Bajo el mismo techo contigo Capitulo 12
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Capitulo 12

Esa distancia

Después de esa tarde, sentí que algo dentro de mí había cambiado, pero no podía ponerle nombre.

Los días transcurrieron con aparente normalidad. Lucian no volvió a tocar el tema de Arya y yo tampoco pregunté. Era como si ambos hubiéramos decidido dejar aquella conversación encerrada en algún rincón de la casa.

Aun así, había algo distinto en él.

No era algo evidente. No exactamente.

Solo... un poco más distante.

Seguía despertándome con el aroma del café por las mañanas. Seguía preguntándome cómo habían ido mis clases. Seguía mirándome de esa forma tranquila que lograba desarmarme incluso cuando intentaba ignorarlo.

Pero a veces lo encontraba perdido en sus pensamientos. Ausente por unos segundos. Como si una parte de él estuviera en otro lugar.

Y cada vez que eso pasaba, una sensación incómoda se instalaba dentro de mi pecho.

Retomé las clases con naturalidad.

Los últimos días antes del receso mantenían a todos ocupados, y el campus volvía a sentirse ruidoso, lleno de conversaciones y estudiantes corriendo de un lado a otro.

Por fin había llegado el viernes.

Y, por primera vez en días, sentía que podía respirar un poco.

Bajé las escaleras y encontré a Dean en la sala.

La televisión apenas iluminaba el ambiente mientras él cambiaba de canal sin demasiado interés.

—¿Tú también sales esta noche? —preguntó al verme—. Parece que cenaré solo.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿También?

La curiosidad me invadió de repente. Más de lo que quería admitir.

Dean tomó asiento en el sillón y volvió su atención a la pantalla.

—Lucian también saldrá.

Lo dijo sin darle importancia.

—Recuerda no beber alcohol —añadió después—. Aún estás tomando medicamentos.

Me quedé quieto unos segundos, mirando a ningún lado.

Y, antes de poder evitarlo, mi mente comenzó a llenarse de preguntas absurdas.

¿Tan pronto?

¿Con quién?

La idea apareció de forma automática. Molesta. Inesperada.

Apreté apenas la correa de mi bolso.

Desvié la mirada hacia la puerta.

—Lo sé. No tomaré nada.

Dean asintió distraídamente.

Y yo salí de la casa intentando apartar esos pensamientos de mi cabeza.

♦

Las luces del bar eran tenues y cálidas, lo suficiente para crear un ambiente relajado.

Era un lugar elegante y espacioso, lleno de gente riendo y perdida en sus propias conversaciones.

Busqué con la mirada hasta encontrar a Tom al fondo, sentado en una mesa junto a varios chicos de la universidad.

Pareció notarme enseguida y me hizo una seña sutil con la mano.

Caminé hacia ellos.

Tom se levantó de su silla para hacerme lugar a su lado.

—¡Kai! Hombre, al fin haces acto de presencia.

Me miró con una sonrisa amable, como siempre lo hacía.

Había algunos chicos de la fiesta que ya conocía, así que eso hizo todo un poco menos incómodo. Hablar con ellos resultó más fácil de lo que esperaba.

—Kai, debes venir a alentarnos en el próximo partido —dijo Eric—. Definitivamente aplastaremos al equipo local.

Iba a responder, pero Tom habló antes.

—Me agrada esa confianza. Definitivamente deberíamos apostar más por nosotros.

Me guiñó un ojo.

—Ahí estaré —solté sin más.

—Oye, Tom, ¿ya lo pensaste? Lo de postularte para presidente del comité estudiantil. Vamos, viejo... tú sí tienes poder para convencer a la gente.

—Bien, bien... creo que estoy dentro.

Todos aplaudieron, un poco en broma y un poco en serio.

—¡Salud por nuestro futuro presidente estudiantil!

Tom me miró mientras acercaba un refresco hacia mí.

—Nada de alcohol, ¿verdad?

—Gracias...

Tom apoyó un brazo sobre el respaldo de la silla.

—Me gustaría incursionar en la política. Ver qué tal se me da.

Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.

Segura de sí mismo.

Una canción comenzó a sonar por los parlantes del bar.

La guitarra, suave y melancólica, parecía envolver todo el ambiente. La voz grave del cantante avanzaba con una calma casi hipnótica, transmitiendo la sensación de alguien atrapado en un amor tan intenso como imposible.

Julie sonrió apenas.

—Me encanta este tema.

Había permanecido en una esquina de la mesa, tomando y escuchando en silencio hasta entonces.

—Vamos, alguien tiene que bailar conmigo.

Todos rieron ante la propuesta tan repentina.

Julie tomó a Eric del brazo.

—Vamos, vamos.

—Nadie está bailando —protestó él, avergonzado.

—No importa. Compláceme.

Tom me miró de reojo.

—Ella puede ser muy insistente —dijo en voz baja, conteniendo una risa.

Iba a responder.

Pero las palabras ya no salieron.

De pronto, dejé de escuchar lo que Tom decía.

Mi atención se desvió más allá de las mesas.

Y entonces lo vi.

Lucian.

Caminaba despacio hacia una de las mesas laterales mientras la música parecía meterse bajo mi piel de una forma incómoda.

Vestía un traje negro impecable.

Elegante.

Hecho a medida.

Sentí el pecho latirme con fuerza.

Lucian atraía miradas a su paso de una manera inevitable.

Lo seguí con la mirada sin perderlo ni un segundo.

Se dirigió hacia una mesa donde una mujer ya lo estaba esperando.

Mi mano se tensó alrededor del vaso.

Era un ingenuo.

—¿Kai?

No escuché a Tom llamarme hasta que me tocó el hombro.

—Lo siento... me distraje un segundo.

Intenté volver a integrarme a la conversación, pero mi mente ya no estaba allí.

Mis ojos seguían buscándolo una y otra vez.

Hasta que aquella presión en mi pecho se volvió demasiado difícil de ignorar.

Miré a Tom y hablé en voz baja.

—Lo siento, Tom. No me siento bien. Creo que debo irme.

Tom se levantó enseguida.

—Está bien. Te acompaño hasta la salida.

El aire frío de la noche se sintió refrescante apenas salimos del bar.

Caminamos una cuadra más hasta una zona un poco más apartada para buscar un taxi mientras Tom fumaba un cigarrillo.

—Estás muy callado —dijo de repente.

No tuve tiempo de responder.

Una voz sonó a nuestra espalda.

—Así que aquí te encuentras... gastando el dinero que nos debes.

No alcancé a girarme por completo cuando un dolor intenso explotó en mi abdomen.

El golpe me hizo caer al suelo de inmediato.

Sin aire.

Aturdido.

Mi visión se volvió borrosa.

Levanté apenas la cabeza.

Dos sujetos tenían a Tom contra la pared.

No lograba entender todo lo que decían.

—O devuelves el dinero... o la mercancía. ¿De verdad creíste que no notaríamos la diferencia?

Intenté incorporarme.

El aire seguía sin volver a mis pulmones.

—Tom...

El hombre que estaba más cerca de mí se giró lentamente.

—Tú no te metas en esto, chico.

Avanzó un paso.

Su puño volvió a dirigirse hacia mi rostro.

No tuve tiempo de reaccionar.

Cerré los ojos.

Pero el golpe nunca llegó.

Un sonido seco rompió el silencio.

Abrí los ojos de inmediato.

Lucian sujetaba la muñeca del hombre con una sola mano.

La presión era tan fuerte que el sujeto hizo una mueca de dolor.

Por primera vez, vi el rostro de Lucian completamente transformado.

No había calma.

No había paciencia.

Solo una frialdad que me heló la sangre.

—Suéltame.

El hombre intentó zafarse.

Lucian no respondió.

Simplemente retorció su brazo.

El sujeto soltó un grito ahogado.

Y, antes de que pudiera reaccionar, un puñetazo directo al estómago le robó todo el aire.

Se dobló hacia adelante.

Lucian aprovechó el movimiento.

Sujetó su chaqueta y lo lanzó contra el costado de un automóvil estacionado.

El impacto hizo sonar la alarma del vehículo.

El segundo hombre soltó de inmediato a Tom.

—¡Maldito!

Corrió hacia Lucian con un golpe directo.

Lucian inclinó apenas la cabeza.

El puño pasó rozándole el rostro.

Respondió con un gancho corto a las costillas.

El hombre perdió el equilibrio.

Intentó volver a levantarse.

Lucian no le dio oportunidad.

Otro golpe.

Esta vez, directo a la mandíbula.

El sujeto cayó de espaldas contra el pavimento.

No volvió a levantarse.

El primero intentó incorporarse apoyándose en el automóvil.

Lucian lo miró apenas.

Esa mirada bastó para que el hombre dudara.

Retrocedió un paso.

Luego otro.

Sujetándose el costado, terminó alejándose tambaleando.

El silencio regresó de golpe.

Solo se escuchaban la respiración agitada de Tom y la mía.

Lucian permanecía inmóvil.

Los puños aún cerrados.

Los músculos de su mandíbula seguían tensos.

Jamás lo había visto así.

Era otra persona.

Tom terminó de ponerse de pie con dificultad.

—Kai... puedo explicarlo. Yo solo...

Lucian giró lentamente la cabeza.

No levantó la voz.

Ni hizo un solo movimiento.

Pero la dureza de su mirada hizo que Tom se callara al instante.

Después caminó hasta mí.

Su expresión seguía siendo severa.

Aunque, cuando se arrodilló frente a mí, su voz volvió a sonar tranquila.

—¿Puedes levantarte?

Asentí.

Me ayudó a incorporarme con cuidado.

—Vamos a casa.

No fue una pregunta.

Pasó uno de mis brazos sobre sus hombros y simplemente me sacó de allí.

El viaje de regreso transcurrió en silencio.

Lucian no dijo una sola palabra.

Y yo tampoco sabía qué decir.

Estacionó frente a la casa.

Ninguno de los dos bajó enseguida.

Solo permanecimos allí, en silencio, unos segundos más.

Lucian respiró lenta y profundamente.

Como si intentara calmarse.

Entonces se giró hacia mí.

Tomó mi rostro con una mano y lo volvió apenas hacia él.

Demasiado cerca.

El gesto me tomó por sorpresa.

Me observó en silencio, como evaluándome.

—¿Estás bien?

Aparté su mano con suavidad, desviando la mirada.

—Estoy bien.

Solo después de escuchar eso, su expresión pareció suavizarse un poco.

Volvió a mirar al frente.

—Deberías alejarte de ese amigo tuyo. Solo te traerá problemas.

Algo dentro de mí reaccionó de inmediato.

Él no tenía derecho a decidir con quién podía relacionarme.

Y entonces la imagen de Lucian aquella noche, sentado con otra mujer, volvió a mi mente.

—Tom debe tener una explicación.

Lucian volvió a mirarme.

Frío.

—Escuché lo que esos sujetos dijeron.

La tensión volvió a instalarse entre nosotros.

—No voy a mentir por ti si Dean pregunta. Ahora baja.

Salió del auto sin agregar nada más.

Y eso solo consiguió irritarme más.

Como si no hubiera querido escucharme en absoluto.

Lo seguí hasta dentro de la casa, dispuesto a replicar algo.

Pero Dean seguía despierto en la sala.

—Vaya... se encontraron en el camino.

Dean miró a Lucian.

—¿Qué tal te fue con la inversionista? ¿Puso las cosas difíciles o podrán ampliar el taller?

Lucian se quitó el saco con cansancio.

—Fue bien... mañana cerrará los detalles con Rob.

Se pasó una mano por el rostro.

—Voy a descansar. Estoy exhausto.

Y subió las escaleras sin decir nada más.

Dean me miró entonces.

—¿Está todo bien?

No supe qué responder.

Solo asentí antes de subir también.

La puerta de la habitación de Lucian estaba cerrada.

Me detuve frente a ella unos segundos.

Quería hablar con él.

Pero no me atreví a tocar.

Odiaba esa forma fría en que me había mirado dentro del auto.

No quería sentir...

esa distancia.