Capitulo 16
¿y si quisiera?
Mis ojos recorrían cada línea, cada sombra, cada detalle, intentando plasmarlo en el lienzo. Algo dentro de mí se sentía diferente al pintar esta vez.
Mezclar los colores nunca había sido tan natural. Tan orgánico.
Podía verlo realmente sin tener que disimularlo.
Sentía que todo mi corazón estaba allí... en él.
—Kai... mis piernas se están entumeciendo.
La voz de Lucian me sacó de golpe del trance en el que me encontraba.
Parpadeé varias veces antes de reaccionar.
—Lo siento... no me di cuenta del tiempo.
Él soltó una risa baja y suave.
Caminó hasta donde estaba yo.
—Vaya... avanzaste mucho en poco tiempo. Se ve bien.
Se inclinó para observar el lienzo con más atención. Luego apoyó una mano sobre mi cabeza y revolvió mi cabello con naturalidad.
Ya no me molestaba.
Yo... quería que siguiera haciéndolo.
Siempre.
—¿Qué tal si descansamos? Continuaremos en otro momento. Bajemos. Prepararé el almuerzo.
Lo observé unos segundos antes de apartar la vista.
—Yo quiero cocinar para ti.
Mis palabras lo detuvieron en seco.
Lucian se quedó quieto unos segundos antes de girarse hacia mí.
Su expresión era claramente incrédula.
—¿Sabes cocinar?
—Puedo intentarlo.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—Eso suena digno de ver.
Fruncí el ceño.
—No te burles.
—No lo hago. Ahora realmente tengo curiosidad.
Abrí la nevera, saqué algunos ingredientes y me apoyé contra la mesada.
—¿Quieres algo en particular?
Me dedicó una mirada traviesa antes de responder:
—¿Debería ser exigente?
—Esperaba que no lo fueras.
—Solo bromeaba.
Apoyó un brazo sobre la mesa y sostuvo el rostro con una mano, sin dejar de mirarme.
—Pasta con la salsa que elijas está bien para mí.
—Bien —respondí con firmeza.
Tomé los ingredientes y comencé a trabajar.
El silencio se instaló entre nosotros. Solo el sonido del cuchillo cortando los vegetales, el agua corriendo y el chisporroteo de la sartén llenaban la cocina.
Puse todo mi empeño en ello. Por momentos sentía su mirada sobre mí, siguiendo cada uno de mis movimientos. Una parte de mí quería que apartara la vista; solo conseguía que el calor subiera a mi rostro. Pero otra parte... quería esa atención.
Después de unos minutos, serví la pasta con salsa roja. Coloqué una porción para cada uno y dejé los platos sobre la mesa.
Ahora que había terminado, no pude evitar empezar a dudar.
Tal vez debí dejar que él cocinara.
Solo que...
Me adelanté y fui el primero en probar un bocado.
Mi entrecejo se frunció de inmediato.
No era terrible.
Pero tampoco era buena. O, al menos, no lo suficiente.
—Lucian, espera... creo que lo arruiné —solté con una risa nerviosa—. Pidamos algo a domicilio.
Para mi sorpresa, Lucian no se rio de mí.
Tomó otro bocado.
Luego otro.
Y uno más, hasta dejar el plato completamente vacío.
Me miró entonces.
Su expresión se había suavizado y sus ojos tenían una calidez que hizo que algo dentro de mi pecho se agitara.
—Gracias.
Me quedé observándolo sin saber qué responder.
Las palabras simplemente no salieron.
—El que cocina no lava los platos, ¿verdad? —añadió después.
Antes de que pudiera reaccionar, comenzó a recoger todo lo que habíamos ensuciado.
Siempre estaba molestándome.
Comentarios burlones, sonrisas arrogantes, miradas que parecían disfrutar demasiado de verme perder la compostura.
Pero otras veces me mostraba una amabilidad tan sencilla que terminaba sintiéndose mucho más grande de lo que debería.
Cuando terminó de lavar los platos, habló de nuevo.
—Tú... ¿tienes planes para hoy?
—No, nada —respondí casi sin pensar.
Giró apenas el rostro hacia mí.
—Cuando termine con la motocicleta, iré a visitar a mi madre. ¿Quieres venir? Le pediré que prepare algo para ti.
Su propuesta me tomó completamente por sorpresa.
Mi respuesta salió antes de que pudiera pensarla demasiado.
—Quiero ir.
Lucian se quedó en silencio unos segundos, como si mi entusiasmo también lo hubiera sorprendido.
Luego una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Bien.
♦
Mientras Lucian terminaba de revisar la motocicleta, aproveché para ordenar la cocina y guardar las pinturas del estudio.
El sonido de las herramientas y el metal golpeando suavemente llegaba desde afuera, mezclándose con el ambiente tranquilo de la casa.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Fruncí el ceño.
No esperaba a nadie.
Al abrir, encontré a Tom sentado en la escalinata de la entrada.
—¿Tom?
Se puso de pie enseguida y me dedicó una sonrisa amplia.
—Feliz cumpleaños, hombre de montaña.
Solté una risa baja.
Tom siempre lograba salir con algún comentario ridículo antes siquiera de saludar apropiadamente.
—No sabía que vendrías.
—Quería sorprenderte.
—Bueno... gracias, supongo.
—De nada. Aunque esperaba una reacción un poco más emotiva.
—No abuses de tu suerte.
La cafetera terminó de preparar el café y su aroma comenzó a extenderse por toda la cocina.
Dejé dos tazas sobre la mesa antes de tomar asiento frente a él.
Fue entonces cuando pude observarlo mejor.
Tenía un hematoma en la mejilla, apenas cubierto con maquillaje. El intento de ocultarlo había sido casi inútil.
—Tom... ¿qué sucedió?
Desvió la mirada de inmediato.
—Supongo que no soy muy bueno ocultándolo, ¿verdad?
Mi estómago se tensó.
—¿Acaso fueron esos usureros otra vez?
Tom dejó escapar una larga exhalación.
—Yo... les di todo lo que tenía ahorrado, pero pueden ser muy insistentes.
—Deberías denunciarlos —dije enseguida.
—No. Solo sería peor.
Seguía sin mirarme.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba poco a poco.
—Aguarda un segundo.
Subí rápidamente a mi habitación y regresé con el dinero que había guardado.
Lo dejé sobre la mesa frente a él.
—Sé que no es mucho, pero tal vez te sirva. Gané algo haciendo unas fotos para una publicidad.
Tom me miró sorprendido.
—Kai... no. No es necesario. No puedo aceptar esto.
—Sí lo es. No quiero que vuelvan a dejarte como una piñata de cumpleaños.
Intenté bromear un poco, pero él no reaccionó.
Permaneció en silencio, mirando el dinero sobre la mesa.
Después de unos segundos, habló en voz baja.
—Eres un buen amigo, Kai.
Sus dedos rozaron apenas el borde de los billetes.
—Lo siento si te decepciona descubrir que no soy ese sujeto perfecto que todos creen que soy. Te lo devolveré. En serio.
—Está bien —respondí con suavidad—. Lo superarás.
Finalmente, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Por primera vez desde que había llegado, pareció un poco menos cansado.
Tom se acercó y apoyó un brazo sobre mis hombros.
—¿Qué planes tienes para hoy?
Se inclinó apenas hacia atrás, relajado.
—Hay una fiesta en la universidad. Podemos distraernos un poco... Tal vez hoy de verdad lo necesite.
Antes de que pudiera responder, su expresión cambió.
Su mirada se dirigió hacia otro punto de la cocina y una extraña frialdad apareció en ella.
Seguí la dirección de sus ojos.
Lucian estaba allí.
Observándonos.
Su expresión era tranquila, pero había algo afilado en su mirada. El ambiente se volvió pesado casi al instante.
Tom, sin apartar del todo la vista de él, volvió a hablar:
—¿Qué dices, Kai? ¿Vendrás conmigo?
Entonces pasó una mano por mi cabello y lo desordenó suavemente.
Por un segundo, me pareció ver cómo el rostro de Lucian se tensaba apenas.
También creí notar una leve sonrisa ladeada en la cara de Tom.
No sabía qué sucedía entre esos dos, pero no quería que el ambiente siguiera sintiéndose así de tenso.
¿Acaso ni siquiera podían saludarse como personas civilizadas?
Me aparté un poco de Tom.
—Lo siento, Tom. Ya tengo planes para hoy.
Solo entonces volvió a mirarme directamente.
—Está bien —respondió con una pequeña sonrisa cansada—. ¿Puedes acompañarme a la salida?
Lucian seguía allí, en silencio.
Observándonos.
Así que simplemente caminé junto a Tom hasta la entrada.
Cuando estuvimos solos, volvió a hablar. Su mirada se veía extraña, complicada.
—Kai... ese sujeto... lo siento, pero no me agrada.
Fruncí ligeramente el ceño.
—La forma en que te miraba... Tal vez tenga otras intenciones contigo. Es desagradable.
Mi pecho se sintió pesado al escuchar aquella palabra.
«Desagradable».
Escucharla viniendo de Tom dolió más de lo que esperaba.
Y algo dentro de mí también se irritó.
—¿Y si quisiera que de verdad las tuviera conmigo?
Tom se quedó mirándome fijamente, claramente sorprendido.
La incredulidad apareció en su rostro por un instante.
Luego, poco a poco, su expresión se suavizó.
—Lo siento, Kai. No debí decir eso.
Desvió la vista un momento.
—Soy un idiota.
Hubo una breve pausa antes de que volviera a hablar.
—Entonces... ¿ustedes?
—Claro que no —respondí de inmediato.
Demasiado rápido.
—Él solo es amable conmigo. Puede ser protector a veces.
Tom bajó la mirada.
—Entonces es así...
No quería que hablara mal de Lucian.
Pero tampoco quería negar lo que yo sentía.
Tom volvió a mirarme después de unos segundos.
—De verdad lo siento.
Respiré lentamente, obligándome a relajarme.
—Está bien. Solo no vuelvas a decir algo así.
Él asintió suavemente.
Y después de eso, se fue.
Cuando volví a girarme hacia la casa, Lucian seguía allí, a unos pasos de distancia.
Sus ojos oscuros permanecían fijos en mí con una intensidad difícil de ignorar.
Esperando.
Observándome.
Sin decir una sola palabra.