sentarse en el banco del patio.

Luego alzó la vista hacia mí y me dedicó una sonrisa cálida.

Nada más.

Después de eso, solo había vacío.

De pronto, no pude contenerlo más.

Las náuseas fueron demasiado fuertes.

Me incliné sobre el retrete y vomité lo poco que quedaba en mi estómago.

¿Y si ese vacío en mi memoria no era casual?

¿Qué había hecho?

El tiempo transcurría, pero mi mente iba demasiado rápido.

Finalmente, el cansancio terminó por vencerme y me quedé dormido.

Esa noche tuve un sueño.

Era un recuerdo lejano.

Estaba sentado en la sala de detención de la escuela. Me habían castigado por una pelea.

El labio me dolía por uno de los golpes que había recibido.

El salón permanecía en silencio. Había otros estudiantes allí, pero no lograba distinguir sus rostros con claridad.

De pronto, la puerta se abrió.

Mis padres estaban esperándome.

Sabía que era un sueño.

Me levanté y corrí hacia ellos.

Quería explicarlo todo.

Pero ellos solo me devolvieron una sonrisa serena.

Mi madre me acarició el cabello.

Siempre habían confiado en mí.

No necesitaban que dijera nada.

Un golpe seco me arrancó del sueño.

Un guardia golpeaba la puerta metálica con fuerza.

—Foster. Tienes visita.

♥

El guardia me escoltó por un pasillo estrecho hasta una pequeña sala de entrevistas.

Un hombre estaba sentado frente a una mesa metálica, con una carpeta abierta.

Era mayor. Su cabello, casi completamente cubierto de canas, contrastaba con su porte impecable. Vestía con una elegancia sobria, demasiado refinada para un lugar como ese.

Tomé asiento frente a él.

Su expresión era seria, calculadora. Me examinó durante apenas un instante antes de hablar.

Su voz grave rompió el silencio.

—Mi nombre es Vincent Crowe. Soy tu abogado.

Hizo una pausa breve.

—Antes de empezar, necesito saber una cosa. ¿Has vuelto a hablar con la policía desde tu arresto?

Negué con la cabeza.

—Bien. A partir de ahora, no respondas una sola pregunta sin que yo esté presente. ¿Entendido?

Asentí.

Crowe entrelazó las manos sobre la mesa.

—Ahora sí, Kai. Necesito que me cuentes exactamente qué recuerdas de esa noche.

Le conté todo lo que recordaba.

La fiesta.

Sarah.

El alcohol.

Los fragmentos borrosos después de eso.

Vincent no me interrumpió ni una sola vez. Se limitó a tomar algunas notas en silencio.

Cuando terminé, cerró la carpeta con calma.

Alzó la vista hacia mí.

—No te estoy juzgando, Kai. Necesito saber la verdad.

Hizo una pausa.

—¿Consumiste alguna droga esa noche?

Lo miré sin apartar la vista.

—Nunca. Jamás he consumido drogas.

Vincent sostuvo mi mirada durante unos segundos, como si intentara medir cada reacción de mi rostro.

—¿Compartiste bebidas con alguien?

Fruncí el ceño.

—Sí. Supongo que sí.

Intenté reconstruir la noche.

—Había mucha gente. Todos íbamos de un lado a otro, tomando de los mismos vasos... No recuerdo exactamente con quién.

—¿Dejaste tu bebida sola en algún momento?

La pregunta me hizo pensar.

—Creo que sí. En algún momento fui al baño y también salí al patio.

Vincent tomó otra nota.

—¿Crees que alguien pudo haber puesto algo en tu bebida?

Lo miré con incertidumbre.

—¿Eso explicaría lo que me pasó?

Vincent dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Es una posibilidad. Pero todavía no tenemos pruebas para afirmarlo.

Sus ojos se mantuvieron sobre mí.

—Lo que sí sabemos es que dices haber perdido fragmentos enteros de esa noche.

Mis dedos se tensaron sobre mis rodillas.

—Entonces... ¿por qué la policía dice que hay ADN mío en Sarah?

Vincent no apartó la mirada.

—Porque ADN es una palabra que asusta. Pero encontrar tu material genético en la víctima no significa, por sí solo, que hayas cometido un homicidio.

Abrió nuevamente la carpeta.

—Necesito saber algo más. ¿Tuviste algún contacto físico con Sarah esa noche?

Negué con la cabeza.

—Solo le presté mi chaqueta.

Vincent tomó nota.

—¿La besaste?

—No.

Sus ojos recorrieron brevemente los documentos antes de volver a mirarme.

—El material genético que encontraron corresponde a tu saliva.

Mi estómago se contrajo.

—Eso no tiene sentido...

—El ADN no nos dice cuándo llegó allí ni cómo. Solo confirma que hubo transferencia de material genético. Si compartieron una botella, un vaso o incluso un cigarrillo, esa transferencia puede tener una explicación perfectamente compatible con lo que me acabas de contar.

Tragué saliva.

—El problema no es que exista ese ADN.

Vincent hizo una pausa.

—El problema es cómo intentará interpretarlo el fiscal ante el juez o, si el caso llega a juicio, ante el jurado.

Intenté reconstruir la noche en mi cabeza, pero el recuerdo seguía siendo un conjunto de fragmentos incompletos.

Vincent cerró la carpeta.

—Aún no sabemos exactamente cómo llegó allí. Por eso necesito que no saquemos conclusiones antes de tiempo.

Sentí que una pequeña parte de la presión en mi pecho disminuía.

Pero solo duró un instante.

—Hay algo que me preocupa más —continuó.

Levanté la mirada.

—No tienes una coartada verificable. Y varios testigos aseguran que fuiste la última persona que vio a Sarah con vida.

El alivio desapareció.

—Pero eso no significa que la maté... ¿verdad?

—No. Pero sí significa que tenemos un problema serio que resolver.

Vincent apoyó ambas manos sobre la carpeta.

—Voy a solicitar tu libertad bajo fianza. No puedo garantizar que la concedan, pero haremos todo lo posible.

Apreté las manos sobre mi regazo.

—¿Cuándo podré ver a mi familia?

—Dependerá de la audiencia y de lo que decida el juez. Si se concede la fianza, podrían dejarte salir en los próximos días.

Asentí lentamente.

Era poco.

Pero al menos era algo a lo que aferrarme.

Vincent se inclinó apenas hacia delante.

—Mientras estés aquí, no hables con nadie sobre el caso.

Fruncí el ceño.

—¿Con nadie?

—Con nadie. Ni con otros detenidos ni con los guardias.

Hizo una pausa.

—Y, por supuesto, no vuelvas a hablar con la policía sin mí.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Todo lo que digas puede terminar utilizándose en tu contra. ¿Lo entiendes?

Tragué saliva.

—Sí.

En ese momento, el guardia abrió la puerta.

—Se acabó el tiempo.

Vincent se puso de pie con calma y guardó la carpeta bajo el brazo.

Antes de marcharse, volvió a mirarme.

—Mantente firme, Kai. Haré todo lo posible para conseguir esa fianza.

Asentí.

—Gracias.

Sin esperar una respuesta, salió de la sala.

Me quedé inmóvil durante unos segundos, observando la puerta cerrarse tras él.

Pensé en Dean.

En Lucian.

En todo lo que estaría pasando afuera mientras yo permanecía encerrado allí.

Permanecí solo durante varios minutos, intentando ordenar todo lo que Vincent me había dicho.

Entonces, la puerta volvió a abrirse.

Los mismos dos oficiales que me habían interrogado la primera vez entraron en la sala.

Uno permaneció de pie junto a la pared.

El otro tomó asiento frente a mí.

Me dedicó una sonrisa tranquila.

—Relájate, Kai. No vamos a interrogarte.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.

—Solo queremos hablar contigo.

No respondí.

El oficial tamborileó suavemente los dedos sobre la mesa.

—Tenemos una propuesta que podría beneficiarte.

Lo miré en silencio.

—Créeme, esto solo alargará las cosas. El fiscal irá por una condena severa, y tu situación no se está viendo bien en los medios.

Se inclinó hacia delante.

—Pero podemos hablar con el fiscal sobre un acuerdo. Si decides cooperar y aceptar responsabilidad, podríamos solicitar una reducción de la condena.

Sentí un nudo en el estómago.

—No hice nada.

El oficial sonrió levemente.

—No pareces un criminal, Kai.

Sus ojos no se apartaron de los míos.

—He visto monstruos de verdad... y tú no eres uno de ellos.

No respondí.

—Tal vez las cosas se salieron de control —continuó—. Quizá ella te presionó.

Hizo una pausa.

—Tal vez fue un accidente.

Sentí que el corazón comenzaba a latirme con más fuerza.

—Ahora mismo todavía podemos ayudarte.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Y, de repente, recordé el sueño.

La sonrisa tranquila de mi madre.

La forma en que mi padre me había mirado.

Ellos confiaban en mí.

Yo también tenía que hacerlo.

Respiré profundamente.

Me puse de pie.

—No hablaré sin mi abogado.

Tragué saliva, sosteniendo su mirada.

—Quiero regresar a mi celda.

Durante unos segundos, el oficial no dijo nada.

Después, su sonrisa desapareció.

No de forma gradual.

Simplemente se borró de su rostro, como si nunca hubiera estado allí.

—Está bien.

Se levantó.

—Vamos.

No volvió a decir una palabra.

♥

Mi noción del tiempo comenzó a medirse por las comidas que me acercaban.

Allí dentro no había ventanas.

No podía ver la luz del sol ni distinguir entre la mañana y la noche.

La luz blanca e intensa del pasillo permanecía siempre encendida.

Intentaba calcular cuánto llevaba encerrado, pero había dejado de confiar en mis propios cálculos.

Tal vez ya habían pasado dos días.

Tal vez un poco más.

Un guardia abrió la puerta.

Era el mismo hombre que siempre traía las comidas.

Un hombre mayor y de pocas palabras.

—Niño, come tu cena. Siempre retiro tu bandeja intacta. Solo te estás perjudicando.

Dejó la bandeja sobre la pequeña mesa junto a la cama.

También dejó dos cobijas.

Miré las mantas.

Había pasado mucho frío esos días.

Tal vez conseguirlas no le había resultado fácil.

—Gracias.

El hombre no dijo nada.

Solo asintió antes de marcharse.

Aquella noche conseguí comer unas pocas cucharadas.

Era poco, pero al menos era algo.

Después me recosté sobre la cama y cubrí mi cuerpo con las mantas.

Por primera vez desde que había llegado allí, el frío no fue lo último que sentí.

Cuando el cansancio finalmente me venció, caí en un sueño profundo.

Afuera llovía.

Las gotas golpeaban la ventana con suavidad.

La habitación apenas estaba iluminada por la tenue luz que entraba desde el exterior.

Lucian estaba sentado frente a mí.

Era su habitación.

Su cama.

Su mano acariciaba mi mejilla con una ternura que me hizo doler el pecho.

Se inclinó hacia mí, cerrando los ojos lentamente.

Sentí su respiración rozar mis labios.

Entonces, unos golpes secos me arrancaron del sueño.

Había ruido en el pasillo.

Puertas que parecían abrirse y cerrarse.

Abrí los ojos de golpe.

La fría luz blanca del pasillo reemplazó la calidez de aquella habitación.

Me senté sobre la cama.

Un vacío doloroso me atravesó el pecho.

Llevé ambas manos al rostro.

Presioné con fuerza los párpados, intentando contener el ardor de las lágrimas.

Lo extrañaba.

Dios...

Lo extrañaba demasiado.