Capitulo 19
Una cita sin nombre
Los días siguieron transcurriendo con normalidad desde que había tomado una decisión. Aun así, seguía sin saber cómo actuar con él.
—Kai... le estás dando demasiadas vueltas al asunto. Solo invítalo a salir.
—¿Así de simple?
—Así de simple. Una cita, solo que sin decirle que es una.
Erin soltó una pequeña risa después de decir eso.
—Bien... nos vemos mañana.
Luego siguió calle abajo en dirección a su casa.
Levanté la vista hacia el cielo. La tarde comenzaba a despejarse y el clima se volvía más agradable.
Respiré hondo, despacio.
Bien, solo mantenlo simple, pensé para mí mismo.
Y entonces entré a casa.
El aroma a comida casera invadió el ambiente.
Fui directo a la cocina.
Lucian estaba allí, preparando la cena.
—¿Cómo te fue hoy? Ven, prueba esto.
Se giró hacia mí sosteniendo una cuchara con salsa blanca.
Caminé hacia él y tomé la cuchara.
—Hoy... estuvo bien.
Probé la salsa.
El sabor recorrió todo mi paladar.
—Está deliciosa.
—Es salsa bechamel. Todavía le falta un poco de queso, pero ya casi está.
Me quedé unos segundos a su lado mientras revolvía la salsa.
—¿Qué sucede?
Sentí mi cuerpo tensarse un poco.
Intenté sonar lo más casual posible.
—Tú... ¿tienes planes para esta noche?
Él me miró de reojo.
—No, nada importante.
—Hay un lugar al que quisiera ir.
Su respuesta no tardó en llegar.
—Bien. Después de cenar.
—¿Tú también vienes, Dean?
Me giré de inmediato.
No había escuchado entrar a mi hermano.
Por suerte, Lucian seguía atento a la comida y no vio la sonrisa cómplice que Dean me estaba mostrando.
—Lo siento, yo paso. Deberían ir ustedes.
Y luego me guiñó un ojo.
El calor me subió hasta las orejas.
Pasé a su lado para ir hacia mi habitación y murmuré apenas:
—Tonto.
Él solo se rio por lo bajo.
♥
Nunca le había dado tanta importancia a mi apariencia, pero, sinceramente, no sabía qué ponerme esa noche.
Mi cabello... ¿debería peinarlo diferente?
Revolví todo el armario para terminar usando unos jeans, una camiseta y una camisa encima.
Con mi cabello... no hubo caso.
Exhalé profundamente y bajé las escaleras.
Lucian ya me estaba esperando afuera, apoyado contra el auto.
Vestía de manera casual, pero aun así todo en él se veía bien.
Por un instante me quedé mirándolo más de la cuenta.
La luz tenue del atardecer caía sobre su rostro y el viento le movía apenas algunos mechones de cabello.
Entonces levantó la vista hacia mí.
—¿Listo?
Aparté la mirada casi de inmediato.
—Sí.
Intenté responder con naturalidad, aunque sentía el corazón demasiado consciente de cada pequeño detalle.
—¿A dónde vamos exactamente?
—Hay un centro de bateo cerca de aquí. Pensé que podría ser divertido.
Mi respuesta pareció sorprenderlo un poco.
—Bien. Sube.
En el camino, Lucian no dejaba de mirarme de reojo.
—¿Qué pasa?
Él arqueó una ceja.
—¿Qué le hiciste a tu cabello?
Y luego empezó a reírse.
Llevé ambas manos a mi cabeza.
—Yo...
Antes de que pudiera defenderme, estacionó el auto.
Habíamos llegado.
Las luces del lugar iluminaban parcialmente el estacionamiento y podía escucharse, a lo lejos, el sonido metálico de los bates golpeando las pelotas.
Antes de bajar, volvió a mirarme con más atención.
Después extendió una mano hacia mí y revolvió mi cabello con suavidad, acomodándolo apenas.
—Listo. Luce mejor como siempre lo usas.
Mi respiración se detuvo por un instante.
Él simplemente abrió la puerta.
—Vamos.
Y yo tardé un segundo más en reaccionar antes de bajar del auto.
—¿Alguna vez jugaste béisbol? —me preguntó mientras preparaba el equipo.
—Un par de veces en las clases de gimnasia de la secundaria.
Me pasó un bate.
—¿Y entonces querías rememorar el pasado?
Su tono fue ligeramente burlón.
Bajé un poco la mirada.
—Vi las fotografías en tu habitación... Creí que te gustaría venir aquí.
El silencio duró unos segundos.
—Gracias.
Su voz sonó más baja esta vez. Ya no había rastro de burla en ella. Creo que de verdad estaba agradecido.
Tomó asiento en la banca a un lado.
—Bien, veamos qué puedes hacer —soltó de repente—. Ponte en posición.
Parpadeé un momento.
¿Acaso me estaba desafiando? ¿Dónde había quedado su agradecimiento?
Fruncí el ceño y tomé el bate.
Entonces escuché una carcajada detrás de mí.
Bajé el bate y lo fulminé con la mirada.
—Lo siento —dijo entre risas—. No puedo competir contigo así.
Se levantó de donde estaba y caminó hasta mí.
—Al menos déjame enseñarte. Si no, no sería justo.
—¿Quién dijo que esto es una competencia?
—Así será más divertido.
—Tonto.
Lucian sonrió apenas.
Luego se colocó detrás de mí.
Sentí su presencia demasiado cerca incluso antes de que hablara otra vez.
—Sujeta el bate un poco más arriba.
Sus manos rodearon las mías por un instante para acomodarlas.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
—Relaja los hombros —murmuró cerca de mi oído—. Así no podrás batear nada.
El sonido de la máquina preparándose rompió el silencio entre nosotros.
Pero lo único de lo que era consciente en ese momento... era de él.
Después, una de sus manos descendió lentamente hasta mi cintura.
O, más exactamente... hasta mi cadera.
La sostuvo con firmeza y me movió apenas unos centímetros.
—Tu postura está mal alineada —explicó con calma—. Debes girar un poco más aquí.
Sentí el calor subir de golpe por todo mi cuerpo.
—¿Kai?
—¿Qué?
—Estás demasiado rígido.
Giré apenas la cabeza para mirarlo.
—Lo siento...
Él sonrió apenas.
—Solo relájate. Intenta otra vez.
Finalmente se apartó y volvió a sentarse en la banca.
La máquina lanzó la primera pelota.
Y, por supuesto, la fallé completamente.
—Presta atención —dijo Lucian entre una pequeña risa—. Escucha el clic de la máquina antes de que lance la pelota. Anticípate.
Asentí en silencio.
Volví a acomodarme en posición, esta vez intentando ignorar el calor que todavía sentía en el cuerpo.
Entonces escuché el sonido metálico de la máquina preparándose.
Clic.
La pelota salió disparada.
Moví el bate casi por instinto.
Esta vez, el impacto resonó con fuerza.
La pelota salió volando hacia el fondo de la jaula.
Abrí los ojos con sorpresa.
—Oh.
Escuché una carcajada detrás de mí.
—Nada mal, Kai.
Giré apenas hacia él.
Lucian seguía sentado, pero ahora sonreía de verdad.
Y, por alguna razón, esa expresión me hizo sentir mucho más satisfecho que haber acertado el golpe.
Después de unas rondas, me había adaptado.
—Bien, es mi turno. Ahora podemos apostar.
Le pasé el bate.
—¿Estás seguro? Creo que ya le pillé el truco.
Lucian soltó una risa baja mientras tomaba posición.
—Entonces será más interesante.
—¿Y qué ganará el vencedor?
Él me miró por encima del hombro.
—Hm... el perdedor tendrá que cumplir un favor. Sin negarse.
—Eso suena sospechoso.
—¿Tienes miedo de perder?
Fruncí el ceño de inmediato.
—Claro que no.
—Perfecto. Entonces presta atención.
Mi mandíbula sentía que iba a caerse al suelo.
Había acertado diez de diez.
No solo eso.
Su postura.
La destreza con la que movía el bate.
La fuerza detrás de cada golpe.
Todo en él era impecable.
Cada movimiento se veía natural, preciso, como si su cuerpo ya supiera exactamente qué hacer antes incluso de que la pelota saliera disparada.
Tal vez no debería haber aceptado la apuesta.
Lucian dejó el bate sobre su hombro y giró apenas hacia mí con una pequeña sonrisa de suficiencia.
—¿Qué sucede? Te ves preocupado.
—Creo que me estafaste.
Él soltó una carcajada.
Rodé los ojos, pero terminé riendo igual.
Y, honestamente... hacía tiempo que no me sentía tan relajado con alguien.
Era mi turno esta vez.
Volví a tomar el bate.
Había acertado todas.
O eso creía.
Giré el rostro hacia Lucian con una pequeña sonrisa.
—¿Qué tal? Puedo darte competencia, ¿no crees?
Esperaba algún comentario orgulloso... o, al menos, una excusa por haber dudado de mí.
Pero la expresión de Lucian cambió de golpe.
La sonrisa desapareció.
Sus ojos se abrieron apenas.
—Kai...
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué pasa?
Él dio un paso hacia mí.
—¡No te des vuelta!
Fue demasiado tarde.
Instintivamente giré la cabeza hacia el frente.
Alcancé a ver la pelota acercándose a toda velocidad.
No tuve tiempo de reaccionar.
El impacto fue seco contra mi rostro.
Todo se volvió negro durante unos segundos.
Un dolor agudo me atravesó de inmediato.
Cuando recuperé un poco la conciencia, noté que alguien me sostenía.
Lucian.
Su mano sujetaba con firmeza la parte de atrás de mi cabeza mientras me mantenía inclinado hacia adelante.
—¿Kai? Mírame.
Su voz sonaba ansiosa.
Parpadeé varias veces hasta lograr enfocar.
Entonces bajé apenas la mirada.
Sangre.
La sangre caía desde mi nariz y manchaba por completo la parte delantera de su camiseta.
—Mierda...
Intenté moverme, pero otra punzada me hizo cerrar los ojos.
—No te muevas todavía.
Lucian tomó varias servilletas del dispensador cercano y las presionó con cuidado bajo mi nariz.
—¿Puedes respirar bien?
Asentí apenas.
Escuché cómo soltaba el aire, claramente tenso.
—Te dije que prestaras atención.
Incluso mientras me regañaba, una de sus manos seguía sosteniéndome con cuidado.
Y eso, extrañamente... hizo que me doliera un poco menos.
♥
Luego de que me recuperara un poco, volvimos a casa.
Lucian me ayudó a sentarme en una de las sillas de la cocina y fue de inmediato por el botiquín de primeros auxilios.
—Estoy bien. Ya dejó de sangrar.
—¿Te sientes mareado?
Lucian seguía observándome con evidente preocupación.
—No.
Bajé un poco la mirada.
—Siento haber arruinado tu camiseta.
Él se miró a sí mismo recién entonces.
—No te preocupes por eso. Tal vez si la dejo en agua ahora pueda quitar la mancha.
Y, al segundo siguiente, simplemente se quitó la prenda frente a mí antes de dejarla en el fregadero.
Mi respiración se detuvo un instante.
Intenté apartar la mirada.
No pude.
El cuerpo de Lucian no era exageradamente musculoso, pero sí claramente trabajado.
Sus hombros anchos.
La línea firme de su espalda.
Los brazos marcados por años de trabajo.
Incluso su abdomen se definía con suavidad bajo la luz cálida de la cocina.
Todo en él transmitía fuerza de una forma natural, sin esfuerzo.
Y quizás lo peor era que parecía completamente ajeno al efecto que eso tenía en mí.
Sentí el calor recorrer todo mi cuerpo.
—Kai.
Parpadeé de golpe al escucharlo.
—Estás sangrando de nuevo.
Llevé una mano a mi nariz casi por reflejo.
Lucian soltó un suspiro, apenas resignado, antes de acercarse otra vez.
—Ven aquí.
Se colocó frente a mí y tomó mi rostro con una mano para inclinarlo ligeramente hacia arriba.
Sentí sus dedos tibios contra mi piel.
—Creo que el golpe fue más fuerte de lo que pensé.
Su rostro estaba demasiado cerca.
Podía sentir el ligero aroma a jabón sobre su piel y el calor de su cuerpo todavía húmedo por el esfuerzo de hacía un rato.
Intenté concentrarme en cualquier otra cosa.
No funcionó.
—Kai, mírame.
Tragué saliva lentamente antes de levantar la vista hacia él.
Colocó suavemente una gasa sobre mi nariz mientras sostenía mi rostro con cuidado.
—Presiona aquí.
Obedecí casi de inmediato.
Lucian permaneció inclinado frente a mí unos segundos más, observando si el sangrado disminuía.
Tan cerca que podía distinguir el movimiento lento de su respiración.
—Bien... parece que ya no sangra.
Lucian finalmente se apartó un poco.
Aproveché el momento para mirarlo con una pequeña sonrisa.
—¿Puedo pedir mi deseo? Recuerda que no puedes negarte a lo que pida.
Él frunció ligeramente el ceño, incrédulo.
—No bateaste todos los lanzamientos.
—Resulté herido. Eso debería darme puntos extra.
Lucian soltó una risa inmediata.
—Está bien. ¿Qué quieres?
Bajé apenas la mirada.
—Aún... no lo sé.
—Entonces dilo pronto cuando lo decidas o le pondré fecha de caducidad.
Antes de que pudiera responder, otra voz resonó en la cocina.
—¿Qué sucedió aquí?
Ambos giramos al mismo tiempo.
Dean estaba apoyado contra el marco de la puerta, observándonos.
Lucian respondió antes que yo.
—Kai decidió detener una pelota con la cara.
—¡Oye!
Dean soltó una carcajada mientras yo lo fulminaba con la mirada.
—Eso explica la sangre.
—No fue para tanto —murmuré.
Lucian volvió a mirarme enseguida.
—Deberías ir a descansar. Mañana tienes clases.
Asentí lentamente y me levanté de la silla.
Al pasar junto a Dean, él me detuvo un segundo sujetándome del hombro.
Luego se inclinó apenas hacia mí para susurrar cerca de mi oído:
—Viendo esta escena... ¿por qué siento que entregué a mi amigo a los lobos?
Se rio descaradamente después de decirlo.
Sentí el calor subir otra vez a mi rostro.
—Tonto.
Dean siguió riéndose mientras yo subía las escaleras, ignorándolo.
Pero incluso después de cerrar la puerta de mi habitación, mi mente seguía demasiado despierta.
Esa noche me costó muchísimo conciliar el sueño.