Capitulo 13 #2
—A veces olvidas que soy solo una persona común, Kai. Aunque intente aparentar otra cosa.
Sus palabras hicieron que mi pecho se sintiera extraño.
—Sabes que puedes hablar conmigo sobre estas cosas.
Tom me observó en silencio unos segundos.
Y entonces sonrió de verdad.
Su expresión se suavizó apenas.
—Tienes razón. Es reconfortante que estés aquí para mí... así como yo estuve para ti.
Mi respiración se volvió un poco más pesada.
—Eres muy considerado. No todos tienen esa clase de gratitud.
Escuchar eso hizo eco en mi cabeza.
Especialmente después de hablar con Bill.
La incomodidad volvió a instalarse dentro de mí.
Aun así, necesitaba aclarar algo.
—Tom... ellos mencionaron una mercancía. ¿A qué se referían?
Por primera vez, algo en su expresión pareció tensarse.
Pero desapareció casi de inmediato.
—Estoy tan confundido como tú. Realmente no lo sé.
Luego volvió a sonreír.
Como si quisiera quitarle importancia al asunto.
—No te preocupes. Voy a resolverlo.
Me guiñó un ojo.
—Voy a salir de esta.
En ese momento, el timbre del receso sonó por toda la universidad.
Miré la hora rápidamente.
—Debo irme, Tom.
Me puse de pie, acomodando mis cosas.
—Nos vemos luego.
Él asintió en silencio mientras yo regresaba a clases... aunque mi cabeza seguía demasiado lejos de allí.
♦
La clase de taller de pintura estaba llegando a su fin.
Uno por uno, todos fuimos colocando nuestros lienzos sobre los caballetes para la exposición.
El aula se había llenado de murmullos bajos, olor a pintura y miradas nerviosas.
La profesora Jenner recorría cada obra con calma, deteniéndose frente a cada estudiante para dar su devolución.
Sentí una leve tensión instalarse en mi pecho mientras esperaba mi turno.
Hasta que finalmente se detuvo frente a mí.
Observó mi pintura en silencio.
Con detenimiento.
Parecía estar analizando cada trazo, cada sombra, cada color.
Me tomó por sorpresa cuando sonrió suavemente.
—No te estreses. Está más que aprobada.
Sentí que mis hombros se relajaban apenas.
—Tus trazos son limpios, la mezcla de colores es excelente y tu técnica es muy buena —continuó—. Mereces una nota alta. Y eso es precisamente lo que se está evaluando en esta exposición.
Asentí en silencio.
Pero entonces volvió a mirar el lienzo.
Y su expresión cambió apenas.
—Solo que...
Mi respiración se tensó otra vez.
La profesora me miró directamente.
—Todavía no logro ver emoción en tus obras. O aquello que intentas transmitir con ellas.
Sus palabras no fueron duras.
Al contrario.
Su voz sonaba tranquila... incluso amable.
—Sé que tienes potencial, Kai. Mucho. Pero aún estás conteniéndote demasiado.
Volvió a observar la pintura una última vez antes de agregar:
—Solo tienes que dejarlo salir.
Intentaba animarme.
Lo sabía.
Pero sus palabras terminaron provocando el efecto contrario.
Porque tenía razón.
Yo también podía verlo.
Mi técnica había mejorado.
Mis notas también.
Y aun así...
seguía sintiendo que había algo dentro de mí que no conseguía alcanzar.
La vuelta a casa junto a Erin fue casi silenciosa.
Y, extrañamente, no se sintió incómodo.
Ella siempre había sabido cuándo hablar... y cuándo simplemente quedarse a mi lado.
Cuando llegamos frente a mi casa, pensé que se despediría como siempre.
Pero antes de irse, me abrazó con suavidad.
Permaneció así unos segundos.
Luego se apartó apenas para mirarme.
—Kai... está bien.
Fruncí levemente el ceño.
—¿Qué cosa?
Ella sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Triste, incluso.
—Que todavía no puedas expresar todo lo que sientes.
Sus palabras me tomaron desprevenido.
—Después de lo de tus padres... es normal que hayas cerrado tu corazón.
Sentí un nudo incómodo formarse en mi pecho.
Erin continuó hablando con calma.
—Pero sigues intentando enterrarlo todo bajo trabajos, clases y responsabilidades.
Desvió la mirada un momento antes de volver a verme.
—Te exiges demasiado solo para no pensar.
El viento movió suavemente algunos mechones de su cabello.
—Y hay muchas emociones dentro de ti que todavía no estás dejando salir.
Sus últimas palabras me dejaron confundido.
Como si estuviera intentando decir algo más.
Algo que yo aún no conseguía entender.
Pero Erin no esperó una respuesta.
Solo me dedicó una última sonrisa antes de darse vuelta y alejarse calle abajo.
Y yo me quedé allí, inmóvil frente a la casa... pensando en todo lo que había escuchado ese día.
Cuando entré a la casa, subí las escaleras directamente.
Pensaba ir al despacho de mi padre.
Pero algo me detuvo antes de abrir la puerta.
Ya no quería mirar aquella obra.
¿Para qué?
¿Qué sentido tenía seguir intentándolo si nunca lograba alcanzarlo?
Mi celular vibró en ese momento.
Era un mensaje de Dean.
Kai, lo siento. La carretera está cerrada. No podré volver hasta mañana por la mañana. Los planes siguen en pie, así que ve a dormir temprano y cena adecuadamente.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Entonces Dean tampoco estaba aquí.
El silencio de la casa se sintió todavía más pesado.
Y, de pronto, todo volvió a caer sobre mí al mismo tiempo.
Los últimos días.
La discusión con Lucian.
Aunque intentara negarlo... su opinión me importaba demasiado.
Las palabras de Bill.
Tom.
La universidad.
La pintura.
Nada parecía suficiente.
Nunca era suficiente.
Sentí un vacío insoportable abrirse dentro de mi pecho.
Sin darme cuenta, terminé caminando por el pasillo hasta la habitación de mis padres.
Y, cuando fui consciente de ello... ya estaba dentro.
La habitación permanecía oscura, apenas iluminada por la luz tenue que entraba desde el pasillo.
Todo seguía exactamente igual.
Nadie había movido nada.
Ni un solo detalle.
La ropa cuidadosamente acomodada.
Los libros sobre la mesa.
Las fotografías.
Incluso...
todavía podía sentir el perfume de mamá impregnado en el aire.
Eso terminó de romper algo dentro de mí.
Mi pecho comenzó a doler.
Mis manos se tensaron y sentí mi respiración agitarse sin control.
Los extrañaba demasiado.
Muchísimo.
Llevaba tanto tiempo intentando contenerlo todo... que ya ni siquiera sabía cómo sostenerme.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas antes de que pudiera detenerlas.
Y cuando sentí que estaba a punto de terminar de derrumbarme, alguien me sujetó suavemente del brazo.
Me sobresalté apenas.
Pero antes de poder reaccionar, Lucian me atrajo hacia él.
Sus brazos me rodearon con fuerza.
Como si intentara sostener cada parte de mí que estaba rompiéndose.
No dijo nada.
Ni una sola palabra.
Solo permaneció allí conmigo.
Y fue entonces cuando terminé de quebrarme por completo.
Todo el dolor que había intentado contener durante tanto tiempo finalmente salió de golpe.
Me aferré a él con desesperación mientras las lágrimas seguían cayendo sin control.
Lloré.
Como no había podido hacerlo hasta ahora.
Mi respiración era irregular.
Dolorosa.
Y, aun así, Lucian no se apartó.
Sentía una de sus manos sosteniendo la parte de atrás de mi cabeza mientras la otra acariciaba lentamente mi espalda.
Como si intentara tranquilizarme.
Como si entendiera exactamente cuánto estaba doliendo.
Escondí el rostro contra su pecho, aferrándome todavía más a su ropa.
No quería soltarlo.
No quería que él me soltara tampoco.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
dejé de intentar sostenerme solo.
No sabía cuánto tiempo había pasado hasta que logré calmarme un poco.
Mi respiración seguía temblando de vez en cuando.
Lucian levantó una mano y sostuvo suavemente mi mentón, obligándome a alzar la mirada.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Y, por primera vez en días, ya no parecían distantes.
Con los pulgares limpió con cuidado las lágrimas que seguían húmedas sobre mi rostro.
Luego habló en voz baja.
—Vamos.
Me sentía aturdido.
Vacío.
Como si todavía siguiera intentando recuperar el aire después de haber contenido demasiado durante tanto tiempo.
No fui capaz de responder.
Lucian simplemente tomó mi mano entre la suya y me guio fuera de la habitación.
Bajamos las escaleras en silencio hasta llegar a la entrada de la casa.
Entonces tomó una de sus chaquetas, la que siempre usaba para protegerse del viento cuando salía en motocicleta.
Y me la colocó sobre los hombros con cuidado.
—No quiero que vuelvas a enfermarte.
Sus palabras fueron suaves.
Levanté la mirada hacia él.
Sus ojos se veían cálidos otra vez.
Lucian abrió la puerta y salimos al exterior.
La noche estaba fría.
Su motocicleta permanecía estacionada frente a la casa.
Subimos sin decir demasiado.
Cuando me acomodé detrás de él, Lucian tomó mis manos y las llevó lentamente hacia su abdomen.
Como si quisiera asegurarse de que no solo me sujetara...
sino que lo abrazara.
Y eso hice.
Me aferré a él con fuerza mientras apoyaba lentamente la frente contra su espalda.
El viento contra mi rostro se sentía refrescante.
Tal como había ocurrido aquella primera vez, el viaje parecía alejarme de todo.
De los pensamientos.
Del ruido en mi cabeza.
Del dolor.
La noche estaba despejada y el cielo se extendía sobre nosotros, cubierto de estrellas.
Desde la carretera, las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, reflejándose suavemente sobre el río.
Era hermoso.
Apoyé un poco más la frente contra la espalda de Lucian mientras mis brazos seguían rodeándolo con fuerza.