Bajo el mismo techo contigo Capitulo 4
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Capitulo 4

Estrellas

La clase del señor Heins había terminado. Era media mañana y concentrarme me había costado más de lo habitual. Mi estómago estaba a punto de gruñir; había salido con tanta prisa de casa que no había desayunado nada.

Llegamos a la cafetería de la universidad y prácticamente me desplomé sobre una de las sillas.

—¡Ey! Eres un exagerado... Solo porque no comiste.

—Los hombres pueden ser unos bebés —soltó Erin, divertida.

—No es exageración, realmente muero de hambre —dije, intentando sobornarla con una expresión lastimera.

—No lograrás que haga la fila del bufé por ti.

Iba a responderle cuando un brazo rodeó mis hombros.

—¿Cómo están mis chicos favoritos? ¿Sobrevivieron a la clase del señor Heins?

Era Tom Blackwood, un alumno un año mayor que nosotros. Lo miré sorprendido; con todo el murmullo de la cafetería, ni siquiera lo había escuchado acercarse.

—Hola, Tom. ¿Tus clases también ya terminaron?

—Sí, amigo mío. Al fin soy libre.

Dejó un café latte sobre la mesa, justo frente a mí.

—Sin azúcar, como siempre.

Ni siquiera recordaba haberle dicho cómo me gustaba el café.

—Tus llantos de dolor podían oírse desde la otra punta del campus. Iré a hacer la fila por ti. ¿Qué quieres de comer?

—Siempre lo malcrías —comentó Erin, con el ceño apenas fruncido.

—Oh, no creas que me olvidé de ti, cariño. Para la flor más hermosa, otra flor.

Sacó una pequeña flor blanca y la dejó frente a Erin con una sonrisa encantadora.

—Malcriemos al muchacho juntos.

No pude evitar reírme.

Miré a Erin, pero ella solo alzó una ceja. Su expresión se volvió extrañamente fría.

—Gracias, pero puedo comprarme flores yo misma —dijo con sequedad.

Después clavó la mirada en mí.

—Kai, nos vemos mañana. Ya no tengo clases por la tarde. Cuídate.

Y simplemente se marchó.

—Vaya... Llegar al corazón de esa chica es un poco turbulento.

Solo observé cómo Erin se alejaba entre las mesas de la cafetería.

Él no esperó una respuesta y fue directo a hacer la fila para buscar algo de almorzar.

Tom apenas había terminado de sentarse frente a mí con las bandejas cuando un chico se acercó y lo saludó con un abrazo efusivo.

—¡Tom, amigo! Qué bueno verte —dijo, dándole unas palmadas en la espalda.

—¡Jason! ¿Cómo está ese hombro? Fui a alentar al equipo en el último partido. Ese lanzamiento fue increíble.

Detrás de Jason empezaron a aparecer más estudiantes. Todos parecían conocerlo. Lo saludaban con familiaridad, comentaban cosas sobre el partido y se reían como si llevaran años siendo amigos.

Yo, en cambio, empezaba a sentirme como un sapo de otro pozo.

De repente, Tom me miró y luego habló al resto del grupo.

—Chicos... él es mi buen amigo Kai.

—Kai, ellos son... bueno, el resto.

Todos rieron al unísono.

Una de las chicas del grupo se inclinó un poco hacia nosotros.

—Ey, Tom. El sábado por la noche haré una fiesta en mi casa. Es la despedida de Eve. Tienes que venir. Claro, también puedes traer a Kai.

Tom la miró unos segundos, pensativo.

—Suena perfecto, Jessie. Ahí estaremos.

Luego giró hacia mí y me guiñó un ojo.

—Necesitas distraerte un poco.

No pude negarme. Solo asentí.

Tom era todo lo contrario a mí. No le costaba hablar con desconocidos ni hacer amigos en cuestión de minutos. Parecía moverse con naturalidad en cualquier lugar, como si siempre supiera exactamente qué decir.

Y, honestamente, esa confianza en sí mismo era envidiable.

♦

La segunda hora finalmente terminó. Las clases de la tarde me habían dejado exhausto.

Volví a encontrarme con Tom en la entrada de la universidad.

—Kai, ¿estás seguro de que no quieres venir? Iremos con los chicos a tomar algo a un bar cercano. Será breve.

Tom siempre intentaba incluirme en sus planes. Gracias a él, se podría decir que tenía un poco más de vida social.

—Lo siento, de verdad estoy cansado, Tom. Tal vez la próxima vez.

—Bien... Supongo que te extrañaré.

Sonrió apenas antes de volver a hablar.

—Oye, ¿qué tal va lo del arte? ¿Encontraste esa fuente de inspiración?

No pude evitar desviar la mirada. La verdad era que me estaba costando conectar con lo que quería expresar.

—Yo... no todavía. En estos días saldré a tomar algunas fotografías. Tal vez eso ayude.

Él me observó unos segundos en silencio. Después apoyó una mano sobre mi cabeza y revolvió un poco mi cabello.

—Tranquilo. Todo va a salir bien.

Lo dijo con esa sonrisa fácil de siempre.

Y, aun así, en ese momento pensé en él.

En Lucian.

Porque el toque de Tom no provocaba lo mismo.

Porque cuando Lucian me tocaba, algo dentro de mí reaccionaba de una forma distinta.

¿Por qué tenía que recordar algo así?

Quería alejar este tipo de pensamientos.

♦

Estaba llegando un poco más tarde a casa. Había perdido el autobús y, honestamente, solo quería llegar lo más rápido posible.

Abrí la puerta principal y entré con pasos apresurados. Ni siquiera estaba mirando bien al frente cuando terminé chocando contra alguien. Mi frente golpeó contra algo firme y solté un pequeño quejido.

—La casa es grande y, aun así, vuelves a chocar conmigo. ¿Debería contratar un seguro contra accidentes?

Alcé la vista y me encontré directamente con los ojos de Lucian.

Mis labios se movieron más rápido que mi cerebro.

—¡Mi camino siempre estorba!

En el mismo instante en que lo dije, sentí el calor subir hasta mi rostro.

Lucian me observó un segundo... y después comenzó a reírse espontáneamente.

No pude apartar la mirada de sus ojos.

—Quiero decir... tú siempre estás estorbando mi camino.

Mi voz salió atropellada.

Sin esperar una respuesta, subí las escaleras casi corriendo hacia mi habitación.

Detrás de mí, Lucian todavía seguía riéndose.

—Lávate las manos y baja. La cena ya casi está lista.

Y, aun después de cerrar la puerta de mi habitación, todavía podía escuchar la risa de Lucian abajo.

Él no dejaba pasar una oportunidad para molestarme.

Suspiré hondo. Me lavé las manos y el rostro, intentando dejar atrás el calor que había sentido.

Luego volví a bajar a la cocina.

Lucian estaba sirviendo la cena: carne braseada con patatas. Se veía muy bien.

Mientras lo ayudaba a ordenar la mesa, le pregunté:

—Últimamente estás cocinando solo tú. ¿Acaso Dean se aprovecha de ti?

Mi burla pareció divertirlo.

—¿Acaso tú no lo haces?

No pude responder a eso.

Entonces rió por lo bajo.

—Es broma. Me gusta cocinar, no me molesta en absoluto.

Después me miró.

—Las cosas picantes no te agradan, ¿verdad?

Asentí.

No recordaba haber mencionado eso.

—Bien. Lo tendré en cuenta.

♦

Esa noche hacía bastante calor.

Me cambié de ropa y salí al patio trasero. El clima era perfecto para nadar un poco en la piscina.

Braceé hasta agotarme y luego simplemente me dejé flotar, mirando el cielo.

Había luna llena esa noche.

Cerré los ojos, apartando cualquier pensamiento.

El agua deslizándose entre mis dedos se sentía relajante.

De pronto, una voz sonó muy cerca.

—El agua está cálida.

Abrí los ojos de golpe y, al verlo tan cerca, no pude evitar sobresaltarme.

Me tensé de inmediato y me hundí de golpe.

Él me tomó del brazo y me jaló de nuevo hacia la superficie.

Podía escuchar su risa mientras yo tosía.

—Lo siento, no quería asustarte.

Se disculpó entre risas. No sabía si creer en su sinceridad.

¿Acaso no iba a darme un respiro?

Cuando por fin recuperé el control de mi respiración, me solté con suavidad y me senté al borde de la piscina, aún con los pies en el agua, intentando calmarme.

—¿Estás bien?

—Lo estoy.

Tal vez mi tono dejó demasiado claro mi estado de ánimo, porque ya no volvió a bromear. Al menos por el momento.

—No te escuché llegar.

Él observó la piscina con más atención.

—Solo quería aprovechar los últimos días de calor. Se veía tentador desde mi habitación.

Luego comenzó a nadar. Tenía buena técnica.

Pero se detuvo de pronto, casi al llegar al otro extremo.

Hizo pie en el fondo y llevó una mano a su hombro derecho. Alcancé a notar una leve mueca en su rostro.

—¿Qué sucede? —pregunté.

Me miró por encima del hombro.

—No es nada. Creo que hoy hice un mal esfuerzo en el taller.

Luego se dejó caer hacia atrás.

—Creo que solo flotaré.

Miró hacia el cielo.

—Cuando tenía tu edad, solía ir a la playa por las noches para ver la luz de la luna reflejada en el mar.

Arqueé una ceja.

—¿Eres de una zona costera?

—Así es.

Seguí su mirada hacia arriba.

No sé por qué, pero en ese momento quise compartir algo con él.

—Cuando era pequeño, me gustaba mirar las estrellas, unirlas buscando formas entre ellas... o simplemente intentar reconocer las constelaciones.

—¿Puedes mostrarme un motor biturbo de doce cilindros?

Arqueé una ceja, confundido.

—¿Qué?

Él comenzó a reír otra vez.

—Idiota. No sé por qué te cuento esto.

Volvió a hacer pie en el fondo y comenzó a acercarse a mí, aún entre risas.

—Es broma.

Luego su voz bajó.

Más seria.

Caminó hasta quedar justo frente a mí.

—Muéstrame la constelación de Orión.

Lo miré, incrédulo.

—¿Cómo se supone que haga eso?

—Solo dibújala para mí.

Al momento siguiente invadió mi espacio.

Se colocó de espaldas a mí.

Tomó mi mano y acomodó mi brazo sobre su hombro.

—Seguiré el trayecto de tu mano.

Luego elevó la mirada al cielo.

Suspiré.

—Supongo que no vas a parar hasta que lo haga, ¿verdad?

No respondió.

Añadí:

—Bien. Presta atención. No lo repetiré.

Estiré el brazo hacia arriba, en un ángulo que le permitiera seguir con la mirada el trayecto de mi dedo índice, y tracé líneas entre las estrellas, dibujando Orión para él.

Parecía absorto siguiendo las formas que acababa de dibujar en el cielo.

Bajé la mirada hacia él.

Las gotas corrían por su cuello.

Descendí la mirada hasta su hombro derecho.

Había un tatuaje.

Era un símbolo extraño.

—Lucian... ¿qué significa tu tatuaje?

Respondió en voz baja, sin apartar la vista del cielo.

—Pertenecer.

Mi boca fue más rápida que mi mente.

—¿Pertenecer a quién?

La pregunta salió de inmediato. En cuanto fui consciente de lo que había dicho, quise morderme la lengua.

Lucian soltó una risa baja.

Se apartó apenas y luego se sentó, igual que yo, al borde de la piscina.

A mi lado.

Entonces respondió:

—Significa ser fiel a uno mismo. Ese tipo de pertenencia.

Luego se recostó, con las manos detrás de la cabeza y la mirada aún fija en las estrellas.

Volví a alzar la vista hacia el cielo.

La luna parecía extrañamente brillante esa noche.