capitulo 17 #2
Él levantó la vista apenas.
—Bien, pero serviré solo para ti. Debo conducir de regreso.
Elena arqueó una ceja de inmediato.
—¿De qué hablas? ¿No se quedarán a pasar la noche? Una tormenta está en camino. Me sorprendió bastante que hayas venido en motocicleta.
Como si hubiera estado esperando esa frase, el sonido de la lluvia comenzó a golpear las tejas del techo.
Primero, suave.
Luego, más fuerte.
Los tres levantamos la vista casi al mismo tiempo.
Lucian y yo nos miramos por un segundo.
—Vaya... parece que no lo sabían —comentó Elena con una pequeña risa.
Lucian soltó aire por la nariz, resignado, aunque todavía sonreía un poco.
—Supongo que no.
La lluvia siguió intensificándose afuera, acompañada por un trueno lejano.
Entonces Elena tomó la botella de vino y la agitó apenas en dirección a su hijo.
—Bueno, en ese caso ya no tienes excusa.
Lucian terminó riéndose.
—Está bien. Entonces te acompaño con el vino.
—Mucho mejor.
Ella comenzó a servir las copas mientras yo observaba la escena en silencio.
Había algo demasiado natural entre ellos.
Demasiado cálido.
Lucian dirigió la mirada hacia mí mientras acomodaba las copas sobre la mesa.
—Deberías avisarle a Dean.
Asentí y saqué el celular del bolsillo.
La respuesta llegó casi al instante.
«¿Estás en su casa por el fin de semana? Ve por ello.»
El celular casi se me resbaló de las manos.
—¿Todo bien? —preguntó Lucian, mirándome con curiosidad.
Sentí el calor subir directo a mi rostro.
—Sí —respondí demasiado rápido.
Bloqueé la pantalla antes de que pudiera acercarse más y carraspeé, intentando actuar con normalidad.
La cena continuó en calma.
Lucian y Elena se pusieron al día hablando de trabajo, clientes complicados y pequeñas situaciones cotidianas.
En algún momento, la conversación terminó desviándose hacia mi universidad y, para mi sorpresa, Elena no tardó en ponerse de mi lado solo para molestar a Lucian.
Sin darme cuenta, me sentía cómodo allí.
Como si no fuera un completo extraño en una casa que estaba visitando por primera vez.
La lluvia seguía golpeando las ventanas mientras el vino desaparecía lentamente de las copas y el ambiente se volvía cada vez más cálido.
Hasta que Elena finalmente suspiró y nos miró a ambos con expresión firme.
—Bien, ustedes dos deberían ir a dormir. Ya es tarde.
Hizo una pausa.
—Dejé mantas extra en tu habitación.
Nos hablaba como si fuéramos niños.
Eso me hizo sonreír.
Subí las escaleras junto a Lucian. Nos detuvimos en el pasillo.
—¿Quieres tomar una ducha?
—Estaría bien. Gracias.
—Aguarda aquí.
A los pocos segundos regresó con una muda de ropa entre las manos.
—Cuando termines, mi habitación es esa.
Señaló la última puerta al final del pasillo.
♦
El baño fue refrescante después de la cena. El agua caliente terminó de relajarme y, por un momento, sentí el cuerpo mucho más liviano.
Cuando salí, seguía sorprendiéndome lo cómodo que me sentía allí.
Me dirigí a la habitación de Lucian. Él estaba acomodando algunas cosas cuando entré.
—Permiso.
Lucian levantó la mirada apenas y asintió.
—Ponte cómodo. Iré a darme una ducha también. Regreso enseguida.
La ropa que me había dado Lucian claramente era suya. Me quedaba holgada, las mangas un poco largas y la tela conservaba un aroma limpio, suave... inconfundiblemente suyo.
Dejé mis prendas sobre una silla, junto al escritorio, y me tomé un momento para observar la habitación.
No era muy amplia.
Era sencilla, cálida. La decoración seguía el mismo estilo del resto de la casa: madera oscura, tonos tranquilos y una sensación acogedora.
Había un librero apoyado contra una de las paredes. Me acerqué casi por curiosidad.
Quería saber más de él. Qué cosas le gustaban. Qué clase de persona era cuando nadie lo miraba.
Recorrí los títulos con atención.
Novelas de misterio. Terror. Suspenso. Algunos clásicos bastante gastados por el uso.
Sonreí apenas.
De alguna forma, encajaba con él.
Después caminé hacia el escritorio.
Había un par de trofeos y varias fotografías. Parecían de la secundaria.
Tomé una de ellas entre mis manos.
Lucian llevaba un uniforme de béisbol y sonreía apenas hacia la cámara.
Y sí... también era muy apuesto en aquella época.
Quizá incluso más despreocupado.
Mis ojos recorrieron el resto de la habitación casi sin pensar, hasta detenerse finalmente en la cama junto a la ventana.
Entonces me quedé rígido.
Era... para una sola persona.
El calor me subió de inmediato a las mejillas.
En ese momento, Lucian entró a la habitación y no pude evitar sobresaltarme.
—¿Aún no te has acostado?
Habló mientras caminaba en mi dirección.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba un poco más.
Pero él simplemente pasó a mi lado y abrió el armario. Sacó un futón doblado con naturalidad, como si ya hubiera pensado en eso desde el principio.
Soy un idiota.
Estaba pensando demasiado.
—Puedes usar la cama.
—Gracias.
Asentí sin atreverme a mirarlo directamente a los ojos.
Lucian dejó el futón en el suelo, junto a la cama, y comenzó a acomodarlo con tranquilidad.
—No te preocupes, estoy acostumbrado.
Eso solo consiguió hacerme sentir peor.
La habitación había quedado sumida en la oscuridad. Solo la tenue luz que entraba por la ventana dibujaba siluetas suaves entre las sombras.
La lluvia seguía cayendo afuera, persistente, golpeando con delicadeza el vidrio junto a mi lado.
Lucian estaba acostado de espaldas a mí.
Y yo no podía dejar de observarlo.
Se sentía tan cerca... pero, al mismo tiempo, demasiado lejos.
—Lucian...
Él se giró apenas, quedando boca arriba, con una mano apoyada detrás de la nuca.
—Dime...
Su voz sonó baja, tranquila.
—Tu mamá es muy cálida. Gracias por traerme.
Durante unos segundos no respondió.
Bajo la tenue claridad que entraba por la ventana, apenas pude distinguir lo que parecía una pequeña sonrisa formándose en su rostro.
Y, de alguna manera, eso fue suficiente.
El cansancio terminó golpeándome de repente.
Mis párpados comenzaron a pesarme y el sonido constante de la lluvia terminó envolviéndolo todo.
En algún momento me hundí en un sueño profundo.
Las imágenes eran borrosas, confusas.
Estaba en el asiento trasero de un auto mientras la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas. Avanzábamos por una carretera oscura, apenas iluminada por las luces del camino.
Escuchaba risas provenientes de los asientos delanteros.
Mis padres estaban ahí.
El pecho me dolió de inmediato.
Ellos hablaban entre sí, pero no podía entender lo que decían. Sus voces sonaban lejanas, distorsionadas, como si estuvieran bajo el agua.
Quería alcanzarlos.
Quería acercarme.
Pero no podía moverme.
La lluvia comenzó a caer todavía con más fuerza.
Entonces una luz intensa apareció de frente.
Demasiado brillante.
Mi madre se giró hacia mí apresuradamente. Sus labios se movían, repitiéndome algo una y otra vez.
Pero no podía escucharla.
No podía.
De pronto, me faltó el aire.