Bajo el mismo techo contigo Capitulo 24
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Capitulo 24

Solo esta vez

Había dormido poco.

Demasiadas cosas seguían dando vueltas en mi cabeza.

El aroma a café y pan tostado inundaba la cocina.

Solo Lucian estaba allí, sirviendo el desayuno.

—Buenos días —dijo mientras dejaba una taza frente a mí.

—Buenos días...

Tenía el cabello húmedo y una toalla pequeña colgaba de su hombro.

—¿Te has levantado temprano?

—Salí a correr.

¿Acaso seguía pensando en aquel malentendido?

No sabía si preguntar.

En cambio, desvié la conversación.

—¿Dónde está Dean?

—Salió a hacer unas compras. No quería molestarte. Pensó que tal vez dormirías un poco más, así que fue por su cuenta.

—Ya veo...

Hubo un silencio incómodo entre nosotros.

Quería derribar aquella distancia que había surgido entre los dos. Deseaba que volviera a bromear conmigo como solía hacerlo. Tener nuestro tiempo juntos, solo nosotros.

—Lucian... Hoy no trabajas, ¿verdad?

—Este fin de semana estoy libre.

Tomé aire antes de hablar.

—¿Podríamos terminar la pintura?

Su mano pareció tensarse alrededor de la taza.

Me miró durante unos segundos.

Tal vez más de la cuenta.

—Está bien.

♥

La luz de la mañana era cálida.

Lucian estaba junto a la ventana, con el rostro ligeramente vuelto hacia mí, en la misma posición en la que habíamos comenzado aquella pintura.

Todo parecía igual y, al mismo tiempo, nada lo era.

Algo en mí me decía que su mirada había cambiado. Había en ella una fuerza imposible de ignorar.

El silencio se sentía pesado.

Intenté concentrarme para terminar la pintura, tratando de capturar en el lienzo aquello que brillaba en sus ojos.

Mi pulso se desacompasaba cada vez que alzaba la vista para mirarlo.

Finalmente, terminé.

—Está lista —dije en voz baja.

No se acercó a mirarla. En cambio, permaneció junto a la ventana, observando el exterior en silencio.

Parecía perdido en sus pensamientos.

Había ordenado casi todo cuando comencé a recoger los pinceles.

Entonces habló de repente.

Su tono sonaba medido.

—Kai... Encontré otro sitio donde quedarme.

Tardé un segundo en comprender lo que acababa de decir.

Y cuando lo hice, los pinceles se me resbalaron de las manos.

Por un instante, no pude respirar.

Caminé lentamente hasta quedar a unos pasos de él.

Aún me sentía incrédulo.

—¿Qué estás diciendo?

Él siguió sin mirarme.

—Acaso... ¿es por mí?

Sus hombros parecieron tensarse.

Se giró lentamente hasta quedar frente a mí.

Pero, aun así, desvió la mirada.

—Kai... Eres muy joven.

Sentí una presión en el pecho.

—A tu edad, las emociones pueden sentirse más intensas de lo que realmente son.

Lo interrumpí antes de que pudiera continuar.

—No hagas eso.

Alzó la mirada, sorprendido.

Mi respiración comenzaba a volverse irregular.

Las manos me temblaban.

—No intentes decidir por mí lo que siento.

Tragué saliva con dificultad.

—No pongas en duda mis sentimientos hacia ti.

—Por favor... No lo hagas.

—No quiero herirte.

Había firmeza en su voz.

—Lo harás si te vas.

Pareció vacilar durante unos segundos.

Caminó hasta detenerse a mi lado.

—Volveré por mis cosas otro día.

Mi mano se extendió por impulso y sujetó su brazo.

El suelo bajo mis pies parecía desaparecer.

No sabía qué hacer para detenerlo.

Intenté contener las lágrimas, pero comenzaron a caer sin permiso.

Sabía que imponerle mis sentimientos de aquella manera estaba mal.

Aun así...

—Quiero cobrar la apuesta ahora.

Mi voz salió quebrada.

Él volvió a girarse hacia mí.

—¿A qué estás jugando?

—No estoy jugando. Dijiste que no podrías negarte.

Lo miré sin apartar la vista.

—Bésame.

El silencio quedó suspendido entre nosotros.

Parecía haber sorpresa en su mirada.

—Solo esta vez.

Miré alrededor y tomé una tela blanca que usaba para cubrir los lienzos.

La extendí hacia él.

Mis manos seguían temblando.

—Si no puedes mirarme... puedes vendarte los ojos.

La tela permaneció extendida entre nosotros.

Lucian no la tomó.

Su respiración pareció detenerse por un instante.

La mandíbula se le tensó con fuerza.

Algo en su mirada cambió.

No era rechazo.

Era dolor.

Avanzó hacia mí, acortando la distancia entre nosotros.

No pude evitar retroceder un paso, hasta chocar contra la pared.

Apoyó una mano a mi lado, contra el muro.

Con la otra, elevó mi rostro.

Limpió con suavidad las lágrimas que aún recorrían mi mejilla.

Su expresión se suavizó.

Como si algo dentro de él finalmente hubiera cedido.

Se inclinó hacia mí sin apartar la mirada, acortando la escasa distancia que aún nos separaba.

Hasta que sus labios encontraron los míos.

Todo sonido a nuestro alrededor pareció desvanecerse.

La tela que sostenía entre las manos se deslizó de mis dedos y cayó lentamente al suelo.

Sus labios eran suaves y cálidos.

Mucho más de lo que había imaginado.

Se separó lentamente, apoyando su frente en la mía.

Pareció dudar un instante.

Cuando pensé que se apartaría, cerró los ojos y volvió a besarme.

Me besaba despacio, recorriendo mis labios con delicadeza.

Como si quisiera memorizar cada roce antes de permitirse el siguiente.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que sentí que, en cualquier momento, podría arder dentro de mi pecho.

Cerré los ojos sin darme cuenta.

Solo existía él.

El tiempo pareció detenerse mientras sus labios volvían a buscar los míos una y otra vez, con una lentitud que hacía imposible pensar en otra cosa.

Sentí cómo su respiración vacilaba.

Permaneció inmóvil apenas un instante, como si todavía intentara convencerse de que debía detenerse.

Pero no lo hizo.

Volvió a besarme.

Esta vez, con una intensidad que ya no parecía capaz de contener.

El beso dejó de ser contenido.

Lucian lo profundizó poco a poco, volviéndose cada vez más demandante.

Nuestras respiraciones se tornaron irregulares.

Su lengua se entrelazó con la mía, explorando con una mezcla de deseo y contención que terminó por desarmarme.

El calor comenzó a recorrer todo mi cuerpo.

Su mano sujetó mi cintura y ascendió lentamente por debajo de mi ropa.

La fuerza de mis piernas parecía ceder, porque cada toque sobre mi piel hacía que todo en mí se estremeciera, dejándome sin aliento.

Me aferré a su camiseta con fuerza, atrayéndolo todavía más hacia mí.

Me dejé llevar por él, por sus caricias.

Yo... no quería que terminara.

La fuerza con la que me sostenía contra la pared aumentó.

Su respiración parecía temblar.

Se alejó apenas lo suficiente para que nuestros labios continuaran rozándose.

—Kai...

Mi nombre escapó de sus labios como un susurro contenido.

Abrí los ojos para encontrarme nuevamente con los suyos.

Su mirada estaba encendida.

Había deseo en ella.

Pero también culpa.

Y ambas cosas parecían estar luchando entre sí.

Antes de que pudiera reaccionar, me besó con una intensidad que terminó de derrumbar todo lo que quedaba de mí.

La cercanía entre nosotros solo se quebró cuando sentí que a ninguno de los dos nos alcanzaba ya el aire.

Se apartó lentamente, como si incluso aquel último roce contuviera una pregunta.

Apoyó la frente sobre mi hombro y permaneció inmóvil unos segundos, como si recuperar el control le costara tanto como a mí.

Poco a poco, mi mente comenzó a aclararse.

Sus manos parecían debatirse entre soltarme o aferrarse a mí.

Entonces lo escuché murmurar, apenas en un susurro:

—Necesito irme. Ahora.

Se apartó despacio y salió por la puerta.

Me apoyé contra la pared, intentando sostenerme.

Todo en mí parecía ceder.

El frío que dejaba su ausencia parecía helarme por completo.

Una punzada aguda me atravesó el pecho.

¿Cómo esperas que renuncie a ti después de besarme así?

Llevé una mano a mi rostro, intentando contener las lágrimas.

Te alejas de mí...

Y aun así, mi corazón sigue yendo hacia ti.

Respiré hondo.

Y salí tras él.

Al bajar las escaleras, Lucian estaba en la entrada junto a Dean.

Iba a hablar cuando él abrió la puerta.

Dos oficiales de policía estaban allí.

—Buenos días. ¿Kai Foster?

Necesitamos que nos acompañe.