Capitulo 3
El gato sobre el tejado
Miré la hora en mi teléfono.
—¡Carajo!
¿Acaso mi sueño había sido tan profundo que no escuché la alarma?
Era tarde. Demasiado tarde.
Si no salía en ese instante, llegaría con un retraso absurdo a la primera clase de la mañana. El profesor Heins podía ser insoportable con la puntualidad. Una vez dejó afuera a medio curso solo por llegar cinco minutos tarde.
Pensaba en todo eso mientras me cambiaba a una velocidad ridícula, tropezando conmigo mismo cada dos segundos.
Me puse la primera remera que encontré, agarré la mochila y bajé las escaleras casi corriendo.
Cuando llegué a la puerta principal y la abrí de golpe, él estaba ahí.
Apoyado contra una motocicleta negra estacionada frente a la casa.
Una Ducati.
Incluso yo, que no sabía demasiado de motos, podía reconocer que esa cosa parecía absurdamente cara.
Lucian tenía un brazo apoyado sobre el asiento, completamente tranquilo, como si no existiera el estrés, como si el tiempo no pudiera alcanzarlo nunca.
Por un momento, la escena pareció sacada de una revista.
Tal vez cerré la puerta con demasiada fuerza, porque el sonido hizo que levantara la mirada hacia mí.
Sus ojos recorrieron mi cara durante un segundo.
Después, soltó una pequeña sonrisa.
—Parece que te caíste de un árbol.
Fruncí el ceño de inmediato.
—Muy gracioso.
Intenté acomodarme el cabello con una mano, aunque fue inútil. Debía tenerlo en todas direcciones.
Desvié la mirada, incómodo.
Lucian seguía observándome.
Y eso solo empeoraba las cosas.
—Vamos —dijo finalmente—. Te llevo de paso al trabajo.
Parpadeé.
—¿Al trabajo? ¿En realidad te queda de paso?
—Solo será un leve desvío.
—Entonces sube antes de que sigas perdiendo tiempo.
Lo dijo con una tranquilidad irritante.
Miré la motocicleta otra vez.
De cerca se veía todavía más intimidante.
Negra.
Elegante.
Potente.
Y definitivamente no parecía hecha para alguien que apenas había subido a una moto dos veces en su vida.
—No sé si esto es buena idea.
Lucian arqueó una ceja.
—¿Tienes miedo?
—No.
—Entonces sube.
Odié la pequeña sonrisa que apareció en su rostro después de decir eso.
Porque sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Suspiré, derrotado, y me acerqué.
Me pasó un casco negro antes de subir él primero.
Intenté no pensar demasiado en lo cerca que estaba cuando me acomodé detrás suyo.
El motor rugió apenas encendió la moto.
Sentí la vibración recorrer todo mi cuerpo.
—Puedes sujetarte, ¿sabes? —dijo por encima del hombro.
—Estoy bien.
La moto avanzó.
Y descubrí, en menos de tres segundos, que no estaba bien en absoluto.
El movimiento brusco me hizo perder estabilidad al instante.
Terminé sujetándolo por la cintura casi por reflejo.
Escuché una risa baja escapar de Lucian.
Maldito idiota.
—Cállate.
—Ni siquiera dije nada.
—Pero pensaste algo.
Su risa volvió a escucharse mientras doblábamos la esquina.
Apreté apenas más los dedos sobre su campera.
El aire frío golpeaba mi cara y desordenaba todavía más mi cabello, pero, extrañamente... no se sentía mal.
La ciudad pasaba rápido a nuestro alrededor.
Y, por primera vez en días, mi cabeza dejó de pensar en todo lo demás.
Solo estaban el sonido del motor y el viento.
La ciudad comenzaba a llenarse de gente mientras avanzábamos entre los autos.
Algunos locales recién abrían.
Las veredas estaban llenas de personas apuradas, café en mano, con la misma expresión cansada de todas las mañanas.
Y, aun así... sobre la moto todo se sentía distinto.
Más liviano.
Más simple.
Cuando quise darme cuenta, ya estábamos estacionados frente a la entrada de la universidad.
Y, de hecho... con tiempo de sobra.
Parpadeé un par de veces, todavía algo aturdido por el viaje.
Lucian apagó el motor y el silencio repentino hizo que todo se sintiera extrañamente quieto.
Bajé despacio de la moto y me quité el casco.
Tenía el cabello completamente desordenado.
Otra vez.
Suspiré, frustrado.
Y entonces lo sentí.
La mano de Lucian sobre mi cabeza.
Sus dedos apartaron algunos mechones con calma, intentando acomodarlos.
El gesto fue tan inesperado que me quedé inmóvil unos segundos.
No supe qué hacer.
Y eso me molestó más de lo que quería admitir.
Como si algo en mi pecho reaccionara antes que mi propia cabeza.
Volví en mí de golpe y aparté su mano rápidamente.
Tal vez demasiado brusco.
Pero Lucian no pareció molestarse.
Ni siquiera un poco.
Al contrario.
Una sonrisa torcida apareció en su rostro mientras me observaba.
—Me recuerdas a un gato subido a un tejado —dijo—. No sabe cómo bajar, está asustado... y, aun así, sigue siendo un poco arisco.
Fruncí el ceño al instante.
Entre molesto y avergonzado.
—¿Qué demonios se supone que significa eso?
La sonrisa de Lucian se amplió apenas.
Y odié lo bien que le quedaba.
—Nada.
—Claro.
Desvié la mirada antes de seguir diciendo algo estúpido.
—Me voy.
Di media vuelta, dispuesto a caminar hacia la entrada, pero me detuve apenas unos pasos después.
Porque, aunque me irritara admitirlo...
Él me había ayudado.
Volví a girarme hacia la moto.
Lucian seguía mirándome con esa tranquilidad desesperante.
Tragué saliva.
—Gracias...
Él encendió nuevamente el motor.
El sonido grave vibró a nuestro alrededor.
—Cuando quieras.
Inalterable.
Lucian sostuvo mi mirada apenas un segundo más.
Después aceleró.
Y desapareció calle abajo.
♦
—Tu cara está roja. ¿Te sientes bien, Kai?
Una voz me devolvió a la realidad.
Era Erin, mirándome con esos ojos verdes claros y un mechón rubio cayendo sobre su rostro.
—Estás muy cerca, quítate —dije, bromeando mientras apartaba suavemente su rostro con una mano.
—¡Oye! Es que últimamente, cada vez que te veo, estás en la luna.
Suspiró y luego señaló el pasillo.
—Deja de perder el tiempo y entremos a la clase del señor Heins.
No pude refutar nada y solo la seguí.
Estábamos en el receso de la clase, aún dentro del salón. La mayoría prefería permanecer allí. El tiempo que el profesor daba para descansar no era demasiado.
—¿Me dirás quién era el chico que estaba en tu casa el otro día? —susurró Erin.
—¿Por qué bajas la voz?
—Suena más interesante de esta forma.
—Tú siempre tan dramática.
Ambos soltamos una risa.
—Es solo un amigo de mi hermano. Está alquilando un cuarto. Se quedará un tiempo indefinido.
—¿Y ese hombre misterioso tiene un nombre?
—Lucian Blake.
—Es un nombre fuerte. Me gusta.
Sacó una hoja y escribió su nombre. Luego remarcó cada letra una y otra vez, completamente concentrada.
—¿Otra vez con eso? Deberías trabajar en una feria ambulante.
—¡Ja, ja! Qué gracioso. Sabes que mis lecturas son fieles.
—La última vez dijiste que encontraría mi fuente de inspiración para el arte y sigo esperando.
—Mis lecturas no siempre ocurren al instante, ¿sabes?
Acto seguido, me dio un golpe suave en la frente.
—Bien... Él... Hay una herida reciente en su corazón.
Fruncí levemente el ceño.
—Yo...
Guardó silencio unos segundos.
—No puedo ver más.
—¿Qué? ¿Nada más? —pregunté antes de pensarlo demasiado.
—¿Ahora estás curioso? —Arqueó una ceja.
—No...
Pareció ignorarme. Apoyó el rostro sobre una mano mientras seguía mirando al frente.
—Era demasiado bueno para ser real. No pienso meterme en eso. Es todo tuyo.
—¿Qué estás diciendo? —casi me atraganté con mi propia saliva al escucharla.
—Solo bromeo. ¿Por qué te lo tomas tan en serio?
En ese momento, el señor Heins regresó al salón. Mi respuesta quedó suspendida en el aire.
Una herida reciente en el corazón...
¿Qué demonios le había pasado?