Bajo el corazón frío del multimillonario (Serie Votos del multimillonario) CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

El océano tenía un tono de azul que hacía palidecer todo lo demás.

Ni siquiera el cielo podía competir. Brendan se encontraba en el balcón de la villa, con la brisa marina acariciándole el pelo, sal en el aire y el sonido tenue de la risa de Victoria en algún lugar del interior.

Nunca le habían gustado las playas, pero ella lo había convencido, o tal vez simplemente ya no quería decirle que no.

Ella apareció detrás de él, descalza, con una de sus camisas puesta —demasiado grande, las mangas enrolladas—, el cabello despeinado por el viento. Parecía increíblemente suave en un mundo que a él siempre le había resultado áspero.

—¿Todavía trabajando? —bromeó ella, dándole un codazo en el brazo.

Él miró el teléfono que tenía en la mano. Correos de su asistente, tres llamadas perdidas de un miembro de la junta directiva... y lo apagó.

—Ya no.

La mirada de ella se suavizó.

—Bien, porque no he volado hasta aquí para competir con tu imperio.

Él sonrió con suficiencia mientras le rodeaba la cintura con el brazo.

—Ganarías tú de todos modos.

—Ya lo creo —dijo ella, riendo.

Llevaban tres días en la villa privada, en un tramo de costa tranquila lejos de todo y de todos.

No era su tipo de viaje habitual y, por una vez, no lo odiaba.

Caminaron por la playa, con la arena cálida bajo los pies.

Victoria llevaba las sandalias en la mano, balanceándolas despreocupadamente mientras hablaba de sus diseños, de su próxima colección y de cómo quería crear una fundación para jóvenes diseñadores que no pudieran costearse los estudios.

Él la escuchaba, no solo porque le importaba lo que decía, sino porque su voz producía algo en él. Apaciguaba esa parte de sí mismo que siempre iba un paso por delante.

—¿Alguna vez piensas en lo que estarías haciendo si no fueras... tú? —preguntó ella, entrecerrando los ojos por el sol.

—¿A qué te refieres?

—El multimillonario, el CEO. El hombre que siempre tiene un plan.

Él esbozó una leve sonrisa.

—Probablemente encontraría igualmente la forma de dar órdenes.

—No es la respuesta que esperaba —dijo ella con una sonrisa.

Él miró hacia el agua y luego volvió la vista hacia ella.

—¿La verdad? No lo sé. Pasé mucho tiempo intentando convertirme en lo opuesto a lo que vi mientras crecía. Mi padre era el caos en persona. Mi madre se quedó porque creía que amar significaba aguantar. Supongo que quería tener el control para no repetir aquello jamás.

Victoria se detuvo. Su expresión se suavizó.

—No eres tu padre, Brendan.

—Lo sé —dijo él en voz baja—. Pero a veces, cuando te miro, me doy cuenta de que aún no sé cómo hacer esto bien. Estar con alguien y no echarlo todo a perder.

Ella se acercó y le puso las manos en el pecho.

—Lo estás haciendo bien.

Él exhaló, un sonido casi como una risa.

—¿De verdad lo crees?

—Estoy segura.

Sus miradas se encontraron; la de ella, cálida, firme y llena de algo en lo que él había dejado de creer hacía mucho. Ella se inclinó hacia él y lo besó, despacio, sin prisas. Cuando se apartó, él sonreía.

—No tienes ni idea de lo que me provocas.

—Oh, me hago una idea —susurró ella, acariciándole la mandíbula con el pulgar.

Esa noche se quedaron en la terraza después de cenar.

La piscina privada de la villa brillaba bajo la luz de la luna, y los únicos sonidos eran las olas y la risa queda de ella cuando él le contaba historias de la universidad.

De cómo Max convenció a un profesor de que una cabra se había comido su tesis, de cómo pillaron a Connor metiendo a una chica a escondidas en la residencia.

—Pareces feliz —dijo ella al cabo de un rato.

Él la miró.

—Puede que lo esté.

Ella sonrió.

—Eso es mucho viniendo de ti, ¿no?

—Sí que lo es.

Se quedaron allí un rato más, hasta que la mano de ella encontró la suya y sus dedos se entrelazaron sin pensarlo. El aire entre ellos cambió; lo que era suave se volvió eléctrico.

La mirada de ella se deslizó hacia sus labios.

—Me estás mirando fijamente.

—Te estoy memorizando —dijo él en voz baja.

El beso, esta vez, no fue lento. Fue hambriento, años de contención que se desataban de golpe.

El cuerpo de ella se apretó contra el suyo, la respiración entrecortada entre risas y jadeos mientras él profundizaba el beso y la atraía más hacia sí.

Entraron a trompicones, sin separar los labios en ningún momento, con el sonido del océano colándose por las puertas abiertas.

Las manos de él recorrieron su cintura, su pelo, su piel.

Cada caricia era como algo que hubiera estado esperando sin saberlo.

Cuando por fin se detuvieron, ambos respiraban entrecortadamente. Ella lo miró con los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas.

—Esto es peligroso —susurró.

Él le recorrió la mandíbula con el pulgar.

—Puede ser, pero nunca he deseado nada tanto.

Los labios de ella se curvaron en una leve sonrisa.

—Entonces no me sueltes.

—No pienso hacerlo.

Brendan despertó con la luz del sol y el suave rumor de las olas. Victoria dormía a su lado, enredada en las sábanas, con el pelo derramado sobre el pecho de él. Para un hombre que había construido su vida en torno al control, nunca se había sentido tan vulnerable y, extrañamente, tan libre.

Le apartó un mechón de pelo del rostro y susurró:

—Eres un problema, Roberts.

Ella murmuró adormilada, sin abrir los ojos:

—¿Del bueno o del malo?

Él sonrió.

—Del que querría conservar.

◆◆◆

El mundo parecía diferente después de la playa.

Tal vez era solo el recuerdo de las manos de él sobre su piel, la forma en que le había susurrado cosas contra el cuello, como confesiones destinadas únicamente a la oscuridad.

Por primera vez, Brendan había dejado de parecer un hombre en guerra consigo mismo; pero ahora, de vuelta en la ciudad, con las prisas del tráfico, el ruido y los horarios, todo aquello casi parecía irreal.

Victoria se encontraba frente al tocador, contemplando su reflejo.

Su piel aún conservaba ese tenue brillo dorado del sol; sus labios aún le hormigueaban cuando pensaba en él.

Se tocó la pulsera de plata en la muñeca, algo que él le había comprado en un pequeño mercado junto a la playa el último día.

No era cara, no como las cosas que él solía regalar.

Era sencilla: una cadena fina con un colgante de concha.

Cuando se la abrochó en la muñeca, le dijo en voz baja: «Para que no olvides lo que tuvimos aquí».

Sonrió para sí misma mientras acariciaba la concha con el pulgar. Esa misma noche, Brendan fue a recogerla. No le dijo adónde iban, solo que quería que volviera a ver a los chicos.

Cuando llegaron, sus cuatro amigos ya ocupaban la sección privada. Las risas llenaban el ambiente.

—¡Ah, los tortolitos regresan! —anunció Max dramáticamente en cuanto entraron—. ¿Qué tal la escapada romántica? No me digas que te has bronceado, Brendan.

Brendan le lanzó una mirada.

—No empieces.

Connor se inclinó con una sonrisa.

—Estás radiante, tío. Victoria, ¿qué le hiciste?

Ella puso los ojos en blanco, pero sonrió.

—Yo no tengo nada que ver.

—No les hagas caso —dijo Lucas mientras le pasaba una copa—. Solo están celosos de que alguien lo aguante.

—Oye —dijo Brendan con sequedad—, recuérdame por qué salgo con vosotros.

—Porque nos quieres —respondió Adrian, tranquilo e imperturbable como siempre.

Max sonrió con suficiencia.

—Por el amor, entonces. Ya que nuestro chico parece que ha pillado el gusanillo.

Brendan no lo negó. Se limitó a mirar a Victoria y, delante de sus amigos, le pasó un brazo por la cintura con naturalidad. El gesto fue sencillo, espontáneo, pero a ella le floreció algo cálido en el pecho.

—Vale —dijo impasible—. Por el amor.

La mesa estalló en vítores y aplausos burlones.

Victoria se rio hasta que le dolió la tripa, y por una vez, no se sentía fuera de lugar.

Veía la lealtad que había entre ellos, el vínculo forjado mucho antes del dinero, las mujeres y la fama.

Se metían unos con otros sin piedad, pero debajo de todo eso había algo sólido.

Entendía por qué Brendan los necesitaba y tal vez, pensó, ellos empezaban a entender por qué él la necesitaba a ella.

Los días siguientes pasaron volando, de la mejor manera posible.

Robaban ratos a sus agendas para comer juntos, las cenas se alargaban en paseos interminables y las noches terminaban entre risas y sábanas revueltas.

Él empezó a llamarla entre reuniones solo para oír su voz.

Ella empezó a guardar una de sus camisas en casa porque olía a él.

Por primera vez, Brendan no solo vivía: sentía. Y sus amigos lo notaron. En la siguiente noche de chicos, Connor sonrió con suficiencia:

—El tío está otra vez sonriéndole al móvil. Lo hemos perdido.

Max se asomó para ver la pantalla.

—¿Le estás escribiendo o componiendo poesía?

Brendan ni siquiera levantó la vista.

—Las dos cosas.

La mesa enmudeció un instante y luego estalló en carcajadas.

—Joder —dijo Max—. Estás perdido.

Brendan se limitó a sonreír mientras se guardaba el móvil en el bolsillo.

—Puede ser.

Adrian habló con voz tranquila pero segura:

—O quizá por fin ha encontrado lo que no estaba buscando.

Miró hacia la ventana, con la ciudad brillante a sus pies, y pensó, no por primera vez, que quizá así se sentía uno cuando por fin dejaba de huir.