Bajo el mismo techo contigo Capitulo 18
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Capitulo 18

Lo que realmente quiero

Cuando desperté, ya no quedaban rastros de la tormenta de la noche anterior.

La habitación estaba en silencio.

Y yo, solo en la cama.

Lucian parecía haberse levantado hacía rato. El futón que había dejado junto a la cama tampoco estaba allí.

Me incorporé despacio, todavía algo aturdido por el sueño, y busqué mi ropa. Me vestí en silencio y, antes de salir, doblé cuidadosamente las prendas que Lucian me había prestado y las dejé sobre los pies de la cama.

Bajé las escaleras y encontré a Elena sentada en la cocina, tomando café.

El aroma a café recién hecho llenaba el ambiente. Sobre la mesa había una canasta con tostadas aún tibias, un pequeño frasco de mermelada casera y un budín de limón cortado en rebanadas prolijas.

—Buenos días.

—Kai... Pensé que dormirías un poco más. Ven, siéntate. Acabo de sacar el pan del horno. ¿Quieres un poco de café?

Me senté frente a ella y asentí levemente.

—Por favor.

Miré alrededor y no vi a Lucian.

No pude evitar preguntar:

—¿Lucian salió?

Ella dejó una taza de café frente a mí antes de responder.

—Así es. Se levantó más temprano de lo habitual. Dijo que iba a salir a correr un poco.

—¿Correr?

La pregunta salió de mi boca más rápido de lo que esperaba.

En casa no solía hacerlo... o, al menos, nunca lo había visto salir a correr.

—Sí... —respondió Elena antes de dar un sorbo a su café—. Suele hacerlo cuando tiene demasiadas cosas en la cabeza.

Sus palabras llamaron de inmediato mi atención.

¿Acaso había algo que le estaba molestando? ¿Algo que yo no sabía?

En ese momento, la puerta principal se abrió.

Lucian entró usando ropa deportiva, completamente sudado. Su respiración todavía estaba algo agitada, como si hubiera corrido más de la cuenta.

Elena levantó la vista apenas lo vio.

—Cariño, ve a darte una ducha y baja a desayunar con nosotros.

Fue extraño, pero tuve la sensación de que evitaba mirarme.

Lucian solo asintió en silencio antes de subir las escaleras.

El desayuno transcurrió con tranquilidad, aunque no pude dejar de notar que Lucian estaba algo distinto.

—Quiero que se lleven algo para ustedes y para Dean. Es la tarta que tanto le gusta. Qué pena que esta vez no haya venido.

—Mamá, siempre lo consientes cuando viene. Una vez no le hará daño.

Ella soltó una pequeña risa.

—No importa, hay suficiente para todos.

Después comenzó a guardar varios recipientes dentro de una mochila.

La escena resultó un poco graciosa. Habíamos llegado sin nada y ahora nos íbamos cargados de comida.

—Kai, enseguida salimos. Iré a buscar algo. Ya regreso.

Lo dijo sin mirarme siquiera antes de subir las escaleras.

Eso ya comenzaba a molestarme.

No pensaba quedarme callado.

Lo seguí hasta el piso de arriba y lo detuve en el pasillo. Sujeté suavemente su brazo, obligándolo a mirarme.

—¿Qué sucede? ¿Por qué no me miras?

Lucian levantó la vista, claramente sorprendido.

—Nada sucede.

Su tono sonó serio, pero, una vez más, desvió la mirada.

—Lucian...

—Estás imaginando cosas.

Sentí un leve nudo apretarse en el pecho.

—No quiero esta distancia. No me gusta cuando me evitas.

Fui directo, sin rodeos.

Cerró los ojos un instante.

—Lo siento...

Parecía estar buscando las palabras correctas.

Tardó unos segundos en responder. Sus ojos vacilaron apenas antes de volver a encontrarse con los míos.

—No fue mi intención.

Por un instante pareció dudar. Luego levantó una mano y acarició suavemente mi cabello.

Después de eso, emprendimos el regreso a casa.

Y, de alguna manera, la sensación de distancia había desaparecido un poco.

♦

Cuando llegamos a casa, Dean ya nos estaba esperando.

—¿Cómo estuvo el regreso?

—Bien... supongo —respondí sin más.

—Mi madre te envía saludos. Y también una tonelada de comida.

Ambos soltaron una pequeña risa.

Dean tomó la mochila apenas la dejó sobre el sofá.

—Genial. Ya tenemos el almuerzo.

Luego de almorzar, Lucian se levantó de la mesa y se fue a descansar a su habitación.

Solo quedamos Dean y yo en la cocina.

Sabía que tarde o temprano preguntaría algo, así que no me sorprendió demasiado cuando sacó el tema casi de inmediato.

—Tú... avanzas rápido.

Parecía estar conteniendo la risa.

El recuerdo de la noche anterior junto a Lucian apareció de golpe en mi mente y sentí el calor subir a mis mejillas.

—Idiota... ¿qué estás diciendo? No pasa nada entre nosotros.

Dean soltó una carcajada sin intentar disimularla.

—Claro que bromeo. Aunque, en una situación así, confío más en él que en ti.

Lo observé mientras apoyaba un brazo sobre la mesa.

—Lo conozco bien... Lucian no tendría una aventura de una noche.

Sus palabras hicieron que algo en mi pecho se tensara apenas.

Dean me miró durante unos segundos antes de preguntar con calma:

—¿Ya decidiste qué es lo que quieres?

Guardé silencio.

Pensé en todo lo que había vivido con Lucian en tan poco tiempo. En la forma en que siempre terminaba cuidándome, incluso cuando intentaba tomar distancia.

Y entonces lo entendí.

Ya no tenía dudas.

Levanté la vista y respondí con firmeza:

—Yo... tampoco busco una aventura de una noche.

Hice una breve pausa.

—Voy a ir tras él.

Dean no pareció tomarse mis palabras a la ligera.

Su expresión se volvió más seria.

Su tono, más bajo.

—Kai... no puedo evitar preocuparme por ti. Él nunca ha mostrado interés por otro chico... Temo que termines herido.

Lo miré en silencio unos segundos antes de responder:

—Aun así... quiero intentarlo.

Tomé aire antes de continuar.

—Lo que siento por él definitivamente no es algo pasajero. Quiero descubrir hasta dónde puede llegar. No quiero arrepentirme de nada en esta vida.

Dean pareció analizar mis palabras con atención.

—Bien...

Entonces apoyó una mano sobre mi hombro.

—Admiro tu valor. Tienes mi apoyo, ¿sabes? Solo... sé siempre sincero con él. Eso te ayudará.

Y luego sonrió. Su tono cambió al de siempre.

—Feliz cacería.

♥

Esa noche, alguien llamó a la puerta.

Cuando abrí, me encontré con Erin sosteniendo tres cajas de pizza entre los brazos y un par de películas clásicas apretadas contra el pecho.

—Tu hombre cruel... ¿Me debías esto, lo recuerdas? —dijo apenas me vio—. Supuse que no querrías ir al cine, así que el cine vino a ti.

Sus ocurrencias siempre lograban sacarme una sonrisa.

—Se supone que es mi regalo de cumpleaños. ¿No debería ser yo quien elija?

Erin resopló con dramatismo.

—Tenerme como amiga ya es demasiada suerte para ti.

Solté una risa suave.

—Tonta, ya pasa.

Me hice a un lado para dejarla entrar y la ayudé con las cajas de pizza.

Erin ya se había acomodado en el sillón frente al televisor cuando regresé a la sala.

Tomé las películas que había llevado y las observé con sospecha.

—¿Por qué siento que todas son las que tú querías ver?

Ella levantó la vista, fingiendo confusión.

—¿Yo? No sé de qué hablas.

Negué con la cabeza, divertido.

—No tienes remedio.

Mientras colocaba una de las películas y buscaba algo para tomar, Erin empezó a hablar sin detenerse ni un segundo.

—¿Por qué no llamas a tu hermano y a Lucian? Hay comida de sobra.

—Volverán enseguida. Fueron a hacer unas compras.

Abrí las botellas de refresco antes de mirarla de reojo.

—¿Piensas obligarlos a ver tus películas también?

—Por supuesto —respondió con una sonrisa satisfecha.

No dejó pasar ni un segundo antes de lanzar otra pregunta:

—¿Ya te declaraste?

—Aún no.

La respuesta salió antes de que pudiera pensarla.

Me quedé rígido al instante.

Mi mirada se clavó en ella apenas comprendí lo que acababa de admitir.

Erin abrió los ojos por un segundo... y después estalló en carcajadas.

Solo cuando dejó de reír y logró recuperar el aire, le pregunté:

—¿Cómo lo sabes?

Erin sonrió como si la respuesta fuera la cosa más evidente del mundo.

—Tonto... ¿cómo no iba a saberlo? Te conozco demasiado bien.

Se acomodó mejor en el sillón antes de continuar.

—Además, a veces puedes ser muy obvio.

Mi entrecejo se crispó de inmediato.

Dean y Lucian llegaron poco después.

No pude evitar rodar los ojos cuando Erin empezó a lanzarme miradas cómplices desde el sillón.

Apenas Lucian dejó las bolsas sobre la mesa, ella se levantó y le extendió una mano.

—Soy Erin, la amiga de Kai. Hemos hablado por teléfono cuando Kai estuvo enfermo, pero nunca nos presentamos oficialmente.

Lucian estrechó su mano y arqueó apenas una ceja.

—Sé que eres todo un personaje.

Ella soltó una risa y me miró, fingiendo indignación.

—¿Acaso me dejaste mal parada?

—Nunca exagero —respondí.

Erin volvió a mirar a Lucian con una expresión dramática.

—Ya que está haciendo mal uso de mi buen nombre, supongo que tendré que revelar algunos secretos suyos.

Un mal presentimiento recorrió mi espalda.

—Cuando teníamos siete años todavía se orinaba en la cama. Lo peor fue que ese día se había quedado a dormir en mi casa. En medio de la noche empecé a sentir calor en la espalda... y descubrí que había mojado toda la cama. A mí incluida.

Abrió los brazos como si fuera una víctima trágica.

—¡Y así es como me paga!

—¡Erin!

Tomé uno de los almohadones del sillón y se lo lancé directo a la cara.

Ella estalló en carcajadas al instante.

Sentí el calor subir hasta mis orejas cuando vi a Dean riéndose sin ningún intento de disimulo.

Incluso Lucian estaba riendo.

Y, por alguna razón, verlo reír así hizo que mi vergüenza empeorara todavía más.

—¡Te voy a matar!

Erin salió corriendo por la sala, todavía riéndose, y yo fui detrás de ella por toda la casa, exactamente igual que cuando éramos niños.