capitulo 17 #3
El pecho me ardía y mi corazón latía tan rápido que dolía. Intenté respirar, pero sentía que me estaba ahogando.
No podía ver nada.
No podía...
Sentí unas manos sujetándome con firmeza por los hombros.
Alguien me estaba hablando.
Pero seguía sin entender.
Levanté apenas la vista.
—¡Kai! ¡Mírame!
Mi visión comenzó a aclararse poco a poco.
Era Lucian.
Me estaba llamando.
Todavía no podía distinguir dónde terminaba el sueño y dónde comenzaba la realidad.
Me incorporé apenas. Él estaba sentado junto a mí.
Seguía hablándome.
Mi corazón no dejaba de golpear con fuerza contra mi pecho.
Afuera, la tormenta se había vuelto más intensa. Los truenos hacían vibrar los vidrios de la ventana y el sonido de la lluvia llenaba toda la habitación.
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando hasta sentir las lágrimas resbalar sin control por mis mejillas.
Entonces Lucian tomó una de mis manos temblorosas y la apoyó contra su pecho.
—Regresa, Kai. Solo enfócate en esto.
Me sostuvo la mirada mientras hablaba.
A través de mi palma podía sentir los latidos lentos y constantes de su corazón.
Firmes.
—Respira profundo... lento.
Intenté seguir su voz.
Inspirar.
Exhalar.
Otra vez.
Poco a poco, mi respiración comenzó a estabilizarse.
Me aferré a esa sensación.
Al calor de su mano.
Al latido tranquilo bajo mi palma.
Y, finalmente, sentí que podía salir de ese lugar donde mi mente había quedado atrapada.
Las lágrimas seguían cayendo sin permiso.
Lucian intentó secarlas con el pulgar de su otra mano, pero era inútil.
—Está bien... Todo va a estar bien.
Su voz sonó suave, tranquila.
Después se acomodó a mi lado y llevó mi cabeza contra su pecho.
Seguir escuchando el latido de su corazón hizo que poco a poco pudiera tranquilizarme.
Me aferré a él sin dudarlo.
Y, por primera vez, no sentí vergüenza por hacerlo.
Pasaron varios minutos antes de que lograra respirar con algo más de normalidad.
Lucian fue el primero en romper el silencio.
—¿Fue por la tormenta? —preguntó con cuidado—. Solo sé lo que Dean me contó. No tienes que hablar si no quieres.
Tragué saliva.
—Creo que sí... Llovía así de fuerte cuando sucedió.
El silencio permaneció entre nosotros unos segundos.
No era incómodo.
Solo... pesado.
—¿La cicatriz que tienes en el hombro fue por eso? —preguntó después—. La vi aquel día que tuviste fiebre y tuve que cambiarte de ropa.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba apenas.
—Sí... Lo es.
Después de eso ya no supe qué más decir.
Me quedé en silencio, escuchando la lluvia y el sonido acompasado de su respiración.
Lucian comenzó a acariciar lentamente mi cabello.
El gesto era tan suave que terminé abrazándolo un poco más fuerte, casi sin darme cuenta.
Entonces habló otra vez.
—Yo conocí a tus padres. Los vi una vez.
Levanté apenas la cabeza, sorprendido.
No esperaba escuchar algo así.
—¿De verdad?
—Sí... Fue por casualidad. Había restaurado un auto clásico para una exhibición y salí a probar el motor. En el camino me encontré con Dean. Tus padres estaban con él, entrando a un restaurante.
Hizo una pequeña pausa, como si estuviera recordándolo con claridad.
—Me invitaron a almorzar con ellos. Tu madre insistió tanto que no pude negarme. Me ganó con su sonrisa.
No pude evitar sonreír un poco al imaginarlo.
—No recuerdo exactamente qué comimos —continuó—, pero recuerdo que fue un buen día. Aunque quizá compartir tiempo con ellos fue lo que lo volvió especial.
Su voz sonaba distinta.
Más cálida.
Más cercana.
—En un momento, tu madre comentó que hacía mucho que no bailaba. Entonces tu padre se levantó de inmediato y le extendió la mano.
Pude imaginar la escena con facilidad.
—Ella lo miró con una expresión muy graciosa, porque ni siquiera había música en el lugar. Y él... empezó a cantar para ella ahí mismo.
Una pequeña risa escapó de los labios de Lucian.
—Todo el restaurante se quedó mirando nuestra mesa. Pero a tu madre no pareció importarle en absoluto. Terminó bailando con él mientras Dean y yo nos reíamos como idiotas.
Sentí una presión extraña en el pecho.
Pero esta vez no dolía.
—Después le mostré el auto a tu padre. Se emocionó muchísimo, como un niño pequeño. Le ofrecí dar una vuelta y aceptó de inmediato.
Lucian soltó una respiración suave antes de continuar.
—Recuerdo que me dijo que le gustaba lo que hacía. Que restaurar autos le recordaba a su arte. En ese momento no lo entendí... hasta que vi sus pinturas en tu casa.
Escuchar hablar de ellos así...
Vivos.
Felices.
Reales.
Logró que algo dentro de mí se calmara.
Los recuerdos dolorosos parecieron alejarse un poco.
—Lucian... gracias por compartir eso conmigo.
Mi voz salió apenas como un susurro.
—Yo... voy a guardar esos recuerdos como si también fueran míos.
Lucian permaneció en silencio unos segundos.
Luego sentí cómo apoyaba suavemente la mejilla sobre mi cabeza.
—Eso es bueno.
Sus palabras fueron bajas, casi un murmullo.
El cansancio volvió a envolverme lentamente.
Esta vez no había miedo.
Solo calor.
Calma.
Y, antes de caer dormido otra vez, me pareció sentir cómo el corazón de Lucian comenzaba a latir más rápido bajo mi oído.