Bajo el mismo techo contigo Capitulo 21
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Capitulo 21

Quiero ir contigo

La cámara de fotografías había quedado en mi bolso. Por suerte, no la había sacado desde la última vez.

Salí de clases y fui directo al centro.

El local de Arya estaba mucho más concurrido que la última vez. Había personas de todas las edades recorriendo el lugar.

—¡Kai! Por aquí.

Arya apareció entre el tumulto de gente y se acercó hasta mí con una sonrisa evidente.

Nos encontramos junto al mostrador. La miré, un poco sorprendido por el movimiento del lugar.

—Vaya... No pensé que las fotos ayudarían tanto.

—Eso y las redes sociales ayudaron muchísimo —respondió con entusiasmo—. Si esto sigue así, voy a tener que contratar personal. ¿Y qué te parece si sigues haciendo fotografías para mi local? Tienen que entrar nuevos álbumes y artículos de edición limitada.

Parpadeé, sin esperar aquella propuesta.

—¿Hablas en serio?

—Claro que sí. Tienes buen ojo para las fotografías y, además, la gente reaccionó muy bien a tu trabajo.

Miré alrededor otra vez. El lugar se sentía diferente. Más vivo.

Nunca imaginé que algo que había hecho casi por impulso terminaría provocando todo eso.

—No sé si sería de mucha ayuda...

Arya apoyó los codos sobre el mostrador y me señaló con expresión segura.

—Kai, literalmente hay personas aquí gracias a tus fotos.

No supe qué responder de inmediato.

Una parte de mí se sentía feliz.

La otra todavía no terminaba de creer que algo que viniera de mí pudiera gustarle tanto a los demás.

Asentí.

—Bien.

—Perfecto. Bien... El local del que te hablé es el de al lado. Es una tienda de antigüedades. La dueña es amiga mía.

Miró alrededor del negocio, abarrotado de clientes, y luego volvió a verme con una sonrisa algo resignada.

—Te acompañaría, pero, como podrás ver...

—No hay problema.

Salí del local y entré en la tienda contigua.

El lugar era amplio y estaba muy bien iluminado. Apenas crucé la puerta, el aroma a madera antigua y libros envejecidos me envolvió de inmediato.

Había todo tipo de objetos: relojes antiguos, lámparas de vidrio, cuadros, muebles de otra época y pequeñas figuras de porcelana cuidadosamente acomodadas en estanterías.

Me detuve unos segundos a observar el lugar.

Era interesante.

La dueña era una persona muy amable. Me contó un par de historias detrás de aquellos objetos.

Saqué la cámara de mi bolso y comencé a trabajar.

Capturar el atractivo de la tienda y de los objetos no resultó difícil. La luz entraba perfectamente por los ventanales, creando sombras suaves sobre las superficies antiguas.

Tomé varias fotografías de los detalles primero: las manecillas desgastadas de un reloj, el reflejo dorado de una lámpara, las páginas amarillentas de un libro abierto sobre una mesa.

Después me alejé un poco para capturar el ambiente completo del lugar.

Por un momento, incluso olvidé todo lo demás.

Solo existían la cámara, la luz y aquello que intentaba conservar dentro de una fotografía.

Entre todos los objetos, algo llamó mi atención.

Era un pequeño emblema metálico de Mercedes-Benz.

El plateado estaba ligeramente desgastado por el tiempo, pero aun así conservaba cierta elegancia.

Lo tomé entre mis dedos.

No sabía demasiado de autos antiguos, pero sí sabía una cosa.

Lucian probablemente lo reconocería de inmediato.

La idea apareció en mi cabeza antes de que pudiera detenerla.

Tal vez... podría regalárselo.

Me quedé observándolo unos segundos más.

Era extraño.

Apenas lo vi, pensé en él.

Cuando terminé de tomar las fotografías, me acerqué al mostrador, donde estaba la dueña de la tienda revisando algunas cajas.

—Disculpe... —levanté ligeramente el emblema—. ¿Podría quedarme con esto como parte del pago por el trabajo?

La mujer alzó la vista hacia el objeto y luego sonrió con suavidad.

—¿Te gustan los autos antiguos?

—No exactamente.

La respuesta salió demasiado rápido.

Ella pareció divertida.

—Entonces debe ser para alguien más.

Sentí una ligera incomodidad subir por mi cuello.

—Algo así...

La mujer observó el emblema unos segundos antes de asentir.

—Está bien. Considéralo tuyo.

—Gracias.

Guardé el pequeño emblema en el bolsillo de mi chaqueta con más cuidado del necesario.

♥

Me dirigía por la avenida principal cuando escuché a alguien llamarme.

Era Tom.

—Hola, hombre de montaña. ¿Qué haces por aquí?

—Tom... Solo hice un pequeño trabajo de fotografía en una tienda cercana.

—¿Y qué hay de ti?

Él suspiró.

—Solo haciendo unas diligencias para mi madre.

Se acomodó las llaves del auto entre los dedos antes de señalar la calle.

—Mi auto está cerca. ¿Qué tal si me acompañas y luego te llevo a casa?

—Claro, suena bien.

Los trámites fueron rápidos y cerca de donde estábamos, así que no tardamos demasiado.

—Tom... ¿Esos sujetos no volvieron a molestarte?

—No. Gracias al dinero que me diste y a unos ahorros que tenía, pude adelantar gran parte del pago. No volvieron después de eso.

Sonrió apenas.

—Y, de hecho, los trámites que acabamos de hacer ayudarán bastante. Mi madre consiguió algunas inversiones.

—Eso suena genial.

—Lo es. Te devolveré el dinero muy pronto.

Después de eso, nos dirigimos a su auto.

El sol ya comenzaba a bajar y la luz anaranjada atravesaba las ventanas del vehículo.

El viaje se sentía tranquilo.

Pero mi mente comenzó a irse a otro lugar.

Quería llegar a casa y verlo.

—Kai...

La voz de Tom me sacó de mis pensamientos.

—Hay una fiesta pronto. ¿Te gustaría ir?

Dudé unos segundos.

—Yo... no lo sé. Creo que quiero alejarme un poco de eso ahora.

Tom permaneció en silencio un momento.

Nos detuvimos frente a un semáforo en rojo.

Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado.

Más serio.

—Kai... Siento que en poco tiempo te has alejado de mí. Ya no me buscas como antes.

—Tom, no es así.

—¡Sí lo es!

Las palabras salieron más fuertes de lo normal.

Me sobresalté un poco.

No respondí.

Tal vez notó mi incomodidad, porque la siguiente vez que habló lo hizo en un tono más medido.

—Me haces sentir... solo.

Giró apenas la cabeza para mirarme.

—Esa persona te está alejando.

Supe de inmediato a quién se refería.

Y, por alguna razón, escuchar el nombre de Lucian en sus labios me irritó un poco.

—Creo que él no es bueno para ti.

—Tonto... Suena a que estás celoso.

Él se acercó más, invadiendo de pronto mi espacio.

Tom tomó mi mejilla entre sus dedos.

—¿Y qué si lo estoy?

Su mano permaneció allí más tiempo del necesario.

Sentí una incomodidad extraña recorrerme la espalda.

Retiré su mano con suavidad y miré hacia el frente.

—Deja de bromear. El semáforo ya cambió.

Tom no avanzó de inmediato.

El auto detrás de nosotros tocó la bocina.

Entonces soltó una pequeña risa y volvió a conducir.

—Antes siempre eras solo mío para estas cosas.

Fruncí apenas el ceño.

—¿Qué?

—Salir, hablar, pasar tiempo juntos... —mantuvo la vista fija al frente—. Ahora siento que siempre estás pensando en él.

No respondí.

Porque una parte de mí sabía que no estaba completamente equivocado.

Y eso solo parecía molestarlo más.

Después de eso, el resto del viaje transcurrió en silencio.

Tom mantuvo la vista fija en el camino.

Yo hice lo mismo con la ventana.

Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse una a una mientras el auto avanzaba.

Pero el ambiente dentro del vehículo se sentía extraño ahora.

Pesado.

Como si algo hubiera cambiado sin que ninguno de los dos quisiera decirlo en voz alta.

Tom estacionó el auto frente a la entrada.

—Gracias por traerme. Nos vemos.

—No es nada.

Bajé del auto y estaba por alejarme cuando escuché su voz detrás de mí.

—Oye, te olvidas tu mochila.

Tom también bajó del auto y me alcanzó antes de que pudiera entrar.

—Aquí tienes.

Fue entonces cuando los vi.

Dean y Lucian venían caminando por la cuadra. Parecía que habían salido a comprar algo cerca. Ambos estaban riendo hasta que, al levantar la vista, nos encontraron allí.

Tom también miró en esa dirección y, sin apartar la vista de ellos, dijo:

—Nos vemos, Kai.

Después de eso, volvió al auto y se marchó.

Cuando miré otra vez hacia la entrada, solo Dean seguía esperándome allí.

—¿Cómo te fue hoy? Llegas un poco más tarde de lo habitual.

—Estuvo bien. Creo que mi arte está empezando a mejorar.

Dean pasó un brazo sobre mis hombros mientras entrábamos a la casa.

—Eso es bueno. Me alegra escucharlo.

—Gracias. Además, esta tarde hice un pequeño trabajo. Solo tuve que tomar fotografías para un local.

—Está bien, siempre y cuando no descuides tus estudios.

—Lo sé, lo sé...

Cuando entré, miré alrededor casi por reflejo.

Dean pareció notarlo enseguida.

—Él está arriba. Dijo que quería descansar.

Apartó la mano de mi hombro y señaló hacia la cocina.

—Lávate las manos. La comida ya está lista.

La cena se sentía diferente sin él.

Ya me había acostumbrado a su presencia. Aun así, seguía mirando de vez en cuando hacia su asiento vacío.

Dean y yo hablamos un poco sobre su trabajo y sobre mis horarios para esa semana. La conversación avanzó con normalidad hasta que su tono cambió ligeramente.

—¿Cómo van las cosas con él?

Era una pregunta difícil de responder.

—Yo... no lo sé.

Dean se quedó mirándome unos segundos antes de hablar otra vez.

—Kai... A veces, si no dices lo que sientes, la otra persona nunca llegará a entenderlo.

Sus palabras me dejaron pensando en silencio.

Luego tomó otro plato y comenzó a servir un poco de comida.

—Llévale algo. Ve.

♥

Sin darme cuenta, solté el aire que había estado conteniendo.

Golpeé la puerta, pero nadie respondió.

—¿Lucian? ¿Puedo pasar?

Abrí la puerta con cuidado y entré en la habitación. Apenas estaba iluminada por la tenue luz de la lámpara de noche.

Lucian estaba de pie en el balcón, mirando hacia el patio.

Me acerqué a él.

—Te traje la cena. ¿Estás bien?

Apenas giró un poco el rostro antes de volver a mirar hacia afuera.

—Lo siento. No te oí tocar.

Parecía atrapado en sus pensamientos.

El silencio quedó suspendido entre nosotros durante unos instantes.

Hasta que habló.

—¿Siempre vuelves con él?

Sus ojos permanecieron fijos hacia afuera.

—¿Por eso no querías que fuera a buscarte?

La pregunta me tomó por sorpresa.

Pero algo dentro de mí me decía que debía aclararlo.

—No, no es así. Fui al centro para tomar unas fotos y lo encontré por casualidad.

Hice una pequeña pausa antes de añadir:

—Él es solo un amigo.

No sabía si esas últimas palabras eran necesarias, pero aun así las dije.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Mi cuerpo comenzó a tensarse lentamente.

—Lucian... Dentro de unos días habrá un concierto en la universidad. ¿Tú... quisieras ir?

Él permaneció en silencio unos segundos antes de responder:

—Deberías ir con personas de tu edad.

Escuchar eso hizo que algo en mi pecho pesara.

Recordé las palabras de Dean.

Tomé aire antes de hablar otra vez.

—Yo... quiero ir contigo.

En cuanto esas palabras salieron de mi boca, Lucian finalmente se giró hacia mí.

Por un instante, ninguno de los dos dijo nada.

Su expresión, normalmente tan serena, pareció vacilar apenas.

Como si no hubiera esperado escuchar algo así.

Después dejó escapar un suspiro casi imperceptible.

—Está bien.

Una respuesta tan simple no debería haber significado tanto.

Sin embargo, no pude evitar sonreír.