Bajo el mismo techo contigo Capitulo 10
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Capitulo 10

Tu calor

Un sueño me envolvió esa noche.

La habitación estaba apenas iluminada y me costaba mantener los ojos abiertos. Mi visión seguía borrosa, pero, aun así, podía distinguirlo bajo la tenue luz.

Mi cuerpo se sentía caliente. Pesado.

Sus manos sujetaron el borde de mi camiseta y la levantaron lentamente, retirándola con cuidado. Luego, una de ellas se deslizó por mi cintura.

La diferencia de temperatura hizo que me estremeciera.

Mi respiración se volvió inestable cuando tomó el borde de mi pantalón.

Con la poca fuerza que tenía, alcancé a sujetar su muñeca.

—No...

Escuché la voz de Lucian como un eco lejano.

—Sé un buen chico... quédate quieto.

El sueño comenzó a disiparse.

Mis ojos se abrieron lentamente.

Aquel aroma dulce seguía presente.

Percibía una cercanía cálida, demasiado cercana. Me sentía extrañamente descansado, como si hubiera dormido durante días enteros.

Cuando mi visión terminó de adaptarse a la luz de la mañana que entraba por la ventana, sentí que el corazón se me detenía.

Lucian estaba dormido a mi lado.

Mi brazo rodeaba su cuerpo.

Me tensé de golpe. El corazón comenzó a golpearme el pecho con fuerza mientras me apartaba bruscamente.

En el intento, terminé cayendo al suelo junto a la cama.

Miré rápidamente a mi alrededor.

No era mi habitación.

Era la de él.

—¿Qué sucede?

Escuchar su voz solo consiguió ponerme más nervioso.

Lucian se incorporó lentamente, quedando sentado sobre la cama mientras me observaba desde arriba.

—¿Qué haces ahí abajo?

Su expresión parecía incluso más confundida que la mía.

Lo miré sin poder responder. Él solo llevaba unos bóxers negros y, al darme cuenta, sentí el calor subir de golpe a mi rostro.

Bajé la mirada hacia mí mismo.

Llevaba ropa ligera... pero no era mía.

—¿Te sientes mejor?

—¿Qué...?

Mi voz salió débil.

Todavía me sentía aturdido.

—¿A qué te refieres?

—¿No lo recuerdas?

—¿Recordar qué?

La ansiedad comenzaba a consumirme por dentro.

Lucian me observó durante unos segundos que se sintieron eternos.

—Anoche estabas ardiendo en fiebre —dijo sin alterarse lo más mínimo.

Parpadeé, todavía confundido.

—Te desmayaste apenas llegaste.

Luego se levantó de la cama.

No pude evitar apartar la mirada.

Buscó ropa en el armario y comenzó a vestirse con total tranquilidad.

—Si ya te sientes mejor, levántate y baja. Haré el desayuno.

Me incorporé del suelo y, antes de poder pensarlo demasiado, pregunté sin rodeos:

—¿Por qué estabas durmiendo a mi lado?

Lucian me miró directamente a los ojos y soltó una risa baja.

—¿Esperabas que durmiera sentado en una silla junto a la cama, sosteniendo tu mano?

Sentí el calor subir otra vez a mi rostro.

—Además, mi cama es el doble de grande que la tuya. Pero, a pesar de eso, eras tú quien me abrazaba y no me soltaba.

Simplemente no pude responder a eso.

—Vamos abajo. Muero de hambre.

Lo dijo con una sonrisa casual, como si nada hubiera pasado.

Yo simplemente lo seguí hasta la cocina.

Me senté en la mesa, observándolo mientras preparaba el desayuno.

No sabía qué decir.

Lo miré detenidamente. Su expresión lucía cansada.

Bajé un poco la vista.

—Gracias por cuidarme anoche...

Yo... lo siento.

Lucian se giró, dejó una taza de té y unas tostadas frente a mí y luego tomó un café para él.

—Creo que te estás exigiendo demasiado. Hablé con Dean. Un médico vendrá más tarde a evaluarte y ni pienses en ir a la universidad hoy.

Abrí la boca para protestar, pero me interrumpió antes de que pudiera decir algo.

—Dean también habló con Erin. Ella grabará las clases por ti, así que solo relájate.

Su tono había sonado serio al principio, aunque poco a poco se suavizó.

Solo pude asentir.

—Almorzaremos lo que cociné anoche. Es una receta de mi madre. Espero que te guste —dijo con una sonrisa cálida.

—¿No irás al taller?

—Alguien tiene que vigilarte.

Estaba terminando el té mientras lo escuchaba. Se sentía reconfortante tener algo caliente en el estómago después de tantas horas.

—Además, también necesito descansar. Estuve despierto toda la noche gracias a ti. Apenas pudiste tomar la medicación y la fiebre no bajaba. Tuve que darte una ducha fría.

En ese instante, el recuerdo de la noche anterior volvió a mi mente.

Entonces... no había sido un sueño.

El té se fue por el camino equivocado y comencé a toser sin parar.

Lucian soltó una carcajada mientras me daba suaves palmadas en la espalda.

—¿Qué sucede? No me digas que eres del tipo tímido. No lo parecías aquella vez... Al menos lo mío fue algo noble.

Seguía burlándose de mí.

Cuando por fin pude respirar mejor, lo miré directamente a los ojos.

No pude evitar sentirme irritado.

Aunque el calor en mi rostro decía otra cosa.

—Si ya terminaste de desayunar, ve a acostarte. No me obligues a cargarte otra vez hasta mi cama —dijo con una sonrisa divertida.

Aparté la mirada de inmediato.

—Eres un idiota... —solté antes de levantarme.

Subí las escaleras casi corriendo, intentando calmar mi corazón, que seguía latiendo con fuerza.

Detestaba la forma en que me hacía sentir.

Recorrí mi habitación buscando algo que hacer. Miré el libro que me había dado Tom; tal vez ese autor pudiera inspirarme con mis propias obras.

Desvié la vista hacia los apuntes sobre la mesa. Estaba al día con todos mis deberes.

Era extraño estar en casa en pleno día de clases.

Ordené un poco la habitación, acomodando ropa y algunos papeles que había dejado tirados el día anterior. El silencio de la casa se sentía inusual.

Entonces, mi móvil sonó.

Era un mensaje de Erin.

“¡Hola, Kai! ¿Estás mejor?

Aquí unas chicas están comentando que el otro día un chico muy guapo te llevó hasta la universidad en su moto. Sigues escondiéndome cosas.

¿Acaso es el amigo de tu hermano? ¿Estás agonizando en sus brazos? ¡Qué envidia!

Luego te envío las clases.

Besos.”

El móvil casi se me cayó al suelo.

Ella... definitivamente no tenía remedio.

Me dejé caer sobre la cama, cubriéndome el rostro con una mano mientras sentía el calor subir hasta mis orejas.

♦

Las horas pasaron y no supe en qué momento me había vuelto a dormir.

Para entonces, ya era media tarde. El cansancio había regresado.

Lucian golpeó suavemente la puerta antes de entrar en la habitación.

Llevaba una bandeja con una merienda ligera y algunos medicamentos.

—El servicio a la habitación está aquí, de parte de su humilde servidor —soltó con una risa divertida.

Me incorporé apenas para sentarme apoyado contra el respaldo de la cama.

—Tonto, no era necesario. Podría haber bajado.

—No me molesta —dijo en un tono suave.

Se sentó en la cama y dejó la bandeja frente a mí.

—Ya oíste al médico hoy. Debes descansar unos días y tomar tu medicamento en horario.

—Bien, bien... —murmuré sin discutir más.

Tomé la medicina y la comida a pesar de no tener demasiado apetito.

Lucian seguía allí.

—¿Acaso piensas vigilar también si como? No soy un niño.

Rio de repente.

—Por cierto... alguien vino a verte. Ese chico que estaba en la fiesta contigo.

Su mirada se desvió hacia otro lado.

—¿Tom?

—Le dije que estabas descansando.

Miré mi móvil. No había mensajes de él.

Volví a mirar a Lucian. Había algo en su expresión que me hizo pensar que no le había agradado demasiado verlo allí.

—¿Cómo te sientes? —preguntó mientras retiraba la bandeja vacía.

Volví a recostarme.

Su expresión se suavizó al hacer la pregunta. Había sinceridad en sus ojos.

—Tengo mucho frío.

—Tal vez tengas un poco de fiebre otra vez. La medicina debería hacer efecto pronto.

Luego colocó su palma sobre mi frente y la deslizó lentamente hasta mi mejilla.

—No parece ser tan alta como lo fue anoche.

Algunos pensamientos me invadieron de repente.

No sabía si era culpa de la fiebre, pero...

Esa amabilidad...

quería un poco más.

¿Realmente estaba bien?

—Me duele la cabeza —solté en un susurro.

Me dedicó una leve sonrisa y acarició mi cabello.

Podía sentir su calidez.

No quería que se fuera.

—De verdad eres como un gato en el tejado... solo que, en este momento, pareciera que pudiera bajarte sin que me muerdas.

Rio por lo bajo.

Mis ojos se sentían cada vez más pesados.

No sé qué clase de expresión vio en mí, pero la suya cambió por un instante mientras me observaba.

Su mano se detuvo un segundo antes de retirarse lentamente.

Desvió la mirada, como si acabara de darse cuenta de algo.

Luego se incorporó de repente, dándome la espalda.

—Iré a preparar la cena. Descansa un poco.

Salió de la habitación sin decir nada más.

Me hundí entre las sábanas.

Aún tenía puesta su ropa. Me quedaba holgada, pero... era reconfortante.

Su aroma seguía impregnado en la tela.

Poco después, me dejé arrastrar otra vez por el sueño.