Bajo el mismo techo contigo capitulo 17
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capitulo 17

Dónde late tu corazón

Lucian bajó la mirada.

Yo seguí en silencio, sin atreverme a decir una sola palabra.

No sabía cuánto había escuchado.

Ni desde cuándo estaba ahí.

Entonces, de pronto, se giró y comenzó a alejarse.

Sentí que el aire se me quedaba atrapado en el pecho.

Mis pies se movieron solos detrás de él.

—Lucian...

Lo llamé antes de pensarlo demasiado.

Él se detuvo y giró apenas el rostro hacia mí.

Su voz sonó baja. Distante.

—No tienes que venir si no quieres.

—Quiero ir. Déjame acompañarte.

Las palabras salieron demasiado rápido.

Por un segundo, me pareció ver sorpresa en su mirada, como si no hubiera esperado aquella respuesta de mi parte.

Lucian permaneció quieto unos segundos antes de asentir apenas.

—Bien. Te esperaré afuera.

Después de eso, se dirigió al garaje sin agregar nada más.

Yo me quedé inmóvil en medio de la cocina, intentando recuperar el ritmo de mi respiración.

La conversación con Tom todavía daba vueltas en mi cabeza.

La sensación incómoda que me había dejado todo aquello.

Tragué saliva y pasé una mano por mi nuca.

Cerré los ojos un instante y exhalé despacio antes de salir de la casa.

El aire frío de la tarde me golpeó apenas crucé la puerta.

Lucian ya estaba junto a la motocicleta.

La luz grisácea del cielo hacía que su expresión se viera distinta. Más cerrada. Más difícil de leer.

¿Estaba molesto?

Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.

Intenté romper el silencio.

Extendí el brazo hacia él y le alcancé la chaqueta de cuero que me había prestado aquella vez.

—Gracias por habérmela prestado.

Su expresión pareció suavizarse apenas.

—Está bien. Puedes quedártela.

No pude evitar sonreír.

—Me queda enorme.

Lucian tomó la chaqueta de mis manos y, antes de que pudiera reaccionar, volvió a colocarla sobre mis hombros.

—Aun así... luce bien en ti.

Sentí un calor extraño subir por mi pecho.

Lucian dio un paso atrás y señaló la motocicleta con un leve movimiento de cabeza.

—Vamos. Sube.

♦

La casa de Lucian estaba a más de una hora en motocicleta.

El viento frío golpeaba mi rostro mientras avanzábamos por la carretera.

No estaba seguro de cuándo había dejado de sentirme incómodo cerca de él.

Tal vez todavía lo estaba.

Pero ya no quería alejarme.

Cuando finalmente llegamos, el sol comenzaba a descender sobre el horizonte.

La ciudad costera apareció frente a nosotros, bañada por la luz anaranjada del atardecer.

Desde la motocicleta pude distinguir calles tranquilas rodeadas de casas claras, terrazas llenas de plantas, pequeños mercados y cafeterías familiares.

La música suave escapaba de algunos restaurantes abiertos cerca de la costa, mezclándose con el sonido distante del mar.

Y el aire...

Olía a sal, pan recién horneado y comida casera.

Era una ciudad hermosa.

Completamente distinta a cualquier lugar que hubiera imaginado para Lucian.

Él disminuyó la velocidad mientras avanzábamos por una calle angosta cerca de la costa.

Varias personas lo saludaron al pasar.

Lucian respondía apenas con un movimiento de cabeza.

Parecía conocer a todos.

Me sorprendió verlo allí.

Porque, por primera vez desde que lo conocía, Lucian no parecía alguien fuera de lugar.

Parecía... pertenecer a ese sitio.

La motocicleta finalmente se detuvo frente a una casa de paredes blancas y ventanas amplias.

Las plantas colgaban desde la terraza del piso superior y unas pequeñas luces cálidas iluminaban la entrada, incluso antes de que anocheciera por completo.

Lucian apagó el motor.

Durante un segundo, ninguno de los dos se movió.

Entonces se quitó el casco y pasó una mano por su cabello oscuro antes de mirarme de reojo.

—Mi madre probablemente intentará alimentarte apenas cruces la puerta.

No pude evitar reír un poco.

—¿Eso fue una advertencia?

Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Créeme. Sí.

De pronto, la puerta principal se abrió.

Una mujer salió de la casa y caminó directamente hacia nosotros.

Tenía el cabello castaño claro, largo hasta la cintura, una figura delgada y unos ojos oscuros y profundos.

Sus rasgos eran suaves.

Y apenas la vi, entendí algo de inmediato.

Lucian se parecía muchísimo a ella.

La mujer llegó hasta nosotros sin detenerse y envolvió a Lucian en un abrazo tan natural que me tomó completamente por sorpresa.

—Ya estás aquí... —dijo con una sonrisa cálida—. Tu madre te ha extrañado mucho.

Él le devolvió la sonrisa.

—¿Cómo has estado, mamá?

Ella acarició sus cabellos como si todavía viera en él al niño pequeño que había sido alguna vez.

—Muy bien. Esperando este día para verte.

Entonces se apartó un poco y giró hacia mí.

Eso me tomó por sorpresa.

Caminó hasta quedar frente a mí y, por un instante, algo me resultó familiar.

Me observó de arriba abajo con una expresión seria, analizándome en silencio.

Ahora entendía de dónde había sacado Lucian aquella costumbre.

Por dentro, tuve que contener una risa.

Pero, de repente, ella acortó la distancia entre nosotros y sujetó mis mejillas entre sus manos.

La sonrisa cálida volvió a aparecer en su rostro.

—Con solo verte puedo saber que eres una persona maravillosa.

Hizo una pequeña pausa.

—Y tan guapo...

Giró apenas mi rostro hacia un lado y luego hacia el otro, como si necesitara examinarme mejor.

Sentí el calor subir hasta mis mejillas.

Miré hacia Lucian.

Él se estaba riendo de mí.

—Lucian, ¿de dónde sacaste un chico tan guapo?

—Mamá, ya suéltalo —dijo él entre risas—. Es el hermano pequeño de Dean.

Ella finalmente me soltó.

Me observó otra vez, todavía sonriendo.

—Vaya... así que eres el hermano de Dean.

Seguía sintiéndome un poco avergonzado. Ella podía ser demasiado efusiva.

—Buenas tardes, señora. Soy Kai.

Ella elevó las cejas de inmediato.

—No, no. Nada de «señora». Dime Elena.

No tuve tiempo de responder cuando volvió a hablar.

—Ambos están muy delgados. Pasen, les prepararé algo para cenar.

Estábamos cruzando el umbral cuando Lucian soltó con total tranquilidad:

—Mamá, le hablé a Kai de tus comidas. Quiere que le enseñes a hacer tu salsa roja.

Giré hacia él tan rápido que mi mirada debió ser bastante intensa, porque Lucian la esquivó enseguida mientras soltaba una risa baja.

¿Acaso estaba usando a su madre para molestarme?

Aunque, viéndolo así...

Parecía que el mal humor que había tenido antes finalmente se había desvanecido.

Elena se giró inmediatamente hacia mí.

Sus ojos parecieron iluminarse.

—¿De verdad? Claro que sí. Te enseñaré. Podemos empezar con una suave.

Antes de que pudiera responder, tomó mi mano y comenzó a llevarme directamente hacia la cocina.

Lucian soltó otra pequeña risa detrás de nosotros.

Elena empezó a hablar sin pausa sobre distintos tipos de salsa roja, tomates, especias y recetas familiares mientras abría cajones y revisaba ingredientes, como si llevara esperando toda la semana a alguien con quien compartir todo aquello.

Y, de manera inesperada, algo cálido se encendió dentro de mi pecho.

Ella era increíblemente amable.

La casa de Lucian se sentía acogedora desde el primer instante. No era grande ni lujosa, pero había algo en ella que hacía imposible sentirse incómodo. La madera estaba presente en casi todos los rincones y en los muebles, que parecían haber sido elegidos más por cariño que por decoración.

Las paredes mezclaban tonos cálidos, una combinación suave de melocotón y verde pastel que, contra todo pronóstico, funcionaba.

La luz amarillenta de las lámparas volvía el ambiente todavía más cálido, como si la casa estuviera hecha para refugiarse del mundo.

La sala era pequeña.

Pero la cocina...

La cocina era otra historia.

Todo el esfuerzo de la casa parecía haber sido puesto allí.

Era amplia. Una mesada larguísima de madera rústica atravesaba casi todo el ambiente, aunque la superficie superior era lisa y perfectamente pulida.

Varias alacenas ocupaban las paredes.

El horno industrial destacaba de inmediato, junto a las hornallas eléctricas impecables, como si fueran el verdadero corazón de la casa.

Había utensilios colgados con orden y especias acomodadas en frascos de vidrio.

Era el tipo de cocina de alguien que realmente amaba cocinar.

La madre de Lucian estaba frente a la olla, removiendo lentamente con una cuchara de madera mientras el vapor subía a su alrededor.

—Ven, Kai —dijo con suavidad—. Quiero enseñarte bien, no desde lejos.

Me acerqué a la mesada algo torpe, intentando no estorbar. Ella pareció notarlo enseguida porque sonrió apenas.

—Relájate, cariño. Cocinar no es un examen.

—Bien. Lo primero que tienes que entender de una salsa roja es que no puedes apresurarla. Nunca. El tomate necesita tiempo para perder la acidez y volverse suave.

Señaló la olla.

—¿Ves esto? El ajo no debe quemarse. Si se quema aunque sea un poco, amarga toda la salsa.

Me hizo acercarme más para observar.

Asentí, intentando memorizar todo.

No recordaba la última vez que alguien me había hablado con tanta paciencia.

La mujer tomó una cuchara y removió la olla grande.

—Después agregas el tomate triturado, un poco de vino tinto y hierbas frescas. Pero el secreto real...

Levantó apenas la cuchara.

—...es dejarla cocinar lentamente. A fuego bajo. Sin ansiedad.

Me ofreció probar un poco.

Cuando acepté, esperó mi reacción como si realmente le importara.

El sabor era increíble.

No encontré otra palabra para describirlo.

Ella sonrió apenas al verme sorprendido.

—¿Demasiado diferente a la salsa de frasco?

Solté una risa corta.

—Mucho.

—Claro que sí. La comida hecha con cariño siempre sabe distinta.

Luego de un rato, la comida por fin estuvo lista.

El aroma llenaba toda la casa de una forma casi cruel. La salsa roja había adquirido un color más intenso y cubría perfectamente las pastas caseras que Elena había preparado esa misma tarde.

Las colocó sobre la mesa con evidente orgullo.

—Bien, prueben antes de que se enfríe.

Lucian tomó dos platos mientras yo ayudaba a acomodar los cubiertos.

La cocina seguía cálida y, por un momento, todo se sintió... extrañamente tranquilo.

Como si perteneciera allí.

Elena dejó la fuente en el centro de la mesa y luego miró a su hijo.

—Lucian, ¿qué tal si destapas un vino tinto?