Capitulo 11
Cómo si también fuera mío
Los golpes suaves en la puerta me sacaron del sueño.
Dean había regresado.
Entró en mi habitación y se sentó junto a la cama.
—¿Te sientes un poco mejor?
Había preocupación en su rostro.
Le devolví una sonrisa suave.
—Estoy bien. Dormí como un oso en invierno y la medicación está haciendo efecto. De verdad estoy mejor, Dean.
—Eso es bueno. Me alegra que Lucian haya estado aquí.
Tal vez mi expresión cambió un poco al escuchar aquello, porque, al instante siguiente, añadió:
—Él puede ser una persona muy amable. Deberías darte la oportunidad de conocerlo mejor, Kai.
—Yo...
Dudé un segundo.
Pero simplemente no quería explicarlo. En realidad, ni siquiera sabía qué explicar.
Solo asentí.
—Está bien.
♦
Los días pasaron.
Ya estaba casi completamente recuperado.
Me levanté un poco tarde esa mañana.
Otra nota de Dean me esperaba en el refrigerador.
«Volveré un poco tarde hoy. Iré a tomar algo con compañeros del trabajo.»
Había estado pendiente de mí todos esos días. A veces podía ser demasiado protector.
Al final, logró relajarse un poco.
Solté una risa baja.
La pantalla de mi teléfono se iluminó.
Era un mensaje de Tom.
—¿Cómo te sientes, hombre de montaña? ¿Cuándo regresas?
No pude evitar reír al leerlo.
—Muy gracioso. Mañana regreso.
—Eso es genial. Sigue en pie lo del viernes.
—Ahí estaré.
Pasé el resto del día en el estudio, escuchando discos de vinilo en el tocadiscos, y terminé una pintura para presentar en la universidad durante los próximos días.
El timbre sonó en la entrada cuando ya era media tarde.
No me había dado cuenta de cuánto tiempo había pasado mientras pintaba.
Bajé las escaleras y abrí la puerta principal.
La sorpresa me dejó sin palabras al ver a la persona que estaba frente a mí.
Ella también parecía incrédula.
Solo después de unos segundos, soltó:
—¿Kai?
Solo pude llamarla por su nombre.
—Arya...
Ella soltó una leve risa.
—Cielos, nunca pregunté tu apellido. ¿Acaso eres Kai Foster? ¿El hermano menor de Dean?
—¿Conoces a mi hermano?
Su pregunta me dejó aún más desconcertado.
—Vaya... el mundo es un pañuelo.
—Así es. Conozco a Dean. De hecho, yo...
Pero entonces su expresión cambió.
La sonrisa en su rostro se apagó levemente. Se detuvo a mitad de la frase y su mirada se desvió hacia algo detrás de mí.
Entonces dijo, en cambio:
—Lucian...
Giré apenas la cabeza.
Él estaba detrás de mí.
No sabía que ya había llegado. Ni siquiera lo había escuchado entrar.
La forma en que se miraron se sintió... complicada.
Algo en mi pecho se tensó.
♦
Lucian y Arya estaban en la cocina.
Me detuve detrás de la pared que separaba el pasillo del comedor. Desde allí podía verlos sin que ellos me vieran.
Ambos estaban tan concentrados el uno en el otro que no repararon en mi presencia.
Sabía que escuchar una conversación ajena estaba mal. Pero, aun así... no podía irme.
Ambos permanecieron en silencio.
El ambiente se sentía cargado.
Lucian sirvió dos tazas de café y las dejó sobre la mesa de la cocina.
Luego dijo, en un tono suave:
—Ven. Toma asiento.
Arya se sentó frente a él.
—Siento haber venido tan de repente...
Los dos parecían incómodos.
—Está bien. No hay problema.
Hubo un pequeño silencio antes de que Lucian añadiera:
—Nos debíamos una conversación.
El café seguía intacto.
Ella esbozó una sonrisa apenas perceptible. Tal vez eran nervios.
— Si, tenemos cosas que decirnos. Cosas que quedaron inconclusas... ¿no crees?
Lucian no respondió.
Solo mantuvo la mirada fija en ella, que hasta ese momento parecía evitarla.
Arya continuó:
—Cuando viniste a vivir con Dean... y no buscaste un lugar para ti... me confundí.
Su voz no sonó acusadora.
Por el contrario, incluso desde la distancia podía percibir el dolor contenido en sus palabras.
—Pensé que quizá solo necesitábamos un poco de distancia. Solo por un tiempo. Yo...
Bajó la mirada durante unos segundos.
—Me estaba engañando a mí misma. Tal vez tú también, Lucian.
Lucian entreabrió los labios.
Pero ninguna palabra salió de ellos.
No podía apartar la mirada de aquella escena.
—Juro que lo he pensado, Lucian. No vine a pedirte que sigas a mi lado.
Su voz tembló apenas.
—Tú fuiste el único valiente de los dos. El que tomó la decisión por ambos aquel día. Yo no pude verlo entonces...
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Lucian estiró la mano con suavidad y las limpió con el pulgar.
Mi corazón se sintió pesado.
Entonces él dijo, en voz baja:
—No me arrepiento del tiempo que pasé contigo.
No sabía por qué me dolía escuchar aquello.
Ambos compartieron una pequeña sonrisa.
Una triste.
—Lo sé. Yo tampoco...
Arya bajó la mirada unos segundos antes de continuar:
—Pero los dos sabemos que ese tipo de amor se fue hace mucho tiempo.
La mano de Lucian pareció temblar por un instante.
Luego la bajó lentamente.
Su expresión era complicada.
—Estoy agradecido contigo... por todo lo que compartimos. No quiero que desaparezcas de mi vida.
Arya lo observó en silencio antes de responder:
—Yo tampoco, Lucian. Sé que llegará el momento en que volvamos a ser buenos amigos. Como al principio.
El ambiente entre ellos comenzó a suavizarse poco a poco.
Las sonrisas que compartieron esta vez parecían sinceras.
—Recuerdo el día en que te conocí —dijo él—. Me llamaste altanero. Fuiste muy directa.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Y qué esperabas? Me mirabas de arriba abajo sin disimular. Aún tienes esa mala costumbre.
La tensión parecía desvanecerse lentamente.
Luego, Arya se levantó del asiento.
Una sonrisa cálida permanecía en su rostro, incluso con las lágrimas aún contenidas en sus ojos.
—Debo irme.
Tomó aire suavemente antes de añadir:
—Conozco la salida.
Hubo un pequeño silencio.
—Siempre voy a recordarte, Lucian.
Sus labios temblaron apenas.
—Adiós.
Lucian no respondió.
Solo le dedicó una sonrisa suave, apenas perceptible.
Se quedó observando el espacio vacío que ella había dejado tras marcharse.
Desde donde estaba, no podía dejar de mirarlo.
Parecía perdido en sus pensamientos.
Mi cuerpo se movió antes de que pudiera pensarlo.
Casi sin permiso.
Me acerqué lentamente hasta él.
No hubo palabras entre nosotros.
Invadí su espacio.
Y entonces, simplemente, apoyó la frente sobre mi hombro.
Seguía sin decir nada.
Pero sentí la humedad de sus lágrimas atravesando la tela de mi ropa.
Mi pecho dolió.
Como si su tristeza me hubiera alcanzado de lleno.
Y, sin poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a deslizarse también por mis mejillas.
Sin entender cuándo el dolor de Lucian había comenzado a sentirse también como mío.