Capitulo 5
una canción para dos
Los siguientes días pasaron con rapidez. Empecé a levantarme más temprano de lo habitual y a llegar con tiempo a clases. No sabía exactamente por qué, pero simplemente no quería pedirle a Lucian que me llevara.
Tal vez era una reacción infantil, aunque en el fondo sabía que solo estaba intentando evitarlo.
Era viernes por la tarde y caminaba con Erin al salir de la universidad.
—Entonces... ¿irás a buscar inspiración por el centro de la ciudad?
—No tienes que venir si no quieres.
Aunque lo dije, sabía que vendría de todos modos.
—Estarías perdido sin mí, ¿sabes? En todos los sentidos.
No pude evitar rodar los ojos.
Luego me dio un pequeño golpe en el brazo.
—Oye...
Iba a molestarla, pero ella ya no me estaba escuchando.
Seguí la dirección de su mirada.
—¿No crees que eso es muy triste? —murmuró sin apartar los ojos de aquel punto—. Es... desgarrador.
A varios metros de nosotros había una mujer de unos cincuenta años, quizá más. El cabello gris le caía desordenado sobre los hombros y su abrigo parecía demasiado fino para el frío de la tarde.
Sostenía una pila de folletos contra el pecho mientras intentaba entregarlos a cada estudiante que pasaba cerca. Algunos los aceptaban por compromiso; otros simplemente seguían caminando sin siquiera mirarla.
Ella insistía de todos modos.
Sus movimientos eran lentos, cansados, como si el cuerpo apenas le respondiera después de repetir lo mismo durante meses.
Incluso desde donde estaba podía notar las marcas oscuras bajo sus ojos y la manera en que sus manos temblaban ligeramente al extender uno de los papeles.
Erin levantó uno de los folletos que había caído al suelo.
En él estaba la fotografía de una joven.
Sarah Henkins, 22 años. Desaparecida hace 8 meses. Ex estudiante.
—Kai, ¿recuerdas a esta chica? Ha pasado mucho tiempo y todavía no la encuentran.
Me quedé mirando la fotografía durante unos segundos.
—Yo... Hablé con ella un par de veces en algunas fiestas, pero no la conocía realmente. Los rumores dicen que simplemente escapó de casa.
Erin guardó el folleto dentro de su bolso y volvió a mirarme.
—Vamos... ¿qué tal si me invitas un café de paso?
Sabía que ella era demasiado sensible con ese tipo de cosas.
Así que solo la seguí, sin volver a mencionar el tema.
♦
Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.
Las personas paseaban por las calles mirando vidrieras y las plazas estaban colmadas de gente.
Llevaba mi cámara en la mano. Dean me la había regalado el año anterior por mi cumpleaños.
Tomé varias fotografías: calles, personas, el atardecer reflejándose entre los edificios. Probé distintos enfoques que llamaban mi atención, aunque ninguno lograba hacerme sentir ese vuelco que estaba buscando.
Pasamos por un café cercano y pedimos algo para llevar antes de seguir caminando sin rumbo fijo.
También acompañé a Erin a varias librerías que quería visitar.
Para ese punto, ambos estábamos algo cansados de caminar.
—¡Kai!
Erin habló de repente, entusiasmada.
—Mira... Esa tienda de música. Entremos.
La tienda no era muy grande, pero tenía un estilo interesante.
Todo en ella parecía moverse entre lo retro y lo moderno. Había estanterías llenas de CD, casetes y discos de vinilo acomodados junto a formatos digitales más actuales.
Las paredes estaban cubiertas de camisetas de bandas, pósteres y algunos discos originales enmarcados con firmas auténticas.
El lugar tenía una iluminación tenue y cálida que hacía que el ruido de la ciudad se sintiera lejano apenas cruzabas la entrada.
Cuando cruzamos la puerta, algo me golpeó de lleno en el hombro.
Un par de chicos salieron apresurados de la tienda, empujándome al pasar y casi haciéndome perder el equilibrio.
—Ten cuidado, tonto.
Lo miré de inmediato a los ojos.
Mi puño se tensó al instante.
Estaba a punto de mandarlo al diablo cuando una mujer salió desde el interior de la tienda.
Sin dudarlo, golpeó al chico en la cabeza con una especie de tubo plástico enrollado.
—¡Ya les dije que, si no van a comprar, no vengan! ¡Y dejen de molestar a los clientes de verdad!
Los dos soltaron algunas quejas antes de alejarse calle abajo.
Parpadeé, algo sorprendido.
Ella dejó escapar un suspiro cansado antes de girarse hacia nosotros.
Era alta, quizá de un metro setenta, apenas un poco más baja que yo. Tenía el cabello castaño y ondulado, cayéndole hasta la cintura, y unos ojos azules intensos que contrastaban con la suavidad de sus facciones.
Debía rondar los treinta, aunque tenía ese tipo de rostro difícil de calcular a primera vista.
Cuando nos vio, su expresión cambió al instante.
La molestia desapareció de su rostro casi como si nunca hubiera estado ahí y, en su lugar, nos dedicó una sonrisa amable.
—Lo siento por eso. Por favor, pasen.
Vaya... podía tener un carácter fuerte y, aun así, verse amable al mismo tiempo.
Lo pensé casi de inmediato.
Ella se apartó ligeramente de la entrada para dejarnos pasar.
—¿En qué puedo ayudarlos?
Erin fue la primera en hablar.
—Estábamos buscando algún tipo de música que ayude a mi amigo a inspirarse con su arte.
La mujer fijó sus ojos en mí con interés.
—Bien, ¿qué tal si echan un vistazo y me dicen si ven algo que les llame la atención?
Sonrió apenas mientras se dirigía hacia el mostrador.
—Tal vez encuentres algo que te guste.
Erin y yo comenzamos a recorrer el lugar.
Miramos discos y estanterías aquí y allá, deteniéndonos de vez en cuando a observar alguna portada extraña o leer nombres de bandas que no conocíamos.
Entonces Erin señaló hacia una esquina de la tienda.
—Mira, Kai... ¿Tu padre no tenía un tocadiscos parecido?
Observé el mueble con más atención.
Era un tocadiscos clásico encastrado en una estructura de madera oscura. A pesar de los años, parecía estar en perfecto estado.
—Así es... Aún está en casa. Era de mi abuelo.
Por un instante, un recuerdo cruzó mi mente.
Yo estaba sentado en uno de los sillones del despacho de mi padre, sosteniendo pinceles manchados de pintura entre las manos mientras él trabajaba frente a un lienzo enorme. Tenía unos seis años aproximadamente.
Me gustaba observar la forma en que mezclaba los colores.
De fondo, música clásica sonaba desde aquel tocadiscos.
La memoria apareció tan clara que casi pude sentir nuevamente el olor a pintura y barniz en el aire.
De pronto, Erin me abrazó por la espalda.
—Me gusta cuando sonríes.
Parpadeé apenas, saliendo del recuerdo.
Fue entonces cuando reparé en la música que sonaba en el local.
La guitarra suave llenaba el ambiente de una forma extrañamente relajante.
Me acerqué al mostrador junto a Erin.
—Me agrada cómo suena esto —dije—. Quisiera llevarlo en formato digital.
Señalé después una pequeña sección cercana.
—Y también algunos vinilos de música clásica.
La empleada me dedicó otra sonrisa amable.
—Tienes buen gusto.
Comenzó a acomodar algunas cajas detrás del mostrador antes de volver a mirarnos.
—No me he presentado. Soy Arya.
—Soy Kai... y ella es mi amiga Erin.
Arya desvió la vista hacia la cámara que colgaba de mi hombro.
—¿Acaso eres fotógrafo?
No pude evitar soltar una pequeña sonrisa.
—Solo tomo fotografías por diversión.
—Pero estudias arte, ¿no?
La miré algo sorprendido.
—Así es.
—Eso es genial. Justamente estaba buscando a alguien que pudiera tomar algunas fotos del local para publicidad.
Apoyó un codo sobre el mostrador.
—¿Qué me dices?
Antes de que pudiera responder, Erin habló por mí.
—Por supuesto. Él sería increíble para eso. Kai tiene muy buen ojo.
Giré apenas hacia ella, debatiéndome entre fulminarla con la mirada o simplemente fingir una sonrisa.
Arya soltó una pequeña risa.
—Perfecto, entonces.
Tomó un papel y escribió rápidamente algo antes de extenderlo hacia mí.
—Este es mi número. Llámame y coordinamos horarios.
Guardé el papel en el bolsillo de mi chaqueta.
Entonces Arya me observó unos segundos más, como si intentara recordar algo.
—Hay algo que quería preguntar...
Levanté la vista hacia ella.
—¿De casualidad eres uno de esos idols o algo así?
La pregunta me tomó completamente por sorpresa.
A mi lado, Erin estalló en risas.
Arya abrió apenas más los ojos.
—Lo siento, no quería ofenderte.
Aunque su sonrisa traviesa decía que no estaba tan arrepentida.
Negué con la cabeza, todavía algo desconcertado.
—No es nada. Solo que... no eres la primera persona que me lo dice.
Eso pareció divertir todavía más a Erin.
Poco después salimos de la tienda mientras ella seguía riéndose a mi lado.
♦
Para cuando llegué a casa, ya habían pasado las nueve de la noche.
Erin y yo habíamos cenado algo en el camino.
Entré por la puerta principal y escuché las voces de Dean y Lucian viniendo desde la cocina.
—Ya llegué —avisé desde las escaleras antes de subir a mi habitación.
Dejé mis cosas de la universidad y llevé los discos de vinilo al estudio de mi padre.
Debajo de una tela blanca seguía el tocadiscos.
Intacto.
Y todavía funcionaba.
Coloqué los discos a un lado y volví a cubrirlo.
Luego me detuve frente al lienzo que aún no terminaba.
Me quedé observándolo un momento.
Mañana era fin de semana. Tal vez podía quedarme despierto hasta tarde e intentar avanzar un poco más.
Busqué mis auriculares inalámbricos, pero recordé que se los había prestado a Erin hacía unos días.
Terminé usando unos viejos con cable que llevaba tiempo sin tocar.
Los conecté al celular y puse una de las canciones de un grupo que había comprado en la tienda en formato digital esa tarde.
Cerré los ojos por un momento, dejándome llevar por el eco de la guitarra y aquella voz suave que acompañaba el ritmo lento de la canción.
Cuando volví a abrirlos, la luz del pasillo contrastaba con la tenue iluminación de la habitación.
Me giré apenas, todavía con la música sonando en mis oídos.
Lucian me observaba desde el marco de la puerta.
Avanzó lentamente hacia mí.
Lo vi mover los labios, pero no pude escuchar lo que decía.
De un momento a otro, invadió mi espacio.
Y yo no pude moverme en absoluto.
Tomó uno de los auriculares de mi oído y se lo colocó él mismo.
Estaba demasiado cerca.
Sus ojos se cerraron apenas, como si intentara concentrarse en la canción.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Cada vez más rápido.
Desbocado.
Sin control.
Permaneció allí, inmóvil, escuchando la canción, como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
El aire pareció quedarse atrapado en mis pulmones.
Entonces abrió los ojos lentamente y me miró.
Nunca había sido tan consciente de la poca distancia que existía entre dos personas.
La canción seguía sonando en el auricular, pero yo era incapaz de escucharla.
Cuando sentí que todas las emociones comenzaban a desbordarme, Lucian se quitó el auricular y finalmente se alejó.
—Dean dice que no te duermas muy tarde. Mañana necesita ayuda con las compras.
Y simplemente se fue.
Como si no acabara de desordenarme por completo.